Proverbio

Para el Principito, que partió de viaje sin su adorada flor.

«Sólo se echa de menos lo que ya se ha tenido.»

 Hiro postal

A 4 meses

Para E. L. J.

Como el peregrino que invoca a Dios te invoco a ti, pero no encuentro nada. Tan sólo un eco de mis propias palabras, recuerdo de una ayer marchito. Porque tu presencia se ha ido y me ha dejado tan sólo un cuarto vacío, una cama vacía, una pregunta constante: ¿pudo haber sido distinto? Si aquella noche –última noche- te hubiera tomado del brazo en lugar de dejarte ir, o si una vez ida te hubiera buscado, ¿algo habría cambiado? ¿Estaba en mí calentar ese corazón tuyo que poco a poco se fue congelando? El tiempo ha pasado, pero el recuerdo persiste, la tristeza persiste, el extrañar persiste. Pareciera que tu ausencia te ha traído a mí con más brío.

Gazmogno

De sombras, ausencias y más cosas amarillas

Dios o Tal Vez o Nadie, yo te pido

su inagotable imagen, no el olvido”

J. L. B.

 Me acuerdo. Con ella, parecía estar completo (aunque tuviera el alma toda desbarajustada). Parecía ser feliz. Con ella caminaba y corría. Gracias a ella jugué todo el billar que me tocaba jugar, y tal vez un poco más. Sin ella nunca hubiera montado a mi yegua «La Muñeca», mi pasión más grande. Sin ella esos danzones en Chalma serían pura fantasía.  Me acuerdo cómo se sentía que fuera mía. Aunque, pensándolo bien, era tan mía que su presencia parecía invisible. Pensándolo bien, nunca la valoré como se debía. Debí cuidarla mucho más.  Luego vino esa maldita enfermedad. Luego se fue, me la arrebataron sin siquiera preguntarme, sin siquiera decirme “agua va”. Fue una grosería porque era mía y de nadie más. Ahora que no está, aunque de verdad lo intento, no puedo no extrañarla. Literalmente hay un hueco donde ella debiera estar. Aquel día que se fue, también yo me fui tantito. Siempre he sido un pesimista; siempre he pensado que la gente, al pasar los años, sigue siendo la misma. Pero desde aquel día, aunque al principio lo intenté disimular, dejé de ser quien era. No más caminatas, corridas, danzones ni cabalgatas.  Piensan todos que estoy loco, y quizá lo estoy un poco, pero hay días que me duele, no su ausencia; me duele como si ella aún estuviera. Me pica, me tiembla, me da comezón, la siento cerca. Luego volteó y me cachetea la realidad, luego volteo y recuerdo que ya no está… Luego guardó silencio. Luego vi lo que jamás imaginé de él; una solitaria lágrima escurría de su mirada. Una lágrima y nada más. A mí abuelo le cortaron su pierna un diez de febrero. El día que me preguntaron cómo se sentía una ausencia, cuando me preguntaron qué era extrañar a alguien, no supe qué contestar. Yo qué iba a saber. Se siente y nada más. Pero pensé en ti y en ella; en los momentos, en sus llegadas y partidas sin despedida. Los recordé amarillos. ¿Cómo se siente un vacío? ¿Cómo extrañar lo que ya no está? Es como ver el negro o hablar el silencio. Es cosa divina, como otras tantas, que las palabras en realidad nunca alcanzan.  Se siente, tal vez, como eso que dice mi abuelo; se siente horrible el vacío, pero calientito el recuerdo. A veces nos traiciona la memoria y se olvida que eso que se fue, ya no está,  aunque otras tantas sospecho que nuestra alma se hace la tonta para que no le duela tanto ese espacio en blanco. Extrañar es el dolor de una ausencia, dolor que es como nuestra sombra, dolor compañero y fantasma como el de un amputado. Pero ese dolor, que es eco,  que es memoria y es recuerdo, que a cada instante nos sigue y permanece, también nos cuida y nos mantiene.

 PARA APUNTARLE BIEN:   Esto se llama Weeping y es de A. Pope

While Celia’s Tears make sorrow bright,
Proud Grief sits swelling in her eyes;
The Sun, next those the fairest light,
Thus from the Ocean first did rise:
And thus thro’ Mists we see the Sun,
Which else we durst not gaze upon.

These silver drops, like morning dew,
Foretell the fervour of the day:
So from one Cloud soft show’rs we view,
And blasting lightnings burst away.
The Stars that fall from Celia’s eye
Declare our Doom in drawing nigh.

The Baby in that sunny Sphere
So like a Phaeton appears,
That Heav’n, the threaten’d World to spare,
Thought fit to drown him in her tears;
Else might th’ ambitious Nymph aspire,
To set, like him, Heav’n too on fire. 

MISERERES: El casi ex-secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, es acusado (otra vez) de tejer desde hace varios años una red de empresas en Miami: restaurantes, consultoras de seguridad y muchas propiedades (aunque están a nombre de su esposa).   El fin de semana se dio a conocer que 36 municipios del Estado de México tienen crisis financiera; hay deudas, aguinaldos no. “The economist” comparó las cifras de muertes en México con las de países africanos. Miren: http://www.economist.com/blogs/graphicdetail/2012/11/comparing-mexican-states-equivalent-countries

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gato sin dueño

“Antes de que me quieras como se quiere a un gato,

me largo con cualquiera que se parezca a ti.”

Joaquín Sabina

Hacía ya más de un mes que Soledad sentía una extraña molestia en su pecho y no hallaba el porqué. Las primeras semanas ignoró la molestia, puesto que ésta iba y venía intermitentemente: se quedaba unos días y luego desaparecía sin dejar rastro, al grado que Soledad pensaba que todo había sido producto de su imaginación. A la cuarta semana comenzó a preocuparse, pero tenía tantas cosas que hacer y tan poco tiempo para llevarlas a cabo que no quería desperdiciarlo en una visita al doctor, para que éste, en una de ésas, le dijera que no era nada y que no debía preocuparse. Sin embargo, le comentó esta inquietud a su amiga Esperanza un día que, particularmente, amaneció muy adolorida después de haber pasado la noche soñando con un muchacho que le sonaba conocido, pero que no había logrado identificar. Al verla tan angustiada e inquieta, Esperanza le sugirió que fuera a ver al médico para un chequeo y se ofreció a acompañarla, si es que no quería acudir ella sola. Soledad no dijo nada, simplemente asintió con la cabeza y entonces Esperanza le recomendó un doctor que, según decían, era muy bueno y no cobraba tan cara la consulta.

¡Menudo fiasco! El doctor ése no resultó ser tan bueno como decían –Esperanza se encontraba muy apenada por ello–, ya que no había podido hallar respuesta para el malestar que aquejaba a Soledad y entonces ella se vio en la necesidad de buscar a otro que sí pudiera decirle qué era esa molestia tan extraña que sentía en su pecho y, más importante aún, qué hacer para ya no sentirla. El que siguió resultó todavía peor que el primero –al menos éste había reconocido su ignorancia respecto al tema–, pues en su incompetencia, le había espetado a Soledad que estaba loca y que lo que en verdad sufría no era un malestar en el pecho, sino una hipocondría severa. Indignada, Soledad buscó a un tercero, que sólo le hizo gastar el dinero que no tenía; luego a un cuarto, que perdió el juicio cuando no pudo resolver el acertijo que implicaba el dolor de Soledad; después a un quinto más, el cual se suponía que no debía ser malo. Así comenzó una larga y agotadora travesía, teniendo como compañera de viaje a Esperanza, en la que cada parada hecha significaba una visita con un nuevo doctor.

Había transcurrido medio año ya desde aquel día en que Soledad se animó a contarle a Esperanza lo que la acongojaba: hasta la fecha, la cuenta de doctores visitados ascendía a dieciséis –más o menos, a dos por mes– y ninguno estaba cerca de poder decirle a qué se debía su dolencia. Cansada, incluso harta, de tanto tiempo y dinero tanto gastado como perdido, Soledad accedió a ver, por insistencia de Esperanza, a un último doctor. “Si él, como los otros, no puede darme cuenta de lo que tengo, me daré por vencida y seguiré con mi vida” le advirtió Soledad a su amiga y ésta no puso objeción. La verdad es que Soledad aceptaba ver al Dr. Refugio por gratitud a Esperanza, quien nunca la había abandonado, más que por otra cosa y es que, siendo sincera, ya se había acostumbrado al dolorcito extraño ése en su pecho.

La cita había quedado para las cuatro de la tarde y Soledad y Esperanza, siempre puntuales, estuvieron en punto en el consultorio. El doctor ya se encontraba en el lugar, pero todavía se demoró unos minutos con su paciente de las tres. Cuando se hubo desocupado, las hizo pasar al consultorio disculpándose por la demora.

-Así que tiene un dolor en el pecho- dijo el doctor mientras tomaba nota. -¿Desde hace cuánto que lo tiene?

-Poco menos de un año- respondió Soledad en automático; tantas veces le habían hecho esa pregunta que su boca cobraba vida por sí sola para dar la respuesta.

-¿Puede decirme si es punzante o más bien sordo, con qué frecuencia lo experimenta o en qué ocasiones se presenta?

-Pues es punzante, aunque sólo se agudiza cuando sueño con una persona que no termino de ubicar, pero va y viene. A veces me da por tres días y luego de la nada desaparece, descanso una semana y entonces vuelve, y se queda por dos días más y se vuelve a ir…

-Y cuando tiene el dolor, ¿lo padece todo el día o…?

-No, también es intermitente. Generalmente se hace presente cuando me tomo un respiro entre mis actividades, o estoy comiendo, o me baño… Cuando no tengo la cabeza saturada de tantas cosas, ¿ve?

El doctor asintió con la cabeza. Le había pedido a Soledad que se sacara una radiografía de tórax y en ese momento se la pidió. Soledad le entregó el sobre y el Dr. Refugio se dispuso a examinar la prueba. Mientras lo hacía, le preguntó a la paciente si podía describir su dolor de alguna otra forma que no fuera punzante. Soledad lo pensó un momento y no tardó mucho en decir que era como tener un hueco en el medio del pecho, como un pozo cuyo fondo dolía, si es que eso tenía algún sentido.

-Ya veo cuál es su problema- dijo el doctor con calma. Por un momento, Soledad creyó haber escuchado mal y es que después de tantos intentos fallidos, no podía dar crédito a las palabras proferidas por el médico.

-A usted le hace falta una parte bastante pequeña de su corazón, incluso parece un rasguño, pero es lo que le han extirpado y eso ha causado el dolor en su pecho todo este tiempo.

-Eso no es posible- repuso Soledad soltando un bufido. -No me he sometido a ninguna extirpación, así que debe tratarse de otra cosa.- El doctor entendía la renuencia de Soledad: la negación era bastante habitual en los casos de pacientes como ella.

-Eso se debe a que la extirpación no la lleva a cabo un cirujano, sino que es el propio cuerpo el que se opera a sí mismo. En algunos casos, el paciente ni siquiera lo nota; sólo se da cuenta de ello cuando sufre los efectos post-operatorios, como sucede con usted.- Soledad estaba a punto de replicar de nuevo, pero el doctor le hizo un ademán cortés para que guardara silencio y entonces se dispuso a explicarle su padecimiento.

-Verá, la intervención quirúrgica a la que usted fue sometida recibe el nombre de “extrañamiento”, es decir, algo que estaba dentro –tal vez mucho y por eso el dolor punzante como hoyo en el pecho–, en sus entrañas, fue extraído de ahí, ha sido removido fuera de su cuerpo. En ocasiones, la operación es ambulatoria como en su caso, que no necesitó reposar después de la intervención: simplemente siguió con su vida normal. Sin embargo, nadie está exento de los efectos post-operatorios; el dolor que usted ha estado experimentando se conoce con el nombre de “extrañar”. Casi todas las personas, si no es que en realidad todas, han sido sometidas por lo menos una vez en su vida a esta operación: si tiene éxito, se presenta ese “extrañar” por un tiempo y eventualmente se desvanece el dolor, pero si fracasa la operación, termina en la muerte…- terminó diciendo el doctor con tono lúgubre.

Tanto Soledad como Esperanza estaban pasmadas y ninguna sabía qué decir. Después de respirar un par de veces, Soledad recuperó el habla y una duda asaltó en su mente.

-¿Y puede usted decirme por qué fui sometida a esa operación, qué parte fue la que perdí?- El doctor lo meditó un momento y con sus reservas, se dispuso a responderle a Soledad.

-Pues pudieron ser muchas cosas. Por ejemplo, pudo deberse a la partida de alguna persona, a la pérdida de algún objeto preciado, al recuerdo de algún momento vivido que usted añora y que no puede recuperar. Dependiendo el motivo, es la parte extirpada, pero esto sólo puede saberlo el paciente.

En ese momento, Soledad supo cuál había sido el motivo de su operación: Pecas, su gato, había escapado poco antes de que empezara su molesto y extraño dolor en el pecho, pero nunca antes se le había ocurrido que aquellos sucesos estuvieran relacionados. Ahora entendía el porqué de su dolor y no sólo eso, sino también el motivo de que se agudizara cada que soñaba con aquel muchacho: para ella, Pecas, más que un gato, había sido su compañero de toda la vida.

Hiro postal

Te veo hasta en las piedras…

Sólo hay un acto que junto con el asesinato no tiene justo medio, éste es el adulterio, nadie es más o menos adultero, así como ningún homicida es más o menos homicida. Ni en la muerte de un hombre ni en el hecho de no ser lo que se aparenta ser hay posibilidad de pensar en un punto medio, así como ningún cadáver puede estar más o menos muerto, ninguna víctima de adulterio puede estar más o menos engañada.

Se me puede objetar que existe la posibilidad de sospechar del adultero, lo cual podría hacernos pensar que en el adulterio sí hay un justo medio, pues para el engaño hacen falta dos: uno que se muestre como lo que no es, no sé digamos como un ser que extraña tanto al otro como para verle hasta en las piedras, y otro que crea en la palabra del primero, y que viva conforme a la imagen que presenta el que habla. Pero ni cuando la sospecha de ser engañado dificulta en gran medida el engaño, éste es susceptible de más o de menos.

Si nos fijamos bien, el hecho de ser adultero no depende del engañado, sino de ese ser que se muestra como lo que no es, es decir, que se disfraza tomando algunos aspectos de una naturaleza que no le es propia, como ocurre con las bebidas adulteradas, éstas se muestran como lo que no son haciendo creer al bebedor que no le dejarán ciego. De igual manera ocurre con quien se presenta como alguien que es fiel a su palabra, traicionando así la confianza del enamorado que ciego quedará de dolor al ver que lo que creyó ser no era como lo esperaba.

Si nos acercamos al adulterio, veremos que éste no sólo es nocivo para quien ha quedado ciego, ya sea por embriagarse con lo que no es vino, o por perderse en las mieles de los elogios que el adultero le proporciona, sino que es nocivo para la comunidad entera toda vez que la ceguera inutiliza y debilita la confianza de quienes caminaban tranquilamente por el mundo y quedan condenados a vacilar de cada paso que den.

Maigo