Familia en Servicio

La falta de claridad respecto a la finalidad de la familia se aprecia en la oscuridad que obnubila nuestra comprensión de la comunidad política. Aunque el buen entendimiento sobre la primera nos ayude a vislumbrar lo que sea la segunda.

Nuestra habla cotidiana algo nos puede decir respecto a la relación que normalmente vemos entre ambas. Hablamos a la par de la desintegración de la familia y de la disolución de la comunidad, por lo que no debería extrañarnos que se piense en la primera como base para la segunda. Sin embargo, la familia no es igual a la comunidad y ésta no puede sostenerse si se le tratara como a la primera, ambas son diferentes, aunque se vivan simultáneamente o se puedan comparar debido a determinadas semejanzas, tal y como antaño lo hicieran algunos pensadores del siglo XVIII.

Pero, las semejanzas entre una y otra, tales como las respectivas desigualdades que hay entre sus diversos miembros o las igualdades que pudieran tener, no bastan para aclararnos lo que sea una o la otra. No es el caso que la ignorancia respecto a lo que sea la ciudad implique necesariamente la carencia absoluta de saber cuando pretendemos hablar de lo que sea la familia.

Con lo anterior no pretendo que nuestra experiencia basta para indicar lo que sea familia o la finalidad que tenga, pues tan variadas son las experiencias que tenemos como individuos vivimos en las sociedades que vivimos y medio nos movemos en ellas.

No obstante, hay una experiencia a la que sí es posible recurrir y de la que todos podemos ser partícipes, me refiero al servicio que podemos hacer por otros sin esperar alguna gratificación por ello.

En el servicio nos hacemos familiares en tanto que nos preocupamos por el otro y procuramos aquello que le resulte benéfico; si damos por dar todo aquello que se nos pide somos malos sirviendo, pues las manos extendidas no siempre son lo que el otro necesita, en especial cuando lo mejor es un compañero con el cual andar.

El mejor ejemplo de servicio lo tenemos en el maestro que sirve a sus discípulos y con ello ls hace mejores, y en la virgen que acepta la voluntad del Creador asumiendo su papel como sierva del mismo al tiempo que nos muestra que en el servicio se encuentra la vía para la salvación del hombre condenado.

Maigo.

Madre amorosa

Jesús, al ver a la Madre, y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Desde ese momento el discípulo se la llevó a su casa.  Jn 19 26-27.

El amor maternal es incomprensible para quien mide la vida en cálculos de costo beneficio, de ahí que éste deba ser reducido a un instinto o a una pulsión enfocada solamente a la supervivencia de la especie. Quien no comprende la relación entre la madre y los hijos como una relación amorosa ha de hablar necesariamente de deseos que se entiendan a partir de la búsqueda de la conservación.

Incluso entre quienes entienden al hombre como un ser que trasciende, algunos hablan de la maternidad como el resultado del deseo que la humanidad tiene por acceder de alguna manera a la inmortalidad; el hombre trasciende en sus hijos porque estos se le parecen, tanto física como moralmente, pues estos son educados por los padres en tanto que buscan verse en su decendencia, aún cuando a veces, partiendo de un supuesto progresista esperan que sus hijos lleguen más lejos que ellos.

Los velos que hay en torno al amor materno, nos muestran en buena medida la oscuridad en la que vivimos cuando pensamos en la familia y en la finalidad de ésta. Sólo una completa comprensión del amor como aquello que sobrepasa al egoísmo nos permitiría entender lo que hace la madre cuando procura a sus hijos, y lo que los hijos encuentran en sus madres una vez que han sido cubiertas sus necesidades inmediatas.

La entrega de la madre a los hijos es algo de lo que se habla con frecuencia, pero el modo en que se habla de ésta parece dejar más oscura la comprensión de lo que sería el amor materno, pues de tal entrega se habla como si se tratara de un sacrificio que ha de ser retribuído una vez que pasado un tiempo y la decendencia debe cuidar de la progenitora.

Pero, si bien es cierto que este discurso permite distinguir a los hijos ingratos de los que no lo son, también lo es que al mismo tiempo oculta una visión de la maternidad como un cálculo en el que se ve a la decendencia como una inversión para cuando ya se es viejo.

De este modo resulta que la comprensión del amor materno no se logra mediante un vistazo rápido a la idea que erróneamente tenemos del sacrificio; la maternidad no garantiza que los hijos sobrevivan a la madre, aún cuando lo natural es esperar que algo así ocurra.

Tal pareciera que nuestro pensamiento se nubla cuando intentamos acercarnos al amor materno partiendo de los supuestos que nos hacen festejar aquello que no comprendemos bien. Pero acercándonos a estos supuestos nos resulta más sencillo notar que los mismos se fundan en el individualismo que espera reconocimiento o bien que pretende sobrepasar los límites propios de la vida humana.

Ante esta apariencia es fácil perder la esperanza; sin embargo al reconocer a la apariencia como tal es más fácil volcar la vista en donde la esperanza se concentra; es decir, en donde el hombre se salva al sobreponerse a su individualismo al grado de entregar a la madre para consuelo de los demás.

Esta entrega la vemos en Cristo colgado del madero. Ahí no es el hijo el que sobrevive a la madre, ni es la madre doliente la que pierde la esperanza ante la partida del niño amado que acunó entre sus brazos. Lo que vemos es al hijo amado dejando a la madre amorosa para consuelo de aquellos que pueden perder la esperanza ante los peligros que supone el testimonio de la fe.

Así, la familia adquiere sentido en tanto que se une mediante el amor a Dios, amor que inspira María como madre de todos aquellos que son hermanos en Cristo; hermanos que encuentran el consuelo y la comprensión de una madre capaz de interceder por ellos y de entender que la grandeza del amor está en la esperanza y en la entrega que sólo en Jesús se encuentran.

 

Maigo.

Un nuevo comienzo

Estamos entrando a los tiempos navideños, días en los que hacemos gala de una constante actividad social. El enojoso quehacer cotidiano nos impedía obsequiar nuestro valioso tiempo; dentro de poco dispondremos, siquiera, de un puñado de días sin ocupaciones. Volveremos a ver rostros lejanos que a veces ni un espacio en nuestros recuerdos ocupan (quizá su imagen quedó estática en fotos, pero entre tantas nadie recuerda ni una veintena de ellas), a comer la misma ensalada, el mismo platillo y el mismo postre. Sin embargo, en estos días dibujamos una sonrisa cordial y saludamos a aquellos familiares esporádicos, buscando sobrevivir al aburrimiento del momento, causado por la presencia casi obligada de éstos, en unas cuantas gotas de vino.

Pero podemos intentar buscar en nuestro corazón la dulce alegría que unifique nuestras reuniones; podemos intentar dejar los pensamientos de la diversión fugaz y el vacuo entretenimiento y ayudar, con entrega sincera, a quienes una mancha de dolor se les dibuja en el rostro; podemos sentir la dicha que en estos tiempos se respira con nuestros semejantes, olvidándonos de nuestra caprichosa individualidad. Tan sólo se trata de intentarlo, de darnos la oportunidad, de aprovechar la luz de la Navidad para tender a un nuevo comienzo. Aprovechemos el ambiguo estado de ánimo en el cual nos deja el último mes del año, no para lamentarnos de nuestra mala suerte, ni para fingir por unos días, sino para realmente abrir nuestros corazones, comenzar a sentir y a esperar lo Bueno.

Yaddir

La elección de un amigo

Alguna vez un amigo me dijo que un amigo era como un familiar al que uno elige. Éramos muy chicos, seguramente él había escuchado esta idea en algún otro lugar. Probablemente se la había sugerido su padre, que era un hombre bueno, dedicado a ayudar a jóvenes con problemas vitales de lo más diversos. Curiosamente, éramos tan chicos que no habíamos tenido tiempo para experimentar cómo se distinguía elegir de tan sólo hacer. Poco después nos aliamos en nuestra campaña contra la educación que habíamos recibido, cuestionando todo lo que se nos dijo más bien con el impulso de contradecir que con la preocupación seria de encontrar (o desmentir) las causas y los principios de nuestras costumbres. Llegamos a reírnos de lo que pensábamos entonces, de lo poco que nos dábamos cuenta de nuestras palabras; sólo queríamos hacer las cosas bien, aunque fuera tan complicado encontrar cómo. Probablemente volvamos a hacerlo en el futuro. No estoy tan seguro de que siempre haya sido así, pero hoy me parece que es como si hubiera dos amigos en él. Uno es el que ha actuado de tal o cual manera, que imagino fácilmente en todo lo que hemos hecho y nos ha pasado, cuya voz puedo proyectarme y cuyas discusiones me acompañan incluso si no me percato de ellas; otro es quien toma todos los días nuevas decisiones, y que conduce su vida según sus luces, con poca o mucha ayuda. En realidad, no están separadas su memoria y su presencia. La nostalgia atrae el riesgo de cristalizar esa memoria, la urgencia apresurada atrae el riesgo de trivializar esa presencia. Ahora entiendo mejor que no es un movimiento «elegir un amigo», señalándolo de entre una multitud y extrayéndolo para tenerlo junto de una vez y para siempre; sino que más bien consiste en la constancia del cuidado, en la continuidad de la elección, en la vida. Hoy él es un hombre, a cuya familia ‒espero‒ podrá querer de la mejor manera que conciba. También un familiar es un familiar al que uno elige.

Mal de amores y malos amores

 

Mal de amores y malos amores

 

Con negra llave el aposento frío
de su tiempo abrirá.
¡Desierta cama,
y turbio espejo y corazón vacío!

Antonio Machado

 

Es difícil establecer una discusión sensata cuando la idea máxima de felicidad se dibuja con la sonrisa de la libertad natural, que termina idealmente en el salvajismo civilizado. Se suele decir que contra la omnipotente y evidente naturaleza, nada humano puede oponerse; o, también, que la naturaleza puede, de uno u otro modo, ser domada en pequeños y feroces intentos de sometimiento. Parece, no obstante, que las glorias de observar toda tradición y dogma como convención absolutamente histórica no han rendido los bellos frutos que se prometieron.

Confieso que, a consecuencia de nuestros ideales, la importancia que el divorcio ha tomado en este mundo me parece cada vez más digna de atención. Sé que se me podrá decir que las cifras son alarmantes, pero que sólo hace falta inculcar mayor fortaleza a la institución del matrimonio mediante la demostración de su fundamento político; que, por otro lado, no puede negársele a un matrimonio decadente la oportunidad de aflojar las riendas y volar hacia mejores oportunidades de ser feliz; que, también, hay que soportar mientras el progreso de la civilización nos enseña a vivir con mujeres libres de cadenas y con hombres cada vez más independientes del yugo familiar. Pero creo que ahí está el problema.

¿Cómo pensar que la familia es un yugo sin abandonar la idea que la muestra como naturalmente buena? Lo que callamos nos traiciona. Las fantasías de las mujeres reprimidas y la asunción de la familia como institución reformable van de la mano, pues ambos tienen el paradigma de la convención y no del fuego que enciende las luces de un hogar: el amor. Si idolatramos tanto el peso de la felicidad personal y la libertad del individuo, no veo cómo podamos seguir portando la máscara de la fraternidad. En el mundo en el que una esposa representa servilismo y represión, en vez de amor e inteligencia ordenadora, necesariamente se llega a la conclusión “sana” del divorcio, como parte del acuerdo, secundario frente a nuestra naturaleza solitaria.

En uno de sus libros, Chesterton usa una imagen al respecto de los problemas centrales del hombre moderno, que lo hacen perder el buen curso: el hombre moderno no tiene hogar. Está desposeído por creer, en buena medida, que el paraíso moderno podía hacer individuos felices y de convivencia grata, con los dogmas de la política material y efectiva, con la educación “liberal” y con la reforma de las instituciones antiguas. Una parte fundamental de su extravío es que se ha cegado frente a la importancia verdadera de la familia y el papel del amor en ella, pues no entiende ya la naturaleza genuina de cada uno de sus miembros. La pedagogía educa niños que no reciben el ánimo adecuado hacia el dogma; la política moderna afirma a los hombres como dominantes, no como camaradas, y las fábulas del feminismo ven mujeres alienadas, no familiarmente amorosas. Creemos el cuento de la voluntad y vemos mujeres que hacen lo que no querrían hacer si tuvieran otra opción; le exageramos al berrinche y vemos padres deficientes y egoístas, gracias a la idea de la dominación que parece ínsita en la imagen masculina. Ser una sola carne no implica dominio, sino todo lo contrario: es la renuncia más pura a lo individual. Sin ella, no hay ni comunidades que aspiren a su perfección, ni educación que valga la pena. La falta de hogar remite a esta situación, y a lo que la origina: ya no tenemos la fuerza para defender un verdadero ideal, pues decimos que eso origina incorrecciones políticas.

 Nos olvidamos, claramente, de que la familia no es un choque de poderes. Nos olvidamos, neciamente, de ver el sacrificio benigno y la fe en ella. Ni la reproducción solamente, ni la educación, ni el confort alcanzan a explicar por sí mismos esa maravilla humana. No podemos beber de nuestro llanto si creemos en la fuerza natural del omnipotente amor libre y en el deseo sexual, pues eso no da base alguna para pensarla de manera realmente feliz. Por eso, la revolución del instinto no cuadra con explicación satisfactoria alguna al respecto de esto.

Quizá el divorcio haya evitado el mal fin de muchas familias destinadas al fracaso, podría decirse. ¿Cuándo una familia está destinada al fracaso? Se adivina un círculo. Por eso las separaciones arregladas nos parecen las más de las veces la mejor opción. Al ver el vínculo amoroso tan débil, no debería espantarnos esta exagerada consecuencia. Tal vez empecemos pronto a ver, con piedras jalándonos hacia abajo el ánimo, que en realidad no sabemos hallar un hogar. Y, en dicho extravío, tal vez algún día, al llegar a nuestro lecho errante de hiel, encontremos sólo nuestra propia sombra solitaria, y nos abrigaremos con el frío de nuestro propio eco, retumbando tembloroso en el libre espacio de la más honda y negra noche.

Tacitus

Un pensamiento sobre envidias

El otro día en el mercado pasé junto a una mujer que le explicaba a uno de sus hijos por qué no debía tener envidia del otro, que también estaba allí junto a ella. La explicación era sencillísima: no debía tener envidia porque a él y a su hermano siempre les compraba las mismas cosas. Por supuesto, estas razones no le bastaron al pequeño. No me cuesta trabajo imaginarme que alguien que crezca con este tipo de discurso aprenda lo contrario de lo que la bienintencionada señora quería: ¿cómo no envidiará después a cualquiera que tenga más que él, o algo diferente que él desea? Además, puede ser increíblemente frustrante para un envidioso así no poder comprar cada artículo de su larga lista de anhelos, como la mayor inteligencia de su hermano, o su suerte, o su audacia. «Pobres hermanos –pensé en ese momento–, si llegan a encontrarse envidiándose por todas las cosas, las que se compran y las que no». Si tuviera uno casi todos los bienes, excepto a alguien junto a él que pudiera llamar «amigo», ¿sería muy diferente su vida de la del peor entre los miserables?

La envidia, una clase de marchitez del alma, es especialmente penosa cuando se propaga en los lazos familiares y amistosos. Con una frecuencia que duele, las familias se desbaratan por quienes no pueden soportar el bien de los suyos. En realidad, acaba teniendo poco sentido llamarlos «los suyos», porque no veo qué siga habiendo de comunidad entre dos que no buscan algo juntos. Y eso es lo que logra la envidia, que alguien odie al otro por su bien, que se aflija –al contrario de lo que uno pensaría necesario para hacer comunidad– cuando no es él quien consigue el provecho. ¿Cómo puede esperarse que haga bien a otro quien no puede más que rabiar cuando no es él quien termina beneficiado? La envidia no sólo carcome familias y amistades, pudre también a la sociedad. Lo llamativo es que haya tanta. Enardece las almas con una fuerza que pocas otras pasiones consiguen, y fácilmente se persuaden los envidiosos de luchar por destruir a quienes tienen «más» que ellos. Quien tiene los ojos enrojecidos por la envidia se siente víctima de injusticia y se levanta con frecuencia contra sus iguales por creer que toda su furia tiene justificación, que está haciendo lo correcto. Nuestras ciudades parecen encismadas con tan tremenda propensión a esta enfermedad como la que tiene la fruta pasada a plagarse. Y además, hay tantas clases de envidia como hay diferentes bienes por los que la gente se encizaña. Tal vez sea más corriente quien se enemista con los suyos por pertenencias, herencias, pleitos de dinero y cosas como ésas –y en retrospectiva estas animadversiones son más tristes por cuanto es mucho más lo que vale alguien que cualquier cosa que pueda poseerse–, pero también hay envidias que pueden resultar mucho más peligrosas: por honores, por amores y por toda la variedad de fines que perseguimos en la vida. ¿De dónde nos vienen tantas penas como éstas? ¿Seremos torpes para esquivarlas, propensos, débiles? ¿No vemos la miseria en que vive el envidioso, o es que nunca podemos autodiagnosticárnosla? ¿Y no será, muchas de las veces, que nos ocurre como al par de niños del mercado y aprendemos, desde bien chiquitos, a imaginar que el placer es un comercio, que nuestro hermano es un competidor y que somos solamente la extensión de lo que poseemos?

La maldición de la familia real

Hay muchas cosas en el Cielo y en la Tierra,
pero solamente puedes tener lo que yo decida brindarte.

 

El emperador se sentó a la mesa nocturna, siguiendo cada paso según protocolo y ley. Comió en silencio. Consciente de todos sus movimientos, concentrado en los símbolos de todo lo que lo rodeaba, sabía muy bien que la historia del mundo estaba tejida en los hilos que hacían su tocado, tanto como en los que enhilaban los tapices y los que urdían los tapetes. Cada acto era ejemplo para la nación entera, cada moción tenía el peso de los astros. Todas las noches miraba recostado la obscuridad con ojos abiertos antes de que lo tomara el sueño. Ésta sería la primera, sin embargo, en la que en su hondo respiro sabría muy bien que no había ya sobre la Tierra ningún heredero suyo.