Entre la corona y las sandalias

Cuentan algunos cercanos a Julio, que cuando se hizo dictador vitalicio un amigo suyo le ofrecía en unos juegos la posibilidad de coronarse rey de Roma, los recuerdos, en torno a Tarquino y otros reyes que antes de la república ya habían caído, muy probablemente llevaron a César a rechazar el nombramiento.

Fueron más los recuerdos en el pueblo que el propio deseo lo que condujo al nuevo gobernante a rechazar tal nombramiento.

César no era un rey, aunque su nombre después designaría a quienes actuaran como tales al ostentar su herencia: un tiránico gobierno. Lo más seguro es que deseara serlo, porque algunos cuentan que no usaba la corona que le ofreciera Marco Antonio, pero calzaba unas botas que sólo eran propias de quienes como Sila habían ejercido el mandato.

Al rechazar la corona, Julio César era por el pueblo romano ovacionado, ya que se presentaba como un romano más, caminando a pie y preocupado por el bienestar de los romanos. Pero ¡ay! bajo la túnica portaba bien colocado el calzado, que marcaba sus pasos hacia su asenso como tirano.

¿Cuántos no habrá que rechacen coronas frente al populacho y que bajo trajes austeros lleven áureos calzados?

Maigo

Realidad y vida ordinaria

Realidad y vida ordinaria

Carece de interés la expresión que no busca el arte para ordenarse. La Academia justifica su falta de ingenio en la sobriedad que requiere toda exposición. Falta sentido del arte expresivo que permite el conocimiento del alma: un conocimiento que no se agota en el límite nuestras individualidades marcadas, y que no por ello deviene abstracto (el conocimiento de uno mismo no es inventario de todas nuestras impresiones). No nos sobra crítica en el exceso de precisión conceptual: la especialidad tiende a ser acumulada en trabajo de hormiga, pero resulta indigesta cuando pierde de vista la conexión íntima entre la vida y lo pensado. Puede haber erudición maravillosa de un campo que llegue a agotar todas las flores y a rascar en todas las peñas que ofrece dicho terreno, pero en agotarlo todo no hay un arte grácil: se confunden la disciplina y la voracidad. Pero ¿no carecemos también de ingenio cuando no apreciamos la seriedad presente en el problema de ser profesional?

Eliot observa que Shakespeare aprendió más historia de Plutarco que otros historiadores habiendo agotado bibliotecas enteras. Más prosaica, pero no por ello menos pertinente, resulta la observación cauta del juego de espejos y maquillaje que las ganas de aplauso y el apapacho (no sorprende que la era de las conferencias sea también la del auge de la superación personal) tienden ante nuestros apetitos. Sería una lástima entender la observación tan fina del ojo verdaderamente crítico de Eliot para llevarlo en el agua sucia que corre hacia el molino del amor propio. Eliot explica la relación entre poesía e historia, entre poeta y tradición, como un vínculo ineludible cuyas flores son visibles en la poesía misma. Seríamos más cautos si, en vez de querer brillar personalmente al vestirnos de entendedores que practicáramos ese pudor que debe haber para que la ignorancia haga mella. ¿Servirá la poesía para brillar? Evidentemente no, a menos que se entienda su utilidad, de nuevo, bajo la tónica de la especialidad: puede dar el privilegio de la cátedra. Contrasta con ese interés el hecho comprobado de que es un género que no interesa al público general. La pregunta del público indignado: si no sirve, ¿cómo apreciar su lugar? Se estima inútil la respuesta, pero hay quienes se atreven a darla: para conocerse o, al menos, para conocer las gracias del idioma.

Nadie aprende de poesía, ni de nada escrito que tenga arte, si no es leyendo. Nadie se enseña a leer si no empieza a leer. El círculo no se abre por poseer quien nos tienda la mano para llevar a cabo tal tarea: ese que nos enseña aprendió de la misma manera, a no ser que esté exponiendo la obra propia. Sería una exageración, como muestra Eliot, aseverar que la sabiduría de los poetas proviene toda de la erudición. Sería, en el caso de muchos lectores, algo burdo pensar que sin leer se puede conocer seriamente lo que buscamos. ¿Cómo entender, a fin de cuentas, ese gesto filosófico de Platón por eternizar, en un sentido ordinario de la palabra, a Sócrates para que el esfuerzo discreto pudiera entender el sentido profundo de la eternidad misma? No puede haber queja de que el filósofo no entendió lo ordinario mejor que los que viven ordinariamente. Si filosofar es atar el concepto escurridizo a las redes del esquema, tomamos los medios por los fines, y nos aseguramos rápidamente en un oficio que no corresponde con algo que no puede ser oficial. Lo interesante de Sócrates no está sólo en la insistencia (incómoda para muchos todavía, siempre y cuando no se miren como simples espectadores) con que realizaba sus preguntas, si no en comprender como nuestra propia incomodidad o insatisfacción revelan la ignorancia ante lo que la pregunta intenta abrir. Sin la palabra escrita, estaríamos probablemente en condiciones más complejas para vernos la cara con el problema de Sócrates. Lo mismo sucede si leer consiste sólo en terminar el texto desde la primera hasta la última página.

La impostura profesional es una especie de esclavitud cuando no conoce la sabiduría como problema, y no sólo como una aspiración, un proyecto. La poesía tiene en realidad poco que decir a la vanidad porque su primer requisito es la disciplina de un sentido lleno del cerumen del pretexto: el oído. El profesionalismo del saber tiene siempre el mismo tono aburrido en que uno pierde el verso entre el timbre y la rima. Se resiste la poesía a ser un saber profesional porque habla de algo que no es profesional. Ningún profesional puede mantener su calma expositiva si piensa que su vida está ligada de maneras que se le escapan a la voluntad de los dioses. Se pierde la raíz de la comicidad en la vida cuando no se lee la farsa que uno representa, y no sabe cómo hacer del fracaso la fuente del ánimo. Cuando queremos información pura, estadísticas claras, conceptos y orientaciones, perdemos todo el aporte que el arte se ha esmerado en crear con la palabra. El poema se queda en resumen, Sócrates sólo expone los orígenes históricos del método interrogativo, y nos queda el sentido más limitado de aquellas palabras que canta el ave de Burnt Norton: “human kind cannot bear very much reality”.  Nuestras palabras siempre tienen la forma que provee nuestra realidad.

 

Tacitus