Felices esclavos

Bajo un régimen tiránico sólo se puede ser feliz en la esclavitud y la desesperanza: El esclavo feliz no espera cambios cuando obedece a un líder. Y si alguna variación se da, espera que no sea en su plato.

 

Maigo

La mano de Eros

La mano de Eros

No sé si bastará decir que el mejor beso es el más amoroso. No el más calmo, ni el más fogoso: el más feliz. Porque la alegría se malbarata cuando se halla a donde quiera que se mire sin ver lo mejor. Menos ansiedad de las flechas de la mirada, un tempo en el que el alma pueda sentir todavía la sorpresa de una mano o la discreción casta de una voz en el abismo preclaro de la imaginación, eso también se llega a gozar con la espera. A lo mejor la felicidad es lo más correcto, lo más razonable, no sólo lo más deseado. Si es así, lo bello no sería sólo un efecto de lo placentero. El placer de un beso discreto sería manifestación de esas alas que el alma perdió y que no se recuperan sin que la inteligencia se vea movida con latencia. ¿Inteligencia para los besos en vez de práctica con frutos que semejen falsamente la frescura de unos labios? El alma da un giro entonces: ¿dónde estará Eros en el deseo recto y moderado que nos mueve desmedidamente a querer lo bueno? ¿Puede encarnarse en el espacio que se cierra entre dos personas sin volverse insistencia de la mano o precocidad del interés? Si las alas crecieran con los ardores de la piel, todos serían expertos en vuelo. La experiencia nos enseña pues que el beso más feliz es el más erótico. El adverbio no se indica intensidad, o, mejor dicho, muestra que el lenguaje más intenso es la discreción de la verdad, el recato ordenado y no la ansiedad desesperada: el poder del deseo que sigue con cierta obsesión lo bello porque es lo que más amable.

 

Tacitus

Políticamente incorrecto

Al despertar, Ricardo pasaba del sueño a la pesadilla, al menos así le gustaba decirse para soltar una auténtica carcajada antes de salir al mundo. Nunca le había gustado leer los diarios, pero los leía, pese a que siempre dijeran lo mismo, por temor a ser mandado a las charlas de Convivencia Armónica. Después de bañarse y untarse los ungüentos de todos los días, le tomaba la indispensable foto a su feliz desayuno, el cual consistía en algún tipo de cereal y un jugo para acompañarlo. “Si ya sé que a las mismas mil personas les va a gustar la foto de lo que como, ¿por qué debo hacer lo mismo todos los días? Mejor sería mandar las mismas 15 fotos de los 15 platillos durante ese lapso de tiempo. ¿Quién notaría la diferencia?” Se decía quejumbroso. De no ser por el gruñido de su estómago, fingiría comer para que su día tuviera algo diferente. El segundo momento del día que le causaba cierto placer era verse al espejo, no por vanidad, sino porque quería buscar algo distinto; casi lo encontraba, pero los mismos rasgos lo detenían una y otra vez.

La pesadilla comenzaba a enardecer con el concierto de amables saludos a todos los compañeros del trabajo; a ninguno había que preferir, todos con todos debían contagiar cortesía. A todos debía mirarse directamente a la cara en el momento del saludo por 5 segundos. Aunque era extraño encontrar diferencias entre las personas. Inclusive las edades no se diferenciaban, o al menos eso parecía, más de 7 años. ¿Qué pasaba con aquellas personas mayores? Era una pregunta que Ricardo se había hecho cada que llegaban los nuevos. Pero nunca se había atrevido a manifestarla. Mejor prefería ser parte del concierto de palmas extendidas. Nadie llegaba molesto, nadie llegaba radiante. La molestia era inaceptable, si se le disimulaba, a la persona que la padecía se le recomendaba asistir a las charlas; si no se le disimulaba, el trabajador que rompía con la armonía laboral era transferido. El ser demasiado feliz podía verse como presunción, y como a nadie le gustan los presuntuosos, éstos eran inmediatamente cambiados de ambiente.

El trabajo y la mayor parte de la convivencia que hacían los trabajadores, sin ninguna excepción, consistían en apretar botones dentro de una oficina cubierta de un blanco inmaculado. En un tablero de 60 teclas se apretaba un botón distinto cada segundo. No era nada difícil, pues el botón que se encendía era el que debía apretarse, así nadie se retrasaba, nadie fallaba; no cabía la posibilidad de los errores. Cada 6400 tecleos había un receso de 15 minutos. El cual debía aprovecharse para registrar los estados de ánimo que los trabajadores habían percibido en los compañeros mediante el mismo teclado. Nuevamente las teclas se encendían cada que aparecían los parecidos rostros de los demás. En el teclado se encendían dos teclas con cada cara distinta: una roja y una verde. La verde, la más desgastada, significaba aprobación, la roja lo contrario. A nadie le gustaba criticar, pero para vivir en un ambiente armónico, se debía encaminar la conducta a los demás.

Luego de dos recesos 18, el cual era el nombre verdadero de Ricardo (a él le había gustado esa palabra una vez que la oyó y por eso así se auto nombró), comía algún tipo de carne con verduras y bebía un litro de agua; también en ese momento debía canjear su foto por mil likes. Podría decirse que el receso casi le gustaba, pues el momento de la salida, el cuarto receso, se acercaba. ¿Para qué servía el trabajo que realizaba? En algún momento pensó que quizá cada botón le hiciera cómoda la vida a alguna persona en otro lugar. Aunque eso reducía el número de personas con las que debía hablar durante dos horas después del trabajo; todos los días hablaba con alguien diferente. Lo más seguro es que nunca lo supiera, si hasta el tiempo en el que nadie trabajaba lo tenían cuidadosamente planificado. Pero esperaba que algún día eso cambiara.

Luego de las dos horas diarias en las que fingía interés por una persona que no conocía y que no lo conocía, hacía la penúltima tarea del día: las poses indicadas en una pantalla que se ubicada en la pared de su sala. Las reglas del cuerpo eran una serie de poses que se debían realizar durante una hora y que permitían extender, así como fortalecer, los diversos músculos del cuerpo. Esa hora no era desagradable. Había cierta sensación satisfactoria, semejante a los encuentros anuales; casi se sentía con poder.

La cena llegaba y con ella la última foto y los últimos likes. La cena era lo más sencillo del día: un vaso con algún líquido salido de una pared del techo, donde salían los líquidos que ingería, y de un color alegre. Al final del día debía ver nuevamente las amigables noticias. En qué momento se apagaba la pared de su dormitorio, no lo sabía. Sólo se sentía feliz cuando volvía a soñar que las personas eran diferentes.

Yaddir

Felicidad progresiva

Común es creer que todo tiempo venidero será mejor. La base de este anhelo, podría pensarse, es la infinita insatisfacción que causa el presente. Si el presente es insatisfactorio o no nos posibilita la felicidad, ¿por qué creemos, como ya lo creímos, que el futuro no será otro presente presente de insatisfacciones? Aunque buscando otras justificaciones al optimismo de que Cronos se vuelva un padre consentidor, o al menos responsable, podemos recordar las fantásticas frases puestas en la publicidad. Los letreros, anuncios, comerciales, logotipos y otras armas de las que se vale el discurso usado por las marcas para vender más sus productos, prometen dicha si estos son consumidos a gran escala (lo que a veces resulta contraproducente es la contra publicidad de la publicidad misma, pues sugieren en letras pequeñas y de manera poco llamativa que es preferible no excederse cuando se trata de sustancias adictivas). La dicha prometida del modo dicho por la publicidad siempre es futura; eterna promesa que nunca se cumple.

No sólo basta criticar a la publicidad para no ser seducidos por su influjo, pues eso nos alejaría de comprender que la idea de un futuro mejor en nuestra vida presente es la que le da fuerza a la publicidad, así como la publicidad le da fuerza a esa idea. La mayor publicidad es creer que es fácil alcanzar la felicidad, es fácil creer que la felicidad llegará sola o que está completamente en nuestras manos ser felices. ¿Es un desvarío de la inteligencia el pensar que todo lo podemos controlar, principalmente que podemos bloquear todos los impedimentos que tenemos para ser felices? Qué sea lo que nos impide ser felices es una pregunta que no resulta fácil responder; dicho de otra manera: ¿qué nos vuelve felices? El poder deshacer cualquier obstáculo para alcanzar la felicidad, ¿nos hace felices por el poder mismo o por la posibilidad de conquistar cualquier antojo? Ante los antojos, ¿hay diversas clases y jerarquías? Es decir, no es lo mismo satisfacer el apetito con un platillo, a entablar una buena conversación o a mantener ocupado el mayor tiempo posible el lecho. Tal vez el no saber en qué consista la felicidad sea el principal obstáculo para que el presente sea un presente y debamos mantener la vista fija hacia un ambiguo y posiblemente buen futuro. Dicho de otra manera: creemos que la felicidad llegará próximamente, que al fin sabremos en qué consiste ser felices.

Creer que en algún momento, por alguna vía, podremos saber qué nos hace felices, ¿no es volver a la idea de que el futuro está en nuestras manos? Es decir, ¿no sería como creer que mediante nuestra inteligencia alcanzaremos aquel saber que al parecer tanto se nos ha ocultado o que no hemos podido ver? Si alguien alcanza ese saber, ¿podrá compartirlo? Tal vez la única manera de ser felices y no confiar excesivamente en el futuro sea adoptar las palabras quijotescas: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el ánimo y la valentía será imposible”.

Yaddir

Sed desierta

Sed desierta

Lo más apasionante de un problema no está únicamente en la posibilidad de esbozarlo. Lo problemático resalta en la superficie conforme los ojos se abren para ello. Es común que, en la superficie, se hallen preguntas, sospechas, molestias, insatisfacciones que a veces se relegan a la oscuridad porque lo problemático parece solucionable. El problema fundamental parece vivir, aunque precisamente decirlo así no nos haga ver todavía problema alguno. La superación personal, por ejemplo, crea sus fábulas y motivos persuasivos con base en esas sombras cotidianas que aquejan el deseo, la imaginación, la espera y las relaciones, e intenta solucionar algo que apenas es problemático. No sería un gran negocio si, en alguna medida, sus creyentes no sintieran su experiencia guiada. En esa medida, el vivir está ya orientado a fines específicos. Ese entramado de fines y metas es el alimento de los problemas cotidianos. Pero ¿lo problemático en dónde se halla? ¿Estará en los impedimentos, en las preguntas, en el desconocimiento del futuro o en el contexto social en que se desenvuelve nuestra vida? A esa serie de preguntas parece también corresponderles una interpretación, una mirada quizás moral de lo que hacemos constantemente. Sólo el hombre puede eludirse en la mirada a sí mismo, acto este que no puede completarse sin una mirada a lo que comparte su tiempo, sin radicalizar incluso la capacidad de comprender todo sentido de pregunta, respuesta o decisión alguna que le sea posible.

No es fácil reconocer el discurso que nos persuade. La dificultad estriba en mirar nuestra manera de vivir. Esa palabra se presta para la poética de la publicidad con facilidad porque es la que con mayor amplitud expresa lo que muchos podemos reconocer de nuestros actos: que muestran que buscamos algo. ¿Qué le sucede a la capacidad del hombre para desear en un mundo en que la relación entre el deseo y lo moral esconde un secreto a voces en el nihilismo? ¿Es la pérdida de sentido un problema asequible a la experiencia cotidiana de la vida? No podemos decir que el deseo haya desaparecido, pero sí podemos notar los efectos en él del mundo en que nos movemos. Para la consecución de fines inmediatos, se nos ofrece un paraíso irrefrenable de opciones: rara vez sabemos responder si hay una manera idónea de desear y, por ende, de satisfacernos. La vida está aclarada, a nuestro criterio, por la necesidad imperante de sobrevivir, pero es difícil notar que el rasgo vital que organiza nuestras posibilidades se guía por nuestras opiniones. Y nuestras opiniones coinciden casi al unísono con lo moral: hasta el ateísmo está cargado de moralina. Intentamos juzgar al otro, nuestras emociones nos hacen saber que no somos independientes del otro, pero esos rasgos de todo ser humano no son suficientes para suponer que el sentido inmediato de nuestra vida asegure la verdad. Esos rasgos del ser humano aparecen ahora en un contexto en que se esconde el extravío del desconocimiento.

El problema de la vida humana está al fondo de ese desconocimiento. Nadie verá un problema cuando tiene claras sus metas, cuando la teleología cotidiana ha establecido sus límites comunes. Lo importante sería observar que en esa estructura está lo que nosotros somos, que por ella se nos distingue o, mejor expresado, que ella es posible porque en alguna medida conocemos y desconocemos lo que somos, aunque podamos vivir sin reconocerlo. No se debe eso sólo a que vivir sea un proceso natural: el conocimiento del cuerpo humano nos ha posibilitado una manera peculiar de vivir. Es decir, el conocimiento de lo que la vida “es” no está asegurado por la ciencia, porque ella misma se reproduce bajo un deseo, rasgo de lo vital. Si la experiencia histórica puede llamarse en algún sentido actual no se debe sólo a su posición en una cronología temporal, puesto que todo mundo puede, sin necesidad de saber historia, reconocer que en ningún momento las cosas humanas pueden mantenerse en un estatismo absoluto. La experiencia histórica actual tiene un panorama distinto, con ideas peculiares y propias, pero los signos de nuestro tiempo son también efectos de las relaciones humanas en el tiempo. El pensamiento del pasado no puede caducar por el simple hecho de un cambio de contexto, y el problema más grave estaría en no notar que quizá sostener la novedad total de nuestra vida esconda más una catástrofe para las posibilidades mismas de nuestra vida cotidiana. Un problema no se vive si la experiencia no se alimenta del misterio que emana de lo temporal en el hombre. ¿O puede tomarse en serio la afirmación de que la creación de nuevas posibilidades implica una transformación de lo que hace posible lo posible? ¿No sería esa la contradicción más inane posible? La situación se establece conforme a lo actual, pero incluso podría ser que el sentido mismo de lo actual no pudiera ser aclarado si no sabemos responder por nosotros, que somos los únicos capaces de hablar de actualidad. Problemático es saber si esa capacidad de notar más de una posibilidad de satisfacernos no se reduce a una sola esclavitud. La libertad podría no ser un estado natural o legal.

 

Tacitus

El sentido de esperar

Hace cinco años terminaron las diarias contracciones, la preocupación del momento se ha fortalecido, el cansancio ha crecido bastante y la esperanza se ha arraigado en mi ánimo y se ha estado alimentado cada día.

Lo más demandante que he hecho en mi vida, ha dado sentido a lo que antes mi atención requería. La pregunta por lo bueno me interroga día a día, con cada pasito, con cada palabra y con cada decisión que se va tomando en nombre de aquella por quien desvelo mis ojos para cuidar su sueño.

Hace cinco años se acabaron las diarias contracciones y apenas comienzo con los diarios desvelos.

Valió la pena esperar y sigue la esperanza alimentando la paciente espera por lo que florecerá luego.

 

Maigo

 

 

Sobre las metas y los fines

Actualmente no solemos utilizar la palabra fin para referirnos a lo bueno, a lo mejor o a la naturaleza humana. Cuando hablamos de alguna situación donde se muestra un aspecto destacable del hombre que éste realizó, hablamos de metas o logros. Un buen deseo se expresa diciendo: “espero que cumplas tus metas (o logros”; jamás escuchamos o leemos que alguien diga: “espero que actúes con excelencia con respecto a tus fines”. La diferencia parecería inexistente, de no ser porque hablar de metas o fines trae implícita alguna idea de las capacidades humanas.

Que el hombre no puede controlarlo todo, que no es un ser todo poderoso, ha sido corroborado en más de una ocasión de manera dolorosa. Si el hombre hace de sí mismo una estatua mediante sus logros, va perdiendo la posibilidad de verse como es; es decir, el hombre al alcanzar sus aspiraciones puede encontrar la falsa idea de que su poder es ilimitado. La idea sería sólo un conflicto psicológico, del ego de ciertas personas, si no tuviera de base una idea de la historia, la cual supone que el conocimiento humano va enlazándose a través de los años y que va incrementando indefinidamente. La idea resulta complicada porque no se puede precisar si la historia tiene alguna finalidad clara o si no la tiene; si no la tiene el problema es que quizá nunca fue pensada y su sendero es errante, azaroso, y si la tiene, si se ha sobrepasado lo planeado, es decir, el problema es si la historia es controlada por el hombre o el hombre ha sido controlado por la historia. Aunque el hombre controlara el rumbo de la historia, nos encontraríamos con qué hace alguien tan poderoso con los demás hombres, ¿los ayuda a ser tan poderosos como él?, ¿los limita para que su poder no se vea en peligro?, ¿cuándo a las personas les desean éxito, implícitamente también les desean que sean poderosas?

El éxito es algo tan ambiguo como el poder, aunque el segundo parezca manifestarse cuando se ejerce, ¿del primero cómo tenemos noción?, ¿al ser reconocidos por alguna institución o empresa por algún papel o un nombramiento? De ser así, el éxito sería algo sumamente efímero, de un solo momento o lo que dure el recuerdo en la mente de los demás. El exitoso debería de encargarse de estimular dicha idea en los demás, es decir, de hacer cosas exitosas constantemente. Pero, ¿dónde tiene fin su éxito?, ¿alcanzará un día el pináculo del éxito y no lo deseará más porque de ahí no puede bajar? Pero en nuestra experiencia nunca vemos que los hombres progresen indefinidamente en su éxito, hasta los más ricos descienden en el peldaño de la riqueza y sus aspiraciones se ven limitadas por las aspiraciones de los poderosos. A menos que el éxito no se encuentre ni en la riqueza o en el poder político. El exitoso es aquel que debido a su conocimiento es reconocido. Esto no quiere decir que el éxito radique en la comprensión del hombre que por su conocimiento es reconocido, sino sólo en que se le aplauda. Aquí surge la pregunta: ¿la felicidad radica en lo que se realiza o en el reconocimiento de lo realizado? De nada sirve el reconocimiento si no se hace nada bueno, pero lo bueno sólo podemos entenderlo con respecto a los fines humanos. El éxito es una imagen de lo que el hombre puede hacer.

Yaddir