Hermandad

El llanto de tus ojos propicia angustia en mi alma, la ausencia de tu voz me agüita el corazón, el sudor de tu frente me mueve y amilana. Mis egoísmos se pierden cuando veo tu dolor, quisiera calmarlo y veo que no puedo hacer nada, sólo puedo tomar tu mano y acompañarte en tu dolor, mi impotencia y tu sufrimiento en algún sentido nos hermanan, porque sin sentir siento y sin sufrir sufro y porque tu alegría me alegra y tu salud me devuelve la mía.

 

Maigo

Fiebre roussoniana.

Para poder dejar de lado el llanto, para no hacer caso de las sonrisas y, para no sentir que el alma se me congela al sentir el calor de la fiebre invadiendo un cuerpo que no es el mío, necesario sería negar la presencia de un alma que me mueve y que mueve a dicho cuerpo, habría que negar a Eros y comenzar a hablar de amor de sí y de amor propio como aquello que me mueve y que mueve al otro, habría que olvidarse del olvido de sí que implica el amor para pensar en la compasión como un deseo de no estar tan mal como aquel al que tengo en frente. En pocas palabras tendría que aislarme más que Rousseau sentado en su barca.

Maigo.

La Vigilia Febril

Por A. Cortés:

Es muy curiosa la experiencia de la fiebre. Para empezar, estamos todos familiarizados con los sueños febriles, sólo que no los vivimos de la misma manera. Algunos recuerdan imágenes geométricas, sueños sin trama, que desesperantemente cambian de tamaño sin detenerse; otros recuerdan haber soñado historias de violencia que no tienen personajes, y que no pueden contar, pero de las que se saben víctimas; otros hablan de palabras y frases que se repiten sin cesar, que cansan pero siguen. En general, los sueños febriles parecen algo así como pesadillas en las que se substituyó el miedo encarnado por el hastío y la incomodidad suplió al dolor, pero todo ello sumergido en una pesadísima desesperación. Creo que pocas cosas desesperan más que un sueño febril. Son largos, ininteligibles, extenuantes.

Con días de fiebre se da uno cuenta de que el mundo de la vigilia no es completamente él mismo, la condición anormal cambia por completo la percepción del tiempo y los eventos de todo el día parecen borrosos e inconclusos. De hecho, los días de fiebre se parecen mucho a sus noches, como si el sueño febril no lo dejara a uno despertar, ni siquiera después de haber abierto los ojos. Es imposible concentrarse, es imposible pensar en tranquilidad. Cuando uno entreduerme y entredespierta, y los minutos parecen haber sido embarrados a todo lo largo del reloj hasta hacerlos diez veces más largos, nada puede ser juzgado con seguridad, todo está borroso, todo es incómodo.

Desafortunadamente, la fiebre “clínica” -le digo así por distinguir esta condición- no es el único tipo de fiebre. Está también la fiebre del hombre de ciudad. El que no distingue el ritmo de cada cosa y al que todo le parece borroso, para quien los eventos no tienen peso y las palabras no valen nada, y además, es quien más hirviente tiene la sangre, pues como un loco alucina cambios y quiere moverlo todo, quiere hacer chico lo grande y grande lo chico. No puede concentrarse en una sola cosa. Quiere sólo lo nuevo, quiere todo rápido, quiere más y quiere querer más, y se ufana entre loas sin peso ni sentido.

En fin, algo notable de la fiebre es que quien la padece no puede ni quiere platicar mucho tiempo.