Los que nos quedamos

Maestro, escribo esto  a propósito de tu partida.

Para Francisco García Olvera.

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La gracia de la alegría

La gracia de la alegría

 

A mi maestro

Francisco García Olvera

in memoriam

 

Ante la plena

mar, una sola lágrima…

Brota la niebla.

José Luis Rivas

 

Vi con claridad la felicidad. Francisco García Olvera fue un hombre feliz. Por ello fue siempre tan dichoso todo encuentro con él. Por ello, estamos todos tan agradecidos de la dicha de haberlo tenido en nuestras vidas. Nosotros, tan imperfectos, nos maravillábamos de su radiante alegría, nos inspirábamos con su paciente esperanza, agradecíamos su tenaz disciplina, su corrección directa, su reconvención amable, su planeada simulación, la inteligencia que espontánea iluminaba nuestras vidas. Yo, en particular, deberé siempre a mi maestro lo mejor de mi vida: la confianza en la palabra. Fue él quien me llevó a los diccionarios, fue por él que descubrí en los términos pasado, en las palabras sentido, en lo dicho posibilidad. Fue Francisco García Olvera quien ideó la simulación original por la que fue posible que los amigos se reunieran a leer, a trabajar juntos, a pensar en compañía: a que la palabra fuera común a todos. Por García Olvera tengo a los mejores de mis amigos, tuve los mejores momentos, casi fui feliz… Fue su confianza la que me dio profesión. Si llegué a estar frente a un pizarrón, si pasé horas corrigiendo trabajos, si comencé a ser docente, sólo fue posible por la confianza del maestro Francisco. Y en la más terrible crisis, sintiendo lejos a mis amigos, perdiendo el sentido de la profesión, empañando la esperanza en la vida, fue mi querido Panchito quien me ayudó. “¿Cómo conserva la esperanza un profesor?”, le pregunté dolido a quien ejerció la profesión por más de sesenta años. “Uno sabe que nunca es suficiente. Las definiciones son perfectas, los hombres no lo son. La educación siempre está en lo imperfecto”, me contestó alegre y me ofreció un chocolate. ¿De dónde venía su alegría? Francisco García Olvera contagiaba su alegría, extendía la mano de su inteligencia y sus palabras nos endulzaban el gusto sin empalagarlo: ahí el secreto de la definición perfecta, de la metáfora viva, de la enseñanza sabia. Irradiaba alegría para deslumbrar el buen gusto: pensar como la alegría del hombre que sabe sus propios límites, el hombre contento. Educaba el gusto por el orden mediante la correcta exageración. Exageraba educando porque nosotros, tan imperfectos, tan exagerados, sólo así podríamos comenzar a conocernos, a reconocernos, a pensarnos. El gusto por pensar: la gracia de Pancho. La gracia de la alegría de Francisco García Olvera fundó en sus discípulos una cierta fe, una esperanza, una cierta confianza en la palabra. La gracia de su alegría nos hace deseable la felicidad, confiable la vida y entrañable la amistad. Yo deberé siempre a mi maestro lo mejor de mi vida.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Aurelio Asiain escribió el siguiente poema sobre los tres estudiantes de cine secuestrados y asesinados, cuyos cadáveres fueron disueltos en ácido, en Jalisco.

 

EMPÁTICO

 

La irreparable pérdida

y la pena que embarga

y las sinceras condolencias.

 

Estos hechos terribles

no quedarán impunes.

 

He girado instrucciones

y lugares comunes.

 

La cosa está resuelta.

La realidad disuelta

 

en ácido.