Un momento de reflexión

Reflexionaba. Hoy he reflexionado. Mi esfuerzo se concentraba en responder a una importante pregunta. Me dije: “¿por qué no se me había ocurrido antes, si la cuestión no era ajena a mis indagaciones pasadas?” Una lánguida luz de respuesta llamó mi atención: mi reflexión se había limitado a horarios específicos (como si eso pudiera hacerse); mejor dicho: yo había limitado mis propios pensamientos a un hato de frías horas encerradas. No es que hubiera… No quería… No había… ¡Basta! Negarme a ver mi responsabilidad no me haría más responsable; la arrulladora cantinela de la negación sólo dormía un rato mis problemas, los cuales, al despertar, se volvían más fuertes. Recordaba mejores momentos de reflexión, semanas enteras de exploraciones continuas, días compartidos en fresco diálogo. Si bien todos los días pienso, algunos pienso mejores temas y de mejor manera que otros. ¿Por qué hay días en los cuales me resultan puramente curiosas las grandes efigies del pasado y en otros me parece escuchar su potente voz? La duda crece porque disfruto pensar (o eso me parece), porque veo que es bueno y puedo mejorar cuando reflexiono, es decir, ¿por qué si estar pensando me resulta bellamente placentero no me mantengo pensando con fruición en todo momento?, ¿por qué no prodigo más tiempo a una actividad tan generosa? Quizá me confío…me confío y creo poder acceder a una buena contemplación en todo momento, creo ver siempre la puerta abierta; quizá olvido que para ver lo mejor hace falta realizar muchos esfuerzos y que dejar inactiva mi cabeza tan sólo me suspende en la más viva mediocridad.

Yaddir

Bullyng

Cuando el mal hundía sus raíces en el corazón del hombre éste encontraba su salvación en el reconocimiento del mismo, en el arrepentimiento y en la contrición. Sin embargo, el mal ya no se arraiga en el corazón, ha cambiado su habitáculo para residir en la memoria, y encuentra todo tipo de justificación en los recuerdos de aquello que contradice a los deseos. Por ello se le contrarresta acabando con los restos de desagrado que deja tras de sí una amarga experiencia y minimizando en lo posible la distinción entre las pasiones que distinguen al humano de la bestia.

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Tiranos de Oficina

Burocracia es el nombre del gobierno de las oficinas. Eso es lo que quiere decir esta palabrita tan acudida en nuestros días. A cualquiera que no comparta mi miedo de los burócratas lo invito a que piense en el poder que representa en nuestras vidas tal tipo de dominio para que pronto caiga en cuenta de qué tan extensa es nuestra dependencia. En nuestras instituciones se acostumbra no solamente llenar de poder a las oficinas que se encargan de administración de los recursos, sino que todo movimiento pasa por ellas y responde a sus estatutos antes de que pueda realizarse. Las nuevas pautas de una oficina no vienen sino de otras oficinas. Una oficina, repleta con un montón de gente nadando entre documentos, sellos e impresoras, gobierna nuestras instituciones, y se supone que son éstas en las que confiamos para gobernarnos nosotros mismos[1]. Tenemos entonces que quedarnos con el orden impuesto para no sufrir el desorden y, desafortunadamente para cualquiera que anhele ser libre, elegir entre dos males no es libertad.

Cualquiera que viniera de visita de un tiempo o lugar remoto diría de regreso a su hogar que amamos la confusión y la contradicción. Esto no es más notorio en algún otro sitio que en la burocracia, en la que los «servidores» gobiernan nuestro futuro. ¡Ay de quien indisponga a un servidor público!, porque su trámite se atora. Aún así llamamos servidores a los que trabajan en las oficinas. Poderosos nuestros sirvientes que nos dicen cómo podemos y cómo no tomar las decisiones de nuestras vidas. Es loable que prefiramos el orden al desorden; pero creer que es posible erigir para todos los asuntos un mismo sistema mecánico de respuestas predeterminadas es necio. ¡Y es allí donde se pone más ridículo todo! Creemos que es posible que, si las oficinas funcionan bien, los problemas y anhelos de cada individuo separado se puedan reducir a un sistema general que conozca respuestas a todo caso posible. Pensamos –por quienes dicen que soy un exagerado– que aunque esto no va a lograrse jamás, serán pocos los casos en los que estos complicados sistemas de respuesta a casos particulares no den con la solución genérica. Y para no decirlo tan rebuscadamente: lo ridículo de la burocracia es que para ella confiamos en que la prudencia y el buen sentido se pueden substituir por un formulario bien hecho. Es como decir: «no tendremos nunca gobernantes capaces, pero por lo menos podemos ponerles montones de trabas por si tratan de tomar malas decisiones», y con ello pensamos en que sí hay quienes sean capaces para pensar en tales trabas. Esta confianza no sólo nos ha hecho invertir miríadas de recursos en la realización de tan inhumano proyecto, sino que en lo que se completa, nos ha hundido en un mar de papeleo –o de datos digitales– tan obviamente estúpido que lo único que tiene sentido es pensar que de alguna manera tuvo que acostumbrarnos poco a poco a su aspecto antes de que hubiéramos decidido seguir ahogándonos en él. Si antes de la gradual y lenta instauración de la burocracia se hubiera visto el papeleo necesario para sacar un título universitario, nadie se hubiera aventado el papelón de proponerla[2].

Y lo más temible de todo este asunto es que parte del yugo inamovible de la burocracia se debe a lo bien que se oculta y cuela entre las figuras y espejismos que nos creemos que gobiernan. Ella no nos gobernaría tan eficazmente si nos diéramos cuenta de que así lo hace. Pero lo logra, porque está calladita debajo de lo que creemos que tiene el control de nosotros mismos. Puede cada quien pensar en su ejemplo para esto que digo con este esquema: una persona en una oficina desea hacer algo que según su juicio es necesario hacer; pero no existe ningún formato que lo autorice y los que sí están disponibles no tienen ese rubro. Lo que pasa entonces es que tal decisión no se toma, y ese movimiento no se hace. Nadie puede hacer nada que esté fuera de las formitas. El oficinista (casi siempre malencarado) no puede cambiar los rubros de la computadora sin la clave, que tiene la encargada que no puede añadir nada sin el programador, que hizo en primer lugar el programa sin libertad de nada más de lo que le pedía esa sección del Gobierno, que no puede pedir nada que no… etc. Qué demeritados tiranos atendiendo tras ventanillas, con oficios por heraldos y sillas de plástico por tronos. Y qué demeritados los así tiranizados, también.

Lo bueno es que en un ambiente aparentemente tan obscuro y triste, aún nos queda reír cuando se hace una encuesta para conocer cuál de los trámites oficiales es el peor, y para participar en ella, es necesario llenar un pequeño formulario: ¡la extensión de nuestra libertad!

 


[1] Aun más miedo me da pensar en el número de sindicalizados que trabajan en las burocracias mexicanas, pero eso es tema aparte y de implicaciones más ácidas, aunque no más profundas.

[2] Para titularse por la UNAM es necesario hacer un trámite para comprobar que uno ha terminado sus estudios en la UNAM, cuyo requisito inicial es haber terminado sus estudios en la UNAM. Por supuesto, es un trámite que cuesta dinero.