Ridícula eficacia

Ante la ineficiencia e ineptitud sólo le quedaba la ridiculez, por eso siempre reía en las fiestas y reuniones, mostraba lo que comía y se entretenía en diversiones.

Marco Antonio se divertía, mientras César afianzaba su poder, para hacerlo había doblegado a una ciudad que en memoria sería eterna, aunque ruinas ahora sólo queden de ella

Mientras el ridículo bailaba y con pronunciamientos se desdecía, los generales se peleaban: César y Pompeyo en pos de la gloria rumbo a Egipto se mataban.

 El hombre ridículo, en tanto, bailaba y con palabras suaves pretendía calmar los ánimos, miedos e inseguridades que había sembrado su general en en jefe con tal del poder afianzarse.

Al ver que los discursos, y el recuerdo de las buenas madres romanas no servía, Marco Antonio se desesperaba y para calmar a la turba embravecida hacía un pronto y mal uso de las armas.

¿Cuántos Marco Antonios no  ha habido? De esos que destrozan ciudades eternas en pos de tratar de calmar los ánimos de las turbas a los que con sus discursos y ridiculeces despiertan.

Maigo

Juego de niños

Cuentan las leyendas que cuando era niño Ciro fue electo como rey mediante la votación de sus demás coetáneos, al ir organizando su reino, el niño elegido por los demás entregó una tarea diferente a cada uno de sus compañeros, pero hubo uno que se resistió a hacer lo que se le mandaba y Ciro lo mandó azotar.

El niño que fue castigado por Ciro pidió a su vez que el rey niño fuese reprendido, porque tras aceptar ciertas reglas para el juego de gobierno no quedó conforme con el resultado de las mismas y pretendía cambiarlas.

Entre otras cosas lo que enseña esta anécdota es que aceptar las reglas para después desobedecerlas y querer cambiarlas por otras es una conducta propia de los niños, especialmente cuando se les ocurre jugar a la política.

Recordando a Pisístrato.

Es lugar común pensar que los problemas de la polis se resuelven mediante instituciones o cambios de nombres a las costumbres ya establecidas. Los nombres nuevos a las viejas usanzas no garantizan sino la conservación de las mismas.

Se puede llamar democracia a la tiranía cuando ésta ha sido constituida mediante lo que parece elección popular, ese uso y costumbre se estila desde tiempos de Pisístrato, quien consiguió el favor de la asamblea después de formar su propio partido y mostrarse mal herido y maltratado por los opositores.

Desde Pisístrato hasta nuestros días, ya han pasado más de mil años, y las costumbres y usanzas de los tiranos no han cambiado mucho, si bien ya no usan toga y ejército de maceros todavía algunos se fingen víctimas de atentados y otros se muestran como inocentes ciudadanos maltratados por una turba de agresores que se encuentran en el poder.

Se dice que Pisístrato fue moderado en su tiránico gobierno, pero de sus hijos el recuerdo no es tan alagüeño, actualmente llegan a tiranos los que formalmente vienen a ser como sus tataranietos, y pretenden usar otros nombres para ocultar sus oscuros deseos.

Pero no sólo viven ocultos los tiranos modernos, deben salir a la luz pública y verse como buenos sujetos, para ello existen los disfraces de amorosos seres preocupados por el bienestar de su pueblo.

El moderado Pisístrato también uso un disfraz, cuenta Heródoto que en cierta ocasión el tirano en ciernes se hizo acompañar por una mujer disfrazada de Atena; el tirano moderno se viste como defensor de la justicia que hasta cierto punto identifica a la diosa griega.

Pasan los días y el desfile se prepara, la efigie de la falsa diosa se viste con nombres bonitos y lindas formas que den sabor de eternidad a lo que es repetitivo pero pasajero, como la bonanza prometida o la gloria electoral proveniente de una asamblea antaño desconocida.

 

Maigo

 

 

 

 

 

 

 

 

El ojo que no parpadea

«Oigan, ¿no han notado que «Cruzando el Desierto» es igual que «El ojo que no parpadea» y que «El desastre de Hesperus»?”.
Homero Simpson

La culpa la tiene Jesucristo nuestro Señor, o sus evangelistas, nos educaron bastante bien y esa idea de que La Verdad nos hará libres ha penetrado la reforzada coraza de las mentes libres. Hace unos días leía a un cuate porque el título de su texto prometía dar una interpretación de la alegoría de La Caeverna. Para mi sorpresa, el texto estaba muy bien ordenadito, tenía incluso vínculos a una traducción (decente) al español y el autor se tomó la molestia de citar párrafos enteros para escribir su interpretación después de cada cita. El tema general es el mismo que le gusta abordar a todos los que hablan sobre la Caverna muy superficialmente, a pesar de que el autor se presenta desde las primeras líneas como un científico (yo no dudaré acerca de esta autoproclamación, porque la forma seria y académica que tiene su texto le alcanza para que yo le crea) que en sus primeros semestres de la carrera recibió una embarrada de filosofía (precisamente de la alegoría de la Caverna). Bueno, como yo esperaba que no sucediera (pero terminó por suceder) el buen hombre este escribió acerca de epistemología, de cómo él como hombre de ciencia ha visto el Sol al igual que muchos otros hombres (científicos según él) y de cómo después de haber escapado a sus cadenas de manos, cuello y pies, ahora lucha incansablemente por liberar a nosotros los demás cavernícolas.

La premisa que guía semejante entrada es bastante simple: “yo soy bien chingón y tú no”. Digo: “la sociedad vive engañada porque cree en tonterías como religión, fantasmas, y un toque mágico que rodea su entorno, pero sería libre y más feliz creyendo lo mismo que yo”. Hace algunas referencias a blogs de gente que promueve la medicina alternativa, y de cómo eventualmente esta misma gente termina por abandonar su fe y se une a la Santa Iglesia de la Ciencia moderna. Los pregoneros y predicadores de la ciencia no se cansan (como explica el cuate éste) de liberar a los cavernícolas con uñas y dientes, siendo éste, el método de la violencia (en forma de sarcasmos), el más recurrido. ¿Por qué? La verdad no lo sé, y me extraña que los científicos sean tan bárbaros a pesar de haber visto El Sol y abandonado su condición cavernícola. Bueno, el autor pide a sus lectores que le ayuden de despojarse de las cadenas que todavía tiene, porque sabe que aún están allí: sus prejuicios, sus creencias, su educación, su bagaje cultural. Supongo que ingenuamente (como el comentario ingenuo que le hicieron a esa parte de su texto, donde le dicen que uno nunca puede librarse del todo de su realidad conceptual <o una mafufada así decia, que no era otra cosa que uno no puede escapar de su cultura y su educación>) lo exclama a los cuatro vientos sin darse cuenta del nihilismo que evoca, que desea y que incluso pretende que nosotros compremos para que después de un tiempo de vivir en él, comencemos a consumir Soylent por montones.

El problema con la alegoría de la Caverna no es meramente epistemológico (bueno, hay muchos problemas allí) y aunque a los pedagogos les encante andar predicando que hay que mejorar la técnica de la enseñanza para que podamos vivir mejor, y a los científicos les dé por bautizar a cuanto aborigen se encuentran; temo decirles que son parte del mal que tratan de erradicar. La Verdad nos hará libres, dice el Hijo de Dios, y los científicos se lo creen (yo no creo que haya pelea inconciliable entre ciencia y religión, aunque hay quien sí lo cree), pero, ¿libres de qué? ¿Por qué carajos quiero ser libre? Vaya, resulta hasta intuitivamente comprobable que la esclavitud es indeseable o no es parte de la naturaleza del hombre (habrá quien diga otra cosa, pero ahora que los gringos pusieron de moda la libertad, mucha gente la acepta como un feligrés a la Ostia), por ende uno debe buscar no ser esclavo, escapar de las metiras que lo someten a la indigna condición de cavernícola. Pero, ¿qué no es el hecho de educar lo que vuelve a los titiriteros los esclavistas de los cavernícolas? No es lo que enseñan, sino el hecho de enseñar. Creer que educar con conocimientos falsos (por decirlo de algún modo) como lo hacen los titiriteros de la caverna es la causa de los problemas de la sociedad, es análogo a creer que las sombras reflejadas en el fondo de la caverna, son el Mundo.

El problema es la educación, el problema es para qué educamos, o por qué educamos, no tanto el qué educamos o cómo educamos. Cuando el filósofo sale de la caverna, tiene la necesidad (tal vez esté forzando el término) de regresar, pero no es a educar a los esclavos, no es por compasión o porque quiera darles una vida más digna. El filósofo regresa por dos razones: la primera es que se encuentra solo, completamente solo ante algo maravilloso y bello en extremo. La segunda es que el fascinamiento por aquello que acaba de descubrir lo obliga a compartirlo (como cuando un cristiano descubre a Dios, o como cuando leí que lo recto es lo que está frente a dos extremos) es la naturaleza de la belleza el mover al hombre a representarla, aunque esta representación sea un simple comentario verbal. Bueno, una vez dicho esto, proseguiré a decir que me parece que en la alegoría de la caverna se presenta el problema verdadero que muestra la república: ¿cómo chingados es posible la política? Vaya, puedo hacer trampa y decir que el hombre es político por naturaleza, y no meterme en más problemas (y justo eso haré), pero antes señalaré que el único modo en el que se puede gobernar a un montón de cavernícolas es bajo la Noble Mentira, aunque ésta esté construida por titiriteros y una fogata en el fondo de la caverna.

Me resulta evidente, al menos a mí, que el problema no es liberar a los esclavos, el problema es: ¿cómo demonios vas a gobernar a un montón de esclavos libres? Suponiendo que los cavernícolas tuvieran las mismas capacidades que el filósofo que escapó de la caverna, y que aprovecharon del mismo modo todas las oportunidades que tuvieron de escapar, y que la educación efectivamente es posible, y que la técnica para educar resulta efectiva y que además es el único medio para que el cavernícola vea el Sol (como predican nuestros educadores modernos), y que además encontraron hermosa la verdad y no temible por su magnificencia. Entonces, podrían suceder dos cosas: la primera es que los cavernícolas vivan en anarquía, porque son tan educados, civilizados y bienhechores que no requieren gobierno — como proponen esos anarquistas chiflados que sostienen que el hombre es bueno por naturaleza, y que por lo tanto hay que vivir en la anarquía — (esto también bajo el supuesto de que el gobierno siempre es un Leviatán). La segunda es que reconozcan al filósofo Rey y lo hagan su gobernante, sin embargo, esta condición anula por completo los tipos de alma y las cualidades del filósofo (ya que todos los esclavos serían filósofos y por lo mismo reyes, lo cuál nos lleva al caso uno de nuevo). Es decir, un montón de cavernícolas sueltos que vieron efectivamente la luz, resultan ser ingobernables.

Ahora bien, a nuestro amigo apóstol de la sacro-santa Iglesia de la Ciencia, se le posesionó el Espíritu Santo y el evangelio de la Nueva Verdad. Lo mismo le sucede a los pedagogos y a los psicólogos (que tienen su religión aparte), se emocionan, creen que han visto el sol y corren a convertirse en titiriteros (y lo logran). Nuevamente pregunto: ¿de qué nos hará libres La Verdad? Y una pregunta más incisiva (y certera a mi parecer) sería: ¿de dónde sacan estos bienhechores científicos la idea de que los cavernícolas quieren (o pueden) conocer La Verdad? (suponiendo que ellos ya la vieron como lo proclaman sin pelos en la lengua) Los invito, queridos lectores a que hagan un experimento: salgan a la calle y díganle a diez personas que el triángulo es una figura cuyos ángulos internos sumados son igual a dos rectos. Vean cuántos les prestan atención, vean cuántos no se interesan, pero sobre todo vean cuántos les agradecen que hayan roto un poquito sus cadenas. Temo decirles, amigos científicos y demás profesionistas, que pueden educar todo lo que quieran (y solo por no dejarlo a un lado, diré que creo firmemente que no hay acto más violento en este mundo que el de la educación), pero si Eros no lo manda, su educación no servirá para maldita la cosa. Si me lo preguntan, amigos lectores, prefiero mil veces vivir en la caverna a vivir en un mundo lleno de eruditos Nihilistas que saben mucho, gobiernan poco y son tan libres como para vivir de una dieta rica en Soylent. No sé qué opinen ustedes.

Quien no fue rey

Luotimo, el viejo, había sido voz en la comunidad toda su vida. Un día, un joven se enteró de que el padre de Luotimo había sido uno de los líderes del pueblo y que fácilmente su hijo habría podido asumir ese puesto a la muerte del señor hacía medio siglo; pero en vez de eso, lo había rechazado voluntariamente. Al escuchar estas desconcertantes palabras, sin perder tiempo el joven buscó en su casa al viejo y demandó tan pronto lo vio: «Luotimo, quiero saber por qué cuando pudiste ser líder de todos nosotros, rehusaste el cargo, si esto que he escuchado es verdad». El anciano preparó el té y esperó, según su costumbre, a que éste estuviera listo para que ambos bebieran. Entonces le respondió: «hacía ya mucho que no escuchaba esta pregunta, y sin embargo, nada ha cambiado demasiado. El tiempo invita a pensar que el mundo sigue siendo el mismo que siempre ha sido. ¡Qué difícil es ceñirlo mientras se mira tan alto como ven los reyes y señores! Miran tanto tiempo el brillo dorado en las nubes que olvidan las caras de los suyos. Verás, cuando era como tú y no se había adelgazado la carne de mis manos, tuve un sueño. Sólo los dioses felices pueden saber ahora si fui o no engañado como Agamemnón. Soñé con el Rey Ciro y una mesa amplia llena de manjares. Soñé música que ya olvidé y que todavía hoy me inflama el pecho. Soñé risas, riñas y el calor de cercanías. En mi sueño, Ciro estaba entre sus huestes y comía con ellas, tomando de la mesa el mismo pan. Fuera de la tienda todo era árido. Yo miraba al rey desde lejos, y aun a mi distancia escuchaba a la perfección cuando uno de sus parientes se acercaba desafiante donde él. ‘¿Qué haces, Ciro? –le preguntaba con escarnio en los dientes– ¿comes en común con el vulgo? ¿Será que rehuyes de la sazón de las comidas palaciegas porque tu paladar es débil? ¿O es que no sabes que lo justo es que cada quien coma con sus iguales?’, todo esto lo escuchaba yo muy bien, pero cuando Ciro respondía yo no alcanzaba por entero a hacerme de sus palabras. Me acercaba entonces, hasta oír lo que quedaba de su contestación. ‘Un buen gobernante –le decía–, puede diferenciar lo justo y lo bello’. Desperté para anunciar la decisión por la que inquieres hoy». El joven se fue antes de terminar su té, y Luotimo derramó el resto en la arena cuando se había enfriado.

La Tiranía Universal

En esta misma semana leí dos ideas que, combinadas, me parecieron hacer un aterrador prospecto. La primera es que con la comprensión moderna que tenemos de la política somos incapaces de diagnosticar correctamente cuáles gobiernos son tiránicos. La segunda, que nuestra historia social progresa acercándose cada vez más al estado homogéneo y universal.

Resta corroborar qué tan verdaderas son; sin embargo, algo tienen de alarmante en su sola propuesta. Que seamos incapaces de concebir correctamente la tiranía en nuestros gobiernos no sólo quiere decir que imprevistamente pueden dominarnos, cosa que de por sí parece terrible, sino también que puede atraernos sin que conozcamos las consecuencias plenas de acercarnos a tales regímenes. Es decir, pueden controlar partes de nuestra vida en las que nos pasa desapercibido que estamos sometidos a su fuerza tiránica. Para empezar, la tiranía no reconoce la ley más allá de la que ella misma imponga según su criterio o capricho. En el caso poco probable de un tirano con muy buen juicio, se substituirá la ley por buenas decisiones a las que en cada caso le indicará su prudencia; pero es ingenuo esperar algo así. El menoscabo de la ley puede ocurrir aún teniéndola escrita, pues el constante desapego a una forma de legislar se puede dar por corrupción y por interpretación arbitraria de los códigos. Si el juez tiene el poder de actuar a capricho haciendo de cada nuevo caso una novedosa manera de acatar la ley, o de plano se le pasa por alto cuando “conviene” a quien la debe procurar, ésta es lo mismo escrita en una constitución que inválida y olvidada. Es decir, cuando cada decisión del gobernante es una nueva medida de la justicia, ésta desaparece. La tiranía es injusta por definición. En segundo lugar, la tiranía no se ocupa nunca de procurar el bien común. Los motivos del tirano pueden ser grandísimamente diversos, pero finalmente condicionan su régimen para sostenerse en ejercicios que no pretenden hacer vivir bien a quienes domina.

Si esta forma básica de concebir la tiranía es aceptable, por estas razones podríamos imaginar de dónde brota la miopía ante el surgimiento y mantenimiento de tales regímenes: tendría nuestra ciencia política que haber desdeñado la importancia de la ley en la comunidad, o que haberse desafanado de buscar el bien común, o ambas cosas al mismo tiempo. Por el motivo que sea, es un hecho que las democracias modelo de hoy confían en una felicidad que sólo podría darse con la libertad de que cada quién encuentre su propio modo de vivir de acuerdo a sus propias concepciones de bien. Ni la ley tendría más fundamento que una muy generalizada visión de los requisitos mínimos para garantizar esta búsqueda (los derechos humanos), ni sería posible que ningún estado propusiera un plan completo basado en algún bien que considerara el bien común.

La segunda idea puede desprenderse en cierto grado del bosquejo anterior. El esfuerzo moderno por progresar descansa en la confianza de que es posible, con mayor o menor éxito, consolidar regímenes tolerantes que mantengan sus propias costumbres mientras que estiman las de los foráneos con el mismo valor. Así, la libertad que se pretende no es un bien en sí mismo, sino un estado ideal en el que cada quién podría –tratando a todos los hombres por igual–, elegir qué será su propia felicidad. El bien ya no puede ser común, cada quién elige el suyo. Es evidente por qué este anhelo se inclina por un estado homogéneo (al mismo tiempo que hace de cada vida una separada del resto mucho más que en la comunidad de las viejas ciudades). Mientras más éxito se tenga en esparcir esta convicción, menos será necesario que se mantengan los límites con respecto a otros regímenes. Tarde o temprano, si todo siguiera este curso, todos los modernos vivirían bajo el mismo régimen de las mismas consideraciones: no habría ni costumbres ni tradiciones ni nada que hiciera de los grupos de los hombres algo sectario, nada que pudiera erigirse como comunidad aislada del resto de la humanidad equitativa. Así la que era tolerancia de país con país se convierte en una de hombre con hombre hasta que las fronteras sean las personas mismas.

El peligro de ambas posibilidades debería ya ser obvio, pero me siento obligado a decir un poco de él. Primero, la tiranía puede ser disfrazada de proyecto democrático, y segundo, la homogeneidad universal del estado puede ser el perfecto disfraz. Para quien es perseguido por el tirano, siempre ha habido una posibilidad (aunque sea extremadamente escueta) de alejarse u ocultarse de algún modo. Siempre se ha podido confiar en el contraste que el gobierno autoritario puede hacer con la gente de otras partes que vive vidas muy distintas. Esta distinción ayuda además a estimular el pensamiento sobre la justicia o injusticia de los regímenes. Es benéfica para el pensamiento político. Sin embargo, a una tiranía extendida a toda la humanidad, perfectamente disfrazada del único régimen posible aceptado públicamente, no hay escape. Y si fuera una mentira la felicidad que ofrece la modernidad en este estado libre, sería lo peor haber perdido todas las alternativas para formar de alguna manera aún una verdadera comunidad, pues equivaldría a condenarnos a una vida en la que ninguna felicidad es posible.

El Gobierno de la Soledad

¿Qué es la justicia en una sociedad en la que cualquier bien del prójimo es desconfiable y cualquier tipo de vida admisible, siempre que se aleje de mí? ¿Cómo puede sentir simpatía un corazón alejado de los otros que los atrae sólo por su placer y los rechaza con desprecio en cuanto se siente saciado? Si se ha olvidado la posibilidad de entregarse amando a alguien y de renegar de la malencarada convicción de que uno mismo es lo único que verdaderamente importa, ¿cuál es la causa para continuar pensando en las acciones humanas, para continuar haciendo política, para seguir ensayando mejores modos de vivir y buscando nuevas maneras de mantener la paz? No parece que haya mucho sentido en esforzarse demasiado (y la reflexión sobre asuntos así siempre es una ardua labor) por buscar la felicidad entre los otros: aceptar de una vez que estamos solos debería de hacernos mucho más bien que seguir tentándonos con la ilusión de que existe en este mercado la posibilidad de mejorar las condiciones sociales; una que permite vivir en la legitimidad procurada por vigilantes de la justicia civil, y que asegura la vida cómoda un tiempo más largo. ¡Vemos de sobra que no se puede, que malgastamos nuestro tiempo queriendo a la vez ser egoístas aceptados y pacíficos ciudadanos bien portados! En esta perspectiva con la que vivimos, la simpatía es más obstáculo para mi persecución de mi felicidad que otra cosa, y mis amistades también porque propician que olvide que a los hombres los necesitamos como herramientas, y nada más. Es ridículo seguir queriendo engarzar a la fuerza este materialismo salvaje (pero científico), y la esperanza del progreso de los buenos sentimientos morales de los hombres. ¿Para qué queremos esas cosas, si en el fondo somos obligados a admitir que estamos solos? Ni la una ni la otra habrían de importarnos. Si somos en el fondo únicos y nuestras vidas son solamente el más hábil escape a la muerte: ¿para qué pensamos siquiera en las razones para escapar? Lo mejor para cada quién es que sea su propio tirano, alejado de todo, y sin gobierno de nada más que de su soledad.