Espejismos literarios

Al escribir sobre mí, a todo momento, temo que mi vanidad agarre mi mano y empiece a deleitarse con las palabras, a engrandecerse entre las variantes de tonos de cada pequeña frase, a esconderse entre los argumentos más agudos. Excepto cuando hago un complejo ejercicio de autoconocimiento y lo observo a la luz de los más arduos argumentos. Para lograr la autognosis debo verme como otro y al hacerlo me surge inmediatamente una duda: ¿me estaré falseando al verme como alguien diferente?, ¿será interesante para otras personas conocer cómo se conoce alguien distinto de ellos? Mi vanidad me puede jugar malas pasadas en ambos casos; mejor dicho: yo me puedo jugar malas pasadas. La más atractiva tentación de un escritor es volverse un personaje.

Se dice que Sócrates, pese a ser el pensador más interesante de todos los tiempos, nunca escribió nada sobre sí. ¿La complejidad de la vida reflexiva de Sócrates le impidió hablar de su propia actividad? O ¿le parecía más fructuoso buscar la verdad y ayudar a buscarla en vez de escribir sobre él? Aunque esta pregunta se complejiza o se vuelve inútil se recordamos que él era consciente que se escribía sobre él, eso según Platón, cuyos escritos son el mayor testimonio de la actividad Socrática (no nos olvidemos de los testimonios de Jenofonte y Aristófanes). Quizás él quería que se reflexionara sobre lo que se dialogaba y las escenas en las cuales se hacía; la verdad nunca la postula un hombre; el hombre no es la medida de todas las cosas.

Contrario a Sócrates, el escritor alemán Goethe habló muchísimo de sí mismo. Si bien la concepción del hombre que de cada uno puede colegirse, a través de lo que cada uno dice, es diametralmente distinta, y en el caso del escritor alemán predomina la grandeza del genio ante el hombre burgués (aquel ser indolente que ahuyenta la felicidad a toda costa de lo que lo rodea), al segundo no le molesta dejar su impronta en la historia. El arte y la política, a partir del hechicero de las letras alemán, quizá también la ciencia, la conducen los grandes hombres, el genio de los grandes hombres. Tanto nos ha hechizado la propuesta del genio, que sin dificultad consideramos genial hablar de nosotros mismos como objetos del arte. Hasta parece que Nietzsche se dejó seducir por Goethe.

Navegar por el mar de la escritura autobiográfica nos lleva a la isla de la fantasía más fácilmente que hacia la de la realidad. ¿Cuántos recuerdos no se reinventan a raíz de lo que quisimos que fuera pero no pudo ser o no pudimos concretizarlo?, ¿cuántas escenas no se exageran para que el lector se vea entretenido y no arroje el libro al cesto de basura por sentirse timado?, ¿puede aceptar el escritor autobiográfico que no es el hombre más inteligente de su tiempo? El presente reinventando nuestro pasado; la vanidad buscando eternizarse; la voluntad formando al joven lector. Aunque si el afán no es inmortalizarse en una obra, sino hablar de un tema inmortal, es decir, proporcionar alguna idea del hombre, la autobiografía, como la ofrecida por J. M. Coetzee, nos incita al autoconocimiento.

Yaddir

Incendiarios de periódicos

Hay un desprecio enardecido hacia la prensa por parte de dos grandes pensadores alemanes. El más indirecto, pues lo pone en boca de tres personajes, es Goethe en el Fausto. La idea se puede resumir señalando que el periódico es un entretenimiento de burgueses con el que falsamente creen que su posición es la mejor sólo por ser la más cómoda. El otro pensador, quizá sea el pensador con las ideas más enardecidas de occidente, es Nietzsche. Él se limita a decir que odia a los alemanes porque inventaron la prensa. Ambas posturas parecen exageradas, pues vemos que los periódicos nos ayudan a comprender en qué mundo vivimos. Pero quizá ahí se encuentra el verdadero motivo por el que esas dos grandes almas señalaban su aversión al papel informativo, pues la comprensión del mundo puede ser más difícil de lo que podemos leer en varias docenas de páginas.

No porque Goethe y Nietzsche cuestionen seriamente la labor de los periódicos, no resulte bueno mantenerse informado. La información bien seleccionada puede ayudarnos a entender nuestra situación política, el modo en el cual los diversos administradores toman sus decisiones, cómo éstas nos afectan y qué podemos hacer ante ellas o con ellas. También podemos vislumbrar la posible influencia que tienen los empresarios en las legislaciones que pueden cambiar nuestro modo de relacionarnos cotidianamente. Por otro lado, en el periódico encontramos los principales temas que les interesan a la mayoría de las personas. Además en esas páginas también leemos pensadores que nos ayudan a entender con un mejor contexto la información de nuestro País. Pero esos mismos pensadores pueden generarnos opiniones falsas, aparentes, que nos confundan. El problema es cómo pensar adecuadamente las noticias. Y antes de ello, cómo saber qué noticias realmente nos informan y por qué esas noticias sí informan y no confunden. Quizá el mejor modo de enterarse bien de una noticia sea leyéndola en varios periódicos y de ahí colegir cuál es el que constantemente proporciona la mejor información. Para entender el mundo se necesita más que una hojeada.

Quizá Goethe aceptaría que los periódicos podrían ser buenos si ayudan a que la cultura se propague y se entienda; si es que muestran con el debido cuidado la importancia y pertinencia de la cultura al espíritu del hombre. Pero creo que Nietzsche consideraría más importantes otros aspectos del alma humana que los de informarse para saber dónde vive; consideraría más importantes los que, como Goethe, eleven su espíritu, aunque, a diferencia de Goethe, sin necesidad de una comunidad política; quizá tampoco considere buena una comunidad cultural.

Yaddir

Pensamientos sobre Goethe

Pensamientos sobre Goethe

Insistía Goethe, con fervor muy particular, en la existencia de una estrecha y, aparentemente, continua conexión que debe existir entre el alma y las emociones del artista con el tiempo que vive, con la irremediable compañía del momento presente; decía que, en buena medida, de esa relación brotaba lo que llamamos poesía. El arte le debe su ser a la vida, pero no sabemos si esa relación se cumple bilateralmente. El trabajo del poeta se logra cuando su genio, su espíritu, encuentra la manera de mostrar su percepción honda del momento. El arte no es tal sin introspección. La sabiduría razonable que el poeta pide depende de lo que entendamos del posible significado de esa conexión mediante dicha introspección.

Era sagrado ese vínculo, y de ello nos podemos dar cuenta por una cosa: el hombre de Weimar escribía incluso víctima del aburrimiento. Puede que, frente al Werther o el Fausto, obras producto de su soledad o del esparcimiento sean sólo poco ejemplo de lo que un hombre como él significó para el arte, para el significado de lo humano y del espíritu moderno. Pero infaustamente pecamos de sutil pedantería al no darle el lugar en el cosmos poético del mismo artista. Es decir, todas sus obras fueron escritas por un mismo hombre, pero bajo circunstancias distintas.

¿De dónde saca tan elevada importancia el arte bajo el principio de la circunstancia y el momento? El poeta, según ello, se afrenta siempre a la inagotable corriente de los tiempos, al eco perenne de la naturaleza y el hombre en la consciencia, de donde el poeta logra el asalto para mostrar lo grande, presente en él, en esa relación especial que sólo en él se da con claridad, tormentosa o serenamente. Hay una característica importante, de peso intelectual casi inabordable, por la que Goethe no es ni un artista posmoderno (aunque ellos le deban mucho), ni mucho menos un simple esteta contemporáneo. Es decir, el encuentro entre la imaginación y las facultades sensibles del poeta con lo que vive no se muestran de cualquier modo. Aminoramos, considero, o silenciamos la parte importante de la poesía de Goethe por el hecho de que él mismo parece poco claro al respecto.

Su desprecio del cristianismo, por ejemplo, es a menudo desconcertante. Su negación de la teología es aún más oscura. Valorar esa negación es imposible, quizá con cierto tono de obviedad, sin incluir en nuestro juicio su juguetona afirmación de la grandeza del pagano, con sus deidades de lo natural. El vínculo entre pasiones, imaginación y naturaleza es la clave para acceder a su aprecio del momento, su santificación de los númenes clásicos y a la grandeza de la poesía en el alma del poeta, único ser capaz de transformar todo lo que toca en ese producto de su corazón por mano propia, analogía que el mismo Goethe usaba, comparando su fortuna al infortunio de Midas.

La introspección es necesaria, en este contexto, para quien busca labrar lo que siente con grandeza. Es un conocimiento de lo natural. ¿Por qué habríamos de creer que el conocimiento de uno está de verdad relacionado con lo natural? El arte tiene un papel secundario frente a la vida misma, de cuyo caudal mana toda sabiduría posible. La vida, la vida en cuyo huerto anda siempre Eros. Lo que aparece como salvíficamente clásico se fusiona con el momento. El hombre del que se burla Goethe se engaña con los rezos y la religión, bajo la idolatría total de la profecía y el perdón. No hay carne ni resurrección posible o creíble para el cosmos que es apreciado y convertido en voz para el arte. San Francisco veía el mundo de cabeza, decía Chesterton, pendiendo de un cabello inverosímilmente, en una definición certera del milagro de la creación. La invitación enérgica y solemne en boca de Goethe por la vida va más allá de nuestro carpe diem y mucho más allá de una negación empírica material del milagro. Goethe no podía creer en el éxtasis del santo de Asís porque sentía que con él renunciábamos al verdadero motivo de éxtasis para todo hombre.

A diferencia de vivir y recrear lo vivido, la idea del mundo pendiente del cabello incita tremendamente a la renuncia de Francisco, a la comunión espiritual en el sentido de la cohabitación en lo creado. Eros por el Dios de vida, o el dios de vida que es Eros. La introspección de la que hablábamos al principio es lo que el cataclismo de la pasión totalmente natural, aunque trastocada por el espíritu en el caso del hombre, por el elemento inevitable de la libertad, inició como vía de posible perfección. Sin el sendero del bien en la relación entre causalidad y finalidad como explicación de la vida y la perfección, toda la estructura de la naturaleza cambia, sobre todo cuando no podemos aceptar la explicación de la sustancia del alma como creada. Eso era lo que adoraba san Francisco: la perfección explicable, pero irremediablemente divina y, por ello, incontrolable y bella. Su canto es para alabar esa hermandad.

Vivir es una exigencia porque es en dicha vida en donde podemos apreciar, quizá mediante la ayuda de la poesía, que es tanto reproducción de pequeñeces como muestras inconfundibles de los duelos internos, según esto, lo que estaríamos perdiendo si asumimos la cruz que, para Goethe, es sólo una imposición, un dogma. Eros es humano, descarnadamente humano. ¿Cómo recuperar la idea pagana de naturaleza, con el racionalismo moderno a cuestas? Sobre todo, ¿cómo hacerle para que, en el trayecto, no resulte la libertad otra especie de tiranía para oscurecernos las verdaderas mieles del amor? Llego a pensar que en ese tipo de interrogantes se halla el lío de la introspección romántica del alma. Mientras veamos en el romanticismo nuestro sensualismo es difícil afrontar el verdadero demonio que su poesía nos dejó. Silenciar la polémica con el cristianismo es no entender bien la confrontación que esa idea de libertad y grandeza tiene con el autoconocimiento y, por tanto, es ignorar un nudo en la tensión entre filosofía y poesía. En Goethe ese nudo alcanza uno de sus estirones definitorios: lo oscuramente bondadoso de lo natural frente al orden racional en el conocimiento del ser.

Tacitus

Voces populares

La facilidad con la que nos indigna lo fácil demuestra nuestra propensión al escándalo y, por ende, nuestro alejamiento de los problemas. “Si ya tenemos suficientes problemas ¿por qué cargar con otros totalmente innecesarios?, ¿a mí qué me preocupan los malos gobernantes y sus víctimas? Dedícate a lo tuyo y no me des más problemas, pero ay de ti si lastimas a un indefenso perrito, porque eso sí que es un grave problema.” Y las voces suenan más, pero piensan menos. Si ya tienen una buena vida, opinan, no hay que arruinarla con eventos que ni les constan.

En el clásico libro de J.W. Goethe, Fausto, hay dos señalamientos sobre el uso del periódico (uno en el “Prólogo en el teatro” y otro en “Frente a la puerta de la ciudad”), en ambos se muestra con cierta claridad que el periódico es una herramienta para el entretenimiento. En el primer señalamiento un director, que discute con un poeta y un gracioso, se lamenta de un público tan ávido de espectáculos (ir al teatro es un espectáculo como leer el periódico); en el segundo señalamiento, las noticias bélicas que suceden en el mundo son entretenidas para dos caballeros de la clase media y además resultan reconfortantes, pues en otros lugares hay guerra y donde ellos discuten hay paz. Goethe no creía que el periódico fuera un medio de entretenimiento, pues él lo leía para darse una idea de lo que pasaba en Europa y saber de qué manera podía incidir siquiera en la vida de Weimar.

Actualmente nos sigue gustando el espectáculo y tenemos la facilidad de participar en una extensión de éste. A veces tenemos la oportunidad de participar en varios escenarios, poniéndole mayor atención al que más aplausos virtuales nos proporcione; consideramos tan importante el maltrato animal como el asesinato de un fotógrafo que creía en el buen uso de la información política. Tan extrema resulta la libertad de expresión que decimos cualquier cosa porque no sabemos qué decir ni sobre qué es mejor hablar; tan extrema es la incomprensión de nuestra sociedad que ya se sabe cómo vivir.

Yaddir