Abraso

Para ti: que descubres el brillo de la verdad entre los barros más diversos.

El ácido abrasa, tanto que suele quemar, dañar y hasta destruir lo que toca. Sin embargo, en las apropiadas manos de un buen orfebre, el ácido descubre el oro oculto en las rocas y distingue al valioso metal de los brillantes oropeles con los que se encubre el mundo.

La cruz abraza, y ante los ojos  del falto de piedad ella daña y en ocasiones hasta destruye al hombre. Sin embargo, en los brazos de un corazón amante es posible encontrar la vida que se oculta en el sufrimiento y distinguir el gozo permanente de la efímera alegría.

Maigo.

 

Los Malos Buenos Deseos

To be happy with you have,

you have to be happy with what you have to be happy with.

-King Crimson

Muy fácil es decirle a alguien que aprenda a conformarse con lo que tiene, y fácil también (aunque no tanto), es convencerse a uno mismo de que debe hacerlo: la vida es de por sí dura como para que encima le añadamos más problemas mortificándonos por lo que no tenemos; no sólo eso, sino que al estar pensando en lo que nos falta perdemos la mirada y dejamos de atender lo que sí tenemos, de darle el valor que merece; si dependemos de lo demás para sentirnos bien entonces nunca seremos dueños de nosotros mismos; y además, por inconformes vivimos infelices, cosa que parece muy tonta si la felicidad depende de decidir estar bien con lo que se tiene, sea lo que sea, sea cuando sea.

Este discurso, plenamente recurrido por muchísima gente en nuestro país, y seguramente en el resto del mundo, no sólo es fácil, sino que muy perjudicial. La razón es que no es cierto que convenciéndose de que a uno le basta lo que tiene, le basta. No es cosa de recitar la nueva vida lo que lo deja a uno comenzar a ser feliz, porque de hecho la necesidad de tal convencimiento surge de sentirse infeliz por lo que no se tiene (o por lo que sí se tiene que uno no quiere). Y tener lo estoy usando en un sentido muy amplio, que puede ser de objetos o de privilegios o de una buena vida. Si sentimos que nuestra vida no es digna, no hay modo de convencernos de que la felicidad está allí en la indignidad, tan pronto como nos persuadamos de que en lo único en lo que radica el gozo de vivir es en la decisión de disfrutarlo. En ese sitio yace lo que más nocivo encuentro de la propuesta conformista: equipara todas las posibles decisiones, las concentra en el mismo punto y las deja todas a la par, sin distinción de buenas o malas, ni de buenas o malas vidas. Decidir que se vive bien, vívase como se viva, es lo mismo que decir que hay que autoconvencernos de que no importa lo que decidamos hacer, si decimos que está bien las suficientes veces como para llegar a creerlo fervientemente.

Especialmente estas épocas escuchan mucho de esto porque cunden de buenos deseos y esperanzas renovadas (por lo menos entre los que no creen que la Tierra explotará mañana) por la satisfacción de los deseos. Estos anhelos, dicho de paso, casi siempre son económicos, y de ahí que haya tantos rituales y supersticiones con las que se afirma que el siguiente año tendrá más dinero y éxito-en-el-trabajo: como se supone que las ganas de que todo esté bien son suficientes para que lo esté, no hay por qué suponer que uno no incrementará sus riquezas, si tanto lo desea. Pero ese camino fomenta que uno no tome consciencia de sus errores y pierda la perspectiva sobre la profundidad de las consecuencias de sus acciones. En el mercado (porque por supuesto hay un mercado amplísimo para esta tendencia) se habla sin parar de prosperidad y éxito, de valores y caridad, de calidad de vida y de innumerables fórmulas que ya no nombran nada porque todas tienen un mismo cometido y están pensadas desde una misma perspectiva: crear la noción de que la buena vida la puede tener cualquiera, viva la vida que viva. El camino, entonces, es facilísimo, porque requiere únicamente admitir que uno lo quiere, y después de eso todo llegará solo. Pero la prosperidad no se puede obtener, creo que afortunadamente, en los libros de Sanborns ni en el radio matutino. No es verdad que sonreír siempre es fácil, y que “no cuesta nada”. No es verdad que la vida sea muy simple y sencilla y que los problemas sean en realidad la actitud hacia los problemas. Quien está convencido de que éste es el camino para ser feliz se pasa todo el día hablando de ello, esforzándose, repitiéndolo: tiene que callar la muy obvia sensación de infelicidad que lo llevó ahí en primer lugar. Decirle a miles de personas que abran sus corazones para la llegada de la luz al mundo y que liberen sus almas y que despejen sus mentes y que gocen su yo interior no sirve a ningún buen propósito si quien escucha tales cosas no tiene la más mínima preocupación por mejorar. Y mejorar sólo es posible si uno no está conforme, y si uno no admite que así como vive está mejor que de cualquier otro modo.

El Hombre que Apenas Vivía

Ahí tienen a un hombre que salió temprano de visitar a su madre en su casa. Iba a las prisas a encontrarse con Guifo, un sujeto que conocía desde hacía mucho tiempo y que ahora le había pedido consejo porque estaba pasando por días muy difíciles. Se verían, como lo habían hecho un par de ocasiones, en un barcillo por el Paso de las Guirnaldas y charlarían. Seguramente ese pobre, pensaba el hombre, no tiene a nadie con dos dedos de frente que le ofrezca un par de oídos y otro de valiosos comentarios, y obviamente tiene que sacarme a mí de mi rutina.

Cuando la conversación ya llevaba varias vueltas, Guifo contrajo con una mueca la cara, deteniendo el llanto, y dijo:

-Lo peor es que no disfruto lo que normalmente me gusta, ahora estoy sufriendo todo el tiempo. Y me da vueltas en la cabeza la idea de que me lo merezco, porque por mucho tiempo lo preví sin hacer nada para evadirlo.

-Mira, es mejor que no te preocupes por nada. -dijo el hombre que había estudiado el pensamiento de todos los hombres con nombres pronunciables en occidente.- Los hombres estamos hechos para vivir sufriendo: nadie puede entender por qué vale más la pena suicidarse temprano, antes de haber pasado por toda esa pena que se tenía que evitar.

-Si me estás diciendo que me mate, mejor vete tú al diablo, porque eso no soluciona nada.

-No, no entiendes. Más bien te estoy diciendo que no puedes suicidarte, porque no entiendes que la vida es sufrimiento. Antes, tienes que pasar por esto que te está haciendo tanto daño. Y para cuando entiendas (si acaso lo haces), será demasiado tarde.

-¿Cómo es que sabes esto?

-Lo sé. Yo he estudiado mucho: esto lo explica muy claramente Glèareau en su Respiro y Resfrío, donde dice que “la Muerte es una risueña estafadora, cuyo máximo engaño es hacerte pensar que su trato es una estafa, hasta que la tienes encima y te das cuenta de que todo el tiempo había sido el mejor negocio, ahora desperdiciado”.

-¿Cómo, es que tú piensas matarte?

-¡No! Claro que no.

-Pero estás diciendo que eso es lo mejor, ¿no?

-No, ése es el encanto. Yo tampoco lo he entendido.

-Pues se ve que yo menos. No me figuro cómo puedes darte cuenta si no lo has captado.

-No es tan difícil, porque vivimos en una ilusión. Cuando te das cuenta de que la ilusión de la vida sólo tiene sentido porque está colindando con la muerte, entonces se hace claro.

-Tendrás que traer para mí desde ultratumba tu conocimiento si quieres que te siga.

-Mira, tú me dices que has dejado de poder disfrutar tu vida, y que ahora hasta la comida te es insípida.

-Lo he hecho, antes…

-Bien. Pues eso es parte de la ilusión. El dolor y el sufrimiento son opuestos al gozo y el placer, ¿no?

-Sí, son contrarios.

-Bueno, pues cuando te places de algo, te das cuenta de que tu dolor no existe; pero eso mismo sucede en la situación contraria: ahora que estás tan acongojado, ni siquiera la comida que sabes que te gusta logra agradarte.

-Cierto.

-Eso no tiene sentido, a menos de que veas que lo que sufres es parte de todo el juego: la vida completa es un juego cruel en el que sólo disfrutamos en contraste con lo que sufrimos. Ésa es la raíz de la ilusión: la carne no puede sufrir ni gozar, sólo puede descomponerse. Pero la única manera de darse cuenta de eso, es viviendo la experiencia dolorosa de seguir existiendo mientras creemos que en algo tiene sentido que existamos.

-¿Y para qué querría yo saber eso?

-Si te interesa saber cómo son las cosas, así son. Si quieres seguir pensando que tu dolor es muy importante, pues allá tú.

-No, me refiero a ¿por qué quieres tú saber eso?

-Ya te dije, porque así son las cosas.

-No, no me has dicho. Si las cosas son así, ¿por qué alguien querría algo?

-Estás diciendo necedades: la tragedia de la vida es que no podemos darnos cuenta de que no tiene sentido, pero no tiene sentido.

-Seré muy necio, pero reconozco a un campeón cuando lo veo y la tuya es una muy valiente victoria: siendo que la vida, según tú, nos “engaña” haciéndonos creer que no tiene sentido, tú y el tal Guglabú ése que lees le van ganando por varios metros en la carrera.

-Bueno, si te quieres hacer el chistoso, puedes hablarle a algún otro. Yo no tengo tiempo para esto.

-No, espera, quiero que me digas algo: si la muerte es el gran negocio de la vida, ¿qué se gana con él?

-Mucho menos sufrimiento, para empezar. No tendría nadie por qué pasarla tan mal como tú dices que la pasas.

-¿Y no es que una ganancia ilusoria es lo mismo que no ganar nada?

-Pero si lo comparas a estar sufriendo en la ilusión…

-No, no lo compares, porque estar vivo y estar en la ilusión no son lo mismo.

-Por eso no entiendes nada: claro que son lo mismo.

-Bueno, entonces no veo el problema.

-¿Cómo?

-No veo razón para no preocuparme por mi dolor: si yo vivo en la ilusión, entonces soy tan falso como lo que siento, y si lo que siento es para mí, el Fantasma Mundano, dolor y placer, entonces tan verdaderos son para mí ambos como lo son para cualquiera que se supusiera verdadero. Y como yo vine a hablar contigo y no a hacer como que hablaba, mejor ya me voy.

-Bueno, no me importa. Pero escucha por último: tus creencias bonitas y tus ideales cómodos te anclarán a este mundo, pero tarde o temprano te vas a dar cuenta como yo, de que siempre es demasiado tarde y, ya que estés viejo, vas a saber que no valía la pena vivir.

-Asunto arreglado: mientras tenga elección me aseguraré de que vivir no sea penoso.