Entre dimes de libertad y diretes de esclavitud

Decimos amar la libertad. Decimos que siempre elegimos y que debemos respetar ese derecho.

Decimos y decimos y nos llenamos la boca con décimos de pensamientos ajenos, que nos dicen que todo lo podemos: Nos decimos responsables de los cambios en el cielo; nos decimos libres para cambiar a nuestro mundo, nuestro entorno y hasta nuestros pensamientos.

Pero al mismo tiempo que decimos eso, hablamos de mentes manipuladas por los medios, de personas que son crédulas porque creen en lo que dicen los periódicos que relatan e interpretan lo visto, y lo dicho hasta en los silencios.

El aire se llena de discursos, muchos de ellos buscan ser el mismo a base de repeticiones. Cansadas y arduas repeticiones que sólo quitan el tiempo, pero suenan mucho y nada dicen, como cuando se hace mucho ruido para ocultar que hay pocas nueces.

Decimos que pensamos por nuestra cuenta, porque somos libres de pensar lo que queremos. Pero, al mismo tiempo vemos en el que piensa diferente a un ser que no es libre, que está manipulado y que no piensa.

Hablamos muchas veces, afirmando nuestra libertad y negando la libertad ajena. Pero, no escuchamos lo que los otros dicen cuando afirman su libertad y nos tachan por ser manipulados o crédulos en lo que vemos.

Nos pasamos la vida entre dimes y diretes, nos vendamos los ojos a punta de palabras, que ya nada dicen, porque encubren y callan.

Si tan sólo guardáramos silencio para escuchar lo que el otro señala, sería más fácil encontrar paz y ver los límites de nuestra tan cantada libertad, esa que replica por derecho sin ver que no tiene nada qué reprochar.

Hablamos, decimos y a veces hasta gritamos; sin ver que nadie nos oye, sin ver ni oír que ya nadie aplaude, parecemos oradores solitarios en la plazas y en los lugares que se han preparado para ser sitios de debate.

La vida, a veces se nos va, como la de ciertos tiranos: nosotros al igual que ellos la gastamos en ver lo que decimos y responder como sea y costa de lo que sea.

Nos quita el sueño lo que se nos dice que se dice de nosotros, sin escucharnos ni a nosotros mismos, para ver antes cómo saldríamos del juicio.

Hablamos de libertad al mismo tiempo que nos encarcelamos por las palabras, y en peroratas sin sentido se nos van la vida y las ganas de vivir.

Maigo.

La Noble Reserva

Se cuenta que alguna vez, al rededor del 420 d. C. en una provincia del Reino Burgundio del Rey Gundahar, en lo que hoy es Alemania, un hombre cuyo nombre se ha perdido salvó de una terrible catástrofe a su villa y, en consecuencia, la comunidad completa del Norte del río Nahe escapó a la inminente muerte. De él lo único que se sabe es que era una persona “de agudo juicio y carácter reservado”. Lo increíble de esto es que en los documentos históricos no sobrevive nada más que esta descripción, junto con el relato de la previsión con la que el granero y los almacenes se retacaron de provisiones justo antes del suceso infausto, mientras los aldeanos aun contra su inclinación aguantaban el hambre con confianza en su protector.

Hay más historias como ésta en las que de una buena reserva resulta la salvación de un pueblo (como cuando José interpretó el sueño del Faraón). No obstante, en muchas de ellas se piensa más en conservación, en observación, y en preservación, que en reserva. Las palabras preservar, conservar y observar son hermanas, las tres se refieren al cuidado y salvaguarda que se le da a las cosas, con un matiz del modo y una diferencia de énfasis en la visión: preservamos cuando cuidamos las cosas con miras al futuro, conservamos cuando cuidamos las cosas nosotros mismos, y observamos cuando miramos con cuidado sobre las cosas. Estas construcciones vienen de –servare, que es proteger, y de sus respectivos prefijos. La cuarta hermana de estas hijas del latín es reservar, y desafortunadamente ésta ha caído en confusión por una sutil diferencia que suele difuminarse cuando la reserva y la preservación aparentan ser lo mismo. El error se mantiene incluso en el Diccionario de la Real Academia Española, que muestra como primera acepción de reservar “Guardar algo para lo futuro”, mientras que para preservar ofrece “Proteger, resguardar anticipadamente a una persona, animal o cosa, de algún daño o peligro”. Aunque la supuesta diferencia aquí está en qué se guarda para qué fin, ambas parecen tener su sentido por la anticipación; sin embargo, por la etimología, la anticipación resultaría la nota distintiva de la preservación, pero no de la reserva.

La verdadera reserva del hombre al Norte del Nahe no estaba en sus alacenas, sino en su carácter. Los recursos fueron guardados del resto del pueblo para evitar que en su consumo negligente les sobreviniera un mal que no hubieran podido evitar. El alimento en los graneros es la metáfora con la que notamos cuál fue la buena decisión de la villa: en esta acción está la reserva. Incidentalmente, en el futuro la calamidad que azotó al pueblo confirmó la utilidad del sacrificio que se hizo, pero todos allí podrían haber ayunado en vano sin que fuera de otra naturaleza la reserva. Por eso reservar y preservar no son lo mismo. El malentendido es comprensible: en la vida práctica, sucede que lo guardado en el pasado sea revelado en el futuro, de manera que aparece como cuestión de previsión para los eventos venideros y no prudencia en el cuidado de lo que se mantiene reservado. La anticipación no es lo fundamental aquí, sino el celo, la prudencia sobre lo que debe y lo que no debe guardarse. En el hecho de saber qué mostrar y qué guardar hay un resabio de buen sentido que cualquiera con un poco de sensibilidad puede notar, y por eso no es tan raro que el resto del pueblo burgundio haya podido confiar en un hombre que los obligaba a ayunar.

De lo que no estoy tan seguro es de que nosotros estemos tan dispuestos a ayunar. Leo Strauss, en una respuesta a las críticas de Voegelin y Kojeve a su Acerca de la Tiranía, se pone a recordar a Jenofonte, que decía que “es noble y justo, y piadoso y más grato, recordar lo bueno en lugar de lo malo”, aunque ésta sea una idea tan ajena a nuestras opiniones. Strauss dice que “necesitamos una segunda educación para acostumbrar nuestros ojos a la noble reserva y a la tranquila grandeza de los clásicos.” Cuando hablamos sobre carácter, los que nombramos “reservados” son callados y tranquilos; mientras que los llamativos “elocuentes” contrastan con aquellos. Por silenciosos, unos se confunden fácilmente con los timoratos, mientras que los otros pueden confundirse con los habladores escandalosos. Ambos excesos tienen su nombre despectivo porque es normal que los hallemos despreciables: nombramos timorato al que calla todo por una especie de debilidad, mientras que el hablador siempre habla de más. Por más que afirmemos derechos de expresión y pidamos a gritos libertades para comunicarnos, es imposible que pasemos de largo la evidencia de nuestra vida. No todo está bien dicho en cualquier lugar. La buena reserva está en notar qué está de más y qué de menos; está en callar y hablar cuando es propio. El buen sentido de la reserva necesita a su vez la confianza en la posibilidad de notar esta diferencia, aunque cada vez con más ímpetu la opinión popular parezca inclinarse a olvidar.

Cambio de Opinión

A un amigo:

Los adultos dan la cara por lo que dicen y por lo que hacen. Ser capaz de dar una respuesta a lo que sea que se pregunte sobre los hechos y sobre los dichos es mínimamente lo que uno espera de alguien serio, y es en ellos en quienes más se confía porque tenemos el hábito de notar la “entereza” como signo de buena disposición. Puede ser que haya más de una razón para esto. Se me ocurre por lo pronto que quien tiene palabra la mantiene como reflejo de que él mismo se mantiene, y por ser más regular que quien es descuidado, resulta natural que esperemos de él lo que hará: lo que dice que va a hacer, o lo que siempre hace.

Esto quiere decir una de dos cosas: o que es falso el dicho popular de que “es de sabios cambiar de opinión”, o que tenemos en muy baja estima este cambio. Como dijo ya hace mucho tiempo un hombre que cuidaba su manera de hablar, y como repitieron muchos después de él, afirmar no sólo es decir que algo sí es algo. Afirmar es una acción, y el movimiento en que consiste es -como indica su nombre- hacer que algo se vuelva firme. Tendríamos por necio a quien pensara que el perico afirma, y no que repite afirmaciones. ¿Pero qué cosa se vuelve firme y en dónde? La opinión se vuelve firme en el pensamiento, porque se afirma lo que se piensa. La diferencia entre una y otra manera de entender el viejo dicho es notoria cuando en efecto se tiene una opinión, pues quien repite lo que escucha sin pensarlo no afirma nada, y no tiene opinión. Es de sabios cambiar de opinión porque ésta no siempre es verdadera, pero quien puede cambiarla es porque de hecho la había ya afirmado y ahora nota por qué estaba en un error al comunicarla. Es responsable quien puede responder por sus actos y opiniones, y es responsable también quien está abierto a que le demuestren que está equivocado.

La apertura al error es, sin embargo, cosa mucho más complicada que la que dejaría ver un esquema a blanco y negro en el que las cosas o bien son, o bien no son. El ser se dice de muchas maneras, dijo alguien más. Cuando quien habla solamente repite lo que “pasa” o “lo que es”, sin tener opinión ni juicio sobre lo que pasa y sobre lo que es, no hace nada distinto de alguien que repitiera como loro las tablas de multiplicar. Cuando se habla sobre la situación del país, por ejemplo, o cuando se habla sobre el carácter de la mayoría de la gente y sus costumbres, no se puede relatar sin juicio como si hubiera un estado puro ajeno a nosotros al que el historiador tiene mágico acceso. “¡Las cosas como son!” gritan muchos sin pensar que todos tenemos que preguntarnos todo el tiempo cómo son. Quien escandalosamente habla sobre las tragedias y el horror del presente, y al doble se altera proyectando las calamidades futuras; y más, que censura a quien habla de lo mejor por ser un “ingenuo” que no alcanza a ver cómo son las cosas; éste es incluso más ingenuo, pues piensa que existen los eventos en su mundo y, apartado pero observando, él que habla de ellos desde el suyo, ambos puros y sin afecciones del otro. Peor aún, quien así habla es un irresponsable, pues fácilmente confunde a quien escucha haciéndolo creer que las cosas que son sólo tienen un modo de ser. Quien así habla supone que la enfermedad sólo es enfermedad, y no que también nos deja ver por contraste la salud. No por ser responsable es alguien sabio, pero está en mejor disposición para aprender. Aprendemos de ese dicho que sería mucho esperar que los irresponsables cambiaran su modo de hablar, pues después de la catástrofe difícilmente darán la cara por lo que dijeron. Después de todo, ellos “¿qué responsabilidad tienen de lo que pasa si sólo nos informaron de ello?”. Mejor nos hará a nosotros que vivimos entre el escándalo, escuchar con atención a los que hablaron sobre las cosas importantes con la disposición de percatarse del error en la calma, y responder por él.