Hermandad

El llanto de tus ojos propicia angustia en mi alma, la ausencia de tu voz me agüita el corazón, el sudor de tu frente me mueve y amilana. Mis egoísmos se pierden cuando veo tu dolor, quisiera calmarlo y veo que no puedo hacer nada, sólo puedo tomar tu mano y acompañarte en tu dolor, mi impotencia y tu sufrimiento en algún sentido nos hermanan, porque sin sentir siento y sin sufrir sufro y porque tu alegría me alegra y tu salud me devuelve la mía.

 

Maigo

Auto-desgarramientos

Auto-desgarramientos

I

Va un talentoso hombre a prisión; mientras camina va pensando que los demás piensan esto de él:

Va herido el malvado

porque la verdad se le ha olvidado

y la rabiosa obscuridad en que vive exiliado

va masticando razones, transformando

 

polvillo áureo en infecundo

anzuelo doble. Traspasado

anda el desgraciado, airado,

de su propio orgullo lastimado.

 

Sospecha que el mundo algo le esconde,

así que él rasga que rasga va,

perdiendo sabrosamente ahí donde

 

perder quería estar. Y es que vas

falsamente herido –una voz le responde–

porque tu filantrópico actuar te esconde,

                                                            [perversidad.

II

De pronto comenzó a sonreír con quimérico orgullo. Su mirada soñaba que a los suyos les gritaba desde las galeras: “¡Por vosotros voy al barro, hermanos, y en cuanto encuentre las perlas que se nos han negado, volveré con ustedes a compartir descubrimientos, todo será nuestro!” Creyó que uno de la fila le decía, “¡qué sacrificio tan bello, ir al suelo para conquistar el cielo!, si no fuera por tu ingenio, ¿qué sería del cariño entre el hombre nuevo?”. Pero sólo eran las palabras del soldado, que viendo cómo temblaba el hombre de rabia, esto le dijo con majestuosa voz:

Serénate.

 

Yo no te castigaré, hombre

que el deseo está ya muy martirizado

y el trabajo del soldado

no ha sido entendido en la lumbre

 

de lo que tú llamas mundo pobre.

Ni la justicia, ni la naturaleza han cambiado,

pero tú insistes en renegar del pasado

para alejarte de ti mismo, y sobre

 

tus despojos construir el mundo nuevo,

ése donde no haya ni relato antiguo

ni sesos que el radiante Febo

 

guíe  con la antorcha que es Eros.

Por eso vienes ofendido, por saber

que es falsa tu ley: es necesario el mal de los insectos.

 

Serénate, mira cómo la verdad siempre intentó sanar tus cicatrices.

 

El fantástico hombre entiende que son burlas las palabras del gazapo que lo conduce. Una alegría amarga estalla en su ser cual rayo de Zeus. Al fin un rival digno del poder, se dice entre convulsas carcajadas. Intenta zafarse, cae al suelo. Mientras se levanta, un plan lo acompaña: dejaré que me conduzcas, pilluelo, y cuando estemos en tu palacio probarás el hierro de mi celo.

Se alejó entre risotadas, gritando su ingenio. Posiblemente se le olvidó que los planes como éste deben de ser un secreto… quizás también gritaba histéricamente, por saberse casi muerto.

Javel

Humanismo

Si necesitamos dar nombre a lo que se supone que somos, es porque anhelamos ser lo que nunca hemos sido.

 

Maigo.

Ciega Caridad

Pero llegó cerca de él un

samaritano que iba de viaje,

lo vio y se compadeció. Se le

acercó, curó sus heridas con

aceite y vino y se las vendó.

Después lo puso en el mismo

animal que él montaba,lo

condujo a un hotel y se

encargó de cuidarlo.

Lucas. 10, 33-36.

Caridad es una virtud teologal, y en tanto que virtud es un hábito, nadie es caritativo por atender una sola vez en su vida a las necesidades del prójimo, es decir, es una actividad constante y como tal nos lleva a actuar en concordancia con ésta, de modo que se contrapone con los actos que desatienden el bienestar de aquellos que son próximos a nosotros; desatención que se puede encontrar en los pecados capitales.

Si hay un pecado capital que nos conduzca a desear el mal para el prójimo, y de paso a desatender su bienestar, ese es la envidia, pues ésta se caracteriza por ver con malos ojos a lo que el otro es y tiene, ese ver mal, nos lleva a pensar que el envidioso no es capaz de ver con claridad ni al otro, ni a sí mismo[1].

Si aceptamos que la caridad es contraria a la envidia, y que ésta se caracteriza por ver mal, es decir, con ojos enfermos al envidiado, lo más natural es esperar que de la caridad se diga todo lo contrario, es decir, que el hombre caritativo se distingue de los demás por su capacidad para ver con ojos saludables al otro, salud que le permite darse cuenta de lo que es ese otro, y de las necesidades que como ser humano tiene. Pensando de esta manera a la caridad, resulta que el hombre caritativo conoce al otro, y en cierto modo sabe hasta qué punto es bueno ayudarle a cubrir sus necesidades, de modo que no termine por hacer un mal mayor o deje de ver las carencias y necesidades propias.

Pero, constantemente escuchamos que la caridad en realidad se caracteriza por “hacer el bien sin mirar a quien”, o que una persona es caritativa por dar limosna a cuanto ente se encuentra en su camino, sin juzgar a quien está dando dicha limosna, no importa si el limosnero ocupe aquello que se le da para cubrir alguna necesidad inmediata, como podría ser el alimento, o para mostrar a la sociedad que trabaja por el beneficio de todos, como podría ser el caso de algunas instituciones que se dedican a juntar fondos para los miles de seres humanos a los que pretenden ayudar sin siquiera conocerlos.

Ante estas ideas tan contrarias respecto a lo que es la caridad, sólo podemos reflexionar para ver si la virtud teologal de la que se habla en los evangelios y en los textos religiosos es la misma que aquella de la que echan mano los limosneros, y en caso de ser la misma, nos falta ver por qué es contraria a la envidia.

En un primer momento parece que la caridad ciega, es decir, la que hace el bien sin mirar a quien lo hace, sí es contraria a la envidia, pues el envidioso parece incapaz de dar algo al otro, aunque esta incapacidad del envidioso bien puede deberse a la carencia del mismo, la prueba está en que también hay pobres envidiosos, es decir, también hay personas que carecen de ciertas cosas y que ven con malos ojos a los demás, aún cuando éstos sean igual de pobres que aquellos.

Si vemos a la caridad desde este punto de vista, parece que ésta consiste más bien en ofrecer al otro lo que éste necesita, aún cuando el precio a pagar sea que el hombre caritativo se desprenda de todo, incluso de lo que magramente puede ayudar a su subsistencia, tal y como lo hizo cierta viuda al ayudar al profeta Elías, es decir, privándose de la poca harina y aceite que quedaban tanto para ella como para su hijo y usarlos para alimentar al extraño que había llamado a su puerta.

Pero esta manera de ver a la caridad, es decir, de tomarla como una actividad que se hace a ciegas, implica que el hombre caritativo, no sólo se priva de lo que tiene, sino que lo hace porque no puede ver ni lo que tiene y es ni lo que le hace realmente falta al otro, es decir actúa sin sentido. Además este actuar a ciegas, no es contrario al actuar del envidioso, quizá hasta es peor, pues quien a ciegas ayuda no sabe si lo que está haciendo es realmente un bien o un mal, de modo que este tipo de caridad no puede ser entendido propiamente como una virtud, porque al andar a ciegas podemos fácilmente caer en el vicio.

Ahora pensando en que la caridad sí exige ver las necesidades del otro y nuestra capacidad para ayudarle a cubrir dichas necesidades, bien podemos pensar que lo que hace la viuda que ayuda al profeta a seguir con vida, no es en realidad un acto de caridad, es más bien el resultado de su incapacidad para ver lo que pasará si comparte lo poco que tiene.

Pero no podemos juzgar tan a la ligera el acto de esta mujer, la cual no sólo acaba siendo calificada como una mujer caritativa, sino como una mujer piadosa. Así pues, para no juzgar tan a la ligera aquellos actos que por caritativos parecen más bien el resultado de un descuido, hemos de ver qué más hay en la caridad como virtud teologal.

Si bien la caridad se aprecia en la ayuda que da el caritativo a su prójimo, no podemos dejar de lado que dicha ayuda proviene de la capacidad de ver al otro como un igual que  necesita dicha ayuda, y que esta capacidad de ver al otro como igual deviene de la consideración de que todos somos hermanos, es decir, somos la misma carne, y como hermanos nos conocemos al grado de ver qué es lo que realmente ayuda o perjudica al otro en la medida en que el caritativo da.

Tomando en cuenta esta hermandad que supone la caridad, podemos ver que la misma no ésta presente cuando el caritativo ayuda por temor al castigo de aquel que ha mandado ayudar o esperando una recompensa a cambio (San Basilio), en ese sentido vemos que la caridad es desinteresada, es decir, no ve a quien ayuda esperando librarse de un castigo o anhelando la imposibilidad de que se le niegue un futuro favor que le pueda prestar más adelante el ayudado. Este desinterés hace de la caridad un acto amoroso.

Y como acto amoroso, la caridad se hace presente en aquellos que aman a su prójimo porque lo reconocen como tal, reconocimiento que se desprende del conocimiento previo, pues a ciegas no es posible auxiliar al hermano, entre desconocidos no hay hermandad, la viuda ayuda al profeta porque lo reconoce como hombre de Dios, y el samaritano auxilia al hombre herido porque lo reconoce como hombre, aún cuando éste sea su enemigo por tradición, y ve exactamente qué es lo que necesita, en tanto que está herido, no más.

Pensando en esto, podemos ver que la caridad sólo puede presentarse donde hay una comunidad, es decir donde hay algo que sea común al caritativo y al menesteroso, y eso común sólo se puede apreciar cuando vemos con claridad lo que es el otro y lo que efectivamente necesita, de modo que no puede haber una caridad a ciega, si es que consideramos que ésta es efectivamente contraria a la envidia, ni tampoco puede haberla si no existe propiamente una comunidad.


[1] Respecto a la envidia, el lector puede revisar mi escrito anterior publicado en este mismo Blog.