Sin norte, ni oriente.

Vencida por el cansancio, cierto día, la estrella del norte simplemente se apagó.

Nadie notó su ausencia, a falta de exploradores, o marinos, o caminantes sobre la tierra, la estrella se extinguió en silencio.

Dicen que antes los hombres se guiaban con ayuda de su nocturno brillo, pero ahora sus pasos se iluminaban dejando de ser hombres de altas miras y convirtiéndose en criaturas de cerviz agachada.

Con bajas miras, y orientados con la ayuda de artefactos, aquellos que no notaron la ausencia de lo que fue una importante estrella, tampoco se percataron que el astro rey se ocultaba para siempre en un aciago día.

El sol también estaba cansado, pero las criaturas de bajas miras creyeron que podían vivir bien sin norte y que ya no tenían la necesidad de ser orientados.

Maigo.

Inocente preguntilla: ¿Alguien sabe cuánto cuesta la harina en el Pireo?

Reflexiones generales

Una afamada antropóloga dijo en alguna ocasión: “todos los hombres son iguales”. En cierta medida tenía razón; todos respiramos, bombeamos sangre al corazón y pensamos. Pero pienso que el alcance de su observación era ilimitado. ¿Qué clase de humanos conoció para no querer explicar un poco más su críptica frase?, ¿se trata acaso de un aforismo? No conozco antropólogos que hagan aforismos, tal vez por las limitaciones del estilo. El hombre no es limitado. Pero la frase parece limitarlo, encadenarlo. ¡Eso es! Por eso no entendía la frase. Se trata de un enunciado irónico que busca descalificar a quien la dice, pues si afirmamos la igualdad humana, está sentenciándose, firmando su propia condena, pidiendo un préstamo con impuestos imposibles, hipotecando su alma. Obviamente, al tratarse de una distinguida antropóloga (de la que no diré su nombre para no disponer a la aceptación general, pues fieles a nuestros tiempos, nos rendimos a las autoridades) no está traicionando su inteligencia, se está burlando de ella; quien no entienda su burla cae en la burda generalidad. Pero, ¿y si la antropóloga no se refiere a toda la humanidad?, ¿si sólo se refiere a la aproximada mitad de la población, es decir, al género masculino? De ser así, no tengo más remedio que confesar que soy un tonto, un gran zopenco, por deducir razonamientos que a mí me parecían elevados de un alma elevada. Seguro que eso quería hacer: evidenciar al hombre como el ser tonto que es; ahí radica el que los hombres sean iguales; no es casualidad que la frase haya sido dicha por una antropóloga. Permítanme salvar un poco de la inteligencia del género masculino, dándome tan sólo la oportunidad de preguntar: ¿qué distingue a la mujer del hombre? Sospecho que se trata de la posibilidad que éste tiene de inseminar y lo poco que le importa; por el contrario, la mujer, al concebir, se toma más enserio ese papel. Tal vez ahí radica la diferencia, en la falta de importancia que tiene de la humanidad en general el hombre. Vaya que no es casualidad que tal frase la haya dicho una antropóloga. Aunque todavía no estoy seguro de haberle entendido completamente a la frase; seguro tiene un significado mayor. Hace mucho que no reflexionaba tanto.

Yaddir

Trazos humanos

No cabe duda que todos los hombres tenemos una idea sobre el hombre. No me refiero a una idea sobre su constitución corporal o sobre las acciones heroicas del hombre, sino a una idea sobre el alma humana. No piense el lector que me refiero a los grandes pensadores, quienes dibujan o hacen bocetos del corazón humano en sus textos, sino a las personas comunes y corrientes. Por ejemplo, el otro día iba escuchando a un hombre de aproximadamente treintaicinco años aconsejando a un joven que no pasaba de la mayoría de edad. El joven estaba demasiado confundido respecto a por qué una muchacha se comportaba amable con él, pero los cortejos del muchacho del muchacho nunca lo llevaban a nada. El caballero maduro le dijo que a él le había pasado algo parecido, pero tuvo la suerte de pedirle consejo a la persona correcta y le contó más o menos lo siguiente:

“Sí, sí la vi. Pero, si la memoria no me anda jugando una mala pasada, creo que ya la conocía. La había visto, aunque no la había visto. No me malinterprete, no quiero convencerlo de que ella cayó en ese truco tan viejo por tratarse de mí. Digo, sólo digo, que ya había conocido a otras como ella. Por supuesto que ella, y sus trucos, no tenían mucho efecto sobre quienes ya se los sabían desde hace tiempo. Pero ella era, digamos, a ver, a ver… ¿Cómo lo digo para no sonar como un misógino? Era dedicada en su trabajo. Supongamos que quería volar un cometa. Cuando veía que ya no volaba, cuando arrojaba sus encantos a un hombre y éste parecía actuar como si ni el aire lo afectara, soltaba más hilo. Casi siempre le funcionaba, pero si le fallaba ya no sabía qué hacer. Se enojaba, parecía ocuparse en cosas más importantes y no hablaba con el culpable (el culpable siempre era el otro) a menos que éste y nadie más tuviera algo que ella necesitara. Aunque recuperara el control del cometa, aunque cediera más hilo, nunca sabía para qué lo volaba.

¿Qué yo cómo le hice para que nunca se enojara conmigo? Bueno, la respuesta es muy fácil: parcialmente, yo había hecho lo mismo toda mi vida. Sabía que nunca llegaría muy lejos, que en algún punto se interrumpiría, sobre todo si conseguía algo, si conseguía ese deseo hacia ella que le hiciera sentirse irresistible, dominadora, con poder. Lo mejor era fingir, ilusionarla con que había ilusionado a alguien más. A diferencia de ella, yo, cuando veía una causa perdida, no lo intentaba siquiera. Además, mis intenciones siempre fueron de cordialidad; si me comportaba caballerosamente o aparentaba un interés excesivo, era para tener una convivencia más amena; si tenía otra intención buscaba llegar hasta el fondo. La vanidad es mi demonio. Pero mi ángel siempre ha sido la culpa. La culpa me detiene; es mi regla moral.

Su última pregunta me resulta la más pertinente. Veo que busca consejo y que su charla no es movida por una afectada curiosidad. Pues como todas las personas de carácter semejante: en el fondo son inseguras, aunque presienten que tienen algún talento en el trato con las personas, que influyen en algo. Buscan en la atención ajena lo que la inseguridad les quita. Se saben feas, feas de alma. Pero la vanidad las maquilla. ¿Qué gana más, la vanidad o la culpa? Veo que se atormenta por un fantasma. Deje de armarlo, busque sentimientos profundos, y podrá verlo tal cual es.”

Al escuchar el relato, el aprendiz sonrió y miró al piso. Una larga carcajada comenzó a brotar de su rostro. En ese momento tuve que alejarme de aquel par tan singular. Pero supongo que el más joven había encontrado una respuesta práctica a su problema.

Yaddir