Huachicoleo del alma

Huachicoleo del alma

Parece que la conversación pública padece huachicoleo del alma. Y no lo digo sólo por la oportunidad de la expresión o la permeable presencia del desabasto de combustibles en las ciudades de México, sino por la abundancia de alegatos publicados mas no públicos, politiqueros pero no políticos. Los huachicoleros del alma han conseguido el desabasto de ideas políticas en la conversación pública y la sobreoferta de combustibles antipolíticos. Sólo así explico mi sorpresa: estamos viviendo un ensayo de Estado de Excepción y la preocupación mayoritaria no parece haberse dado cuenta. Sí, ya sé que se me objetará que todavía soy libre de inventarme un Estado de Excepción, que a pesar del desabasto la mayoría de las personas se ha desenvuelto libre y rutinariamente, que las garantías todavía no han sido tocadas, o que todo ha sido magnificado por la verbosidad mediática. Todo lo cual es casi cierto. No afirmo que estamos en Estado de Excepción, sino que estamos presenciando un ensayo de Estado de Excepción. Y añado: el ensayo va resultando tan exitoso que la abundancia de opiniones en torno a él es buena prueba. Intentaré explicarme.

         Desde el poder ejecutivo se ordenó que las fuerzas armadas tomaran control y posesión de las instalaciones de una empresa. Para justificar pragmáticamente la decisión se alegó que fuera de esas instalaciones, pero en algunas propiedades de la empresa, se cometían crímenes. Tomada militarmente la empresa se añadió que la justificación última de la decisión es la soberanía nacional. La justificación última encontró aceptación por varios de los elementos esenciales de la ideología política dominante (y en el poder): la convicción de la superioridad de la unidad sobre la ley, la teología del petróleo y la reinterpretación lópezobradorista del origen de la violencia.

         Que en nuestros días se ha supuesto a la unidad como objeto de cuidado en detrimento de la ley se reconoce desde los días posteriores a la elección: aunque casi medio país no votó por él, se dice, hay que apoyar al presidente para que las cosas salgan bien. Opinión que se refuerza con el protagonismo autocrático de Andrés Manuel López Obrador, quien insiste en presentarse como el camino a la unidad y la concordia. Cierto, entre los eslóganes habituales de su rutinario y limitado discurso, el presidente insiste en que nada contra o sobre la ley, siendo él y no la ley la garantía de lo dicho. “Yo no miento”, insiste. En estos términos, la toma militar de una empresa pública se vio públicamente como aceptable: ¡primero la unidad!

         La teología del petróleo es el discurso nacionalista que para arraigarse en un pasado fabulado cree encontrar la identidad nacional en el subsuelo. Manipulador ideológico de la historia, López Obrador ha insistido -desde hace mas de treinta años- que el destino del petróleo es el destino de México. Incapaz de reconocer al petróleo como un recurso agotable, el presidente ha pretendido que Pemex es la promesa del futuro nacional. ¿Qué pasará con México cuando el petróleo se haya terminado? Encontrará la identidad en el rencor, buscará culpables y sacrificará a los corruptos que hayan “saqueado” a México. Andrés Manuel, profeta petrolero, no será el responsable, sólo el conducto, el enviado. ¿Acaso no dijo en el espectáculo multicolor en que recibió el “bastón de mando” que él ya no se pertenece?

         El carácter sacrosanto y nomotético que el presidente se adjudica tiene una consecuencia importante en la comprensión de la violencia y en la posibilidad de instaurar un Estado de Excepción. Con Felipe Calderón la explicación, casi nula, del origen de la violencia intentó ser legal pero su temperamento la emplazó al desplante y el capricho: del alegato por la salvación de los hijos al desdén desesperado del sólo son malandros. El carácter de Calderón Hinojosa, su falta de templanza, le impidió cualquier condición que acercara al Estado de Excepción. Incapaz de contenerse, el presidente parapetó con la ley su enojo y presumió como tenacidad su capricho. Con Enrique Peña la explicación se impuso, pues su estrategia de erradicar la violencia no hablando de ella quedó calcinada en el río San Juan. Tentado a decretar el Estado de Excepción a partir del reconocimiento de su desprestigio y desdibujamiento público, fue capaz de ver que la violencia misma bloqueaba el intento de rescatar al Estado. Apocado y timorato, Peña Nieto se hizo a un lado esperando que el terror fuese disuasión efectiva. La falta de carácter del presidente redujo las leyes a reglamentos, consiguió que el cumplimiento de los segundos fuese un trámite burocrático, logró que las primeras fueran un rumor académico. La violencia se consideró sólo un problema técnico y fue técnicamente incorregible. Y en el escenario de descrédito de la técnica, el análisis, los reglamentos y las leyes, apareció la modificación de la explicación del origen de la violencia de Andrés Manuel López Obrador: la causalidad moralista. Si la ley es límite contra el Estado de Excepción, la moral podría pedirnos suspender la ley. Si los reglamentos nos impiden el Estado de Excepción, la moral nos dictará modificarlos. Si el Estado de Excepción es técnicamente inviable, la moral corregirá a la técnica. La situación límite no tuvo, ni con Calderón ni con Peña, una interpretación moral. Para López Obrador, la situación límite es moral: me colmaron el plato. En su postura, Andrés Manuel supone que el límite no lo da la ley, o los reglamentos, tampoco los análisis o los especialistas; el límite es Él, el señor presidente, el garante de la moral. El Estado de Excepción ya tiene listo el camino. El desabasto de gasolina va siendo un ensayo exitoso.

         Tres ejemplos para ilustrar el éxito del ensayo.

  1. En Tamaulipas, habiendo tomado control militar de las instalaciones de Pemex, el ejército prohibió a los trabajadores el uso de dispositivos móviles. Los empleados acataron, ya sea porque están convencidos de la moralidad de la medida, ya sea porque están aterrados de nuestro régimen de delación y sospecha. Los lectores de noticias transmitieron el hecho. A los analistas no les pareció raro. ¿Y al lector? No hizo falta modificar la ley o los reglamentos para que un sector de la población renunciara a sus derechos laborales.
  2. En la morbosa exhibición de los desesperados en las gasolineras fue lugar común la aceptación de racionamiento. La población mexicana se habituó a un régimen de guerra sin declaración de por medio. La convicción, según los entrevistados, es moral. Todos dicen estar en contra del crimen. ¿Qué diferencia habría con el racionamiento en el resto de los productos? La facilidad con la que el argumento moral manipula las convicciones vuelve el asunto preocupante.
  3. En el discurso público y las tomas de partido de estos días abundan los alegatos técnicos, legaloides, morales, politiqueros y conspiracionistas… pero casi nadie ha notado la renuncia a los propios derechos, la sumisión de la vida a un régimen extremo que por una presumida superioridad moral ha ensayado un Estado de Excepción. No se ha de prohibir la expresión en tanto carezca de ideas políticas. Para el Estado de Excepción la verborragia es buena herramienta, pues por ella se transmite el imperativo moral.

Vamos, muchachos, sigan saturando lo público con lo que no es político, que ya hasta a la conocida frase de Cosío Villegas ha aludido el simulador. El ensayo de Estado de Excepción va siendo todo un éxito. El huachicoleo del alma nos ha dejado en desabasto de ideas políticas. El mercado sólo tiene combustibles de inflamación del ánimo. Todo está puesto para que, inflamados los ánimos, del ensayo pasemos a la ejecución. ¿Y cuando la moralina no sea suficiente?

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Hoy, estimado lector, nuestro blog celebra 10 años. Quiero agradecerte a ti y a mis amigos. Tanta complicidad, ¿dónde encontrarla? “Mis amigos son unos malhechores, convictos de atrapar sueños al vuelo, que aplauden cuando el sol se trepa al cielo y me abren su corazón como las flores”. Gracias.

Amistad evasiva

Amistad evasiva

 

El diálogo ciceroniano sobre la amistad, Lelio, es evasivo, y casi nadie consideraría a la evasividad como una característica de la amistad. Por alguna razón que no todos saben preferimos pensar a la amistad con la constancia, como si el trato reiterado por sí mismo permitiese la amistad. Nos engañamos: la enemistad es más constante que la amistad (¿o no decía Rousseau: “dejar de evitarse cuando uno ofende a otro es estar seguro de no reconciliarse nunca”?). El diálogo ciceroniano sobre la amistad relaciona complicadamente la evasividad y la amistad. Además de las ausencias, el diálogo tiene dos evasiones importantes que corresponden con las dos respuestas ciceronianas en torno a la amistad. No captaremos las evasiones si no reconocemos las respuestas y no reconoceremos las respuestas si no conocemos las preguntas.

         El diálogo ciceroniano sobre la amistad presenta dos preguntas profundas sobre su tema: qué es la amistad y cómo se origina la amistad. La distinción de las preguntas no es desdeñable, pues en ella se distinguen dos posiciones sobre el conocimiento. La primera pregunta considera a la amistad como un fenómeno del que cabe dar razón a partir de una definición adecuada. Saber qué es la amistad –en el campo abierto por la primera pregunta- es una salvación del logos de nuestra experiencia cotidiana. En cambio, la segunda pregunta no considera a la amistad como un fenómeno del que es posible dar razón, sino que pide al que pregunta remontarse más allá de su propia experiencia para reconocer en el origen lo que realmente sea la amistad. La diferencia, para decirlo en los siempre confusos términos de la intelectualidad, radica en preguntar por el ser de la amistad o por los elementos de la amistad. El modo peculiar en que Cicerón enfrenta la diferencia da qué pensar.

         La primera pregunta sobre la amistad lleva por respuesta el fundamento metafísico de la amistad formulado por Aristóteles y ligeramente modificado por Cicerón. La amistad es definida por Aristóteles como consentimiento de la existencia. Cicerón la define como consentimiento de la existencia en cuanto todo lo humano y lo divino. Tras dar la definición, el personaje ciceroniano que la enuncia cambia de tema y se dedica a exponer las ventajas de la amistad. La comprensión correcta de la definición de la amistad es evadida. La comprensión correcta de la amistad es sustituida por las ventajas de la amistad incomprendida. Evidentemente, las ventajas son vistas por quien ignora la verdad de la amistad; el filósofo, quien profundiza en la definición ciceroniana de la amistad, no necesariamente ve ventajas: ¿qué amigos puede tener el filósofo cuando es extremadamente improbable consentir en todo lo humano y lo divino? La evasión es, en cierto sentido, amistosa.

         La segunda pregunta sobre la amistad reconoce tres elementos: la amistad es un amor benevolente por la virtud y la probidad. La respuesta retoma algunas de las vacilaciones de los personajes platónicos del Lisis, pero introduce un elemento realmente novedoso: la probidad. El probo es, contra lo que pudiera pensarse, un fenómeno. El término llega al latín desde el indoeuropeo. El prefijo es una preposición locativa que nombra a lo que está en frente. La última sílaba proviene de la raíz *bhuo, que en griego origina el conocido physis y literalmente significa crecimiento. El probo, por decirlo de algún modo, es el que se presenta tal cual es, el que en la amistad despliega su naturaleza. El probo no es el franco o el honesto. El franco, del germánico Frank (jabalina) proveniente del indoeuropeo *prank (tallo), es quien se abre camino para ser libre, para mostrarse tal cual es. El amigo franco es quien nos obliga a aceptarlo, no así el probo, a quien nos deleitamos con ver en su verdad. El honesto, por su parte, es una idea totalmente romana que nombra al digno de honor –el honor indoeuropeo, el yazas en sánscrito, señala al renombre; el honor griego, timé, nombra la dignidad del ciudadano; el honor de los latinos nombra la disposición al reconocimiento por la propia grandeza, ni es el bello recuento de los nombres del hinduismo, ni el comportamiento ciudadano del griego-, al que no cae en deshonra. El amigo honesto cumple su palabra, incluso por la fuerza del compromiso, mientras que el amigo probo no compromete su naturaleza, del probo se espera el beneficio que nos dona su liberalidad. Que la amistad se funde en la probidad permite pensarla como la única actividad no solitaria que es genuinamente libre. La probidad amistosa permite a los amigos ser tal cual son. Sin embargo, el personaje de Cicerón que menciona los elementos de la amistad nuevamente deja de lado el tema para ofrecer consejos sobre la amistad misma. Evidentemente, los consejos son un consuelo de la ausencia de probidad. El filósofo, quien ya sabe lo difícil que le será tener verdaderos amigos, ahora nota lo importante que sería tenerlos. Ninguno de los consejos, y esto es parte de la genialidad ciceroniana, es filosófico. El filósofo sabe los límites de la probidad. Sabe que la segunda respuesta tiene por límite el genio de la naturaleza. Y en este sentido la evasión amistosa propiciaría la probidad. Pero eso prefiero no explicarlo.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. El crimen crea para sí una mitología de justificación. En el caso del narco su mitología se extiende desde la impostura religiosa de la Santa Muerte hasta la propaganda musical de los narcocorridos. Por ello es importante tomar en cuenta la mitología de los huachicoleros, crimen mexicano en boga.

Coletilla. El mejor café se produce entre el Trópico de Capuchino y el Trópico de Latte. (De nada, Starbucks)