Producción humana

Nadie es indispensable es la sentencia más egoísta que he escuchado en una empresa. No importa cómo se contextualice, el simple afán de automatizar los procesos laborales y reducir los recursos a una serie de secuencias concatenadas para dar un resultado, semejante a como lo da una máquina, elimina lo que de humano puede tener un trabajo. Aceptar la frase es ignorar que su significado tiene una radicalidad espeluznante. Elimina la excelencia, pues todo se reduce a un resultado más o menos igual. Mientras se realice, y eso produzca ganancias, poco importa cómo se obtuvo. Si a esto le añadimos que la vida laboral transforma la vida personal; que la persona se transforma por su trabajo o que no hay separación entre vida y trabajo, tenemos como consecuencia el desdén a hacer las cosas bien, a no preocuparnos por lo bueno. Existir en automático, con la ligera certeza de que la vida poco cambia es aceptar que nadie es indispensable.

Yaddir

Sin norte, ni oriente.

Vencida por el cansancio, cierto día, la estrella del norte simplemente se apagó.

Nadie notó su ausencia, a falta de exploradores, o marinos, o caminantes sobre la tierra, la estrella se extinguió en silencio.

Dicen que antes los hombres se guiaban con ayuda de su nocturno brillo, pero ahora sus pasos se iluminaban dejando de ser hombres de altas miras y convirtiéndose en criaturas de cerviz agachada.

Con bajas miras, y orientados con la ayuda de artefactos, aquellos que no notaron la ausencia de lo que fue una importante estrella, tampoco se percataron que el astro rey se ocultaba para siempre en un aciago día.

El sol también estaba cansado, pero las criaturas de bajas miras creyeron que podían vivir bien sin norte y que ya no tenían la necesidad de ser orientados.

Maigo.

Inocente preguntilla: ¿Alguien sabe cuánto cuesta la harina en el Pireo?

Olvido y justicia

Olvido y justicia

La memoria persigue al hombre: esta mínima lección que extraje del cuarto cuento de El llano en llamas me ha hecho reflexionar sobre cierta situación incómoda. La situación vino cuando me enteré hace algunos días de ¿por qué los Zetas disolvían cuerpos? Pues para no dejar rastro de sus crímenes, y eso es obvio, pero ¿por qué no dejar rastro?, bueno, pensé, porque es un mal negocio. La memoria es un mal negocio, pues implica sobornar a más personas. El único modo en que la memoria deja de acuciarnos es si la desintegramos, si la abolimos por completo del hombre. La sangre que ahora corre fuera de nuestro hermano, lleva a preguntarnos: ¿Qué has hecho?, casi siempre la voz personal es suficiente, pero si no, la voz colectiva dirá entre estertores ¿Qué has hecho?, para impedir cualquier investigación o introspección es mejor eliminar toda evidencia.

Aquel hombre en el cuento de Rulfo que huye por haber matado a una familia entera, los Urquidi, va escondiéndose de su perseguidor, quizá de su único juez, el recuerdo. El temporal es de sequías, hay espinas y hiervas que lastiman la piel, metáfora de que es un recuerdo malo quien lo persigue o quizá la venganza. El recuerdo como bien sabemos es una marca en nuestro haber, una herida viva, punzante, casi siempre consciente. “Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento.”, el hombre de Rulfo es cainita. ¿Qué inicia la historia de estos hombres, la justicia o la venganza? Sea cual sea, vemos que este hombre no puede negarse su pasado, no disuelve a su perseguidor. El ansia lo carcome, ésa es su marca y su verdugo. El ansia de escapar o ser juzgado; vive sin querer vivir, pues sabe lo que hizo pero no quiere recordarlo. “Se conoce que lo arrastra el ansia. Y el ansia deja huella siempre.” Cualquier acto que haga ahora, después del delito, es indicio de querer escapar. Para un desesperado sólo la muerte o la locura quedan. Él se dará razones durante el camino, “No debí matarlos a todos… Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz.” Esta paz es la de un desgraciado, un no hombre, ya que no puede compartir su pasado ni el presente: parece un fantasma, pues cuenta entre lloros que tuvo hijos y que su tierra está muy lejos, pero ni su nombre declara.

Su desgracia se nota más cuando al encontrar al borreguero, el asesino le pregunta si los animales son suyos, “No, son de quien los parió”, contesta el pastor queriendo compartir una broma. El asesino no ríe, está hambriento, ya que se ha tenido que ocultar en el cerro. Regresó a la naturaleza por su crimen, pero este retorno no lo hizo feliz. La posibilidad de compartir la sonrisa y la felicidad siempre pende del hecho de que ambas son públicas. Él regresó exiliado al estado de las necesidades básicas, pero cargado de culpa. El asesino se burla de sí en su tabuco, pero no comparte con nadie el pan ni la dicha. Quiere morir o lavar su culpa, de ahí que se arroje al río varias veces.

Para poder compartir con otros la injusticia hay que convertirlos en criminales. El crimen organizado a eso se dedica, la investigación de Vice news da cuenta de cómo después de destruir las casas de los Garza (cómplices del crimen) los Zetas llaman a la población para que saqueen lo que queda. Si a la justicia no se puede ir, sólo queda el olvido y la venganza. Es peor cuando la justicia quiere fincarse en el olvido. Para el criminal gracias, hay puerta para reincidir, para el afectado, miedo y furia. Pero la injusticia no son casos aislados, hay un deber incluso con quien no conocemos. En el cuento, quien mata al asesino es el único sobreviviente de la matanza original (todo lo mueve la venganza: el recuerdo herido), este hombre piensa en su recién nacido que también fue asesinado, pero “ni recuerdos tengo de ti” dice al hijo muerto, y sin tener recuerdo hizo el rito fúnebre, también le dio sepultura. La vida mancillada es motivo suficiente para hacer justicia.

¿Cómo perdonar cuando la justicia es sacramento del caprichoso mesías? Perdonar al corrupto viene a ser una forma de ganar adeptos; pero al mismo tiempo, la corrupción vista así, vuelve públicas a la injusticia y el olvido. No podemos ser cómplices ni dejar que se nos inculpe.

Javel

Para gastar después

El dos de octubre no se olvida, ¿tendrá su culminación en el primero de diciembre que quiere olvidar a quienes soliviantaron la impunidad?

La desigualdad ante lo justo

La desigualdad ante lo justo

Quien se aplica a un oficio no garantiza inmediatamente su excelencia. No solemos asumir las diferencias existentes en los talentos naturales como distinciones sustanciales, pues preferimos tacharlas de irrelevantes cuando se juzgan frente al fondo humano en que resaltan. Todos reconocemos que hay diferencias sociales (casi siempre concebidas como arbitrarias), económicas (debidas a habilidades y ambiciones), físicas y anímicas, pero estamos convencidos de que una comunidad no encuentra paz si no disminuimos esas diferencias. Hay sensatez en preferir la paz: nadie dice que por poseer un carácter o talentos distintos a los de otros tenga que ser marginado por ellos. En algún sentido, la imagen de la igualdad sirve como maquillaje para la experiencia de lo social y lo político. ¿Qué sentido puede tener el exacerbar la diferencia utilizando palabras como excelente, insuficiente, bueno o malo, preguntamos irritados? La fantasía de la igualdad es efectiva porque pensamos que es mejor para la vida no determinar con juicios endebles lo que se presenta como diferente y semejante al mismo tiempo. Pero quien renuncia a ver las diferencias bajo la idea de que atreverse a hacerlo es un asomo de intolerancia, de orgullo ciego, pierde la oportunidad de entender, de teorizar sobre su propia vida práctica. Se rehúsa a la posibilidad de conocer el modo de vivir como una muestra de nuestra opinión sobre lo que nos conviene, se rehúsa a mirar aquello que podría aclarar si la igualdad es la mejor representación, la opinión más prudente en torno a la naturaleza de los hombres. Por ello, todo sentido de la palabra semejante pierde su sentido, puesto que en realidad es una especie de pincelada monótona sobre la múltiple imagen del hombre.

Retomemos el inicio. Un oficio prueba las capacidades naturales para él. El talento no se conoce hasta que se ordena por el conocimiento productivo, encendido por la inspiración práctica. Las producciones distinguen al productor. No lo discriminan, ni lo hacen menos humano: las diferencias cualitativas son humanas, muy humanas. Sólo Dios hizo todo bueno. La humanidad no es cualidad, sino naturaleza. Incluso los viciosos de los que habla Aristóteles viven contra su naturaleza sólo comparativamente: se hacen como bestias. La bestialidad del hombre es posible sólo por ser también animal. ¿Eso quiere decir que la humanidad es algo que no puede erradicarse del alma? La pregunta apunta a algo distinto: las cualidades pueden modificarse mientras estén en la misma cosa, precisamente por no ser sustanciales; la humanidad pudiera poseer, dentro de su carácter genérico, variaciones en cuanto a aquello que la muestra ante nosotros. Nadie duda que el horror criminal parece poco humano, pero, ¿de dónde proviene el horror si no tenemos algo ordinario, algo más deseable, más cercano a lo que llamamos bueno? Las diferencias morales, hechas cotidianamente, dan pie generalmente a la hipocresía no porque no deberían ser hechas (el deberían también es moral en este caso), sino porque no sabemos explicar sensatamente el valor que tiene la capacidad de relacionar palabras y actos en nuestra alma. En el hombre, las diferencias son naturales. Esto está muy lejos de justificar el totalitarismo, puesto que, por lo general, esos regímenes no suelen comprender a fondo el problema radical de la diferencia. Si en lo político se muestra la natural propensión y necesidad del hombre de vivir en común (por lo cual es posible la persuasión en lo público), es útil preguntarse si aquello que se busca como común puede hallarse de manera eficiente. Las dictaduras están demasiado cerradas por la esclavitud que el líder tiene ante sus imposturas morales, y se hallan impedidas de comprensión política porque confunden lo normativo con lo útil para lo común. El bien de la ciudad se confunde ahí con la opinión del poderoso, al grado de posibilitar el apoyo moral popular a la impostura. Por eso requieren de adoctrinamiento, de persecución y estrechez persecutoria, del delirio por la personalidad. El ansia de poder no es poco común, y también distingue a quien la posee. Sancho Panza probaba la existencia de la codicia en una muchacha que se quejaba de haber sido injuriada al poner a prueba su amor por el dinero: no había mejor manera de hacerlo que arrebatándoselo sin explicación previa.

Quien teoriza sobre su experiencia práctica, ha de toparse con el problema de saber qué es lo que en verdad desea. Decir que hay conocimiento de lo natural en lo político parece una extrañeza: la ley se toma como ajena a lo natural. Al parecer reconocer el alma de alguien es un conocimiento político: no sé bien qué acciones convienen a alguien, no sé juzgar si no entiendo qué mueve al otro, qué lo hace ser de tal modo. Seth Benardete observa con su esmerada agudeza que, dado que Sócrates es el único narrador de la República, no podía haber visto que Polemarco había enviado a su esclavo para detenerlo, y de hecho cuenta la escena como si pudiera atestiguar lo que sucedió a distancia de él, lo cual parece obviar el conocimiento de Sócrates en torno al carácter de Polemarco. Parecería que desde entonces la República nos increpa sobre la relación entre lo justo y el conocimiento del alma. La utopía no es un instructivo, pero tampoco una artimaña de la irrealidad. Es la pedagogía más radical en que se mira el Bien. La distancia con las cosas humanas sólo se salva cuando uno busca instruirse en ella.

 

Tacitus

La voz en el espejo

La voz en el espejo

El ruido produce sordera. Lo peor de esa privación es que se lleva consigo la palabra. Lo mejor de la palabra es que nos quita lo ajenos. En el ruido, movidos a hablar mas no por ello a disfrutar la palabra, recurrimos a señales de vida demasiado rudimentarias, como el humo. Apenas unos gestos brillantes, un par de monosílabos llenos de frustración inútil para expresar nuestros deseos más torpes. La habladuría de nuestras señas es una conversación en el mutismo del espíritu. Disfrazamos la injusticia con la abstracción intocable e inmaculada de la dignidad. Nuestra deficiencia discursiva se viste con el aire del arcángel, pero no es más que santurronería que esconde la prostitución de nuestra lengua. Confundimos la sinceridad con la pose del capricho: nos gusta que nos hablen del pueblo, que no sabemos quién sea, de la corrupción y del crimen, mas nos falta comprensión de nuestra humanidad porque no sabemos conversar siquiera. Esa exquisitez de la palabra que nos aclara sin quitar de golpe el velo no la convidamos, y nos perdemos del placer de descubrirnos pensando. Dicen que leer aumenta en algo la capacidad para pensar. Me inclino a pensar en que leyendo hay más realidad, más verdad de uno mismo en el intento de vivir. Nada más real que la palabra, eso que no puede darnos ni las señas ni los gestos inmediatos, ni las reacciones sobre la marcha. Si la realidad es sinónimo de la estupidez, se debe en buena medida a que se concibe lo real como ruido esencial, movimiento pronto, juicio y actos veloces. Ahí apenas hay tiempo del que requiere la palabra, la humanidad para ser visible siquiera. Del otro y de nosotros apenas vemos por un cristal, por la mínima experiencia de lo mutuo. Mas no hay algo mutuo en sentido estricto si no es por la palabra. Tal vez por eso el hombre fue concebido como un animal que habla. En el ruido parece subsistir obstinadamente una comunidad gigantesca, móvil, veloz. No hace falta especial perspicacia para darse cuenta de la indiferencia tremenda que hay en el ruido gigantesco. La sordera se presenta en una locuacidad sin fin y sin sentido. No hay comprensión sin palabra, pues las señas no son explicaciones. En el intento de vivir, hablar es necesario, mas dicho intento se malogra cuando la necesidad se convierte en fuerza invidente. Hasta lo que necesitamos tiene su gracia. De nuevo, somos animales de palabra. Extirparnos la palabra es imposible, pero podemos deformarla, deformándonos. Sin su luz, quizá sea muy difícil incluso reconocer nuestro rostro deforme por los embates del ruido amargo en que nada comprendemos. El mundo lo hemos habitado gracias siempre a la palabra.

 

Tacitus

Nos queda México

Nos queda México

Sí. Sí molesta. Es una canallada. En la catástrofe, no sólo el pillaje, sino la burla. Pero ahora más que nunca las acciones de Graco Ramírez nos dejan ver qué entienden nuestros políticos por política: hay que comprar la pobreza, mantenerla, los clientes están ahí. Con el derrumbe de la capital, también terminó de desmoronarse la máscara del político guapo, del político tierno. La corrupción nos derruyó. El cinismo nos hiere más que la imagen de la gran ciudad en ruinas, porque ése nos impide sardónicamente recomenzar. Afortunadamente nos queda el presente.

No. La pobreza, lo mismo que la catástrofe sísmica, no es negocio. Esto lo entienden muy bien los hombres, jóvenes y mujeres que desconfiando abiertamente del sistema administrativo, tomaron la ciudad en sus manos. La pobreza, lo mismo que la catástrofe, son oportunidades de recrear el ejercicio de la comunidad, tanto como el de la justicia. Es la oportunidad de ir deshaciendo todo rastro de inhumanidad, ahora que el gran movimiento nos sacudió pétreos rencores, miedos, desconfianzas. Estos hombres y mujeres que aparecieron en estos días de gran vulnerabilidad a sostener con sus manos la ciudad, han dejado ya en nuestras memorias gestos que indudablemente moverán a nuestros ánimos en futuras ocasiones –y ojalá en la cotidianeidad– a actuar mejor, con la calidez de saber que es por el otro. La vida –ahora sabemos en México– es la oportunidad de ayudarnos.

Pero así como vemos que estos momentos despiertan el ánimo fraterno, y que las acciones bondadosas de esos héroes nos educan, así mismo pasa con la cara de la impúdica corrupción. Casos hay ya varios entre los particulares, como quienes robaron las tarjetas de ahorro de una joven fallecida en los escombros para comprar ropa en tiendas de marca, o como los jóvenes que secuestran pipas en Iztapalapa o en Nezahualcóyotl. El buen ejemplo siempre tendrá en frente la tentación de la villanía. Por eso hay que poner atención a estos jóvenes que han dado un paso diferente en pos de México, pues catastrófico sería que se envilecieran en el modelo vetusto de la corrupción, si detectamos esto, habrá que ayudarlos, como ellos lo han hecho hoy con nosotros.

Si los políticos quieren hacer negocio de la crueldad, del cinismo y de la corrupción, nosotros hay que hacer monopolio de la bondad, de la justicia y de la responsabilidad cívica, aunque nos quedemos fuera del sistema político que ellos representan… aunque fundemos un mejor México.

Javel

Para seguir gastando: Ahora que sabemos la eficacia de los perros para rastrear a personas desaparecidas, y de toda la tecnología que tenemos en nuestras manos para detectar vida o cuerpos, así como celulares ya estén prendidos o no. ¿No podríamos implementar todo esto en el cateo de casas de seguridad, en los casos de secuestro y trata?

El sello en el alma

El sello en el alma

El amor es la realidad más clara del alma, aunque al mismo tiempo se muestre en forma laberíntica. ¿Puede el hombre dejar de amar? Esa posibilidad sólo es imaginable en la medida en que el amor no forme parte de la experiencia de lo humano. Cuando concebimos que el amor desaparece de los actos humanos, pensamos en términos morales los efectos del amor. ¿Es natural esa relación entre lo moral y el amor? La respuesta que demos es importante en tanto que por ella (podemos asignar cierto conocimiento ligado a la experiencia de lo amoroso como benéfico en su presencia, o que, incluso estando presente, pueda trastornar nuestro acercamiento a lo moral. Lo fundamental de la pasión para el hombre moderno estriba en que forma parte de la concepción que damos del amor como pasión fundamental. La razón se opone a ella como guía porque no puede decidir sobre ellas. El mero hecho de afirmar que la razón tenga o no tenga que decidir sobre la pasión muestra la escisión que sirve de base a nuestra autoafirmación como individuos. El amor es patencia de lo individual, diríamos, en tanto que es él la fuerza que nos mueve a desear prácticamente todo. No obstante, es evidente que la naturaleza pasional del hombre no se muestra para nosotros en el amor, pues muestra mejor de la humanidad en tanto universal es, diríamos, el deseo de conservarse.

¿Cómo el amor puede hacernos conducir mejor la vida? ¿No es, en tanto pasión, siempre problemática, aunque sea natural? ¿Cuál es el valor del amor, por expresarlo en nuestras palabras cotidianas? Si el valor proviene de lo placentero, no queda claro realmente en qué sentido el placer puede a veces mostrarnos nuestra equivocación: a veces nos complacemos en lo vano. Claro que, bajo la discusión de estos tiempos, decir que hay cosas vanas es haber atribuido un valor. Al amor, se dirá, no tiene que atribuírsele valor alguno porque no requiere de juicio alguno para ser experimentado. Puede esquematizarse su conocimiento en los flujos del cuerpo, pero su existencia no es algo que dependa de que se le atribuya un valor. Que no decidamos sobre su existencia, no obstante, funda su carácter problemático, más allá del valor; carácter que se basa en comprender al hombre como un ser esencialmente erótico. Esa naturaleza del hombre no se muestra en el esquematismo de las reacciones físicas, porque no es meramente pasional: en todo momento es oscuro saber qué es lo que produce el movimiento si no existe un contacto. El amor no es estrictamente pasional, entendiendo por pasión el movimiento del “cuerpo”. La aceleración del pulso cardiaco y el flujo de las sustancias cerebrales dependen, en última instancia, de la posibilidad de que la belleza me atraiga.

Lo bello no puede ser subjetivo, porque nuestra experiencia fundamental de lo bello proviene por igual de la percepción de la belleza en la apariencia y de su manifestación en los actos y palabras. Lo bello es idea en tanto inteligible, no en tanto configuración arbitraria. Sospecho que la inteligibilidad de lo bello, que no es lo mismo que decir que es “racional” en el sentido moderno, no corresponde con la división de un cuerpo y sus proporciones, porque involucra a la imaginación más allá de las dimensiones materiales. La belleza de una acción se observa en la totalidad de ella. La belleza de un rostro es deseable porque no se puede descomponer. El espoleo del alma a partir del deseo muestra la inteligibilidad de la experiencia erótica. El amor (Eros) es, platónicamente, el que otorga los más grandes bienes, y su presencia no puede dividir el hecho de que la belleza le infunde verdad, actualidad en todas sus gradaciones, haciendo del hombre distinto de acuerdo al amor. El más grande bien que otorga no sólo está en la presencia de lo bello en el acompañamiento de dos, sino que éste es apenas la presentación primordial. El erotismo socrático, por ejemplo, no es comprensible sin un logos que ilumine esa naturaleza primordial, a pesar de ser Sócrates un hombre muy distinto a otros hombres. No es cierto que sólo los mejores deseen lo bello. Los que se equivocan al desear lo peor no dejan de ser eróticos: los injustos se encuentran en la parte más baja de la escala platónica del mito de la palinodia, lo cual indica que forman parte de ella.

Bajo esa gradación, ¿cómo es posible interpretar nuestra experiencia erótica a partir de ese mito? La conclusión de la palinodia es, en buena parte, dirigida a establecer que el hombre más erótico es el filósofo. Es complicado, sobre todo, saber en qué radica esa superioridad erótica, sin llegar a confundir a los extremos de la escala: el tirano y el filósofo. El erotismo del filósofo no se muestra en la persecución febril de lo bello en los cuerpos, y esa negación no ilumina de inmediato la actividad de éste como alguien dedicado a lo que se llama la belleza de lo inmaterial, rótulo que se presta fácilmente al sofisma, porque en realidad toda belleza es inmaterial. Nuestra experiencia erótica se articula mejor a partir de lo mejor; lo mejor permite atisbar no una idealidad, sino bosquejar a partir de nuestra persecución de lo bello lo que por naturaleza somos. El filósofo es el hombre más erótico en la escala socrática a partir de la naturaleza del alma inmortal, cuya prueba es la anámnesis, puesta aquí como vinculo. La felicidad del amor como naturaleza presente en todo hombre permite explicaciones de ese deseo de lo bello. Es verdad: la palinodia no nos habla del mal. ¿Es verdad? ¿No dijimos que los hombres más bajo en la escala eran los tiranos? No nos describe la presencia del mal en los actos humanos, pero puede colegirse su relación con el erotismo natural: el tirano es el más lejano de lo eterno en la vuelta de las almas porque es el que se place en la injusticia. La escala no es el instrumento de la determinación divina, porque aunque el filósofo no pueda ser producido, nuestra experiencia amorosa puede todavía, gracias al mito, ser comprendida en relación con dicha escala. Esa comprensión implica que nos preguntemos ¿qué es el alma y por qué es amante por naturaleza?

No queda claro, no obstante, en qué sentido uno pueda afirmar todavía que el filósofo es el más erótico por amar lo eterno, lo cual suena en parte a la comprensión popular del sentido de lo platónico. Amor de lo eterno y práctica de muerte parecen ideas contradictorias. La piedad del filósofo podría diluirse en un rito privado que quizás sólo se aclara para sus amigos. Pero ni para sus amigos es del todo evidente. Amar lo eterno es un modo de referirse al deseo; la muerte es práctica en tanto el alma es inmortal. Acercarse a lo inmortal requiere muerte. El amor socrático no es suicidio premeditado, sino vida alumbrada a partir de lo inteligible. La segunda navegación es fruto y expresión de un racionalismo que no termina en melancolía, porque cumple con la máxima del dios: conócete a ti mismo. Conocerse a sí mismo es problema porque sin esa exigencia, la piedad es apenas satisfacción pública y privada del nómos. Conocerse a sí mismo no implica destrucción de la polis y sus costumbres (aunque sí cuestionamiento de sus dogmas), pues Sócrates, a pesar de demostrar la falsedad de lo que se le imputaba, acató la sentencia, no obstante el carácter injusto de ella. Al final tenemos que pensar si vemos la piedad socrática en la hora de su muerte, sin martirios falsos, o si lloramos como todos sus amigos ante un cadáver mudo. La piedad quizá sea lo único que nos diga por qué es mejor padecer una injusticia que cometerla.

 

 

Tacitus