Confesión sobre el cinismo

Confesión sobre el cinismo

He de confesar que la primer reacción que tuve al enterarme de la noticia fue un deseo de reír. Comencé a decir que la mala organización entre los sindicatos es lo que había ocasionado tan penoso asunto, que la administración a cargo de otorgar las plazas era un verdadero desastre, y que lejos de tener alma de economistas eran sólo unos ladrones. Después, al ir soslayando los velos de mi risa, descubrí que un temor empático me sacudía impidiendo que la carcajada fluyera limpia. Me dio miedo y con la risa cubría o hacía más ligera la situación. También tuve coraje por la broma tan cruel que estaba escuchando: dos grupos de asaltantes se encuentran en el mismo autobús y pelean a muerte y con muerte en medio de los ya petrificados pasajeros. Dos leones peleando por una gacela que aún respira. La risa del inicio amargó toda mi noche, pues descubrí que era cinismo puro.

Si el hombre no siente culpa, sólo le queda el mal. Este cinismo que ya no habla de buenos modales ni siquiera en presencia de las posibles víctimas, al menos para bajarles la guardia. Este cinismo que no cubre ni descubre alguna verdad del hombre, sino que más bien descarna toda humanidad. Este cinismo que nos deja heridos de muerte, temblando de miedo y de rabia, pero con espasmos de risa nerviosa. Pero también pensé que si nos duele el cinismo y nos lastima la deshumanización es porque extrañamos nuestra verdad, nuestro amor, nuestra paz. Por esto creo que hoy más que nunca se hace necesario el reportaje, el periodismo, para que nos defendamos de las dentelladas secas del cínico y reconozcamos que al final de la risa nerviosa aún hay fe, también creo que la conciencia –afortunadamente- nunca nos dejará solos.

Javel

Mal amante

Mal amante

¿Y si nos perdemos en el apático vacío?

Sí, así, abrazados al olvido.

¡No nosotros, obviamente¡ Que no ha caído

en nuestra mente pensar aquél vicio.

 

Nuestras almas corren libres del ocio

y soliloquios tan dañinos. Oído

lo tienes: somos los más libres de todo lo acaecido.

Pero olvida todo esto, que ningún resquicio

 

se nos está permitido poseer

si es que nada, humildemente, queremos

ser. Volvamos a los besos, mujer

 

que ya ni el deseo amontonamos.

¡Pero veo que comienzas a desaparecer!

¡Ay!, se me olvidaba que solos nos encontramos.

 

Javel

 Para ir gastando

El deseo por la justicia es lo que posibilita la aplicación de las leyes y el cumplimiento de ellas. Lo que el GIEI nos mostró al respecto del poder judicial no es novedoso para nosotros, es una obviedad que lastima. El daño no es sólo por la herida que siempre causa la injusticia, el olvido voluntario de la justicia, sino por el mensaje que se reafirma a los posibles delincuentes: Poder, significa impunidad; impunidad no es ya vivir al margen de la ley ni por encima de ella, sino vivir sin ley. Pero así nos deshumanizamos más, así llega el impune desorden, aquel que es necesario para el nuevo hombre, este que va forjando su destino sin saber si lo que hace es verdaderamente bueno, es decir, sin saber si llegará a ese destino tan soñado.

La injusticia nos deja ciegos de lo mejor que podríamos hacer, por esto es importante que no olvidemos a los desaparecidos, para no quedar ciegos de justicia.

Dos líneas del castigo

Abusan de la aplastante impunidad de este país los criminales; pero también los que encuentran placer en su convicción de que la ley fue propuesta para hacerle un mal a quien hizo un mal. Por otro lado, hacen bien en acatar la ley los que castigan justamente; pero también quienes logran lo más difícil, aprender a perdonar.