Caricia

Caricia

Macerar la flor, extraer el perfume, ungirse del otro: ¿eso es el amor? ¿Nos reafirmamos sacrificando la individualidad del otro? ¿A caso nadie nos ha enseñado a acariciar? La flor ofrece su perfume por ser la fuerza integradora de su ser. Es cauta y exigente con el hombre que se acerque. Creemos, por el contrario, que la fuerza es vitalidad, que el amor es salvajismo y arrancar la flor de un tajo es lo más humano. El perfume se ha perdido, ¿qué apreciamos? En el amor, por el contrario, los cuerpos se encuentran en una batalla donde extraer la esencia del otro es fundirse. Pero la batalla de los cuerpos que se entrelazan me parece más una danza y en ese sentido una posibilidad a la caricia, al arte, a lo humano. Nos encontramos con el otro tierno y expectante por ser descubierto en movimientos suaves y fervorosos. No sabemos ser amantes cuando creemos que el otro disfruta ser lacerado y vejado entre absurdos clichés o fetiches que la mercadotecnia sexual nos ha vendido. Cada cuerpo debe ser descubierto en su íntima relación consigo misma. La individualidad es, después de todo, lo que los ha unido.

Por eso mismo la razón no se pierde cuando estamos en los brazos del amado, ya que no nos entregamos al infecundo ejercicio de la mortalidad. Quisiéramos que la caricia durara para siempre, distender el tiempo es una fantasía que sólo puede crearse quien dependa de la eternidad para seguir amando. Quien no, que se quede con el cuerpo. Pero hablaba de la razón, y decía que no se pierde en los brazos del amado, porque quien acaricia no pierde de vista que es un otro el que está ahí siendo cómplice del secreto vital. Un cómplice que ha decidido morir con nosotros un momento: y viceversa: A un cómplice no se le inventa, se le descubre en el trato con miradas furtivas que quisieran escapar a ojos ajenos.

Mirar al hombre es descubrir la sensualidad de su alma, pues sólo ahí pueden ser logrados la furtividad y complicidad que nadie más entiende, relaciones que nadie más que ellos (los amantes) ven: por eso la razón no se pierde. Amar es entender que lo que no se ve es lo que más nos une. Amar es mirar al otro en su integridad, descubrirlo, sacrificarse un poco y no sacrificar al otro.

Javel

Familia y libertad.

Se dice que la familia es el fundamento de la comunidad, y esto sólo es cierto cuando la educación se recibe dentro del seno de la familia misma, es decir, cuando la valoración sobre lo bueno es común a un conjunto de sujetos que debido a ciertas circunstancias vitales comparten varios momentos de sus vidas.

Cuando aquellos que fundan una familia se ven a sí mismos como seres individuales que no tienen porque afectar o verse afectados por el modo de ser del otro, aquello a lo que formalmente podemos llamar familia fácticamente deja de serlo, pues ya no es posible tener una comprensión común sobre lo bueno.

Si lo que hace que una comunidad sea tal es una idea común respecto a lo bueno, podemos ver lo absurda que resulta la idea de fundar a una familia a partir de la unión entre individuos que defiendan su libertad y su individualidad por sobre todas las cosas. La incapacidad de trascender el propio ego característica de los sujetos que se unen defendiendo ante todo su individualidad, impide la fundación de una familia, y más aún de una comunidad.

Considerando que la libertad es lo más valorado a partir de la ilustración que todo lo racionalizó en el siglo XVIII, no tiene sentido pretender la conformación de una comunidad que se precie de ser tal, al mismo tiempo que se precia de tener individuos libres en todo momento de las influencias que se puedan ejercer sobre ellos, aún cuando estas sean en algún sentido benéficas, pues al pensar en la posibilidad de ser modificado por lo que otro hace, se pierde un tanto de la querida libertad.

Así pues, el precio que se paga por la preciosa libertad que nos permite ser individuos antes que otra cosa, es la formación de una comunidad fundada en lo familiar, es decir en el mutuo conocimiento y valoración respecto a lo bueno.

Maigo.