Charla con el Espejo

Una discusión es de cierto modo un intercambio. Los dos o más que intentan llegar a un acuerdo no podrían hacerlo si no tuvieran algo que dar y disposición además para recibir algo más. Una discusión, por eso, involucra a quienes están abiertos cambiar de parecer. Siempre que escuchamos con atención intentamos entender al otro, y eso nos cambia aunque sea en la pequeña medida de lo que antes no sabíamos y ahora creemos conocer. También tenemos una convicción por mostrar por qué pensamos lo que pensamos, y por lograr ese cambio en quien nos escucha a nosotros. Las conversaciones nacen entre interesados, y los interesados no abandonan lo que les concierne tan de cerca. La mayor parte de lo que vemos, sin embargo, ocurre al contrario: muchos dicen lo que “opinan” sin reparo en las consecuencias de su manifestación, y muchos disfrutan de más la estimulante tensión de la contienda (se dé en una pelea de box o en una riña de palabras, es lo mismo). Sin embargo, esto no quiere decir que la verdad del mundo sea que las conversaciones son imposibles y que nunca han sido en realidad de ningún provecho; eso puede parecerle a algunos porque por su abundancia estamos más acostumbrados a los simulacros de las discusiones. Estamos rodeados de cosas que parecen ser diálogos y que tienen su forma en el encuentro de dos que hablan, pero que carecen de la intención de acordar. Nos invaden estas charlas falsas que tienen cosas que parecen respuestas y cosas que parecen puntos de vista. Tenemos la semejanza, como en un espejo opaco, de posiciones respecto a temas de interés común. Es muy fácil dejarse llevar por la apariencia. Lo más preocupante no es la falsedad en “las oraciones”, por así decirlo: la disposición de cada quién está en juego. Nadie abandona a drede una conversación que verdaderamente le interesa. Hay que aprovechar las señales de la farsa para observarnos a nosotros mismos, pues querámoslo o no, estamos muy expuestos a convertirnos sin habernos dado cuenta en simulacros de conversadores.

Un árbol de ciencia.

Y Dios le dio esta orden al hombre: “Puedes comer de cualquier árbol que haya en el jardín, menos del árbol de la Ciencia del bien y del mal; porque el día que comas de él morirás sin remedio”

Gén 2, 17

 

La creación del hombre relatada en el Génesis viene acompañada de aspectos maravillosos, como el surgimiento del libre albedrío en medio de lo que está determinado por las leyes de la naturaleza; lo curioso ahora no es el relato mismo, sino nuestra incapacidad para maravillarnos. En el mejor de los casos cuando volteamos la mirada hacia lo que contiene el Génesis, vemos con desprecio a un conjunto de historias que llevaron a la hoguera a muchas mentes brillantes y que condenaron a la ignorancia a otros tantos miles.

O al menos eso es lo que ocurre con tal frecuencia que difícil es notar que hay quienes ya no se ocupan de perder su tiempo viendo el texto oscurantista contra el que luchaba el hombre iluminado por la ciencia, y capaz de dudar de todo lo que se le dijera sin que el pensamiento mediara entre él y lo que escuchaba constantemente.

Pero, ¿podemos culpar a quien ya no lee la Biblia de su falta de interés en la misma?, A veces pareciera que la lectura de esta obra es prescindible toda vez que se ha demostrado que las discusiones respecto a la misma no llevan a nada bueno, la historia así lo ha mostrado en infinidad de ejemplos, y la necesidad de progresar nos impide, como humanidad que somos, regresar sobre algunos pasos y emprender nuevamente el camino de la lectura de obras que son sumamente viejas y sumamente complejas.

Hay que reconocer que la falta de interés en el libro que ha marcado la vida religiosa de Occidente deja de ser interesante cuando el lector deja de ser el apropiado para él, y no lo digo porque sea necesario tener una fe ciega para interesarse en la lectura del libro, ¿qué caso tiene pensar en el mismo si todo se tomará al pie de la letra? Eso sería el equivalente a no leer nada, pues nada de lo que pase por los ojos será pensado como es debido.

No, me parece que para acercarse al clásico más tocado e interpretado de todo el mundo occidental, es necesario dudar, para empezar hay que dudar del progreso que nos obliga a avanzar y a buscar siempre claridad en lo que leemos, claridad que nos permite seguir avanzando con la rapidez requerida, pero que aquí sólo constituiría un estorbo. La vida del hombre como condenado comienza con su capacidad para pensar y la actividad del lector de la biblia debe comenzar a partir de que se piensa como condenado a pensar todo el tiempo.

Además es necesario dudar de nosotros como lectores, pues nada nos garantiza que efectivamente estemos comprendiendo bien aquello que se está diciendo en la Biblia, por desgracia para nosotros, el libro sagrado no está lleno de notas a pie de página o de citas que nos expliquen a qué se refiere cada imagen y cada giro en lo que se va mostrando respecto a la relación del Dios con el mundo, con el hombre y del hombre con Dios y con el mundo.

Y por último me parece que hay que dudar de que el árbol de la ciencia del bien y del mal nos haya abierto por completo los ojos como para evitarnos la fatiga de tener que pensar y repensar aquello que vamos leyendo. Comer del árbol de la ciencia del bien y del mal nos obliga a discernir, lo que significa que nos obliga a pensar constantemente en lo que es bueno o malo para nosotros sin que se dé nada por hecho, trabajo y fatiga más fuerte que la necesidad de conseguir el alimento con el sudor de la frente.

Tal vez, ya no somos buenos lectores como para acercarnos a la Biblia porque el fruto que comieron Adán y Eva pierde su efecto en la medida en que progresamos hacia un mundo sin las consecuencias de haber comido del árbol de la ciencia del bien y del mal, ya no nos vemos como condenados al trabajo que nos hace movernos para que el hombre siga siendo plenamente lo que es.

Maigo