Charla con el Espejo

Una discusión es de cierto modo un intercambio. Los dos o más que intentan llegar a un acuerdo no podrían hacerlo si no tuvieran algo que dar y disposición además para recibir algo más. Una discusión, por eso, involucra a quienes están abiertos cambiar de parecer. Siempre que escuchamos con atención intentamos entender al otro, y eso nos cambia aunque sea en la pequeña medida de lo que antes no sabíamos y ahora creemos conocer. También tenemos una convicción por mostrar por qué pensamos lo que pensamos, y por lograr ese cambio en quien nos escucha a nosotros. Las conversaciones nacen entre interesados, y los interesados no abandonan lo que les concierne tan de cerca. La mayor parte de lo que vemos, sin embargo, ocurre al contrario: muchos dicen lo que “opinan” sin reparo en las consecuencias de su manifestación, y muchos disfrutan de más la estimulante tensión de la contienda (se dé en una pelea de box o en una riña de palabras, es lo mismo). Sin embargo, esto no quiere decir que la verdad del mundo sea que las conversaciones son imposibles y que nunca han sido en realidad de ningún provecho; eso puede parecerle a algunos porque por su abundancia estamos más acostumbrados a los simulacros de las discusiones. Estamos rodeados de cosas que parecen ser diálogos y que tienen su forma en el encuentro de dos que hablan, pero que carecen de la intención de acordar. Nos invaden estas charlas falsas que tienen cosas que parecen respuestas y cosas que parecen puntos de vista. Tenemos la semejanza, como en un espejo opaco, de posiciones respecto a temas de interés común. Es muy fácil dejarse llevar por la apariencia. Lo más preocupante no es la falsedad en “las oraciones”, por así decirlo: la disposición de cada quién está en juego. Nadie abandona a drede una conversación que verdaderamente le interesa. Hay que aprovechar las señales de la farsa para observarnos a nosotros mismos, pues querámoslo o no, estamos muy expuestos a convertirnos sin habernos dado cuenta en simulacros de conversadores.

Del cielo nublado

Estas tempestades que azotan al país nos dejan entre sombras. Nublan el cielo, asedian por ambos flancos y apenas conjuradas prometen volver con rugidos salvajes, sin asegurarnos cuándo. Ignoramos las causas verdaderas, sólo vemos las más cercanas, las más obvias. En tinieblas, nos quedamos sin poder hablar de lo que pasa, sin poder decidir qué es mejor hacer, en el centro del tonante huracán con los ojos cerrados a los ventarrones y las bocas secas con la sal del mar.