Entre la cruz y el azar

Atentos los soldados, lo que pasa por encima de sus ropas es cuestión para ellos de importancia, los cuidadores poderosos en manos del azar el sentido de sus tardes encontraban.

Tras los insultos a los reos, uno de ellos sumamente manso, los vigías veían cómo es que los dados les concedían o les negaban el tener un manto y una túnica en suerte. ¿Qué caerá? ¿Será bueno? ¿Acaso hubo trampa?

Los poderosos vigías se entretenían con asechanzas, mientras en el madero la vida de su reo se acababa.

Las suertes sobre ropas extendidas en el suelo, y elevándose al cielo, el manso Cordero, viendo cómo a pesar del juego la salvación alcanza para aquellos que no buscan poder, para los que lejos de los juegos y las chanzas entregan sus vidas por los amigos sin esperar de este mundo alabanzas.

¡Qué lejos está el tesoro de la salvación cuando cuelga del madero!, ¿Cuánto nos alejamos de ser salvos al preferir las suertes y los insultos que son propios del juego  en lugar de ver el gesto de amor del inmaculado Cordero?

A veces pareciera que la vida se nos va en tiradas mezquinas, destinadas a ganar investiduras ya vacías.

Maigo

Del amor negado

Del amor negado

tristis est anima mea usque ad mortem

Burlado, insultado, escupido y golpeado, Jesús asumió su miseria. Colgado en la cruz, abandonado por sus seguidores, abandonado por sus amigos, abandonado por el Padre, Jesús respiraba con pesar: en su boca se mezclaban acremente los sabores del miedo, el dolor, la sangre y el sudor. Sobre su rostro tembloroso las lágrimas se arrastraban por los ensangrentados surcos de sus mejillas, mientras se esforzaba por llevar su mirada perdida más allá de la borrosa soledad que se esbozaba frente a él. Mísero, adolorido, abandonado: soledad encarnada. Jesús sufriente colgado en la cruz asumió el más terrible de los males humanos: el amor negado.

         Judas es el gran negador del amor, nunca un traidor de Jesús. En la cena pascual, en ese digno lugar del encuentro de los amigos para participar del misterio de la vida, Judas es quien mete la mano al plato, quien se avoraza para consumir lo otro, quien se niega a compartir para no perder, quien no ve en el otro la señal del amor sino la de la usura y el abuso; Judas, el avorazado, es quien puede ponerle precio al otro. Judas sale a mitad de la noche con el bocado en la boca, porque para él todo es premura, competencia, afán de ganancia; Judas no puede comer con sus amigos como no puede digerir el amor: ante la entrega pura del amor en el cordero de Dios, Judas da un paso atrás y prefiere la indigestión en medio del silencio de la noche. Judas no digiere, traga; Judas no ama, exige ser amado; Judas no quiere ser uno con el otro, quiere “la gloria y el poder, el yo, el ego”. Judas, como muchos de nosotros, invierte y pervierte el sentido del amor: entrega con un beso. Judas no besa porque ama, sino que degrada al beso negando el amor. Judas desprecia al Jesús que lo recibe todavía llamándolo amigo y condensa en aquel trágico beso la mayor bajeza humana: la avaricia que carcome la caridad, la soberbia que golpea a la humildad, la lujuria de la ganancia que se avoraza sobre el amor. Judas no fue un traidor de Jesús, sino el gran negador del amor.

         Simón Pedro, el fiel, también negó el amor: lo negó tres veces y lloró amargamente. Judas nunca lloró. La imagen más clara de la diferencia entre ambos nació en el alma de Giuseppe Lanza del Vasto. Jesús acaba de ser condenado y tanto en Judas como en Pedro cunde la desesperación. Pedro le salta encima a Judas y lo aferra con las manos. “Judas cierra los ojos. Pedro lo besa. Judas abre los ojos aterrado. Pedro lo mira todavía con cólera y le dice: -Traidor. -Y lo besa de nuevo; le dice: -nada tenemos que reprocharnos tú y yo: tú y yo somos dignos de besarnos –lo besa por tercera vez. Explica: -Tres veces, allí, delante de la criada, yo, tres veces, por cobardía, renegué de él –se tapa los ojos con los puños y huye llorando”. Al negarlo, Pedro duda de sufrir por el Amado. Pedro niega el amor de Jesús, igual que Judas, pero se arrepiente, se sabe pecador y besa a Judas. Pedro niega el amor de Jesús, pero en el perdón se entrega al amor de Jesús. Pedro niega el amor de Jesús, pero llora amargamente para regresar al amor por el arrepentimiento y el perdón. Si Judas hubiera llorado…

         Mientras Jesús sufría en la cruz, mientras su sangre manchaba su cuerpo y lo tornaba pesado, pesadísimo, insoportable; mientras el abandono y la soledad lo hacían pequeño, mínimo, insignificante; mientras Jesús moría en la cruz, su mirada se encontró con los ojos del amigo, del más amado, de Juan. Judas no podía mirarlo a los ojos, pues negó el amor. Pedro se cubrió los ojos, pues negó el amor y se arrepintió. Juan, en cambio, miró a su amigo morir, lo consoló con la mirada, lo amó tan enteramente que su mirada pura, brillante de amor, le hizo encontrar el consuelo en el amor a los hombres. Jesús muriendo en la cruz, mísero, adolorido y abandonado, tuvo un amigo que lo amó absolutamente hasta el fin y en el amor lo salvó, se salvó y nos salvó. En tanto hombres, nosotros podemos ser Judas, Pedro o Juan; en tanto hombres nosotros podemos negar o entregarnos al amor; en tanto hombres, ¿todavía nos importa la salvación?

 

Námaste Heptákis

Parte de guerra 2012. 6502 ejecutados al 17 de agosto.

Voces de la caravana. “Aún no ha oscurecido, pero esta realidad anuncia que pronto caerá la noche, oscura, atroz y más profunda que las sombras que la anuncian. Pero aún no, no todavía, aún no, a pesar, como lo dijimos hace más de un año en el zócalo de la Ciudad de México, de la inconmensurable necesidad, a pesar de todos los sufrimientos, a pesar de este dolor sin nombre, a pesar de la ausencia de paz en creciente progreso, a pesar de la confusión que aumenta, aún no”. Javier Sicilia, 13 de agosto de 2012.

Coletilla. “En una época dominada por la celeridad o la parálisis, donde todo es instantáneo o se encuentra detenido, quienes caminan perciben el mundo de otro modo. Javier Sicilia es un analista político y un hombre de fe. Su caminata es una manifestación y una peregrinación. Pero sobre todo es una travesía por el mundo llano que se conoce a pie. Su gesto va más allá de las ideologías y las convicciones religiosas; es la forma más próxima y humilde de entrar en contacto con los desconocidos, de hablar con ellos y escucharlos: un pausado aprendizaje. Platón lo supo antes que nosotros: la caminata es una conversación en movimiento”. Juan Villoro, 17 de agosto de 2012.