La cultura y el estado

Una pregunta constantemente planteada y reformulada ha sido: ¿qué es la cultura? Las asociaciones más comunes que tiene la palabra van desde las raíces hasta el fruto de una semilla que se cultiva. La cultura es como la agricultura: debe trabajarse arduamente, nos da frutos y nos alimenta. Cualquier arte digna de ese nombre, la literatura, la pintura, la música, la escultura y hasta la lectura, son difíciles de trabajar, aunque cuando se obtienen los frutos son vivificantes: nos permiten ver al mundo como un lugar más habitable. Pero no todos tienen su parcela, ni las herramientas necesarias para cultivar; la cultura depende de quien administra las tierras o del dueño de ellas, aunque no labore en ellas ni tenga una mínima idea de la agricultura.

El administrador de la cultura actualmente es el Estado. El cual está conformado, en primera instancia, para sobrevivir, por eso le da tanto peso a instancias como la seguridad, la administración financiera, la salud, las leyes y a lo que las pueda beneficiar; por eso, también, pesan tanto las omisiones en cualquiera de estas instancias. Difícilmente los administradores del Estado se preocupan por la cultura; quizá ni siquiera sepan qué es la cultura. Pero la cultura los engalana, los reviste ante los estadistas que sí se relacionan con los artistas y los pensadores. La cultura le puede dar un sentido a su administración, sin que por ello pretendan seguir los ideales de la luz de la Ilustración que, supuestamente, iba a iluminar la mente de todos los hombres con el paso del tiempo, lo que permitiría una administración del Estado mucho más racional y ordenada. La cultura, en el caso de México, se ve como un lujo exótico; un caso interesante fue cuando el máximo estadista era un seductor de intelectuales (poetas, historiadores, ensayistas, literatos, pintores, coleccionistas, etc.), se juntaba con ellos, los escuchaba, los utilizaba; algo semejante ya había hecho Porfirio Díaz cuando acallaba el cacareo del gallinero de la intelectualidad dándoles maíz a los gallitos. Por lo tanto, es fácil que quienes realicen actividades que pueden llamarse culturales, estén sometidas a los premios y a las necesidades del Estado; más fácil y común es ver a los inconformes de la cultura protestar por cosas ajenas a su actividad, como los poetas cuando no son incluidos dentro de una antología. La relación entre la cultura y el Estado debe estar correctamente mediada por alguien que entienda de política y de cultura; es la mejor manera en la que la política no estorba en el trabajo cultural. Quizá la cultura florezca más en las tierras ajenas a los caciques y los malos estadistas; quizá los mejores frutos surjan de quien cultiva con esmero y cuidado unas pocas plantas.

Yaddir

Otras meditaciones sobre nuestro tiempo

Otras meditaciones sobre nuestro tiempo

(Las siguientes meditaciones se ofrecen al lector para los tiempos que corren en que su estupefacción no puede rebasar los 120 caracteres. Úsese con precaución).

Principio de identidad. El disenso es garante del respeto, lo demás es necedad.

Terrorismo. El odio siempre es impersonal.

Escándalo. Objetar al cristianismo que su amor no es personal es no entender la muerte de Cristo.

Guerra. La barbarie no es inhumana, sólo incivilizada.

Principio de diferencia. La coincidencia dejó de ser hábito y comenzó a ser real.

Námaste Heptákis

 

Que quepa duda. En entrevista con el periodista Ricardo Rocha, el subsecretario de Educación Básica, Javier Treviño, declaró que la alta cifra de participación en las evaluaciones educativas el pasado fin de semana (94.3% de los profesores) es señal de la aceptación que tiene la Reforma Educativa entre los docentes. Cabe la duda: dado que la negación en la participación de la evaluación puede significar la pérdida del empleo, ¿cómo distinguir entre coerción y aceptación? ¿La Reforma Educativa se impone por persuasión política o por asfixia económica?

Escenas del terruño. 1. Certero, Ciro Gómez Leyva se preguntó en El Universal el pasado 23 de noviembre si acaso tenemos un presidente al que nadie le hace caso o uno que ni le preocupa la inseguridad en el país. Léase, que es buen testimonio.
2. En el mismo tenor, el jueves 26 en Milenio, Carlos Puig pasó revista al decálogo presidencial.
3. En el caso de los normalistas desaparecidos hay un detalle digno de mención. Dando seguimiento al aporte de Carlos Marín en torno a la posible infiltración del narco en la norma de Ayotzinapa, Héctor de Mauleón señaló información importante el 19 de noviembre. El caso no debe ser olvidado.

Coletilla. Con su característica claridad y su templada inteligencia, Jesús Silva-Herzog Márquez reflexionó el pasado lunes en Reforma sobre los atentados de Paris y el fenómeno a ellos concomitante. Hay que leerlo.