El tiempo se acabó

Y el tiempo de buscar culpables se le fue a Simón, por un momento pensó que refugiado en el miedo que todo hombre sentía era más que suficiente para no dejarse marcar por la culpa.

Más que por culpa era por responsabilidad, él sabía lo que había dicho la noche anterior, él sabía cómo se había envalentonado ante la turba unas horas antes, él se sabía temeroso y vulnerable, trató de esconderse en el miedo a los golpes, al martirio.

El tiempo de buscar culpables se había terminado, el inocente ya estaba siendo condenado a pagar por culpas ajenas y con el canto del gallo Pedro se dio cuenta de la responsabilidad que sobre sus hombros caía al negar al maestro al que tanto decía amar.

Afortunadamente para Pedro no era tarde, y sus lágrimas marcaron un rostro que durante años dio testimonio de lo que había vivido y de lo que había sido.

Afortunadamente Pedro no era un tirano y reconoció su debilidad y asumió el lugar que como discípulo amado le correspondía en el madero del que fue colgado.

En estos días hacen falta hombres como Pedro, capaces de rectificar el camino de la negación y de andar senderos que se alejan de la presunción, de los miedos y de las culpas.

Maigo

Lágrimas de San Pedro.

En unas horas, quedará vacante el solio que por tradición se adjudica a San Pedro, un pescador de Galilea, del que sabemos abandonó su barca y sus redes para dedicar su vida a la pesca de hombres; un pescador de hombres que dejó de ser tal para convertirse en su pastor; un pastor que fue mártir y un mártir que fue santo, no por haber hecho milagros como caminar sobre las aguas mientras conversaba con el maestro, o por expulsar demonios gracias al poder que se la había conferido, tampoco fue santo por intentar construir chozas para Elías, para Jesús y para Moisés, aquella vez en que los tres conversaban en el monte.

Pedro es Santo porque lloró, porque con sus lágrimas redime al mundo del gran pecado que es negar lo que se ha estado haciendo. Porque sólo al reconocerse como pecador es posible alcanzar la salvación que trae consigo el arrepentimiento, porque sólo renegando de negar haber visto y vivido lo que se vio y vivió se puede llevar una nueva vida.

Las lágrimas de San Pedro son testimonio de la fe en Cristo, de esa fe que se fortalece una vez que se ha reconocido al pecado, de esa fe que se hace presente cuando uno es capaz de verse a sí mismo como pecador, y por tanto como menesteroso de la misericordia de Dios. Y esto se debe a que las lágrimas de San Pedro lavan el alma de la iglesia que se forma en torno al crucificado que la redime, así como lavan los ojos de quien se queda a cargo de guiar al rebaño de hombres que reconocen la necesidad de ser guiados por los seguros senderos de la fe.

El solio de San Pedro quedará vacío en unas horas, y buena parte del mundo estará expectante para ver quién ocupará ese lugar, algunos orando porque sea el mejor para la iglesia, otros especulando sobre nombres y horas de nacimiento y unos más, los de peor gusto, corriendo apuestas sobre el nombre del sucesor a un trono que nunca fue usado por el que realmente lloró.

 

Maigo.