Santidad y destrucción

Hace mucho leí en un texto, publicado por alguien que escribe en este espacio, que los grandes santos se reconocen como grandes pecadores. Tras ver varios ejemplos de tiranos festejando sus ocurrencias, en distintos momentos de la historia, me queda claro que distintivo de los tiranos es festejarse como salvadores cuando en realidad destruyen todo lo que tocan.

Maigo

Inocente preguntilla: ¿Si un régimen político es laico, es lícito que el trabajo de las instituciones sea remplazado por la benevolencia de hombres que son buenos quién sabe por qué causa o naturaleza ajena al hombre mismo?

Reflexión de nuestra Iglesia

El otro día estaba pensando en lo seguros que estamos de que fue una excelente decisión separar a la Iglesia del Estado. Tan seguros que no hablamos ni siquiera de sus buenas razones, tan sólo lo celebramos como un momento capital en nuestro progreso político, como celebraríamos la teoría de la relatividad o los mapas más recientes de los astros extrasolares si el mundo de la ciencia no fuera tan movedizo que no nos deja fijarnos en un solo nuevo descubrimiento. Pensaba, pues, que creemos que esta división fue una excelente decisión porque de hecho lo fue. Todo mundo hoy sabe que la iglesia católica, con el tremendo poder que tuvo en el Renacimiento y aún antes, se convirtió en un monstruo de lujo y poder que organizaba todas sus partes con el fin de dominar más y más a cuanta gente pudiera. Vaya, es tan común que hasta es trillado tomar el orden eclesiástico de esas épocas como paradigma de corrupción política. Era necesario que a una institución tan adversa a la sociedad se le desnudara de ese gigantesco poder.

Las razones que en su momento se hicieron públicas, sin embargo, no fueron ésas. No porque no fueran obvias, sino porque no eran convenientes. El modo más eficiente de desanudar a la Iglesia del Estado resultó ser afirmando que era falso que el gobierno político tuviera relación necesaria con la religión. Por todas partes se le dio la bienvenida a esta idea fresca de Ilustración y modernidad. La religión, después de todo, es la creencia, mientras que la verdad está en el saber. Ambas son cosas diferentes. El mundo de la fe y el mundo de la ciencia pueden coincidir en una persona, pero ellos por sí mismos no son compatibles. Pero es muy evidente la consecuencia: si la verdad está de uno de los dos lados, el otro lado es ficción. Decirle a alguien que ésa es su creencia y que es muy respetable es un modo eufemístico de decirle que no nos interesa abundar en las mentiras que lo engañan. Si nosotros creemos que Dios existe, nunca admitiríamos que nos dijeran que esa sólo es opinión sin nada que ver con la verdad, porque precisamente nuestra creencia radicaría en la convicción de que Dios es verdadero. La conclusión que se obtiene de la división de los dos ámbitos es que la religión no debe ser parte del gobierno político porque es falsa, no sólo no se necesita, sino que no es una cosa de verdad. Obviamente también, Dios es falso, las religiones mentirosas y todo lo que no sea ciencia, juego y teatro.

Si nosotros quisiéramos conocer qué son las matemáticas y le preguntáramos a alguien que no sabe siquiera qué es la línea perpendicular, haríamos mal en conformarnos con sus razones. De la misma manera, sin embargo, parece que ahora nos conformamos con la conclusión anterior. Las condiciones históricas que propiciaron la separación de la Iglesia de nuestro Estado eran tales precisamente porque la religión no era religión, sino una deformación insaciable de lujos, perseguidora de placeres mundanos y cuna de los más ruines vicios. Pero no creo que haya sido probado suficientemente nunca que la religión sea incompatible con la vida política. La experiencia parecería más bien contradecir esta idea (aunque ésa tampoco es por sí misma prueba suficiente de nada). Contra la religión se aducen los males de ignorancia que aquejaron a los creyentes medievales, se le acusa de oscurantismo y represión, y se le da la bienvenida a la ciencia como la ruta para que cualquiera acceda a la verdad. Pero la verdad es que del gobierno sabemos tan poco nosotros, los no funcionarios públicos, que sus decisiones nos resultan plenamente dogmáticas. Tampoco de la ciencia sabemos mucho, y le confiamos la vida. La religión, sin embargo, nunca ha admitido (ni la católica ni ninguna otra) que sus enseñanzas sean ficciones bellas y falsas, ni instrumentos de persecución de los libre-pensadores; al contrario, la religión afirma ser la enseñanza verdadera, a veces ni siquiera opuesta a la enseñanza científica. No sabemos si sea o no cierto esto, pero no es razonable censurar tan sesgadamente a la religión precisamente porque es mejor evitar el oscurantismo (que quién sabe si prevaleció más en el Medievo que en otros tiempos).

Por supuesto, esto no basta como apología de la fe en la política. Pero vale mucho poner a prueba qué tan lejos llegan nuestras creencias (pienso que son muchas más de las que solemos admitir). Es sugerente que el modo en el que vivimos me obligue a hacer estas últimas afirmaciones, que deberían ser muy obvias como para necesitarse, pero es cierto que sin ellas me volvería objeto de críticas de los férreos fanáticos de la ciencia y el estado laico. Abundo, pues, en ello porque prefiero evitar esos accesos violentos que algunas inocuas observaciones suelen despertar en las conversaciones contemporáneas.