La importancia de los Reyes Magos

Por qué se genera una tradición ayuda a entender los motivos por los que se generó, pero no por los que perdura. El día del amor y la amistad, así como la Navidad empezaron por motivos diferentes; perduran por el deseo de manifestar el amor y la alegría. Siendo niños sentimos alegría por cosas diferentes a los adultos, pero ambos nos alegramos cuando recibimos obsequios. La alegría se desborda si los regalos están mezclados con la ilusión y una especie de aprendizaje. Recordar los regalos de los Reyes Magos o de Santa Claus es uno de los momentos más felices de la infancia.

No recibir lo que esperábamos es fatal, ahoga la ilusión. Tiene sentido si recordamos que los Reyes o Santa saben si hemos sido buenos o malos y, según se nos dice, de eso depende el tipo de regalos que obtenemos. Es una especie de aprendizaje moral. ¿Los niños son capaces de aquilatar sus buenas acciones con las malas para comprender si su recompensa es justa? Ahora que soy adulto descubro que ni los padres son capaces de hacerlo. ¿Aprenderán los niños a portarse mejor si no reciben ni uno solo de los regalos que esperan, se portarán mejor si los reciben todos o si hay una mezcla de lo que querían y de lo que les dieron? No necesitamos tener hijos para contestar la pregunta; también recibimos regalos siendo niños. La pregunta sólo tiene sentido si los padres relacionaban lo que regalaban con el posible bien que le estarían haciendo a sus hijos. Porque si el niño obtenía todo lo que quería, fuera por los Reyes, en sus cumpleaños o en otras situaciones, lo que esperan esas personas es diferente a quienes casi nunca obtuvieron lo que quisieron en la infancia. El que porta la investidura de Rey Mago o de Santa Claus no siempre es justo cuando da regalos. Los niños poco podrán aprender sobre su comportamiento, específicamente sobre cómo se percibe su comportamiento, si hizo bien o hizo mal, si no se le intenta enseñar con algo que le importe.

El dar regalos basados en la imagen de la sabiduría moral es más difícil que el conseguir los juguetes en plena pandemia. Los adultos que hablan entre ellos la mayor parte de la semana constantemente no se saben regalar; casi ninguno sabe para qué dar un regalo. En el caso de que los padres piensen concienzudamente qué clase de lección les quieren dar a sus hijos mediante los regalos, no es fácil que sus hijos la entiendan. Si regalan cosas instructivas, al niño le podrán ser completamente indiferentes, y si les dan todo lo que piden, el niño se volverá caprichoso. Los niños deben divertirse y saber afrontar cuando su diversión comience a escanear. Antes de dar cualquier clase de regalo, los padres deben entender a sus hijos. Tal vez así podrían dar mejores regalos a otros adultos y, de manera ligeramente relacionada, entenderse a sí mismos.

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Liberales injustos

Dar un regalo no es simplemente desprenderse de algo. Dar obsequios tampoco es un modo de presentarse ante la sociedad como quien sí puede agradar a todos. Parecería que lo más difícil de regalar es que se pierde algo nuestro. Pero verlo así, además de caer en el vicio de la avaricia, es como taparnos los ojos para no ver que un regalo puede ser algo bueno. El regalo no sólo divierte o alegra momentáneamente a quien lo recibe, es algo que se puede observar, usar, reutilizar o simplemente tirar después de no rechazarlo cortésmente. Regalar implica una relación con la persona a la que se le va a regalar algo, pues si no se le conoce lo suficiente, el regalo no sólo no le será útil, puede serle perjudicial.

A los niños se les dan juguetes de regalo para que se diviertan. Esto es conveniente hasta que dejan de ser niños. Un regalo a un amigo adulto debe implicar algo más que diversión; a menos que lo consideremos muy infantil. El adulto ya tiene un modo de comportarse, puede saber ligeramente qué le resulta mejor hacer y qué peor. A un adulto puede serle útil un rifle, si es que vive en medio del desierto rodeado de coyotes o perjudicial, si es que se trata de una persona irascible. Al regalar, uno evidencia qué tanto conoce al afortunado obsequiado y si espera su bien. Los niños deben ocupar casi todo su tiempo divirtiéndose, hasta que dejan de ser niños. El problema de los padres es saber cuándo y de qué manera deben empezar a tratarlos como algo más que niños; con los regalos se puede ayudar al hijo a caminar más allá del umbral de la niñez.

Siempre me resulta muy complicado regalar un libro. Si tengo un amigo que acaba de pasar por una ruptura ¿me conviene regalarle Las cuitas del joven Werther, Ana Karénina o Noches Blancas? Si es un compañero que estudió algo impráctico y se siente tratado injustamente por la sociedad ¿sería como darle un hachazo si le regalo Crimen y Castigo? Si encuentro a un hombre sin aspiración alguna en la vida, una persona melancólica, ¿debo regalarle El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha? Creo que nadie dudaría que siempre es bueno regalar algún diálogo de Platón, pero difícil es saber cuál sería más indicado según las reflexiones que imperen en el alma de a quien se le piensa regalar. Dar un regalo nos exige preocuparnos no sólo por el obsequio, sino porque este sea bueno. Ahora comienzo a vislumbrar por qué la liberalidad era considerada una virtud por Aristóteles.

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