Esta elección es un alborozo

¡Hoy estoy de fiesta y no soy yo solo,
vamos a llevarle flores a la virgen
que bendijo este día transformador,
tal vez demos un gorrioncito a Apolo
(ya he aprendido a quedar bien con todos),
y unos sobres gordos para el redentor!
Búrlanse de mi piedad los muy tontos,
«¡Juárez –gritan–, piensa en su reforma!»,
pero ellos mismos nunca se dan cuenta
de que más reforma aquél que algo cambia,
que quienes mantienen la vida opulenta
de amor material y odio por las formas.
Y a quienes aún digan que yo ésa mantengo,
a esos también les tengo su respuesta:
Hidalgo mismo que a la patria apadrina
era un cura hacendado y de grande riqueza.
Es franca fortuna si tan poco cuesta
imitarlo y el erario nos patrocina.
Ahora que habrá nuevas leyes, ¡que vengan!,
directas de arriba, en tablas o en piedras,
videos o pancartas, no tiene importancia;
y si sí la tiene, ¡pues aunque la tenga!,
con que una Decena Trágica no haya
que nuestros diez mandamientos contravenga.
Vendrá el tiempo de divulgar el mandato,
con esta certeza en que vive el valiente
que ataca a malicia igual que a ignorancia;
mas hoy celebramos, hoy ya no nos pillan,
ya abrimos los ojos y somos muy libres:
hay días para el cuero y días para la hebilla.
Un círculo grande es mi fe, y va creciendo,
en él caben todos los credos y credas,
de todas las clases (que sean las correctas),
contra la violencia, calma mediadora,
pues ¿cuándo se ha visto que sea ésta más media
que donde ya no hay ni derecha ni izquierda?
Así la elección hoy merece elogiarse:
una única fuerza fue su voluntad,
y si se decide con quiénes codearse,
e incluso al vestirse, ése o este color,
¡pues cuánto mayor no será esta elección
que criba entre sátrapa y emperador!

Robots, animales y el frío de Siberia

Robots, animales y el frío de Siberia

La palabra nos acerca al espejo de cobre que somos. Imagen difusa pero segura de que ahí estamos. La exploración de lo que somos es la mejor creación a la que podemos aspirar. Comento esto último porque hoy ha venido a mí una espinilla que ha tiempo había olvidado, pero que me lastimaba en la incertidumbre de lo que era. Te contaré, amable lector, por qué estoy divagando una vez más sobre la palabra. Hace algunos años vi por primera vez una película que se titula Yo, Robot. Sí, ésa que es con Will Smith. En un mundo donde la tecnología alcanzó un increíble desarrollo, los humanos ya tienen robots sirvientes, programados para proteger bajo las leyes de Asimov a los hombres. La inteligencia artificial que controla estas máquinas descubre que el peligro del hombre es el hombre mismo –Pero, ¿qué interrogante bien planteada no es un peligro? Entonces diseña un robot que se distribuirá por todo el mundo, a fin de que extermine al hombre. El último sabio de la mecánica e inteligencia artificial descubre este algoritmo, así que crea a un robot capaz de soñar (le dio libertad creadora). Este robot junto con Will Smith, quien odia a los androides, tendrán que ayudarse para destruir a la inteligencia artificial y su exterminación mundial. En una escena, que es lo que principió esto, Will Smith le increpa al robot que “tú no eres libre, ni humano, ¿acaso puedes crear una ópera, una bella pintura, un poema?” el robot responde: “¿Y tú sí puedes?”. Hoy quiero responder que sí podemos aun sin ser pintores, músicos o poetas. Para ello quiero mostrar que el arte no es exclusivo de los artistas, sino una oportunidad universal de crearnos y reconocernos.

Es verdad que no puedo crear como lo hacen los artistas, pero puedo en primer instancia, asombrarme por lo que ellos presentan, es decir, por aquella irrealidad que me ayuda a conocer mejor al mundo. Al hacer esto, recorro en parte el camino que propuso el creador original, pero también le añado lo que yo voy entendiendo de aquello que menciona o ejecuta o dibuja. En ese asombro me descubro. También me voy creando a mí mismo un saber respecto de lo que sé. Creo con mi imaginación lo que el escritor pone en movimiento dentro de mi alma. La creación del otro me afecta  a tal grado que yo me vuelvo un creador. Cosa que no sucede con los animales o con las máquinas. Por eso este ejercicio ha de hacerse con cuidado aunque no con grado clínico, pues es con mi alma con la que voy abriéndome al mundo y viceversa. Por eso no cualquiera es artista ni habría que acercarse a cualquiera; y también, por eso mismo, no cualquiera puede ser guiado por el daimon. Los animales, por ejemplo, no se asombran, se asustan o se excitan, pero no se encuentran arrobados por la presencia de lo sublime. Las máquinas pueden reconocer patrones de melodía o trazos, arrojar fechas, datos, pero no pueden decir, esto me ha preocupado alguna vez, tanto que he soñado con ello y dejé de comer bien durante varios días.

La inteligencia que permite al hombre sumergirse en sí mismo y a la que hemos llamado conciencia es el órgano vital en la constitución del hombre. El león mata por hambre o por furia, el hombre no sólo por esto, sino por ambición o justicia. El león no se pregunta si podría ser buen gobernador o líder –hoy día tampoco lo hace el hombre–, y eso lo diferencia (diferenciaba) de nosotros. El león no tiene la palabra para cuestionarse por su situación. La insensatez animal sigue luchando bajo cualquier circunstancia: ¿exageración del mensaje romántico o hybris o verdadera libertad? En cualquier caso el destino y la libertad no serían problema si no existiera la palabra íntima que nos descubre en el error o fuera de nuestras ambiciones. Los campos de concentración son hechos reales terribles, pero de los que no sabemos los verdaderos peligros hasta que no leemos a Solzhenitsin, a Anna Ajmatova o a Primo Levi. De igual modo, la justicia no es añoranza sangrante y en peligro constante de la insensatez hasta que no leemos a Don Quijote… la soledad no es lamentable hasta que no vemos el Cristo de Velázquez.

Y la otra soledad, donde la voz del otro florece, hoy se ve atentada por las voces inútiles. Esto también atenta contra la conciencia, es decir, contra la creación del autoconocimiento. Hoy que todo es opinión virtual –imagino siempre las luces de Nueva York- impertinentes y oportunistas ambulantes ávidos de fama, que nos engañan haciéndonos creer que el mejor de los bienes es externo a nosotros, y que para conseguirlo hemos de entregarnos a la lascivia y el voyerismo, recuerdo el reclamo de Dostoievski en Siberia “¡Tengo derecho a la obscuridad!”, es decir, al silencio y la tranquilidad, pero sobre todo, al encuentro conmigo mismo. Imagino que por eso la lectura de la Biblia le ayudó a soportar el aislamiento, si es que así se le puede decir a la situación de la imposible intimidad espiritual: al frío de la soledad donde no hay prójimo, ni yo posible.

Hoy que también tenemos que vender el espíritu y que no tenemos tiempo de saborear un Réquiem, la afirmación de la máquina se hace real. El hombre vano es un peligro para el hombre introspectivo. Creo que por eso el derecho al arte es el derecho a la intimidad con la inteligencia de los otros. Donde creamos un mundo más real y bueno, o mejor dicho, donde nos asombramos de haber sido tan ciegos. Sólo cuando cerramos los ojos, nos vemos realmente.

Javel

Lector, te pido una disculpa, debido a las lluvias el servicio de internet se cayó gran parte de la tarde-noche. ¡Malditas máquinas!

Ojalá sea la luz

Ojalá sea la luz

 

El hábito bueno perfecciona la vida, el malo la corrompe.

Todos como candelas encendidas juntan las llamas que poseen y se enriquecen en un fuego común.

F. G. Olvera

Y a fin de cuentas, ¿cuál es la labor de un maestro? Para esto tenemos que discernir sobre aquellas actividades y hombres que dicen educar. Después tenemos que decir algo respecto de la educación. Los hombres que dicen educar son dos: uno es el profesor, otro es el maestro. Profesor es el que profesa; profesar es adherirse a un dogma sin cuestionarlo y pedir que no se cuestione. Profesar es acercarse a las palabras como quien se acerca a la zoología desde un libro ilustrado. Ahí está el animal, ¿ahí está la naturaleza? El profesor dirá que sí y que aprendamos esto. Y quizá no es que sea un tirano, sino que no sabe enseñar, le da miedo enfrentarse a la espontaneidad de la vida; a la vitalidad del discurso. En fin, el profesor es aquel que toma un libro de texto y nos dicta o muestra, pero desde la sapiencia de otro. Jamás dirá “no le crean nada a este libro”.

El precepto último sólo lo dice –y lo dijo desde que lo conocí– un maestro. No creer en nada no significa arrojarse estúpidamente al escepticismo, hay hechos que no puedo eludir: como que “hablo y ustedes me entienden”. No creer en nada es aprender a escuchar, y a ver “no con los ojos de la cara”, sino con la inteligencia. No creer en nada es un acto de humildad intelectual y por ende vital. No creer en nada es tomarse muy enserio la labor de investigar, para una vez sabiendo algo comenzar así: “Parto pues del hecho de que sé hablar y sé escribir y de que hay otros seres semejantes a mí, que saben leer y entienden lo que digo.” El maestro sienta las bases, no las diluye, las cuestiona junto con sus estudiantes. El buen maestro dice lo que piensa de una forma clara y estructurada. Pero la claridad que es la manifestación de la luz, nos hará ver sólo si ponemos atención “No anoten, escúchenme a mí”, porque educar es ante todo una experiencia estética. Es el fenómeno de la inteligencia que busca el orden del hombre en el universo, es decir, aquel que busca su justa proporción: la belleza de –y en– su ser. Para lograr esto, el lenguaje debe de ser claro, pero sobre todo, vivo: perfecto.

El maestro es el que trabaja con la luz (analogía con la inteligencia) que también es fuego (eros) en el caso del hombre, para ayudarlo a ver. Porque el maestro confía en que hay luz en sus alumnos, es decir, una llama que puede ser atraída por su igual. Todos entran (entraban) en tu clase. Para todos había atención. Yo que no sabía escribir “ejercicio” (ejersicio) aprendí, porque a nadie querías dejar fuera del ejercicio del buen lenguaje. Tu fenomenología era sobre el lenguaje. Y el otro siempre apareció ante tus ojos no como un objeto de estudio, sino como el prójimo que se acerca a mí; no era un ser extraño al que debo auscultar, sino al que le debo estrechar la mano ya que vive conmigo en el habla cotidiana. Imagino que por eso eras tan precavido. Porque sabías que con las palabras uno puede herir de muerte malsana a los hombres (hiriéndose uno al mismo tiempo) y por eso nos dejaste grandes pistas que apenas voy descubriendo: Por eso nos dijiste una vez: “Yo creo que hay un lugar después de la muerte al que yo llamo cielo o paraíso, en donde uno se encuentra con su seres queridos”. Porque, para ejercitarnos en la búsqueda de la verdad sin caer en el absurdo o el abismo, hay que creer en algo superior. Yo también creo eso. Ojalá sea así.

Ahora que ya no estás, yo no te creo, porque nos dejaste un par de mamotretos a fin de no abandonarnos en la obscuridad de estos días aciagos. Para la muerte nos preparaste, mientras tú reflexionabas. ¡Gracias, maestro!

Javel

Palabra: Recuerdo que me enseñaste a ver que mi palabra favorita y quizá mi sino era recordar, es decir, traer de nuevo al corazón.

Te recuerdo en clases, pero el recuerdo más claro que tengo es éste: estás sentado en tu escritorio, el de tu oficina, y lees un libro muy grueso que se titula Ideas. Me despido de ti (usted) y me señala un letrero en la ventana «si no leo, me aburro».

Misantropía con piel de cordero

Entre más veo la defensa que las feministas hacen de las mujeres y lo que esa defensa ha conseguido, más me persuado de que el feminismo es misantropía disfrazada de igualdad, y es igualdad disfrazada de justicia.

 

Y antes de que se me envíe a pasear lejos, o de que se me tache de tradicionalista, he de dar mis razones para no anexarme a una lucha en la que creo ni Safo ni Juana de Azbaje verían una causa justa.

 

Los hombres fueron tachados de necios, por acusar sin razón siendo al mismo tiempo ocasión de lo mismo que acusaban, ahora las necias son las otras, que al buscar liberación sólo acaban anuladas.

 

Si se entiende como justo lo que es igual, lo que anula diferencias, lo que no contempla singularidades, entonces las feministas buscan que las mujeres anulen a los hombres y junto con ello lo que no los deja ser iguales, no se trata de quehaceres o de roles, esto va más allá, porque es hacer menos lo que ambos hacen, es hacer de los trabajos meras ocupaciones y pérdidas de tiempo, con la esperanza de que otro haga lo que para ambos sería dable, porque para eso sirve ver que todos somos iguales.

 

Siendo pilar y fundamento de los hogares, lo hecho por las mujeres no resultaba despreciable, pero al considerar a los quehaceres del hogar y a la educuación de los niños como acciones denigrantes, las feminas consiguen que sólo se les compare, que pierdan en la comparación por falta de tiempo, ya que han de trabajar fuera y dentro de sus hogares,  y que al perder se les deje ganar como se hace con aquellos que al jugar, por no saber perder, se tornan detestables.

 

Además de igualitario al confundir la forma con la práctica, cabe destacar que la buena feminista es misantrópica, porque anula el hacer de todos y lo sumerge en oscuridades, de los quehaceres hace esclavitudes y de la provisión de alimento nimiedades; de la educación de los niños una tarea delegable, porque es preferible que otros se ocupen de estorbos tan contrarios a la superación personal, que sí resulta deseable.

 

Pero, el feminismo y la anulación de las desigualdades son producto del progreso y de la búsqueda de libertades, para ser feminista es necesario ser progre y creer que el ser humano es plástico y educable, así como al ser amante del progreso de alguna forma se acaba siendo feminista porque viene junto con ser igualitario.

 

Así el mal no es tanto el feminismo que quiere cambiar papeles y envolverse en igualdades, sino la igualdad que lo funda y hace de lo feo algo bello y de lo bello algo horrendo.

 

Maigo.

 

Rutina

La rutina no es cansada, lo que cansa es la falta de alimento para el alma.

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¡No estamos muertos!

¡No estamos muertos!

La política mexicana es un sinsentido político. Todo intento por ejercer la justicia, por gobernar bien, admite el cambio. Pero México no. El poder político en nuestro país carece de sentido, pues no sabe gobernar. Lo que hay en el lugar del poder es la obsesión del tirano: la fuerza. La fuerza a diferencia del poder, lo retiene todo (ambición del tirano y del empresario), pone rígidos los músculos del cuerpo, véase la sonrisa fingida del señor presidente. El poder se ejerce, se ejercita, se ensaya. La fuerza se obtiene, se retiene, se estanca.

Lo peligroso de estar en tensión siempre, es que perdemos sensibilidad. Esto lo aprendí de mi maestro de Estética: si no hay sensibilidad, no sabemos si el cuerpo está enfermo, ya que no notamos los cambios, en nuestro caso político, no se admiten. México está en una charca de sangre. “Pero esto parece cosa de narcos”, me increparán los actores políticos, y yo les doy toda la razón. El negocio del narco es un actor político más. Esto quiere decir que la justicia es vendida al que nos llegue y lleve al límite de la impunidad: quien ofrezca más fuerza y placer, pero por la vía del trato. Trato entre criminales, ¡qué paradoja! Ya sabemos que ellos siempre optan por la tercera vía pacífica, como la llamó Zaid, es decir, por la mentira y el enjuague. La farsa de la paz se puede pactar por debajo de la mesa, por los subterfugios que ellos mismos construyen. Ilusión de opciones. La mentira es palabra que infecta, que seca. La charca se vuelve una fosa séptica. Y lo realmente peligroso de no tener sensibilidad, de no notar los cambios, es que ya no veremos la verdad, pues la verdad ejerce un cambio en el alma de los hombres que se nota en su andar, en su decir, en su saber y en su hacer: en su libertad. Sólo un enfermo vendería su libertad a los muertos. Sólo los muertos anhelan la rigidez política.

A lo más que puede aspirar el mexicano hoy día es a preguntarse en su fuero más íntimo, que es donde no hay ni espías obsesivos, ni cadenas, cual lo demostró Solzhenitsin con su Iván Denisovich, es ¿si quiere seguir siendo un muerto que ve traficar con la justicia en las fosas sépticas?, o ¿quiere comenzar a vivir la vida que le corresponde, en la plaza pública, cual nos enseñaron los antiguos sabios? Si su respuesta es: ¡Quiero vivir!, entonces lo que sigue es trabajar para la justicia, para la vida, para la verdad… también es posible que ya lo esté haciendo, en este caso, la libertad, pronto, romperá cadenas.

 Javel

Para seguir gastando: Si no los podemos vigilar, hay que matarlos.

Si los podemos vigilar y vemos que son peligrosos al régimen, hay que matarlos.

Si los podemos vigilar y vemos que no son un peligro para el régimen, hay que matar a algunos como prueba de nuestra fuerza. Crear terror. Dejarlos tiesos. Terroristas en casa.

 

Inculpado…

Sin poder emitir palabra, sin libertad para moverse o siquiera respirar, el inocente escuchó todo.

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