Austeridad Palaciega

Contaban los ciudadanos de un pueblito, ahora fantasma, que en el palacio habido en esas tierras, a las que una gran ciudad, ahora en ruinas rodeaba, hacía su habitáculo un loco.

Locos ha habido muchos, algunos famosos por ver dragones entre molinos, otros por elogiar a la locura como cuna de la prudencia, pero éste centraba su fama en su temprana costumbre de dar a conocer sus ocurrencias.

Nunca faltaba a la tempranera cita, para anunciar a los vientos lo que por su mente pasaba: en una ocasión estuvo un buen rato regañando al mar, decía que con él no se había portado nada bien al seguir su naturaleza y estar formado por agua salada. El ponto bramó y siguió siendo motivo para los locos enojos de quien creía que el poder de controlar a los vientos y las aguas ostentaba.

El loco de las ruinas decía que vivía austeramente y que lo hacía por amor a un pueblo que a base de dietas y economías, pronto se convertiría en fantasma. Hasta donde sé nunca se percató de que se pensaba viviendo en un palacio cuando sólo entre ruinas habitaba.

Pobre loco, pobre pueblo y pobre mar al que de todo culpaban.

Maigo

Inocente Preguntilla: ¿Cuándo un gobierno elegido democráticamente señala que el régimen ha cambiado, se dará cuenta realmente de lo que significa el término régimen?

Anuncios

Incendio Transformador

Dicen que a Nerón se le hizo fácil culpar a los cristianos por el incendio de la Ciudad Eterna, también dicen que él ocasionó el fuego porque quería hacer una ciudad más bella. La que Claudio le dejó no le satisfacía del todo, y si la quemó no es por fea, sino porque desentonaba con su lira griega.

En su locura, a Nerón no le importó el destino de los romanos pues ya tenía a los cristianos para que los buenos ciudadanos desfogaran su furia. Esta técnica de Nerón es muy usada en nuestros días, se culpa al régimen anterior y a quien se deje,  con tal de no tener un mal día.

Los tiranos como Nerón, que gustan de escuchar su lira, no escuchan a los ciudadanos porque se dedican a graznar todo el día, y a su graznido llaman canto y con el llanto de los cristianos pretenden obtener la popularidad perdida tras los fuegos transformadores con los que dejan todo hecho cenizas.

Transformaciones, como la de Nerón, no traen nada bueno con ellas, más bien son ocasión de persecuciones contra culpables que difícilmente lo eran, además en ese ánimo transformador traen consigo la perdición de quienes creen en los tiranos y en las ocurrencias que dicen desde temprano cada uno de sus gobernantes días.

Maigo.

Tiempo de mudanzas: A partir de la próxima semana Perro de Llama publicará los viernes, cada quince días, como lo ha venido haciendo desde que llegó.

Querido lector verás sus entradas en viernes en ves de los miércoles, así que por lo pronto y sin afán de molestar anuncio que me apareceré por aquí cada miércoles a partir de hoy.

La cuidadosa manía de Iván Abad

Iván Abad despertó de golpe y con el dorso de su mano constató la humedad que acampaba en su frente. ¿Era todo un sueño, o había modo de que tuviera sentido en realidad? La casa estaba vacía a esa hora, si uno obviaba a los sirvientes. Cuando salió de la regadera ya no temblaban sus manos y su respiración se había regulado. Su humor se había serenado como un lago escondido en un bosque sin viento. Hizo las llamadas pertinentes y comenzó el largo proyecto que le tomaría varios meses.

Su esposa Olga llegó esa tarde y no reconoció a Iván. Estaba fuera de sí, desarticulado en palabra y desorbitado en vista; lejano, sin cariño, fijado en otras horas. Ella no consiguió averiguar de qué se trataba exactamente todo el ajetreo. Había material de construcción en el jardín, movimiento de obreros, se hacían mediciones y se trazaban planos. La familia era muy rica e Iván muy ingenioso. Demasiado ingenioso, tal vez, y con más ocio del conveniente, a juicio de Olga. Le entraban sus manías. Ella se divertía con ellas cuando eran pequeñas, como cuando empezó a hacer maquetas para corroborar si se acordaba de cada casa que había habitado desde niño (el problema apareció cuando se preguntó si la maqueta de la casa actual merecía tener maquetitas de las maquetas que ya había hecho). En otra ocasión decidió que planearía una nueva arte marcial, basada en los mejores movimientos de cada una de las existentes. Y estuvo escribiendo y dibujando poses y comparando doctrinas y aprendiendo nombres, por meses. Cuando las obsesiones eran así, y le resultaban incómodas, Olga optaba por desconocerlas hasta que se apagaban solas como la chimenea desatendida. Por supuesto que ya antes había visto a Iván tener arrestos de arquitecto y al principio pensó que esta vez se trataría de algo semejante. Quizás iba a remodelar el patio de acuerdo a algún estilo medieval, o a hacer una alberca con adornos hindúes; algo así como hace dos años que le entró la idea de que quería una pérgola a la entrada de la casa y cuando hicieron consciencia ya toda la fachada se les había transformado en un pedacito de Italia. Fue diferente.

Iván no saludó ni a los hijos ni a sus choferes cuando llegaron de la escuela. En la noche no subió a la recámara. Olga, antes de irse por la mañana del día siguiente, molesta, fue a hablar con él. Interrumpió sus dibujos con escuadras sobre hojas objetablemente grandes. Ése fue el primer momento en que se asustó. Algo le faltaba a Iván, o algo le sobraba. Algo que impedía que estuvieran hablando de lo mismo cuando intercambiaban palabras iguales. Ella exageró su enojo, afectó tristeza, aparentó desinterés y por último fingió exasperación; pero nada hizo que el semblante extraño de Iván cambiara. Era, pensó ella, como si él la estuviera entendiendo y al mismo tiempo no entendiera nada. Por fin, después de discutir un rato sin poder obligarlo a hablar un ápice sobre sus propósitos ni a disculparse por su frialdad, Olga lo escuchó decir con calma:

–Amor, me volví loco.

–¿Qué?

–Lo hice. Lo más lógico sería decirte que al principio no estaba seguro, que poco a poco me fue ganando la desesperación, o que debí haberlo visto desde hace tiempo; pero no. Fue un momento, nada más. Como despertar de un sueño. Al principio ya lo sabía y no dudé nada. Precisamente por eso sé que me volví loco.

–No entiendo. ¿Te refieres a todo esto? O sea, ¿qué estás haciendo?

–¿No crees que quien se decide a construir su propio manicomio, sin encontrar buenas razones para detenerse, tiene que estar loco?

–¡Iván! ¿Su propio manicomio? ¿De qué estás hablando?

–¿Ves? Te digo. Nadie en su sano juicio puede tener la certeza de que se volvió loco.

Iván no respondió más. Por fin, Olga manifestó su miedo genuino. Se fue con la prisa del día, pero también con el alma desterrada de una casa que de repente se le había vuelto incomprensible. Los hijos se fueron luego. Pasarían semanas antes de que empezara a ser notorio el cambio. Iván se quedó a solas con sus hombres y su proyecto. Al terminar solamente quedó éste.

A vagar

A vagar

Andar y ver es el único requisito que debe cumplir aquel que desee ser un investigador de los asuntos humanos, mundanos y divinos. El precepto lo colocó don Alonso Quijano, el gran errabundo que buscaba desfacer entuertos y que nos muestra la doblemente dolorosa melancolía, sólo porque creemos que sus hazañas no valen nada frente al caos o la furia del sinsentido. Doblemente dolorosa, porque lo vemos caer frente al villano y no lo ayudamos; y dolorosa también, porque él nos mira sonriendo y consciente de nuestra cobardía para enfrentar el mundo: Es el único realista de la historia, ya que sabía que el miedo es un falso bien común, pues nos aleja más que unirnos. Hobbes no tiene razón al decir que la desconfianza genera bienestar. La desconfianza genera paranoicos, es decir, hombres ensimismados en hallar la razón para cazar brujas: “El mal está en los genes, en la sociedad, en el mundo”.  El verdadero loco crea armas-razones para destruir a su sospechoso hermano; Don Quijote nos da auxilio frente a ese demonio.

El loco se vuelve especialista, ve resortes donde hay tendones. El vagabundo pelea contra ese absurdo en una de las más famosas batallas jamás contadas y nos narra la historia en que gobernó la llamada raza de oro. Pero el cuento es quebrantado rápidamente en el interior de una oficina en la cual se les pide a los nuevos reclutas no dejar nada en sus escritorios, pues “nunca sabemos quién está a lado nuestro”. Sabio será aquel que salga para ver y no vuelva por echar raíces en la vagancia, que, a fe mía, es una forma de la investigación científica: la heurística. Ella le llevó a decir al poeta que hay en el mundo borrachos de sombra negra y valentones y gentes que danzan y juegan.

Me pregunto a veces qué hubiera pasado si Cervantes no hubiese sacado a ventilar todo el conocimiento que ya tenía. Seguramente se habría vuelto loco. Pues he notado que lo que llamamos estrés, no es otra cosa que la acumulación de fuerzas tanto físicas como psíquicas: la constitución del hombre valeroso lo empuja al mundo. Si se queda, todas esas fuerzas se transforman en espasmos o tics nerviosos. Si don Quijote no hubiese salido quedándose en casa su vida habría sido miserable, por guardar para sí lo que sabemos que dio al hombre: un gran ejemplo de humildad y amor fraterno.

Fue humilde porque cultivó su gustó por la lectura, que aunque era muy refinado, no dejaba de leer hasta los papales de la calle. Esto quiere decir que buscaba en todos lados con la fascinación de un niño, pero preocupado como un sabio. Predicaba con el ejemplo y no desde la cátedra o desde la oficina, Quijote, hazme un sitio en tu montura, es lo más humano que podemos pedir, si queremos investigar con verdadera vocación.

Javel

Lo que el sueño y la locura salvan

Lo que el sueño y la locura salvan

El insomnio debe de ser una enfermedad tan insufrible como lo es la cordura. Ambos pacientes adolecen de no poder cerrar los ojos, no ya para escapar hacia la obscuridad, sino para poder reconocer por un momento las impresiones que el ojo ha captado en el espectáculo de luz. Quien ha sufrido de insomnio sabrá que lo peor del asunto es no poder omitir ningún detalle, salvo que se está despierto: existo pensando, la exageración cartesiana se ve reflejada en el ansia de quien queriendo dormir no consigue sino hilvanar una constelación de sucesos hasta el más mínimo detalle. Los sentidos aquí sí se agudizan, nos volvemos más sensibles al cambio de temperatura, al zumbido del mosquito, al ir y venir de una idea que tortura las cienes de quien no puede dejar de existir en la realidad. La recamara se convierte en un monstruo silente. Y una noche luminosa nos arruina la existencia. El guardia de seguridad, tanto como el pensador obcecado están alertas, alterados. Rayan en la cordura de saber con todo detalle ¡Quién es el que se esconde tras la puerta!, o tras la siguiente pregunta “¿Por qué?”

El sueño es tan importante como lo es la locura, pues son los límites de sus contrarios. El sueño aparece no siempre en la noche, sino tras un trajinar duro. Es la dulce recompensa o turbadora respuesta presentada con maestría por la misteriosa imaginación; mientras que la locura es permitir que algo nuevo o viejo nos sorprenda sin tener que apuntarle antes con una pistola o con una pregunta que impida el paso de lo desconocido. Los sabios también duermen, y quizá sea en sus sueños donde mejor podemos ver su sanidad, si es que seguimos aquel viejo adagio de mente sana en cuerpo sano. Sólo sueña quien se permite adentrar a la aventura de la creación poética más personal e inmediata que tenemos; así como sólo vive quien se permite conocer el misterio de la creación del hombre como lo haría un niño y no un taxonomista o hilandero perverso.

Algo habríamos de recordar de los antiguos. Cuenta Diógenes Laercio en su ya conocida obra sobre los filósofos, que Aristóteles para no dejar de investigar, se colocaba una bola de acero o hierro en una mano, así al irse durmiendo, ésta caería en una tina con un poco de agua, logrando despertar. ¿El estagirita adolecía de insomnio? No. No lo padecía, pues se cuidaba de no quedar dormido, no de escapar de la realidad, o lo que es lo mismo, procuraba servir a su vocación, no quedar despierto para siempre… eso sí sería una locura.

Javel

Gasto útil: Ayer en una conferencia, Adolfo Castañón celebraba su cumpleaños recordando el regreso de don Alfonso Reyes en 1939, año de la muerte de Antonio Machado y fecha en que se publicara “Muerte sin fin”. El poeta se la pasó evocando en su cumpleaños, y yo no sé qué tenga la fecha 8/8 que pareciera que nacen los que a don Alfonso Reyes más conocen. Además, también se unió al ejercicio evocativo Vicente Quirarte, quien dijo que sus maestros no se sentían viejos, sino añosos. Así, una felicitación a los añosos de agosto.

Senderos de la locura

Vivimos en tiempos de locura y erróneamente la encomiamos. Nuestro hogar es el caos y lo habitamos pese a los estragos. Terminamos suspensos ante los eventos inexplicables y creemos que la sinrazón y azar rigen el mundo (por muy contradictorio que suene). Las explicaciones pueden parecernos estorbosas o descorazonadas. La teoría es soberbia, pataleos y berrinches del hombre por comprender lo inconmensurable. La locura parece tan atractiva al adecuarse lo mejor posible al espíritu de la realidad. Los actos súbitos e inmediatos que irrumpen parecen ser lo más honesto que hay. Son actos tan honestos que no tienen dobles intenciones, no guardan hipocresía y supuestamente manifiestan lo que verdaderamente sentimos o pensamos. Satisfacen más las decisiones entre menos deliberadas sean y se escuche con mayor atención a la voz del fuero interno. Se puede ser un solitario feliz; el desvarío es la persistencia incesante por la complacencia. Amamos la locura al ser máxima expresión de la libertad humana.

Contrario a esta opinión, con un prurito, para el diagnóstico clínico la locura es una aberración. Los desvaríos son alteraciones patológicas. El contexto es percibido de manera anómala. Ver gigantes donde hay molinos de viento es una desviación de las facultades. La alucinación es la enfermedad venciendo el juicio y los sentidos. El castigo de Don Quijote son las muelas perdidas, el cuerpo maltrecho y los quebrantos de costilla. Emprender aventuras fútiles, buscando princesas por aldeanas o castillos por ventas, hace que caiga rodando por las asperezas pedregosas sin ningún sentido aparente. Conservar la cordura es reservarse. La salud mental es una manera de enclaustrarse. Los hidalgos reclaman como suyo a don Alonso Quijano.

No siempre la locura es aberración de la realidad. También puede ser recuperación de la normalidad y persecución por la verdad. Y así sucede con Don Quijote al menos en sus intenciones o empresa. Análogamente Jesús produce desconciertos entre sus coetáneos, así como el Caballero de la Triste Figura lo hace con quienes se encuentra. Sentarse con los recaudadores o convivir con los leprosos son actos inusuales y hasta extraños. La misericordia guarda tensión con la ortodoxia al no ser necesaria e irrumpir en ella. No es sólo suspender las legalidades, sino procurar algo más importante: el prójimo.  El amor trastoca las convenciones no para destruirlas, sino para resplandecer su principio. Es una locura integradora. Sería desacralizar a Jesús si lo creyéramos un romántico idealista (como sostiene una de sus interpretaciones históricas); omitiríamos el misterio de la encarnación. Nada parece más loco que buscar aquello no visible o difícil de entender. Basar nuestras acciones en una certeza fácilmente quebrantable. La manía devastadora aprovecha esto para seducirnos y reconfortarnos.

Murmullos de medianoche

Murmullos de medianoche

El día

El sol entró como todas las mañanas, iluminando el cuarto amplio, blanco y confortable de Samuel. Sobre la cama ya estaba despierto él. No recordaba mucho de lo que había pasado la noche anterior, pero tenía la vaga sensación de haber soñado con algo que no alcanzaba a dibujar en su imaginación. El sentimiento de pérdida punzaba su cráneo, sin embrago, tan pronto como cayó en la cuenta de que era asunto perdido, decidió ocupar su mente en otra cosa. Limpió su habitación, salió del cuarto, se dirigió al comedor, se sentó, desayunó un poco de pan francés, huevos, leche. Leyó el periódico, -creo que era el mismo de todos los días, o las noticias se le antojaban como para que fueran las mismas de siempre.

Una vez terminado su desayuno y el periódico, se dirigió nuevamente a su habitación, quería tomar un baño, lavarse los dientes, estar presentable. Se quitó la bata, la puso en la cama, abrió la llave del agua caliente, ésta comenzó a descubrir sus propios caminos húmedos en la piel toda marcada por heridas de Samuel. Desde la cabeza que tenía cicatrices de peleas donde él nunca triunfó, hasta el pecho, que tenía marcas de cigarrillos, seguramente auto infligidos. Todo su cuerpo era un espectáculo de la violencia que puede causar un cierto tipo de locura.

A eso del medio día llegó uno de los enfermeros. Lo encontró sentado en el balcón de la ventana, abrazando sus rodillas, mirando a ninguna parte.

-Coronel, aquí está lo que ordenó.

– ¿A quién le hablas colega?, soy el doctor en neurociencias, Abel Domínguez.

-Disculpe, colega, lo confundí con otra persona. Tenga las aspirinas que usted diseñó para su propio dolor de cabeza.

-Gracias, colega. (Tragó las pastillas)… Sabe, colega, otra vez tuve ese sueño que no puedo recordar.

-¿Cómo sabe que es el mismo?

-Porque me deja todo adolorido de nauseas.

-Quizá sólo sea su conciencia que da violentas vueltas en su cabeza.

-No creo. Recuerde que yo jamás creí en ese cuento de carácter clérigo-legal. Los que no pueden explicar nada ni poseer nada, no tiene derecho a maltratarnos asííííí.

-¡Rápido, pabellón tres, cuarto diecisiete! ¡Necesito ayuda para aplicar un sedante!

Samuel (el general y el doctor) despiertan en la noche

El doctor:

–Hay aves que nos llegan nocturnamente a mitad del camino de los sueños. Hay aleteos que perturban el ritmo anímico de cualquiera. Sus cantos platinados se anidan perfectamente en la almohada propia. Tanto nos perturban que cualquier sonido confundimos con su graznido añil.

El general:

–El aleteo de los malditos se escucha afuera, adentro, en todas partes. La desesperación es sólo el anuncio de su canto. En el pecho se siente su aleteo batir con fuerza. No, no es en el pecho, es la puerta, alguien toca, ¿pero si no hay nadie más en la casa?, y resulta que la única persona que podría estar tras de la puerta está dormida junto a nosotros. ¿Desde cuándo estamos tan solos?

Alguien pronuncia con voz vaporosa y reptante: Ego.

El doctor:

–El graznido y el aleteo infernal siguen. No, no hay engaño, el subconsciente fue el primero en huir, así que estamos solos, nadie que nos ampare en la voz oculta de una mentira. El grito se hace inminente, pero nunca llega éste a inundar la garganta, más bien se ahoga en el miedo… Ego fictum.

El general:

–Algo rasga el suelo. Son las zarpas del ave. No hay duda, ha descubierto en nuestras suplicas nocturnas el secreto que guardamos, la traición tan conocida: vendernos a cualquier postor, a cualquier deseo barato que nos saque de aquí o a cualquier creencia inútil. Pero el ave es guardiana de nuestro secreto. Nos asusta porque sabemos que cuando termine el ritual obscuro, ella reclamará nuestra carne. Poco a poco irá picoteando nuestra piel con su insistencia. Sus alas tomarán en la forma de preguntas, o de miradas acuciantes para nuestro derrumbe… Ego fictum ego.

Samuel:

–Si en verdad pudiéramos vivir solos. Pero las personas nos recuerdan algo oculto que no vemos siempre, que molesta a nuestras conciencias como el tábano al ganado rumiante. Cada noche es lo mismo. Las aves entran, despiertan a nuestra alma quebradiza. Llega el silencio sólo cuando logramos dormir, pero bien pronto nos vemos en sueños donde el ave está ahí, vigilante desde el árbol seco. Su aleteo nos hace sentir incómodos, como ajenos a todo lo nuestro que ya es suyo.

A todo esto, sólo queda un recurso. Sí, el mismo de siempre. Pero no en el que pensaron  aquellos valentones desgraciados, pues ¿cómo poder recuperarnos acudiendo a la nada? No, lo que queda es confesarnos, pedir ayuda. Sabernos alguien sujetos al peñasco del hastío disfrazado de hedonismo… Evitemos caer en sueños al vacío, que por algo no estamos solos

Despertemos de este sueño tan dañino.

Salgamos de esta caverna en la que el eco desgarrador dice vaporoso, ¡Ego fictum Deo!

Javel

Palabras para seguir gastando: No es un secreto que la violencia intenta profanar  el lugar de la virtud, convirtiéndose en una segunda naturaleza en el alma de los hombres, más que nada de la juventud. Juventud que es momento de voltear a ver y decir junto con Héctor De Mauleón, Me echo en cara lo que hemos dejado de hacer,  aquello por lo que, tristemente, Ha llegado la hora de pensar en la generación herida.