Comunidades que Cuentan

Desconozco la opinión de la mayoría sobre la puntualidad. Bueno, quiero decir que desconozco su posición ante ella. Sé que no es cosa que se respete, pero no estoy seguro de si lo más corriente es que se considere con irritación la necesidad de llegar a una hora determinada por alguien, o si simplemente se vea como uno más de los eventos en la vida de los obsesivos compulsivos con los que podemos seguir viviendo. Al loquito le sonreímos y accedemos a lo que dice, aunque sepamos que está equivocado.

En ningún caso es ajeno a nosotros lo que quiere decir eso: puntual. La palabra suena vieja pero no es fea, es vigente pero poco atendida, y hace pensar en concordancia, en estar en algún lugar al mismo tiempo que la manecilla del reloj alcanza el punto. También hace pensar en el buen cálculo de la llegada a un sitio (punto) elegido. Cuando se proyecta viajar de un lado a otro, y llegar en tal o cual tiempo, es el éxito del proyecto. Pero además, es un proyecto de común acuerdo: se decide la hora y se proyecta con ella. En una película que disfruto mucho ver dice un hombre puntual que alguien de su tipo “nunca está tarde, ni tampoco demasiado temprano: él llega precisamente cuando lo desea”. Mas podría parecerle al muy puntual que ya no tiene mucho caso llegar a la hora estimada cuando el resto de los invitados da por sentado que todos llegarán después. Bueno, no nos interesa tanto lo que piense el muy puntual, sino más bien si nosotros mismos creemos que no tiene sentido.

La comunidad en la que este tipo de asuntos cobra o pierde importancia es el lugar fundamental desde el cual se nota qué sentido tienen, así como viajando en una embarcación la relación entre las constelaciones indica la dirección en la que se navega; porque aún diciendo que es importante para uno mismo saberse puntual, la puntualidad ya no tiene el mismo significado si sólo es para él que si es para todos con los que convive (se vuelve asunto de, como lo dije ya exageradamente, obsesivo compulsivo). Se necesita de una participación de los que viven juntos, y al final es imposible escapar al hecho de que las cosas que hacemos y omitimos siempre tienen una imagen ante los demás. Es muy lógico pensar que esa imagen tiene que cambiar en buena medida dependiendo de quiénes son esos “demás” y de qué hacen ellos mismos. Por más “individuos libres e independientes” que nos creamos, no podemos aislarnos de manera pura de la convivencia. Si para la gente entre la que vivimos no es importante la puntualidad, entonces podemos pensarla muerta, como muere una tradición cuando ya no se celebra (y ya sólo se repite rutinariamente para “rescatarla”).

La puntualidad es buena costumbre -dirá entonces al que tratamos de convencer de que no tiene sentido-, y vale la pena mantenerla porque en nada daña quien llega a tiempo, aunque sea el único, mientras que los que se dilatan demasiado sí molestan. Claro, muchas otras cosas también parecen buenas costumbres por evitar molestias o por mantener más orden en nuestras relaciones, como el buen acomodo de los cubiertos al comer, o el guardar silencio mientras alguien más está hablando. El problema del que quiere cuidar lo que le parece buena costumbre es que tiene tarde o temprano que aceptar, si piensa un poco en lo que hace, que ya no es costumbre lo que no se estila entre los suyos, y que por más buena que se la imagine, no puede ser parte de lo que está en sus manos conservar. Se vuelve más bien un buen hábito, y eso sólo en espera de una buena respuesta (como quien siempre llega a tiempo guardándose de hacer esperar a alguien más que resultara ser puntual).

Se vuelve mucho más importante esto cuando nos damos cuenta de que incluso pensando que estas cosas son de recatados y pomposos, también son de las que menos tenemos que preocuparnos: muchísimas de las cosas más importantes dependen de la naturaleza de nuestra comunidad. Y ahora sí que no creo estar exagerando. Me refiero por ejemplo a que nuestra noción de qué es una buena persona, o de qué significa ser inteligente, qué significa hacer bien, qué significa “ser hombre de bien”, ser justo al decidir o al hacer, qué es admirable y por qué cosas se vale insultar. Éstas forman buenísima parte de nuestra vida, y tienen su suelo plantado en el tipo de comunidad que somos. Entonces cabe preguntarse gravemente si tiene caso que las intentemos conservar de un modo o de otro por cuanto depende de nosotros, después de darnos cuenta de que eso es poquísimo. O más bien la pregunta sería si “conservar” es algo que podemos hacer con ellas. Sería gran soberbia pensar que siendo uno “bien educado”, o “decente”, se puede mover a todos los demás a que lo sean con uno. Eso nomás no pasa. Y si acaso nos sonríe la fortuna, quizá se mueva a uno o a dos a que nos emulen cuando creemos estar en lo correcto sobre estos asuntos (y ¿qué nos asegura que lo estamos?).

Ahora, yo pienso que sí vale mucho cuidarse uno mismo de estas cosas, y tratar de vivir conforme a buenos hábitos aún cuando dije en tantas líneas que la comunidad puede haber dejado de prestarles atención. La razón de mi confianza es que sí tenemos en algo de esto poder para elegir entre quiénes vivimos. No mucho, quizá, pero sí tenemos cierto alcance: para empezar, no veo cómo la comunidad sería el Estado, ni mucho menos el país, sino que más bien son aquellos que en verdad viven juntos y que por ello tienen mucho en común. Presumiblemente tienen en común lo que creen más importante. Por lo menos tenemos la posibilidad de elegir con quiénes nos juntamos (y de quiénes nos alejamos), y buscar con quiénes hacemos nuestras vidas, y en ello tal vez esperar que las cosas que creemos buenas se conserven entre varios (que pueden no tener nada que ver con la puntualidad). No sólo que se conserven, sino que se promuevan.

Es verosímil esperar tener esa posibilidad de afectar, aunque sea en muy poco, lo que nos pasa y lo que hacemos de nuestra comunidad. Sin embargo, hay un caso más complicado que, aunque está fuera de la discusión presente, cabe preguntarse con detenimiento: ¿y entonces qué pasa cuando nuestra intención es educar a alguien -como a un hijo-, tenemos poder de elegir lo que le es conveniente, o estamos a las manos de la suerte?

A Palabras Sabias…

“-White serves as a beginning. White cloth may be dyed.
The white page can be overwritten; and the white light can be broken
.

-In which case it is no longer white, and he that breaks a thing to find out what it is
has left the path of wisdom.”

Por A. Cortés:

Leí en la introducción que Allan Bloom hace a su libro “Shakespeare on Love and Friendship” una de las justificaciones que más han llamado mi atención estos días. Él estudia algunas de las obras del poeta buscando lo que en ellas se deja ver sobre las uniones y las separaciones humanas, sobre el apego, la inclusión, la repulsión, y sobre lo que es “estar involucrado con alguien” para bien o para mal; y como a quien le preguntan por la importancia de su labor, escribe: “Es una necesidad urgente encontrar cómo vio todas estas cosas, porque es sabio y porque no comparte nuestros supuestos comunes”.

La sencillez de las dos razones me resultó tan sorprendente que no pude evitar detenerme un momento pensando cada una. Para empezar, no parece muy corriente que reconozcamos en alguien la sabiduría. Hay unos que dicen que ya no es parte de nuestros juicios (no a los que les damos importancia) aceptar que alguien es o no sabio, y que incluso creemos que éstos no existen inclinándonos más bien por los expertos. Ellos son seguramente especialistas, en contraste con el sabio que no lo es de una especie, sino de algo general. Lo que dicen acabó confirmado por mi experiencia, sencillamente porque cuando Bloom dijo que escribía sobre Shakeseare porque era sabio, me pareció sorprendente. No nos vendría mal hacer un poco de espacio en nuestros juicios para aquellos que consideramos mejores que nosotros para hablar bien, y para decir cosas de las que algo podemos aprender.

Definitivamente no puede venirnos mal de que lo consideremos, ¿y puede venirnos algún bien? Digo, es una pregunta justa, porque hacer las cosas sólo porque se pueden hacer es actuar como si fuéramos fenómenos naturales, dejar de elegir es como hacer de nuestras acciones simplemente “eventos”. No fue demasiado tiempo el que estuve buscando cómo responder, porque en frente tenemos la segunda razón de Bloom. Parece que en algo tendría que ser conveniente que alguien no compartiera nuestros supuestos comunes. Más aún si es el sabio al que vamos a escuchar con atención. Lo que nos es común no “salta” a la vista, porque estamos habituados a verlo. Lo que está fuera de lo común sí salta, y nos llama a que nos acerquemos con cuidado, atentos. Lo bueno de intentar combatir el prejuicio de que ya no hay sabios es que tenemos de nuevo la oportunidad de escuchar de alguien algo que cimbre nuestras bases y nos impulse a cuestionarlas. Saber qué prejuicios tenemos es ya el primer paso para combatirlos.

Bueno, pues en eso pensaba cuando leía la introducción de Bloom, pero olvidé algo muy importante. No es cierto que podamos tan sencillamente decidir que sí hay sabios y que sí hay razones para escucharlos. Primero, porque es un misterio cómo es que alguien que no es sabio puede ver en alguien más la sabiduría; y más aún, que si entonces tratamos de compensar nuestra ceguera y nos inclinamos a pensar que todos son sabios porque no podemos reconocerlo, entonces regresamos a confundirlos con los expertos. Éstos demuestran el área en la que saben algo por los resultados que obtienen con el ejercicio de sus técnicas y artes: no se necesita ser una autoridad en computación para notar cuando un experto en computación logró fraguar bien un programa. Finalmente no se trata de la admisión de la sabiduría como de una presencia constante y palpable, sino más bien de la apertura a escuchar y de la confianza en la palabra, que nos dan alguna luz sobre lo que consideramos bien dicho y su relación con nuestra propia vida.

En lo personal, no me gustan mucho las apuestas a la Pascal, pero parece que en este caso es mejor cuidarse del prejuicio de que es imposible ser sabio que andar por allí con él. Por mucho parece conveniente abrirse a la posibilidad de aprender algo de quien esté librado de nuestros supuestos comunes, si acaso nos percatamos de por qué son supuestos infundados. Si no aprendemos nada, nada perdimos estando dispuestos; y por el otro lado, ¿qué mejor que escuchar a alguien que sabe lo que dice?