El enemigo perfecto

No hay mayor enemigo para un tirano que el tiempo, porque en algún sentido somos nosotros los que decidimos en qué ocuparlo, cómo gastarlo y en qué aprovecharlo.

El tirano siempre piensa a futuro, nunca ve lo que es y si acaso gira la vista lo hace hacia el pasado para quejarse, o para vanagloriarse.

Nuestro tiempo se agota y a veces queremos pasar la vida como si no fuera esto posible, al menos así lo ven los tiranos que siempre necesitan tiempo, piden tiempo para hacer lo que prometen, piden tiempo para mostrarse diferentes, piden tiempo para todo y pensando en lo que vendrá dejan lo que ya es.

Cierran los ojos y se tapan los oídos diciendo que todo está bien porque sólo es cuestión de tiempo. Pero, no se dan cuenta de que no hay enemigo más poderoso que ese tiempo que piden, porque el tiempo pasa y ese tiempo que piden y creen concederse se acaba con facilidad.

Lástima de aquellos que viven vendiendo esperanza, porque no se dan cuenta de lo desesperanzados que viven, rogando al tiempo que no pase, que no se les acabe nunca, suplicándole al tiempo que sea más lento y viendo con tristeza como es que su tiempo se acaba y su vida pasa de ser pieza a retazo, y de retazo a hilacha.

En definitiva, no hay mejor enemigo para un Tirano que el tiempo, pues aunque quiere controlarlo todo se le pasa intentar controlarse a sí mismo, de modo que se pierde a sí mismo y sólo pierde su tiempo.

Maigo

María se fue quedando sola

En el pueblo, María se fue quedando sola, dicen que había llegado una enfermedad muy rara a ese pueblo, abandonado de la mano de Dios, o al menos es lo que pensaron los que de ahí se fueron corriendo y aterrados.

Primero se fue la mujer del tendero, no hizo ruido ni alboroto, simplemente, un día dejó de respirar, y en silencio, discretamente se fue, no creo que se hubiera sentido cómoda en un evento como el que fue su funeral, estuvo con mucha gente despidiendo sus restos y hubo flores y hasta música.

Después, se fue el jardinero, nadie sabía bien a bien cómo es que Don Jacinto, que así se llamaba, se despidió de este mundo, lo que sí se supo es que lo encontraron tirado y sonriente en medio de un campo de flores.

Más tarde, se nos fue doña Gertrudis, era una ancianita muy alegre, gustaba de hacer dulces y obsequiarlos a los jóvenes que atinaban a pasar por su puerta, los muchachos tardaban horas en casa de la doñita encantados con los dulces que solía ofrecerles, a ella la encontraron en su cama, sonriente y vestida con la pulcritud que siempre la había caracterizado.

Hombres como el carpintero, el panadero, el herrero y otros más que laboraban en el campo se fueron yendo de ese pueblo y de este mundo, hubo quienes los vincularon con Doña Gertrudis, pero esas maledicencias se fueron junto con los demás.

El velo de muerte estaba cubriendo a ese pueblo y María desde su balcón sólo atinaba a persignarse cuando veía pasar un féretro frente a su balcón. Notó que cada vez eran más frecuentes las asistencias al campo santo. No podía evitarlo, pues vivía en la calle que llebaba para allá. Derechito allá a donde quedaban los restos que la muerte nos dejaba.

El cantinero y los parroquianos también murieron, con tantos en una misma semana la idea de que una enfermedad rara estaba atacando al pueblo se hizo más fuerte, muchos huyeron cuando vieron que moría el vecino, otros se quedaron al ver que los difuntos se iban siempre con una expresión alegre en el rostro.

–Ha de ser una dulce muerte- pensaban, pero esa idea poco a poco se fue perdiendo cuando vieron que no era tan agradable, porque el moribundo no sonreía, más bien los músculos de su cara se tensaban debido a que no podía respirar.

Mientras todos se iban o morían, María continuaba en el balcón ensimismada, a veces cosiendo, a veces hilando, a veces deteniendo su labor mientras las carrozas fúnebres pasaban.

Ella se estaba quedando sola como habitante de un pueblo fantasma, cuando murió el sepulturero, trabajo costó encontrar a alguien que lo remplazara, de hecho nadie quizo así que cada quien se ocupaba de su difunto si es que atinaba a hacerlo.

El pueblo se fue vaciando y María sola se quedaba, observando desde su balcón a quienes fueron sus compañeros, a quienes ahora el campo santo habitaban.

Mi madre y yo salimos un día del pueblo, pensamos en llevarnos a María, pero cuando pasamos a ver si se animaba a salir con nosotros, sólo la vimos sentada en su balcón, con la aguja de coser en la mano y sonriente.

Quiero pensar que desde su sitio de nosotras se despedía, pues con nuestra partida ella sola se quedaba para cuidar de lo que antes fue un pueblo y ahora ha de ser simple arena en la memoria de una anciana.

Maigo

Ante las fauces del león

Sobre la existencia de mártires siendo devorados en el coliseo hay muchas dudas, algunos consideran que lo ahí ocurrido es falso, que son exageraciones de propaganda mal sana destinada a engañar a la gente sencilla.

Otros, en cambio consideran que la muerte por los leones y los suplicios del circo fue real, y que muchos murieron por defender su fe, hay santos en el calendario y libros atestados de muestras de firmeza y fidelidad incomprensibles para el pragmático.

De exactitudes históricas, respecto a persecuciones y castigos por amar al prójimo y abstenerse del militar servicio en tiempos de los emperadores, creo que no se trata la visión de los mártires.

Más bien creo que esas vidas que se nos cuentan y esos modos de muerte tan confiados nos dan cuenta de la posibilidad de gozo en medio de las dificultades más dolorosas y terribles.

No sé con exactitud cuántos de los que fueron arrojados a los leones, en los tiempos gloriosos del imperio romano lo fueron por ser cristianos, pero me parece que la visión de alguien que es capaz de sentir gozo y alegría, aún estando ante las fauces de un león hambriento, es digna de loa.

Vivimos tiempos complejos, el desierto crece, el silencio se apodera de nosotros con el ruido que no nos deja ni pensar, lo íntimo se vuelve público, y lo que debe ser público se esconde de la vista, además de que algunos cínicos sonríen y nos confunden con su desgraciado gesto, vivimos tiempos complejos porque no sabemos cómo vivimos.

Estamos ante las fauces de leones hambrientos, nos hace falta recordar que salvados ya fuimos y que hay muchas formas de vivir los últimos momentos en este circo en el que nos encontramos condenados.

Bien nos haría recordar, trayendo nuevamente al corazón, a ese sustento que mantenía en pie la fe de los primeros mártires.

Estamos ante las fauces del león

En la víspera de la víspera

En la noche anterior a la víspera de Navidad… aprendimos que no aprendimos nada…

Maigo

Nos va ganando el silencio

Algunas personas dicen que estamos viviendo grandes momentos
históricos, hay quienes hablan como si la historia ya se hubiera
trasformado tantas veces, que ésta por fin se va a acabar. Hay quienes
señalan que todo se acabó, que se acabaron los malos tiempos y que las
malas pasadas de la vida terminaron.

Yo no sé si estamos viviendo el final de la historia, pero sé que
muchos están viviendo incontables sufrimientos en estos momentos en
los que el silencio se les impone, miles se han convertido en números
de una curva que no se aplana, otros se han convertido en estadísticas
que crecen geométricamente.

Yo no sé si estamos viviendo el final de la historia, ni siquiera sé
si los números hablan o indican algo como para que ahora todo se diga matemáticamente, pero lo que sí puedo suponer es que cuando Galileo
Galiei señalaba que la naturaleza era un libro escrito en lenguaje
matemático lejos estaba de pensar en que el dolor se cuantificara y se
midiera por curvas y que la necesidad se solventara con otros datos
ajenos a los que nos da la realidad.

Estamos viviendo momentos difíciles, pero no nos gusta verlo así, preferimos pensarnos como invulnerables mientras el silencio del ágora
se extiende por toda la comunidad, callados estamos y callados nos
quedamos deslumbrados por el brillo de las hogueras que ayudan a que
se proyecten sombras que nos impiden hablar con  aquellos que están al
lado nuestro.

Maigo

Los que nos quedamos

Distinta es la suerte de los que nos quedamos en el tiempo, olvidados de todos y de todo, algunos consideran que es triste porque no jalamos para el mismo sitio, porque no vemos el mundo como lo ven los demás.

Yo creo que los demás, los que sí partieron lo hicieron deslumbrados por la luz que estaba lampareandoles los ojos desde hace tiempo.

Los demás decidimos quedarnos, bueno, no todos, algunos no alcanzaron a subirse al último tren hacia la luz… esa luz que dejaba ciegos a bastantes y que los hacía agachar la cerviz con tanta frecuencia.

Muchos se lamentan de que no pudieron subir al tren, dicen que era muy rápido, otros agradecemos no estar con la mirada gacha observando esa luz rápida, deslumbrante y tan llena de productividades.

La suerte de los que nos quedamos es diferente, no necesariamente mala, batallamos sí porque no nos resulta tan cómodo encontrar lo que necesitamos, pero quíen no batalla en este mundo.

Se puede decir que me está gustando esa mala suerte de los que nos quedamos resagados ante la velocidad del tren, quizá porque a veces cuando llega a haber una noche despejada veo las estrellas y me doy cuenta de que no hay tanta diferencia entre los que se fueron y los que nos quedamos.

Quizá la única diferencia radica en la dirección que tiene nuestra mirada, supongo que los afortunados en realidad son los que pueden voltear hacia donde quieren, pero eso es imposible estando dentro de esta cueva obscura, a la que a veces llegan chispazos de eternidad.

Maigo.

Progresando hacia la nada

Sin Dios, sin razón y sin nada más que hacer, o decir, nos pasamos el tiempo y la vida siendo provechosos, productivos y útiles, algunos se la pasan siendo ejemplos de moralidad y virtud, o al menos en lo que creen.

En ser útiles nos acabamos, en ser únicos nos uniformamos y en pensar que tenemos tiempo nos perdemos, así como muchos juegan a hacer las cosas que deben cuando sólo dicen discursos de autoelogio y alabanza

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">Y así llevamos años sin notar lo acabados que ya estamos, la nada hacia la que vamos y el vacío en el que navegamos para perdernos en la inmensidadY así llevamos años sin notar lo acabados que ya estamos, la nada hacia la que vamos y el vacío en el que navegamos para perdernos en la inmensidad

Maigo