Hijos de la tiranía

Entre los restos de un hogar destrozado aparecieron ciertos textos por niños garrapateados, estos decían, con mala letra, como ocurre con cualquier carta escrita con falta de estudios de caligrafía, lo que sentían los pequeños, antes de que la tragedia llegara a sus vidas.

“Mi papá se ha ido, se debe al pueblo, es lo que dice ahora y es lo que siempre dijo. Desde muy temprano acude a la plaza, emite un discurso y a la gente eso le agrada.

Nosotros lo vemos desde las lejanías, siempre sonriente, aunque a veces no tiene ganas, pero no puede darse el lujo de mostrarse enojado, hasta cierto punto se sabe ajeno al sitio que ocupa en el mercado.

Él dice que es diferente a todos los hombres, que con él como rey la ciudad y el pueblo será conducida sólo por los mejores, quisiéramos saber que esos mejores somos nosotros, pero él sólo nos lleva con él cuando no le somos estorbo.

Con el paso del tiempo entendimos todo: los tiranos (que así es como se conoce a los gobernantes por aquí) no se ocupan de sus hijos porque ellos no los tienen, se deben a la patria y a los servicios que pueden hacer por la ciudad.

Nuestro padre como muchos busca dar lo mejor de sí a los que más necesitan de su presencia, y como no somos nosotros, sus hijos, hacen a un lado a su descendencia. Un tirano es padre de todos los ciudadanos y por eso sus descendientes deben vivir o nacer alejados.

Nuestro amoroso padre, nos mandó lejos, a veces pareciera que su amor es por el poder, no tanto por aquellos a los que se supone debe procurar el bien, pues parece que en estas raras tierras la familia estorba y que para desposar a quien la corona entrega es necesario deshacer todo lo que se construyó en regímenes anteriores, al que a nuestro querido Jasón toca.

Dejaremos aquí el relato, porque nuestra madre nos llama a voces, nuestra nana dice que más que Medea parece leona, y nosotros no sabemos en qué terminará esta historia”.

Hasta ahí quedó la carta. Qué pasó después con los niños no sabemos aunque cuenta un dramaturgo que el poder convirtió a Jasón en un tirano cuyo reino no duró un segundo.

Y además de que Jasón fracasó en su intento perdió la visión de sus hijos como consuelo ante la vejez que en algún momento llegaría a acompañarlo y en la que de nada le serviría el saber que cada mañana, desde que llegó a Corinto se presentó en el ágora con un discurso bien preparado.

Maigo

De la esposa de Eetes a su infante niña

Lloras porque temes que algún día muera, ya has visto que cuando eso pasa nunca se regresa, no te puedo garantizar siquiera amanecer o poder despertarte para llevarteSigue leyendo «De la esposa de Eetes a su infante niña»

Negación

Vivimos negando a la naturaleza, los seres vivos nos enseñan que de lo semejante nace lo semejante, de modo que de una leona sólo podemos esperar que nazca algo similar. Pero nos empeñamos en negar que las leonas sean leonas, y pretendemos que éstas paran gatitos indefensos. Buscamos que la violencia traiga consigo la paz que necesita el mundo y pretendemos que la industria y el progreso nos den la cura para la enfermedad que han causado. Vivimos negando a la naturaleza, pero al mismo tiempo vivimos negando los milagros en espera de una salvación a la que de entrada cerramos la puerta.

 

 Maigo.

El juicio sobre la maternidad.

Si preguntásemos a cualquier persona su opinión sobre Medea, lo más seguro es que ésta nos diga que el ser por el que preguntamos se caracteriza por su maldad y perversidad, pues sólo una madre desnaturalizada sería capaz de matar a sus propios hijos. Este juicio, si bien puede parecernos apresurado, no por ello es del todo errado o acertado, para ver con claridad si el juicio sobre la culpabilidad o inocencia de Medea es correcto es necesario ver de dónde sale éste.

Para comenzar con el examen sobre este juicio considero prudente ver las maneras como reaccionamos ante lo hecho por Medea. De entrada hay tres posibilidades, indiferencia, aceptación o rechazo, además de cierta confusión que se origina entre el rechazo y la aceptación absoluta.

La primera bien puede ser producto del desconocimiento de lo hecho por Medea, y suponiendo que hay conocimiento de lo mismo, bien puede originarse en la falta de interés que tiene la maternidad, pensada ésta no como el deseo de tener progenie, sino en la relación que se supone ha de tener la madre con sus hijos. Así pues, quien nunca se preocupa por ver cómo es que ésta relación puede ser óptima, en buena medida es incapaz de juzgar a una madre que mata a sus propios hijos.

Pero, también es claro que quien logra emitir un juicio sobre lo acontecido a los hijos de Jasón no necesariamente se ha detenido a pensar con calma en la relación que ha de tener la madre con los hijos que pare, más bien juzga desde su propia experiencia con la primera relación humana que se establece en la vida, es decir, con la relación con la propia madre y con lo que de esta relación espera.

Regresando a los modos de juzgar a Medea, vayamos al rechazo, que sería lo más natural que sienta quien considere que la relación madre e hijo supone el cuidado de la vida de éste por sobre todas las cosas.  Tal consideración tiene como punto de partida el razonamiento de que el amor materno implica un olvido de sí, lo que hace que la madre sea abnegada y prefiera cualquier cosa antes que ver a sus propios hijos sin vida y a ella convertida en una huérfana, pero esta manera de pensar al amor materno no deja de ser romántica y muy discutida por aquellos que consideran que la abnegación y el olvido de sí supone que el amor materno es injusto toda vez que el único que es beneficiado de éste es el amado.

Por su parte, aquellos que consideran que la muerte de los hijos de Jasón está más que justificada por las circunstancias en las que se encontraba Medea, juzgan desde una particular manera de entender al amor materno, en la cual no es necesario que la madre se olvide de sí misma para que efectivamente ame a sus hijos, quien ve desde esta perspectiva a Medea matando a sus propia descendencia, ve a una madre que sufriente evita a sus hijos las humillaciones que se desprenden de ser descendientes de la esposa rechazada ante los ojos de toda la ciudad.

Estas consideraciones respecto a la manera de juzgar lo hecho por Medea, no nos muestran con claridad si el juicio que sobre ella se emite es justo o no, ya sea de aceptación o de rechazo, pero sí nos muestra que para poder hablar con justicia sobre la inocencia o culpabilidad de quien ayudara a Jasón a obtener el ansiado vellocino de oro, es necesario pensar si el amor de madre necesariamente exige el olvido de sí, o la búsqueda por la conservación de uno mismo.

 

 

Maigo.