Amor de lejos

I

Escuchó el bip y un golpe de emoción le recorrió el cuerpo. Siempre era agradable escuchar ese sonido, aunque sabía que no siempre era ella -pero cuando era ella se le aceleraba el corazón a pesar de no querer admitirlo.

El bip regularmente iba acompañado con una pequeña vibración, a menos que, por algún mal funcionamiento del aparato, la vibración precediera al bip o, incluso, ocurriera en lugar del bip. Esto se volvía un verdadero juego entre el tacto, el oído y la expectativa. Sólo hacía falta que sintiera la pequeña sacudida del teléfono celular para que la fantasía lo llevara tan lejos como la conversación que estaba teniendo con ella a través de la mensajería virtual.

Brrrr (¿Será ella? ¿Habrá contestado?)

Cada bip era una nueva posibilidad, una pregunta o una respuesta que llenaba su cotidianidad; un diálogo que poco a poco se había tornado personal, íntimo, y que no estaba basado más que en datos superfluos y lugares comunes.  “¿Qué haces?” le había preguntado en un mensaje, “Escucho música y chateo con una amiga”, fue la respuesta de ella.

Y cuando pensaba que la conversación había terminado sonaba de repente aquel bip, trayéndola de regreso, reanudándola: “¿Y tú?”

II

No supo en qué momento se había dejado involucrar tanto en esa “relación” –porque, aceptémoslo, era una relación a final de cuentas. De un tiempo para acá había empezado a recibir mensajes diariamente, generalmente en las noches.

Tal vez era porque se encontraba con unos parientes fuera de la ciudad –lo cual la hacía sentirse un poco enclaustrada y aburrida-, o simplemente porque lo disfrutaba, el hecho era que se dedicaba a responder todos los mensajes que él le mandaba.

Al principio sólo se limitaba a responderlos, pero con los días comenzó incluso a iniciarlos, tomando parte activa en ese pequeño ritual que se había formado entre ambos, de manera virtual, a distancia. “¿Sigues enfermo?”, le había preguntado a mitad del día dado que él todavía no le mandaba nada, “Pues un poco, pero nada que un buen café no ayude a aliviar”, fue la respuesta.

“Si estuvieras en la ciudad te invitaría uno”.

Ella sabía que sí lo haría. Ya lo había hecho. Ya lo habían hecho y no había funcionado. Más por ella que por él. Pero esta vez era diferente.

“Deja que regrese y seré yo quien te lo invite.”

III

La trivialidad se comunicaba en lo cotidiano, pero esa misma trivialidad era la que los unía, poco a poco, entretejiendo un lazo que diluía la distancia, de celular a celular los acercaba ahuyentando la soledad. Con cada mensaje se iba afianzando la confianza que alguna vez se tuvieron, crecía lentamente trocándose intimidad.

Sus conversaciones duraban todo el día -“¿Cómo estás?” “¿Qué has hecho?” “¿Ya fuiste por tu café?” “Voy a comer”- y gran parte de la noche -“Estoy viendo una película” “¿Ya escuchaste esta canción?” “Me preparo para dormir”.  En mensajes cortos de pregunta y respuesta iban abriendo un mundo aparte del de su cotidianidad, un refugio en el que podían estar juntos, pensándose, hablándose… queriéndose.

La conversación lo acompañaba todo, sólo bastaba con que se tomaran un minuto de lo que fuera que estuvieran haciendo para continuar el hilo de la plática –o comenzar otro con una nueva pregunta. Incluso había momentos en los que la actividad diaria pasaba a un segundo plano, telón de fondo que se perdía en la representación de una obra que se convertía en idilio.

La conexión llegó a ser tan profunda que lo primero que hacían al despertar era revisar el celular para ver si no había ya algún mensaje, o en su defecto mandarlo. Muchas veces la conversación alcanzaba tan altas horas de la noche que debía ser interrumpida y retomada a la mañana siguiente. El uno se había convertido en el constante pensar del otro, y viceversa.

IV

“¿Cómo amaneciste?”, había preguntado ella al no encontrar mensaje alguno en su bandeja de entrada. Le encantaba la idea de que lo primero que viera él al despertarse fuera su mensaje, más aún, que éste lo despertara.

Le gustaba, en el fondo siempre le había gustado, desde aquella primera vez que lo viera en la facultad. La primera clase de su primer semestre y ahí estaba, tan alto, tan desarreglado, tan él. Pero esto nunca lo aceptó, ni siquiera a sí misma, y ni siquiera en este momento en el que tan abiertamente lo sentía. “Son sólo mensajes, uno no se enamora por mensajes”.

Además tenía novio y eso la emocionaba. Después de un pequeño período de desamor y ruptura se estaba dando la oportunidad de jugarse el corazón nuevamente. Otra vez podía sentir esas maripositas en el estómago que parecían que lo harían reventar.

Sin embargo con su novio no tenía “esto”, esta confianza, esta intimidad, esta sensación de cercanía y compenetración que no sabía cómo acomodar. “Es sólo un amigo,” se decía a sí misma para intentar catalogar algo que le quebraba su esquema, algo que le saltaba del costal y permanecía indomable, casi rebelde; “un amigo”, al cual le escribía diario pero omitiendo siempre la parte del novio; “un amigo”, y lo único que podía hacer era cerrarse, voltear la cara, poner la etiqueta de “mejor” junto a la de “amigo” y esperar impaciente su respuesta, pues ya se había tardado en contestar.

V

Le seducía la idea de un romance a distancia. De la conquista mediante las palabras, y más que eso, del hecho de sintonizar  la conversación de modo que ambos alcanzaran la misma frecuencia. Sin embargo esto era algo que mantenía en secreto, incluso para sí mismo.

No podía negar el hecho de que le agradaba, quizás más de lo que hubiera querido, pero tampoco podía darse el lujo de dejarse llevar del todo por dos razones. Una, porque acababa de terminar con una relación que lo había desgastado sobremanera y no estaba tan dispuesto a jugarse de nuevo el pellejo. Y la otra, porque no era la primera vez que intentaba romancear con ella. Ya desde aquella fiesta de pascuas en la que por efecto del alcohol y la embriaguez se besaran, había quedado prendado.

Pero al parecer, y esto le costaba trabajo aceptarlo pues siempre había tenido la sensación de que había algo más entre ellos, ella no. Y no se trataba de una sensación oscura, producto de la imaginación y del deseo, sino de una intuición profunda que siempre reaparecía cuando estaban juntos.

“Hay demasiada química entre nosotros”, se decía en secreto.

De ahí que, en parte por terquedad y en parte porque le resultaba inevitable, varias veces había intentado algo con ella. Y aunque él no le era del todo indiferente, todas y cada una de aquellas veces ella terminaba con alguien más. Había esperado ya tantas veces su turno, y su turno no llegaba.

“Pero esta vez es distinto”, se decía, creyendo que lo que estaba ocurriendo con los mensajes era otra cosa, que esta vez no caería y que en realidad le ayudaba a sobrellevar su ruptura amorosa, pues de alguna forma se sentía acompañado con cada mensaje que ella le respondía, con cada palabra que ella le enviaba, con cada seña que se decían, en lo profundo, en lo íntimo, tan cercanos, tan quedos, tan eróticos… y tan lejanos.

“¿Ya te dormiste?”

VI

Los mensajes, el pasado, los sentimientos, las inconfesiones, viajaban de un celular a otro y se arremolinaban envolviendo sus corazones en el íntimo juego de la complicidad.

La distancia los había acercado de tal modo que no necesitaban de sus pretensiones diarias, y a su vez los alejaba de forma que se volvía ella misma una máscara, un comodín que podía cumplir sus deseos sin satisfacerlos del todo. Podían quererse sin decirlo, desearse sin confesarlo, amarse sin sentir culpa. Eran todo y nada en ese lecho virtual que se habían construido para ellos solos, íntimo y egoísta del mundo.

“¿Qué haces?”, preguntó mientras se tendía en su cama dispuesto a aprovechar la tranquilidad de la noche para estar con ella. Pero ella no respondió.

El sueño lo venció paulatinamente y no fue sino hasta la mañana siguiente que recibió la respuesta. Por la hora del mensaje vio que había sido enviado entrada la madrugada. “Lo siento, estaba haciendo mis maletas, mañana regreso por fin a la ciudad”.

Una intensa descarga de emoción le recorrió el cuerpo, pero en ese instante el pánico se apoderó de él. Brrrr, sintió la vibración en su mano mientras el bip le campaneaba dentro de la cabeza. “Ya voy en la carretera, te aviso cuando llegue”, leyó apresuradamente mientras intentaba calmarse un poco para escribir: “Buen viaje, recuerda que tenemos un café pendiente.”

Aunque le seducía sobremanera la idea del café, sabía que no lo vería a él cuando llegara, pues ya tenía compromiso con su novio, quien la recogería en la estación de autobuses y a quien ya le había prometido pasar todo el día juntos. Una ráfaga de maripositas le arrasaba el estómago al tiempo que escribía: “¡Claro!”

Pero sabía que no sería así, que ese café se pospondría una y otra vez, como llevaba ya tanto tiempo pospuesto; que incluso cuando decía que sólo eran amigos no tenía tiempo para él, sólo el tiempo que le había dedicado mientras se encontraba lejos, y eso era algo que no entendía, tanta intimidad, tanta cercanía y que ella siguiera con la terquedad de una mera amistad.

“Porque es terquedad”, se había repetido una y otra vez. No entendía por qué no le quedaba claro que sólo eran amigos, por qué siempre andaba insinuando algo más, presionando. ¿Por qué no podía ser como en los mensajes, tranquilo, liviano, sin buscar siempre algo más?

¿Por qué en la “realidad” no podía darse la oportunidad de intentar algo como lo que tenían a través de mensajes de texto?

VII

La distancia inevitablemente se acortaba y quedarían ambos cubiertos de nuevo por sus máscaras, por sus miedos, por sus inseguridades.

Ella vería a su novio y volvería a sentir aquello que no había sentido nunca con su “amigo”. “No siento maripositas en el estómago”, le había dicho aquella vez después del beso, cerrando así toda posibilidad.

Pero él intuía que no era cierto, que había algo más. Seguía contándose la historia de una conexión existente entre ambos que penetraba en lo profundo de sus corazones, aunque verdaderamente no tuviera prueba alguna más que su experiencia. Y su experiencia se encontraba nublada por el sentimiento que le tenía.

Sea como fuere, una cosa era indudable: en la lejanía, en la distancia, habían podido construir algo, aunque fuera por un breve lapso de tiempo. Algo profundo, real -aunque virtal-, no mediado por sus máscaras ni por sus miedos; algo que les resultaba difícil de catalogar pero que no podían eludir; había estado ahí y por un instante los había unido tan profundamente que habían olvidado al resto del mundo.

Los mensajes poco a poco perdieron su frecuencia. El bip seguía sonando pero ella sabía bien que ya no era él quien escribía. No siempre. No como antes.

Cada quien, en su cotidianidad, seguía mandando y respondiendo otros mensajes de otras conversaciones con otras personas.

Él recibía, esporádicamente, uno que otro mensaje de ella y lo respondía con una sonrisa en el rostro.

“¿Qué has hecho últimamente? Hace tiempo que no sé nada de ti”, le había escrito. “Pues no mucho, el trabajo y esas cosas, ya sabes,” respondió. “Sí, es una verdadera monserga, ¿a qué te dedicas ahora?”, escribió ella para no dejar morir la conversación.

Pero pasó un buen rato sin que el teléfono vibrara.

De pronto un bip lo sacó de sus cavilaciones. “¿Quieres ir por un café?”, decía el mensaje.

“¿Por qué no? Te veo en media hora”, fue la respuesta.

Gazmogno

Pequeña y Exagerada Retahíla contra ‘Facebook’

Por A. Cortés:

Imaginemos tres personas que maquinan un juego: usarán tres pequeños cuartos vacíos, cada uno se sentará en el suelo del suyo y luego escribirá un fragmento de conversación rayando en una de sus paredes. Cuando los tres hayan terminado de escribir, cambiarán de cuarto rotando hacia la derecha, yéndose el último de ellos al primer cuarto y, luego, leerán los mensajes de sus compañeros y los contestarán con breves frases debajo. El procedimiento se repetirá y el juego se seguirá por lo menos dos horas diarias. ¿Divertido?

Bueno, ahora imaginemos que estas tres personas se cansan. Para hacer más entretenida su actividad (a la que llaman imaginativamente ¾), llevan a cada habitación un juego de mesa diferente. Además de escribir se ocupan de mover una pieza por ocasión y, cada cual a solas, juega lentamente 3 divertidos Turistas (o lo que sea) y se imagina a los otros tres jugando con él. Pero es claro que seguirá la insatisfacción porque no hay mucho que hacer aún, así que terminan llevando bolsas muy grandes llenas de payasadas y montones de cosas más para cambiar, mover, señalar, comentar, colorear y menear. Los cuartos ya están atiborrados de estas variadas herramientas y coloridos enseres.

Ahora podemos con facilidad imaginar a uno de ellos llegando en la mañana a donde están los tres cuartos para comenzar el ya habitual ejercicio. Ve a los otros y sin saludar se apresura a entrar para rayar en el muro un “Hola, amigos”. Toma la foto que el segundo dejó en el suelo y le escribe “jajaja” debajo. Mueve las bolsas buscando algo nuevo y ve un zapato que dejó el tercero, se quita el suyo y hace de ellos un par. Lo mete en la bolsa. Deja un video, saca una papa de la bolsa de papas que ya están poniéndose chiclosas, se fuma un cigarro, y le da su soplo respectivo al viejo balón desinflado que lleva ya tres semanas siendo devuelto a su redonda forma. En cuanto salen los tres, todos muy ilusionados de pensar en lo que dirán los otros cuando vean cómo dejaron la habitación, sólo se dicen “ahorita ves”, y se van con aire triunfante.

Pintado así, éste es un juego que sólo tomaría en serio un loco. Bueno, pues eso es facebook.

Sus amantes me dirán que soy un exagerado, y ya quiero que lo hagan. La verdad es que no creo que haya mucho que exagerar; de por sí el facebook ya es muy exagerado. Y es que es cierto que sirve para “encontrarse” con viejos conocidos –para eso sirven también y mejor los cafés- o, bueno, para contactarlos –para eso no se necesita conectarse diario-; pero la verdad es que tratar de encontrarle mucha utilidad y tratar de pintarlo como necesario no puede hacerse con éxito, porque es un juguetote y sirve para jugar.

El peor problema no es ése, porque nada de malo tiene jugar. El problema es lo propenso que es para que se olvide su carácter de juguete. Se le llama “red social”, y ya la sociedad es una red. Entonces, ¿qué clase de relación social se lleva allí? No es lo mismo ver a alguien que ver su foto, y los muy metidos en el asunto lo pasan por alto creyendo que por escribir un mensaje que el otro leerá ya están platicando. Tampoco es falso que se pueda tener una buena conversación epistolar, pero esto es diferente porque olvida (o ayuda a olvidar, más bien) que se puede platicar cara a cara. No estoy diciendo por eso que sea malo tener una cuenta de facebook, lo malo es lo fácil y subrepticiamente que se convierte en vicio.

Ése es el problema de este juguete: sirve para jugar a que uno se relaciona con otros. Sirve para jugar a platicar, y como todo lo dicho es público, se vuelve difícil que se platique en serio (de hecho se ve mal a quien se pone a hablar muy en serio en facebook, y con razón). Al rato ya se nos olvidó que era “de a mentiras” y ya no nos ocupamos ni de encontrarnos con otros ni de tratar con ellos cuestiones importantes, porque en nuestro nuevo mundo virtual nadie habla de cosas serias. Y cuando los más enviciados ven a otras personas frente a frente, hablan de “lo que pasó” en facebook. ¿No es ésta una inversión horrorosa?

Saber distinguir entre una cara y una foto es algo que cualquier humano sano debe poder hacer. Si se nos olvida cómo, ¿qué diremos que nos está pasando?