Deudas de juego

José despertó con el sabor de una moneda en el paladar y sin cuatro de sus ocho incisivos. Alarmado, se miró en el espejo, buscó debajo de la almohada y en el lavabo sin éxito alguno. No recordó haber tenido una riña o un accidente el día anterior, ¡mucho menos una cita con el dentista! Desesperado, recorrió la casa de cabo a rabo hasta que por fin encontró igual de alegres y divertidos que las noches anteriores, a esos hombrecillos bidimensionales (sí, los mismos que le extirparon las uñas de los pies, los vellos de la ceja derecha, y los lóbulos de los oídos) apostándolos en un singular juego de dados. Se miraron un segundo como dos desconocidos, y el silencio reinó en la casa. Encogiéndose de hombros pegó un suspiro profundo mientras se tranquilizaba, una vez resuelto el misterio, recordó sus andanzas, sus pérdidas y sus ganancias de toda la semana. José sonrió y no quiso perder más el tiempo, dio la media vuelta y con toda la calma del mundo se vistió para salir al trabajo.

Anosmia

Voy a hacer como que te creo, imaginaré por un momento que esta pistola no es tuya y que realmente no disparaste en contra de ese vagabundo al cuál dices no haber visto jamás. ¿Y luego qué? ¿Se supone que debo también creer que fue tu sombra la que al sentirse ofendida por el hedor del difunto, lo asesinó con tres tiros de su propia arma? ¡Tonterías! Ahora, si lo que quieres es salir bien librado de este atolladero, tendrás que comenzar por contarme toda la verdad y dejar de respirar tan cerca de mi oído. No creas que no soy capaz de detener esta patrulla un par de minutos para enseñarte a no incomodar a un oficial armado.

Piedad

Yo debí haberme muerto hace ya mucho tiempo, padre. Yo creo que desde aquella tierna edad en que un mal aire vino a inflamarme los bronquios. Dios quería que partiera a su lado desde entonces, tal vez porque yo todavía no había aprendido a maldecir. ¡Ay, yo no sé quién habrá sido el desgraciado que me llevó a airar al Señor! ¡Cuántas penas me hubiera yo ahorrado de haber mis padres cumplido Su Voluntad! De haberme muerto de chiquito, me hubieran enterrado con mis dos pies y mi carne no tendría las marcas de las bubas que un día, sin más, me salieron en todo el cuerpo. ¡Ay, padre, me atormenta saber que toda mi vida, Él me ha querido matar!

En caso de Emergencia

Siga rezando, total, ya no queda nada que perder. La televisión anunció que la guerra terminará en menos de dos minutos, por supuesto, en favor del enemigo. Rece con todas sus fuerzas, grite si es necesario; si tiene suerte, Dios no quedará sordo después de la explosión nuclear que caerá sobre su ciudad y se apiadará, conmovido por sus plegarias, de su alma.

Callejón sin salida

Al verse acorralada, ella intentó ocultarle su deseo; pero terminó delatándola la humedad de sus labios.

Hiro postal