Defectuoso

Recuerdo cuando el Papa Juan Pablo segundo vino a nuestro país olvidado por Dios (y por el actual Papa). La gente llenó las calles, y como todavía no se inventaba la mamada de los espejitos, hasta me creí que era un acto solemne del representante de Dios sobre la tierra. Yo recuerdo que más de uno de mis vecinos fue a recibirlo en su tránsito por las calles de la capital. Todo era fiesta y gozo, hasta casi casi nos sentimos, por un momento, el pueblo elegido.

Algo que, como el niño que yo fui en aquél entonces, llamó demasiado mi atención, fue el nombre de sus artefactos sagrados. El papamóvil es el que más recuerdo, y no por los chistes que trajimos de que salía de la Papacueva o de que iba a lanzar sus papaboomerangs para convertir gente. No, si bien el auto era bonito y permitía a su Santidad ir saludando a la chusma emocionada por su visita, como si viajara en un bicitaxi carísimo. Lo que me llamó no fue lo estético y funcional del diseño de ese vehículo. Sino la película antibalas con la que tenía cubierta su cajita de cristal en la que viajaba. Lo recuerdo y me sorprendió en su momento porque jamás imaginé que el Santo Padre, tuviera tan poca fé como para tener que blindar sus vehículos.

Variación sobre el milagro

 

Variación sobre el milagro

 

a 60 años del nacimiento de Tedi López Mills

 

And there’s no time when I’m alone

 

¿Quién es el yo que lee el poema? ¿Quién es el yo que mira al mundo? ¿Quién es el yo que puede seguir el oráculo délfico? La experiencia de uno mismo, el saber de sí, tan de sabido, suele olvidársenos. Yo está por descontado. Y sin embargo, yo no se olvida: es misterio sin ser extraño; es extraño que a veces no sea misterio. Sí, hay quien se extraña de sí mismo, quien deja de ser misterio y se conoce tan plenamente que ya nada puede saber de sí: ahí lo vemos arrastrando sus días, parapetado en sus deberes, escudado en su dignidad y jactancioso de su libertad. Hay, en cambio, quien no puede extrañarse de sí, permanente misterio que nunca termina de sondear los límites de su alma, cartógrafo incansable de los litorales del deseo: todo se le va en pensar, en pensarse, en pensarnos… ¿Cómo vive? ¿Cuál es su experiencia? ¿Cómo hablar de un tal yo? Todo esto me viene a la mente al leer el poema “Milagroso movimiento” de Tedi López Mills [Ciudad de México, 1959].

Viene del horizonte este sueño

Y los pájaros de la brisa

Traen el cielo mojado en sus alas.

 

¿Quién te enseñará a vivir?

 

Memoria y deseo aquí también se mezclan:

Fulgores en los quebrantos del agua;

No el recuerdo, su brillo imperfecto.

Mar de voces y cuerpos,

Suave manto de ruido se hunde

Bajo la espuma que lo criba.

 

Festejo el milagroso movimiento:

Blandos confines picados de aletas,

El tenue oleaje que abandona sus orlas en la arena,

Otro tiempo que se iza ensortijado y se estrena despacio.

 

Otros sueños que hechizan las corrientes

Huyen de la orilla que los nombra.

 

Nótese el lugar privilegiado del cuarto verso. Véase que ese verso solitario, esa tenaz pregunta, incendia al poema todo: un sol que ilumina el horizonte del poema. “¿Quién te enseñará a vivir?” es la pregunta maravillada de quien contempla el milagro. ¿Qué milagro? ¿Qué se mueve en el poema?

“Milagroso movimiento” es un poema de la segunda parte de Cinco estaciones [Ediciones Toledo, 1989], poemario con el que Tedi López Mills se dio a conocer en las letras mexicanas hace treinta años. Como en su tiempo observó Adolfo Castañón [Vuelta 169], el título alude al calendario espiritual de Ángelo Silesio: del invierno del pecado al otoño de la plenitud y la muerte inaugurando la quinta estación. El “solitario paisaje del alma” (Christopher Domínguez Michael dixit) que es “Milagroso movimiento” pertenece a la primavera: nacimiento del deseo, maravilla del mundo, despertar de la conciencia. “¿Quién te enseñará a vivir?” es la maravillada pregunta de quien ve claramente el mundo quizá por primera vez. “¿Quién te enseñará a vivir?” pregunta el yo que se descubre misterio. El extraño de sí mismo, en cambio, cree no necesitar a nadie que le enseñe. ¿Cómo llegamos a la pregunta maravillada?

La primera estrofa parece la antesala de la pregunta. Sin embargo, la apariencia es ambigua. Quien habla en el poema ve llegar al sueño, tanto como podría ver la llegada de los pájaros. ¿Sueño y pájaros llegan desde el horizonte? Siendo así, la llegada no podría ser la misma. Vemos a los pájaros llegar en el tiempo, sólo podemos ver la llegada del sueño en el espacio. El horizonte se disocia. Los pájaros, dice quien habla en el poema, traen el cielo mojado en sus alas. ¿Vemos caer la lluvia? O más bien, la temporalidad expuesta por la llegada de los pájaros refresca como la brisa. ¿Cómo no ver en el vuelo de un pájaro la suspensión del tiempo? ¿Cómo no sentir la frescura del mundo cuando el tiempo se suspende en el vuelo? Mas el sueño también podría traer el cielo mojado en sus alas, pues quien despierta del sueño, lo mismo que quien sabe disfrutar de él, redescubre al mundo. ¿En qué difiere la brisa del día de la brisa del sueño? El cielo mojado diluye la diferencia entre el hombre y el mundo; a veces el llanto anticipa el milagro del encuentro.

¿Cómo llegamos al llanto? Tras la pregunta maravillada, la poeta nos da la clave: “memoria y deseo aquí también se mezclan”. Es decir, el poema perteneciente a la segunda estación, el poema de primavera, también se vive en abril. ¿Por qué en abril? Porque “Abril, el más cruel entre los meses, injerta lilas en la tierra inerte, cruza memorias con anhelos, remueve raíces perezosas con lluvias vernales.”, ha dicho Eliot en La tierra baldía. Si hay milagro es porque la muerte hace posible la vida, porque el florecimiento también es posible cuando Dios muere. ¿No es ya un milagro maravilloso?

Va más allá. ¿Cómo se cruzan las memorias y los anhelos? ¿Dónde se mezclan el deseo y la memoria? “Fulgores en los quebrantos del agua” es la imagen de la aparición de las ideas en la propia mente. No hay idea sin memoria, no hay idea sin deseo. Pensar es la reunión de la memoria y el deseo. Pensar es el dón de las hijas de la Memoria a quien cunde en Deseo (cfr. Timeo 51b y Fedro 275a-e). Por la idea se encuentran las materias del sueño y del mundo El maravillado no sólo recuerda las ideas, sino que ve a las ideas desde un brillo imperfecto. Quien deja de pensar, quien se abandona, quien deja de ser misterio, confunde el brillo con cualquier lustro, pierde el sueño, se pierde en el mundo, deja a su sola luz la iluminación sola de su vida: camina solo sin ver nada más allá de sí mismo.

¿Qué es, en cambio, lo otro para el maravillado? Lo otro, “mar de voces y cuerpos”, llega a la ribera de las almas, aparece como Venus en las orillas de los ojos: la luz que brilla tras el llanto de amor. El maravillado ha de cribar los ruidos para reconocer las voces, ha de mirar con cuidado en la espuma para distinguir el agua, ha de observar la precipitación de la arena arremolinada. La espuma es idéntica para quien no se maravilla: todo deseo es el mismo, nada es mejor ni peor. Para quien ya no se maravilla, el remolino de arena es sólo una apariencia; conocedor del tiempo, el hombre ya no puede sorprenderse. Quien no reconoce las voces, no distingue entre el campo oloroso en el jazmín y la ceniza pálida. Quien ha dejado pasar el milagro nunca podrá ver la muerte eterna; ya no vive.

Quien ve el milagro, continúa el poema, está de fiesta. El mundo aparece como la superficie del mar, palpitante de vida; la vida aparece como la fuerza del mar: infinita, infatigable, frágil, tenue, fresca. “Otro tiempo que se iza ensortijado y se estrena despacio”, una nueva oportunidad para seguir sabiéndose. Se vive para izarse a la vida. Se vive para estrenar la vida. La maravilla de saberse vivo es la de saberse misterio todavía.

¿Tanto para eso? Tanto elogiar la maravilla para sólo saberse misterio. Tanto elogiar el misterio para seguir soñando. Tanto para… Precisamente, “otros sueños que hechizan las corrientes huyen de la orilla que los nombra”. Nosotros, tan finitos, tan tenuemente presentes, tan permutables, apenas vamos mirando cada sueño. El resto de los sueños se nos van. Un sueño a la vez. A diferencia de quien deja pasar los milagros, el maravillado quisiera apresarlos todos. ¿Cómo es que alguien podría abandonar un milagro? A veces los sueños nos huyen. Pero a quien abandona el milagro no le huye el sueño, sino que se le escapan los nombres: huye de sí mismo por despreciar a la palabra, huye de sí por temer a la verdad. ¿Arroparse en la tragedia para evitar la dicha? Quizás alguien lo quiera. Y queriéndolo, ¿podría ser yo todavía? Sólo se puede enseñar a vivir cuando yo sigue siendo un misterio. ¿Quién soy yo?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. «Antes no se podía tocar ni al presidente ni a la prensa, eso ya se acabó», dijo el Señor Presidente mientras amenazaba a la prensa. 2. Las arbitrarias revisiones de los militares de la Guardia Nacional a civiles en el metro de la Ciudad de México no son inconstitucionales porque no son todos los días, dijo Rosa Isela Rodríguez, secretaria de Gobierno de la CDMX. 3. Es peligrosa la nueva Ley de Extinción de Dominio. Sergio Sarmiento apunta: «No hay mayor garantía contra la tiranía como la propiedad». Y Jaime Sánchez Susarrey advierte de la delación normalizada que la nueva ley implica. 4. Interesantísima discusión en la patria: ¿qué corresponde garantizar a las leyes: la libertad sexual o la fidelidad? ¿Bajo qué criterio jerarquizarlas? Importante resolución de la Corte. 5. La secularización no necesariamente barbariza, pero sí contribuye a la incultura. 6. En China se ha producido un ser en gestación parte mono y parte humano.

Coletilla. Bellísimo el último concierto de Joan Baez. Eligió Madrid para despedirse de los escenarios. Tres grandes momentos del concierto. Primero, cantando «Joe Hill», canción que un colectivo liberal adoptó en su lucha contra el franquismo. Segundo, el recuerdo de Rosalía de Castro con «Adiós ríos, adiós fontes». Y, por último, «No nos moverán», que ante los totalitarismos y las discordias bien haríamos en recordar. Bello final.

Libertad

El libre albedrío encierra la condena y la salvación del hombre, por eso un real milagro consiste en que el pecador se persuada de su necesidad de ser salvado.

 

Maigo

La resurrección como verdad

La resurrección como verdad

No sé si sea un equívoco. La medicina y todo conocimiento de lo natural nos obligan a dudar de que la cura de los leprosos y de los ciegos sea algo que pueda creerse sin caer en la ingenuidad. La reacción de la mayoría ante la palabra milagro, ante la lectura de un hecho milagroso es la perplejidad. De ahí que se considere como un salto a los poderes de lo natural. Una muestra de que la prueba de la religión no proviene de este mundo. Como la resurrección, el lector que quiere ser prudente se orilla a interpretar la palabra con un tono alegórico de lo que significa la misericordia. Como la resurrección, no las creemos más que como dogmatismo en torno al valor de la creencia o como expresión de lo hermético. Casi nunca se piensa que, por más hermético que pueda llegar a parecernos el caso del milagro, en verdad tenga que ser creído, como la resurrección, pues, como señala San Pablo, no existe el cristianismo sin la verdad de la resurrección.

Si se basa en la resurrección, el milagro como prueba es algo que prueba sus limitaciones para todo lector escéptico: el drama de Tomás. Los ojos no dan crédito a lo nunca antes visto. El escepticismo se perpetúa si creemos que eso es algo que todos hemos de ver alguna vez. No hay regreso de la muerte: la materia es corruptible. Ahí entra el dogmatismo en una pugna intelectual y de voluntades: las ideas modernas en torno a la inmortalidad del alma se contagian de orientalismo, maniqueísmo y nihilismo. Ninguna de esas sirve para abordar la fe, por lo que ninguna de ellas sirve para hablar sensatamente de la resurrección: en el fondo se considera como una convicción personal. Eso no es religión. Renuncia a la razón a la que apela el apóstol cuando intercede por la resurrección como pilar para la existencia y verdad del cristianismo. Se trata, en el mejor de los casos, de la fe de la que hablaba Tolstói al confesársele a su lector, partícipe de la queja en medio del silencio.

Como alegoría producto del hermetismo evangélico es sólo una hipótesis de un prejuicio hermenéutico. No es problema del hermetismo, sino del lector que sitúa al cristianismo como un problema que, en su mayor parte, es hermenéutico, cuando la hermenéutica necesaria para el Evangelio no separa de manera moderna los actos del lógos como verbo, vistos en la encarnación y en la Trinidad. La labor de una exégesis es aclarar pedagógicamente el sentido que al descuido escapa, sin trivializar la educación, y eso no es posible confiando únicamente en la hermenéutica moderna. San Pablo se hizo todo para todos.

La importancia tan crucial de la resurrección no está en el poder terreno de Cristo. Si así fuera, el amor sería una contradicción para el dogma. La resurrección es crucial porque la cruz y el sacrificio lo son. El cristianismo no puede ser eutanasia para la felicidad. Por eso lo crucial en el cristianismo no es creer y callar. Lo crucial no es que la resurrección se convierta en última prueba de una verdad que en vida fue un fracaso. Así lo milagroso es, otra vez, recurso último de la desesperación ante la necesidad de la mentira. Pero el apóstol también enseñó que, para los que no creen, es el evangelio una necedad completa, como también lo ha de ser la resurrección.

Tacitus

Alegría

El milagro más grande despúes de la vida es la alegría que trae consigo el evangelio, de modo que las espinas dejan de importar cuando llega hasta el hombre el perfume de las rosas.

Maigo.

¡Milagro!

¡Milagro!

Por lo general se entiende como milagroso aquello que contradice a las leyes naturales, como caminar sobre el agua o multiplicar panes. Pero milagro no es ir contra natura, sino todo lo contrario: es encausar el corazón del hombre hacia lo que le es propiamente natural, es decir, a su reconocimiento como creatura amada por aquel que le dio el ser.

San Pedro y San Pablo bien pueden dar testimonio del milagro que se obra en el corazón cuando éste es guiado hacia Dios: uno, el primero, aprendió a perdonar setenta veces siete y a ser perdonado tras negar al masetro que en algún momento reconoció como mesías. El segundo, por su parte, aprendió a perseguir a Dios en vez de a los hombres; y comprendió que la perfección de la ley está en el amor infinito de Cristo y no en la severidad de las normas grabadas en la roca.

San Pedro y San Pablo forman una comunidad fundada en el amor a Cristo, en el perdón que ese amor trae consigo y en el milagro que es llevar al corazón del hombre hacia lo que por naturaleza le es propio, es decir, a la satisfacción que supone no volver a sentir hambre y no volver a tener sed.

 

Maigo.

Negación

Vivimos negando a la naturaleza, los seres vivos nos enseñan que de lo semejante nace lo semejante, de modo que de una leona sólo podemos esperar que nazca algo similar. Pero nos empeñamos en negar que las leonas sean leonas, y pretendemos que éstas paran gatitos indefensos. Buscamos que la violencia traiga consigo la paz que necesita el mundo y pretendemos que la industria y el progreso nos den la cura para la enfermedad que han causado. Vivimos negando a la naturaleza, pero al mismo tiempo vivimos negando los milagros en espera de una salvación a la que de entrada cerramos la puerta.

 

 Maigo.