Navidad

Sin tener en dónde reposar su cabeza, a sabiendas de que ésta descansará por última vez en sus brazos extendidos, consciente de que estos deberán abrirse en medio de dolores infinitos si es que quiere recuperar a sus ovejas perdidas; ha llegado el buen pastor a este mundo. El pastor que siendo dueño de todo abre sus ojos por primera vez en medio de la nada, el Dios vivo que deberá morir para dar vida a los corazones abrazados por el desierto, el cual por vez primera deja de crecer.

Maigo.

Miércoles de ceniza.

Después de un examen de conciencia:

renuncié a la idea de que el milagro anhelado por los hombres consiste en maravillas nunca vistas,

porque me he dado cuenta de que milagro es que entre las cenizas de una hoguera extinta renazca la llama de la fe.

Maigo.

Epifanía.

Epifanía.

Y ellos, después de haber sido guiados por una estrella durante nueve meses, llegaron a su destino en el punto y hora en que la Virgen acababa de ser madre.

Evangelio Armenio de la Infancia de la infancia 5, 10.

Dios quiera ablandar el corazón de los hombres, así como en algún momento quiso endurecer el de faraón, a fin de que la presencia de su hijo se muestre más allá de la hondura de un zapato colocado bajo un árbol destinado a perecer.

 

Maigo.

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El reconocimiento de un milagro.

El reconocimiento de un milagro necesita de la capacidad de quien lo ve para maravillarse; sin esta facultad lo milagroso simplemente pasa desapercibido o es visto como algo que todavía no ha sido iluminado por la luz de la razón, esa luz que nos dice que lo complejo siempre puede descomponerse en los elementos más simples y que juntando lo simple es posible formar lo complejo sin que haya límites reales para ese juego de descomposiciones y composiciones.

Pero esto no significa que para reconocer un milagro como tal sea necesario abandonar la capacidad para pensar que distingue al hombre de los brutos, y hay que aclarar esto para evitar esas ideas malsanas que dicen que la facultad para maravillarse y la posibilidad de razonar respecto a lo que nos maravilla están peleadas, pues habría que ser muy bruto para no ver que la maravilla también depende del pensamiento.

Por lo general, cuando se habla de un milagro se señala a un suceso que sale del orden cotidiano de la naturaleza, como el nacimiento de un niño que es fruto del vientre de una virgen. Para ver este milagro como milagro, y no como embuste, es necesario primero reconocer que hay un orden en la naturaleza y que ese orden sólo puede ser modificado por una instancia divina, por ende superior al hombre y a la misma naturaleza, es decir, es necesario que se hagan presentes la razón que reconoce ordenes, la maravilla que ve lo que sale de ese orden y la fe que es la que logra explicar satisfactoriamente para el creyente la presencia del orden establecido.

Pero cuando ya no hay fe parece absurdo hablar de milagros, pues ya no se reconoce la presencia de nada que sea superior a la razón misma y a la posibilidad de juntar y separar elementos infinitamente para establecer ordenes, esa parece ser la condición de nuestro tiempo, cuando ya ni siquiera se puede tener fe en la razón toda vez que ésta ha mostrado sus grandes limitantes.

Por fortuna para nosotros, seres sin fe en lo divino ni fe en la razón, aún nos queda la posibilidad de maravillarnos: mermada y débil, pero parece que ahí está y que despierta cada vez que nos asomamos por la ventana y, vemos que a pesar de nuestra insistente negativa por reconocer un orden en el mundo y por ver que hay seres vivos con alma-capaces de moverse por sí mismos y cuyo movimiento tiene una finalidad en ellos mismos- siempre nos encontramos más o menos con lo mismo, un sol que aparece todos los días y alguno que otro ser que con sus movimientos nos recuerda que nosotros mismos somos un milagro.

Maigo.