El reconocimiento de un milagro.

El reconocimiento de un milagro necesita de la capacidad de quien lo ve para maravillarse; sin esta facultad lo milagroso simplemente pasa desapercibido o es visto como algo que todavía no ha sido iluminado por la luz de la razón, esa luz que nos dice que lo complejo siempre puede descomponerse en los elementos más simples y que juntando lo simple es posible formar lo complejo sin que haya límites reales para ese juego de descomposiciones y composiciones.

Pero esto no significa que para reconocer un milagro como tal sea necesario abandonar la capacidad para pensar que distingue al hombre de los brutos, y hay que aclarar esto para evitar esas ideas malsanas que dicen que la facultad para maravillarse y la posibilidad de razonar respecto a lo que nos maravilla están peleadas, pues habría que ser muy bruto para no ver que la maravilla también depende del pensamiento.

Por lo general, cuando se habla de un milagro se señala a un suceso que sale del orden cotidiano de la naturaleza, como el nacimiento de un niño que es fruto del vientre de una virgen. Para ver este milagro como milagro, y no como embuste, es necesario primero reconocer que hay un orden en la naturaleza y que ese orden sólo puede ser modificado por una instancia divina, por ende superior al hombre y a la misma naturaleza, es decir, es necesario que se hagan presentes la razón que reconoce ordenes, la maravilla que ve lo que sale de ese orden y la fe que es la que logra explicar satisfactoriamente para el creyente la presencia del orden establecido.

Pero cuando ya no hay fe parece absurdo hablar de milagros, pues ya no se reconoce la presencia de nada que sea superior a la razón misma y a la posibilidad de juntar y separar elementos infinitamente para establecer ordenes, esa parece ser la condición de nuestro tiempo, cuando ya ni siquiera se puede tener fe en la razón toda vez que ésta ha mostrado sus grandes limitantes.

Por fortuna para nosotros, seres sin fe en lo divino ni fe en la razón, aún nos queda la posibilidad de maravillarnos: mermada y débil, pero parece que ahí está y que despierta cada vez que nos asomamos por la ventana y, vemos que a pesar de nuestra insistente negativa por reconocer un orden en el mundo y por ver que hay seres vivos con alma-capaces de moverse por sí mismos y cuyo movimiento tiene una finalidad en ellos mismos- siempre nos encontramos más o menos con lo mismo, un sol que aparece todos los días y alguno que otro ser que con sus movimientos nos recuerda que nosotros mismos somos un milagro.

Maigo.

 

Luz y sonido en la Basílica.

Calificamos de obscura a la edad en que todo lo iluminó la fe, sin percatamos de que nuestras luces dependen de un limitado artificio. Anoche muchos mexicanos acudieron al cerro del Tepeyac a entonar uno de los himnos más conocidos por todos, las mañanitas que cantaba el rey David, seguido del no tan conocido pero sí parodiado himno guadalupano; otros tantos se desvelaron para ver ese suceso desde la comodidad de sus sillones y sin sentir las inclemencias del frío y el cansancio que supone la caminata en una peregrinación.

Si los que fueron al cerro o los que se quedaron en casa televisando a los que fueron al cerro tienen fe o no, es algo que no sé. Lo que sí sé es que a alguna persona se le ocurrió que no bastaba con la presencia del ícono entorno al cual se cantaba, pues tal parece que ya es una imagen emblemática pero vieja y poco adecuada a la luminosidad de nuestros tiempos. Ante la falta de espectacularidad que supone la presencia de un milagro viejo, y nada espectacular, se volvió parte del festejo la proyección de luces y la emisión de sonidos estridentes que representaran a lo que ya representaba el no tan visible y pequeño ícono que se encuentra en el fondo del que puede ser considerado por los amantes de las cosas monstruosas y espectaculares como un pequeño e insignificante templo.

La presencia de algo que ilumine al milagro muestra sin duda que El milagro ha dejado de ser lo que es, pues ya no maravilla por sí mismo como para que ocurra el verdadero hecho milagroso, el cual no consiste en la aparición de una imagen, sino en el nacimiento de una fe que es independiente de iluminación alguna, tal como se supone que es la fe en la guadalupana.

 

Maigo.