La Roma (vida) por Cuarón

¿Por qué se ponen de moda las cosas que están de moda? Quizá se deba a que atraigan a muchos. Lo atractivo sacude alguna parte del alma humana; los cantantes más famosos poseen mejores fisonomías que canciones. Eso provoca que se hable de ellos, no importando si es en sentido peyorativo o positivo, pues no es fácil ignorarlos. No sólo se habla de bellas figuras, se habla principalmente de lo que hacen. Si se quedan quietos o no dan de qué hablar, poco probable es que se mantengan en la moda. De entre los varios temas que han eclipsado la moda y se han adueñado de las conversaciones, pocos, de entre los asuntos que no están relacionados con crímenes, se han nutrido tanto al paso de las semanas como los relativos a la película Roma, de Alfonso Cuarón.

Roma, la película, apuesta más a la forma que al contenido; es decir, tiene una estructura llamativa, pero un tema endeble; incluso decir que tiene un tema es incorrecto, pues habla de muchas cosas, evoca muchos recuerdos. La maternidad, la vida, la muerte, el abandono, la corrupción, todo se ve en el filme sin que esté relacionado; apenas si está conectado. Hasta pareciera que son recuerdos, pedazos de vida que se van armando y viendo a partir de un presente apenas preciso (tal vez por eso a varios les gusta y disgusta, por eso está de moda hablar de la película). ¿Son los recuerdos de una persona los que se van presentando en la pantalla con la uniformidad del blanco y negro?, ¿son recuerdos de varias personas que vivieron juntas o tuvieron la suerte de coincidir?, ¿hay un personaje principal en toda la película? No podríamos hablar de personajes sin una historia en la que ellos participaran o que ellos formaran. Pero tal vez eso sea lo que busque Cuarón, cuestionar que los personajes deban estar inmersos en una historia puesta con claridad, pues muchos detalles de la vida se nos escapan y apenas si somos conscientes de la muerte y la vida cuando nos apuntan con un arma. El cineasta mexicano quizá intente mostrar, hasta con la poca uniformidad de las tomas (a veces parece que la cámara está muy arriba, a veces que está muy abajo), que vivimos viendo fragmentos de la vida de quienes nos rodean.

¿Se puede contar una historia sin que tenga un tema claro, visible y comprensible? Al parecer Roma, la última película Alfonso Cuarón, apela a que puede contarse con imágenes y escenas. Quizá no es que esas imágenes carezcan de comprensibilidad, sólo que dicen de un modo diferente al de las palabras. Cleo, en la película, va a buscar al responsable de embarazarla y de fondo se escucha la presentación del gobernador del Estado de México durante los primeros años de los setenta, Carlos Hank González, quien, como todos los gobernadores de esos años, era del PRI. Al encontrar a quien la embarazo, esta persona está entrenando junto con un grupo nutrido, de al menos 200 personas. En la siguiente escena en la que se encuentran, ella está comprando una cuna para su bebé y él, a quien en la película se llama Fermín, está agrediendo y matando, junto con otros hombres, a estudiantes el 10 de junio de 1971. Las imágenes muestran el papel que el PRI jugó en esa matanza, que entrenó a cientos de jóvenes, con disciplina y cuidado, pero sin la responsabilidad directa que da el ejército, para contrarrestar las manifestaciones estudiantiles. Las imágenes tienen el mayor peso en Roma; los personajes apenas si hablan. Quizá su autor pensó que la vida se presenta a partir de esas imágenes que vemos, que nos llenan de recuerdos y van formando nuestras vidas.

Yaddir

Cuento desde la ventana

 

Cerró Ignacio la puerta del estudio. Esperó a que la voz de su esposa dejara de oírse desde el otro lado y luego se sentó a acomodar los papeles del trabajo. Ésa fue la primera vez que vio a Pablo y Lourdes. Ignacio estaba a un par de años de retirarse de una longeva carrera de médico pediatra. Su estudio era un cuartito con un librero de piso a techo que habían ensamblado ahí mismo los carpinteros, un escritorio con película protectora de vidrio y alfombra verde. Tenía un olor a madera y encierro que se fortalecía año con año. Estaba separado del resto de la casa por un pasillo en el segundo piso y su ventana observaba un callejón empedrado, demasiado angosto para que cupieran los carros, demasiado empinado para ser recorrido con frecuencia y demasiado viejo para haberse llamado de un solo modo. «Callejón de Bulevar de Manzanares» podía leerse en el letrero de la esquina; pero ese nombre era un desatino. Cualquiera de sus nombres anteriores fue mejor. En el librero del estudio unas seis novelas acompañaban los abundantes textos de medicina, desde libros especializados hasta artículos de conferencias. Eran artículos como éstos los que ese día acomodaba y revisaba Ignacio.

Reposó los anteojos de vista cansada sobre el escritorio cuando vio de reojo al par en el callejón. Ahí estaban: una joven de ojos acogedores y un alto muchacho sonriente. No se alcanzaban a oír sus palabras desde lo alto. Él cargaba una maleta negra, probablemente con un instrumento musical. Ignacio se imaginó un saxofón, estrenado por primera vez hace muchos años y probablemente puesto a prueba frente a una audiencia benévola un par de veces, que estaba protegido por esa maleta nueva. ¿Qué dirían? Se los figuró descubriéndose los pensamientos encantados. Duró poco el momento. Regresó a su labor después de la distracción.

La segunda vez que los vio fue una semana después. Reían y jugaban, se empujaban y jalaban suavemente, por momentos se quedaban callados. Era miércoles. Él había recargado la maleta con cuidado sobre el muro de la casa frente a la que se encontraban, cerca del ufano pirul que había llegado a habitar el lugar muchos años antes de que Ignacio y su esposa se mudaran. Abajo, a unas dos cuadras del callejón había una escuela de música, la Academia C. P. Emanuel Bach. Junto a la entrada tenía un letrero que decía «Estudios musicales sin reconocimiento oficial», cosa que siempre despertó la curiosidad de Ignacio: ¿era un requisito avisarlo o habría sido algún signo de modestia?, ¿o tal vez un desafío a la autoridad? Nunca supo la respuesta, pero ahora recordaba que la primera vez que vio a los chicos por la ventana también era miércoles. Probablemente el muchacho tomaba ahí una clase semanal de saxofón y aprovechaba la cercanía para venir a visitar a la joven. Ignacio se imaginaba que hablaban de sus escuelas, sus familias, sus miedos… Ahora se habían sentado. Él mostraba a ella algo en su celular, algo muy chistoso. Ignacio hubiera querido atestiguar más tiempo, pero el trabajo lo reclamaba y se distrajo de la ventana por fin.

Pasaron las semanas y, a exceptuar una vez en que lo visitaron sus hijos y otra en que fue junto con su esposa a una cena, cada miércoles Ignacio se alentaba con la compañía de Pablo y Lourdes. Se habían estado quedando más tiempo juntos. Ahora obscurecía antes de que él se forzara a irse. Nunca tocó su saxofón para ella, pero varias veces platicaron de música. A Lourdes le gustaba más la que era para bailar, pero después de un poco de persuasión de Pablo, admitía que había un mundo desconocido para ella y sin duda muy meritorio en la música para escuchar. Él había tenido problemas para avanzar en las prácticas semanales; especialmente porque se salía de clase antes de lo debido para aprovechar más tiempo al lado de Lourdes. No se arrepentía de ello. Cuando Lu, como él la llamaba, se sentía culpable, él la aliviaba: de todas maneras no aspiraba a ser John Coltrane. Ninguno de los dos había estado prestando mucha atención a la escuela tampoco. Ya el padre de Pablo (su madre los había abandonado) estaba desasosegado. Lourdes era mucho más avispada para las materias tradicionalmente difíciles. Se llevaba mucho mejor con su familia, que además era numerosa; pero por razones ajenas al interés juvenil les esperaban meses de carestía. Ella siempre estaba de buen ánimo, entre faltas o abundancia. Y así se estaban horas. Si abandonaban el callejón, era nomás cuando caminaban o se iban al cine; pero casi siempre se quedaban a la ventana de Ignacio.

El último día Ignacio miró a Pablo solo en un trance. Desesperaba, veía su teléfono al acecho de mensajes, buscaba explicaciones en los rincones, vagaba en círculos y miraba por largos ratos al pirul. Pero no pasó nada más. El muchacho recogió la maleta con su saxofón y se fue al caer la noche. La había traicionado. Ignacio no volvió a ver a ninguno de los dos, aunque cada miércoles se encerraba en el pequeño estudio y arrojaba los ojos por la ventana. Su esposa entró al estudio un día y lo vio. Tenía la mirada empinada hacia el callejón. Trató de abrazarlo, pero fue muy tarde.

Malabaristas, elefantes y payasos

Había una vez un lugar enorme, lleno de gente variopinta de opiniones fugaces, de juicios feroces y deseos inclementes. Todos los pobladores de este lugar tan enorme, asistían todo el día (y algunos se quedaban buena parte de la noche) al colosal circo que estaba montado de manera permanente en el centro del pueblo. Muchos de ellos asistían en la bestialidad indolente de la rutina, pero se contaba también a muchos otros que reían a carcajadas y aplaudían indecorosamente durante todo el espectáculo. La algazara constrictora de estos últimos encubría por tanto al resto, que a un forastero en la audiencia lo habría movido a pensar: «no hay aquí dentro uno solo que no ame el circo hasta derramar el alma y entregar el corazón». Otros pocos, y los había, iban solamente porque no hallaban ninguna otra alternativa. Así es: en este lugar enorme, con su colosal circo, todos estaban obligados a asistir.

Por mucho tiempo, las tramas y tramoyas circenses fascinaron a los espectadores que, como serpientes encantadas por un hábil flautista centímano de cincuenta cabezas, parecían haber olvidado hasta respirar. Para el ingente espectáculo que montaban, había un ejército de malabaristas, elefantes y payasos, y un menor (pero no menos llamativo) batallón de volatineros, encantadores y faquires. Todos se coordinaban para montar toda clase de ilusiones, desde las muy complicadas y demandantes, hasta las exclusivamente sensacionalistas (que sacaban la mayor cantidad de risas y aplausos). Cada día era una fiesta que no celebraba otra cosa que el furor de la celebración. Todo movimiento de las aparatosas farsas complacía, divertía y, tal vez más importantemente, ayudaba a olvidar que en ese enorme lugar no había nada más que un colosal circo.

Pero la inconsciencia fue demasiada. Generación tras generación, lento como ver crecer el muérdago, el olvido fue tomando también a los actores del circo hasta que ellos mismos se extraviaron en sus artes. Dejaron de advertir que sus trucos eran trucos, tomaron al alboroto por el orden cotidiano y confundieron sus carpas con el Cielo. Gradualmente el destello de sus funciones se empolvó, hasta estar varios metros enterrado: su teatro perdió los límites y, sin principios ni finales, las obras dejaron de entenderse, los trapecios tornaron tendederos, de los andamiajes únicamente se usaban los peldaños, las cuerdas flojas ahora sujetaban mantas informativas y los circuitos que antes vieran furiosas carreras eran ahora depósitos de bahorrina. El malabarista, confundido, ya no sonreía al lanzar sus pinos, que hace mucho ya no coloreaba con pinturas iridiscentes. El bailarín sólo brincaba y el saltimbanqui se sentaba en el trampolín. Nadie vestía a los elefantes con mantas y sombreros graciosos, y los dejaban pasearse entre las tarimas y pabellones como la única fauna silvestre que conocían. Los payasos –quizá de todos el caso más triste– perdieron toda técnica para hacer burlas, bromas, contar chistes e interpretar mímicas, y ya solamente platicaban sin concierto anécdotas de sus vidas corrientes.

Un día, uno de los funámbulos (que tenía además una honrosa herencia de afamados tragafuegos) se enfureció al ver a un hombre roncando frente a uno de los torpes contorsionistas, así que lo despertó para preguntarle «señor, ¿qué, a usted no le gusta el circo?». El amodorrado, tallándose los ojos, respondió todavía un poco desorientado «¿cuál circo?». Pasmado por la contestación, el funámbulo sintió mucho miedo: ¿podía ser que la audiencia de ese enorme lugar perdiera esto, lo único que tenía en su vida? Entonces lo asaltó una sorprendente idea. Corrió por entre decenas de planchas de cuyos usos originales sólo la ancestral tierra tenía memoria, hasta que llegó con el Jefe de Pista. Éste era un viejo acre que pasaba sus jornadas sentado en el camerino principal, asintiendo a todo lo que los intérpretes le preguntaban y que hacía mucho había perdido el gusto por el maquillaje y los bigotes falsos. El funámbulo tardó en capturar su atención, pero tan pronto logró que el gastado maestro de ceremonias separara su vista del pringoso espejo, le relató su revolucionario plan. Podía ser ridículo, pero los ojos ambiciosos del funámbulo inocularon al Jefe de Pista con una confianza que no había sentido desde que era joven. Después de un momento de reflexión, accedió. Realizarían esta arriesgada hazaña.

Empezando al alba del día siguiente, todos los histriones y artistas articularon una función como nunca antes se había montado en el colosal circo. El funámbulo había pensado: «nuestros ancestros disfrutaban tonterías de lo más simples: arrojaban una pelota contra una pared, atendían a sus animales, o insultaban al vecino más molesto que conocían. Ésos eran sus placeres más lujosos. Sus costumbres insípidas por poco los matan. Fue el circo el que los salvó: convirtió la bola arrojada en una proeza increíble; les trajo tigres, camellos y monstruos para eclipsar a sus perros ovejeros; deslumbró sus mentes con rimas y remedos tan ocurrentes que les arrancaban las risas como estornudos. Pero los ingratos dejaron de admirarse… hasta ahora. Si antes nuestros bufones parodiaron a la gente de a pie, hoy necesitamos parodiar a nuestros bufones. Si el circo puede hacer una gala del estiércol, ¿cómo no podrá hacer una gala de la gala?». Así pues, se dispuso un espectáculo inaudito: todo el colosal circo se transformó en una monumental mofa del circo, y cada actor caricaturizaba su profesión con desvergüenza. ¡Qué impresión tan grande causaba ver al mago desternillándose de risa revelando los mecanismos de todas sus ilusiones, y al equilibrista jurando con toda desfachatez que nunca más pondría su vida en un peligro tan absurdo! Se dejaba que los niños se abalanzaran a intentar gestas para las que no tenían ninguna destreza, y no parecían tener fin el pitorreo, la chacota y la rechifla. El alboroto hirvió como aceite, arrojando gritos en todas direcciones a un grado que nadie vivo había visto nunca allí. La audiencia estaba cautivada. Y, por fin satisfecho, el funámbulo miró entre la infatuada multitud al hombre que antes tanto lo había molestado, con los ojos pelados y la boca trabada en un continuo grito de entusiasmo.


Se desconoce exactamente dónde existió este «colosal circo», pues el relato que nos ha llegado de él es muy vago en detalles geográficos. Sin embargo, existe una amplia discusión académica al respecto. La mayoría de los expertos se ha pronunciado contra la posibilidad de que una organización humana haya podido existir exactamente así. La versión más aceptada es la que cree probable que la descripción que conservamos no sea sino una exageración del autor o autores anónimos. Tampoco es impensable, por lo tanto, que la ubicación haya sufrido con la hipérbole. Concediendo de todas maneras, por el principio de caridad, que este recuento sea en alguna medida histórico, podrían buscarse sus orígenes en grandes ciudades de las antiguas civilizaciones como Uruk, Babilonia, Tenochtitlán o Shangdu, de las que podría argumentarse (no sin algo de cautela) que el cronista pudo haber visto como un «lugar enorme».

Consumo a la Medida

Hay quienes dicen que un servicio de entretenimiento por internet, como Netflix, es el futuro de la televisión. Bien podría ser así, y aunque no haya modo de saberlo por seguro, parece probable que una forma semejante sea la predominante en el modo en el que se vaya a dar el entretenimiento televisado. La primera y más obvia ventaja que tiene sobre la televisión común y corriente (por cable o antena, digamos) es que ahora uno puede elegir de entre una copiosa colección de material lo que prefiera ver a la hora que más le convenga; y puede hacerlo regresando, pausando, subtitulando a voluntad y sin anuncios comerciales.

La segunda comodidad que ofrece es más interesante: la personalización de la programación, cosa que se ha vuelto posible por el constante monitoreo de cada movimiento de cada uno de sus clientes. Recién se puso a la disposición de sus usuarios una serie que fue producida originalmente para Netflix, no hecha aparte y contratada por ellos, sino directamente para ser vista con este servicio. El plan con el que la configuraron podría ser la envidia de los sastres, porque se sirvieron de una base de datos que recogía estadísticas relevantes sobre lo que la mayoría prefería usando su servicio, luego sólo notaron qué actor solía ser más visto, las películas de cuál director, qué tipo de programa (serie, película, telenovela o qué), y todas esas cosas, y después de imaginar cómo sería su monstruo de Frankenstein perfecto hecho de cada una de estas cosas, hicieron el mejor esfuerzo por unirlas. Contrataron, pues, a tal director, a tal actor, hicieron su serie de intriga política y fue un éxito instantáneo.

En realidad, este plan no es nuevo en el fondo, porque los estudios de rating y cosas por el estilo tienen exactamente el mismo objetivo y han existido por mucho tiempo. Lo que tiene de novedoso es el grado de especialización que le da a los productores de entretenimiento, acrecentando muchísimo qué tanta confianza se puede tener en que se le entregará satisfactoriamente a un cliente un producto de su agrado, manteniéndolo el tiempo que sea esperando más y más. Y además, como cada quien elige qué ver cuándo, no es necesario que la compañía de entretenimiento elija priorizar sus horarios para que la mayoría de los clientes se vea satisfecha, sacrificando a la minoría; sino que se puede enfocar en cada sector que determine de sus usuarios y, en teoría, satisfacerlos a todos a la vez.

Ya veremos qué ocurre con este cambio en el modo en el que nos entretenemos; pero una cosa me parece cierta: aunque nos puedan dar lo que deseamos, la mayoría de las veces no sabemos qué necesitamos (de lo contrario todos viviríamos felices sin nada más que aprender). Se puede decir que nuestros deseos son signos de lo que mejor nos parece, porque es común apreciar lo deseable para nosotros como lo bueno; y como espectadores de estos programas, nos gustan los protagonistas y sus acciones y nos disgustan sus obstáculos de manera que todo el tiempo vivimos nuestros deseos. Con eso nos vamos habituando a ellos, o acrecentándolos, o hasta cambiándolos. Menospreciar el poder de las obras dramáticas (de las cuáles mayormente se compone la televisión), sean de baja o de alta calidad, es tan peligroso como ser el bebedor que cree que no se puede emborrachar. Quizás más, porque suele ocurrir que quien se acostumbra a ver cierto tipo de acciones se acostumbra también a esas acciones, muchas veces sin quererlo así. El hecho de que sea tan pobre y nefasta la programación de televisión abierta en nuestro país es un indicador de la poca preocupación por esto (pues casi nadie piensa que la televisión lo cambie en lo más mínimo), y ahora que el entretenimiento parece propenso a aumentar esta condición de darle a cada quién lo que pide, es probable que el panorama se vuelva más aciago. Es más, habrá quizás que añadirle al problema que los extremos de la comodidad suelen traer consigo: la propensión al capricho y la indisciplina. Los productores nos tomarán la medida sin que nos demos cuenta y luego nos despacharán agradándonos cuanto quieran (y cuanto queremos). No parece mala idea que tengamos el máximo cuidado con esto, para que estemos bien pendientes de nosotros y de lo que nos ocurre mientras se hace habitual la sensación de que podemos tener lo que más queremos en el instante en que se nos ocurra que lo queremos, sin problema alguno.

Beethoven

Toda mi vida he esperado por este momento. Con boleto en mano entro al Palacio de Bellas Artes. Mi emoción se mezcla con los murmullos de mortales que buscan y anhelan la liberación; y en esa búsqueda han dado en este lugar, a esta hora…igual que yo.

 

El protocolo no hace más que intensificar las expectativas, las ansias de gloria. Por fin entro a un pasillo que recorro lentamente, como si fuera el Purgatorio que me habrá de llevar al cielo, sin más prisa que la de mi espíritu que quisiera trascender el tiempo hasta el instante en el que serán rotas sus cadenas y se elevará libremente entre coros celestiales escritos hace ya mucho tiempo, e inmortalizados en una sinfonía coral.

 

Tomo mi asiento y contemplo el recinto como quien sabe que ha llegado a su destino y únicamente un pequeño paso lo separa de él. Así, frente a la puerta del paraíso observo cómo la sala comienza a llenarse y, poco a poco, entra la orquesta. Arriba, los murmullos producen sonidos amorfos que apáganse lentamente. Abajo, los instrumentos chillan y se quejan por la espera tan prolongada, por la afinación, por el deseo. Dos niveles caóticos que habrán de unirse en el momento preciso.

 

Este caos forma una escena en mi mente; escena que comienza, como todo, con tinieblas. Bruma espesa que se difumina ante una figura que aparece de repente. Con ella surgen sonidos acompasados que recuerdan fatiga; sonidos que se convierten en pasos, pasos que anuncian tragedia.

 

La figura se define y comienza a hacerse familiar: un hombre de edad, ligeramente encorvado, con cabellos canos y crecidos ocultándole el rostro, y las manos, una sobre otra, apoyadas con pesadumbre detrás de la espalda. La figura se acerca y  puede observarse su rostro que, aunque cubierto por sus cabellos canos, refleja tristeza; tristeza inefable que ningún poeta podría describir; tristeza convertida en orgullo; orgullo convertido en gloria.

 

El hombre es sordo, se nota por sus pasos tímidos y su tambaleo al caminar. ¿Qué miserable destino es el que ha convertido a este hombre en un símbolo digno de una tragedia griega? Sobre sus hombros lleva todas las dolencias del mundo, con ellos carga todas las penas de la humanidad; por eso su pequeña joroba. ¿Por qué es este hombre tan importante en mi vida? ¿Por qué su imagen, hecha ya símbolo, representa para mí la máxima expresión de la pasión, de la vida, del romanticismo?

 

La escena se esfuma de mi mente con la entrada del primer violín. El caos comienza a ordenarse con los aplausos. El protocolo comienza a hacerse fastidioso.

 

El director prorrumpe con una entrada triunfal que aplasta los últimos vestigios del caos. El protocolo concluye con la presentación del primer violín y los aplausos al director; los músicos se ponen en posición; la expectación crece.

 

Las puertas del paraíso comienzan a abrirse, la atmósfera se tiñe de eternidad y esos instantes de incertidumbre se alargan y desdoblan interminablemente liberando mi imaginación y mis recuerdos. Imágenes se agolpan en mi interior; imágenes contradictorias, ora de anhelo, ora de angustia.

 

De entre esas imágenes vuelve a surgir la misma figura del hombre encorvado con las manos detrás de la espalda; imagen misma de la melancolía. Pero… ¿quién es? Aunque la certeza es indudable no me atrevo a pronunciar el nombre. Sólo puedo pronunciar un adjetivo que se ha vuelto, junto con la figura, un símbolo en mi vida: artista… EL artista.

 

Este hombre es para mí, no sólo el romántico, sino el artista mismo por antonomasia; y un artista es aquél que se eleva de su condición mortal hacia las alturas de lo etéreo; que en un destello explosivo descubre los secretos del misterio, los rincones de lo eterno, las sensaciones de lo divino. Con el arte ennoblece la vida, crea vida, es él mismo vida. Siempre buscando la belleza, dándole forma al ideal. Pero en este andar hacia lo eterno se destruye como mortal, se aniquila como materia. ¿Por qué?… es una pregunta que me ha destrozado la cabeza por años, y la única respuesta que he logrado encontrar en mí es la de que el arte trasciende los límites humanos, trasciende la razón y en esa trascendencia la pasión se vuelve camino; eleva sus alas hacia el éter divino; se esparce por los infinitos aquelárricos del tiempo proclamando a grandes voces la destrucción del cuerpo, anhelando la eternidad toda. Por eso la tragedia; por eso la locura y la misantropía.

 

El artista necesita destrozar su razón para ver el infinito. Por eso la filosofía no llega, ni llegará nunca a nada más que a una cultura general del pensamiento, pero únicamente de eso, el pensamiento; porque es opaca, rectangular y limitada. Mientras el artista corre entre las llamas del infierno sabiendo que algún día se consumirá tornándose humo hasta alcanzar el éter, el filósofo observa esas llamas desde un escritorio intentando analizarlas, clasificarlas y definirlas.

 

Esa es la tragedia del artista, ese fue el destino de Beethoven.

 

Ante estas cavilaciones descubro que he logrado pronunciar su nombre: Ludwig van Beethoven. Este fue el nombre mismo de la tragedia, del dolor. Ludwig fue el mortal que vivió desesperadamente la fatalidad. El que siendo músico se vio impedido por el destino a no escuchar su propia música por su sordera; que entre las angustias elevó los ojos, consumidos por lágrimas, hacia el universo, intentando comprender su soledad, muriendo lentamente dentro de un cuerpo tosco y demacrado; un cuerpo inútil… y sordo. Van fue el romántico que luchó contra el destino y su sordera; que encaró al mundo y decidió despedazarse en nombre de la inmortalidad, cumpliendo así con la tragedia. Y Beethoven fue el espíritu salvaje que vagó por el infierno, atrapado en Ludwig, hasta lograr su liberación a través de la música y convertirse en un Dios al componer la…

 

Una nota aniquila mis fantasías, entra inmisericorde en mí colapsando mis sentidos, alargándose y llenando el recinto y los corazones de centenares de hombres que comprenden lo que está sucediendo. Es un oboe que surge del silencio dando comienzo al primer movimiento de la Novena Sinfonía.

 

Mi espíritu se tranquiliza y se deja conducir entre paisajes deformes que, poco a poco, están cobrando forma. Paisajes de una belleza indescriptible. Colores surgen de la bruma y cada nota da armonía al desorden. Cada nota propone un sabor, un color, un olor y la sensación de estar elevándose en el éter. El tiempo se torna inestable; se alarga y se acorta a capricho de la música; se subordina a ella mientras el espacio se vuelve irreal, acartonado. La realidad cambia; yo simplemente escucho.

 

El primer movimiento concluye; en el silencio quedan suspendidas las notas como instantes eternos. Mi mente escapa a la insoportable angustia que provoca este cese y se refugia de nuevo en preguntas y en sentimientos que no logran resolverse. ¿Por qué la tragedia? ¿Por qué la necesidad del sufrimiento para descubrir la belleza? ¿Acaso aquél es necesario para trascender a los mundos celestes? Cómo es posible que un hombre cuya vida toda ha sido tragedia logre sacar de sí algo de la belleza que acabo de escuchar.

 

Estas interrogantes se desvanecen cuando el segundo movimiento comienza. De naturaleza distinta al primero se escucha la ascensión de un espíritu hacia la gloria. Cada compás, cada silencio es una marcha hacia el Olimpo, un desafío a lo mortal, a lo perecedero. La voluntad del hombre asumiendo su carácter de Dios, y como tal, creando su propia obra en el éter mismo. Siempre dándole forma a la belleza.

 

Las puertas del paraíso cada vez están más abiertas, dando lugar a los destellos de aquella luz que sólo un espíritu celestial es capaz de transformar en música. No hay duda ya: el artista es el mensajero de los dioses… pero no, no Beethoven; este segundo movimiento me lo confirma, él no era un simple mensajero de los dioses, era algo más…

 

En estas divagaciones me encontró el final del segundo movimiento, y con él una imagen recurrente; imagen de un virtuoso que, siempre que pienso en Beethoven, aparece para disputarse el trono: Wolfgan Amadeus Mozart, el genio, el niño prodigio, el elegido por los dioses. Mozart sí fue un mensajero de los dioses; un canal que nos transmitió sus mensajes, pero… ¿Beehtoven?

 

Al formularme esta pregunta soy arrancado de mis profundidades por una de las piezas más bellas que he escuchado en toda mi vida. El tercer movimiento comienza con colores pastel, con sensaciones blandas, con belleza de olor a rosas que no llega a lo sublime, simplemente danza alrededor de lo bello.

 

Con cierta semejanza al primer movimiento es como un puente que liga la marcha triunfal del segundo movimiento con lo que ha de venir. Yo me limito a escuchar mientras mi corazón se hincha de belleza y el titánico conflicto de músicos se resuelve intuitivamente, aunque sin una certeza, inclinándose la balanza hacia Beethoven.

 

En el éxtasis etéreo de los espacios infinitos que describe el tercer movimiento me encuentro cuando la orquesta, con una elegancia aristocrática, concluye. El auditorio observa silencioso. El espacio de tiempo entre un movimiento y otro se prolonga por la aparición del coro que toma su lugar. Todos sabemos lo que va a pasar; todos lo deseamos. Hemos esperado tres movimientos y las puertas del Paraíso están a punto de abrirse completamente; los nervios se desatan, la respiración se acelera y el deseo anhela salir por cada uno de los poros hasta llegar al éxtasis completo.

 

¿Qué es la belleza? me pregunto intermitentemente entre lo que acabo de escuchar y lo que ansío presenciar, pero algo en mi interior me obliga a callar, reprochándome que deje la filosofía a un lado y me dedique a contemplar; que la belleza no se define, sino se vive; que no se clasifica, sino se siente; que no se puede atrapar, sino que se es atrapado por ella; que es la esencia del arte y de la vida, es decir, un misterio que se recrea a sí mismo, se desdobla; nace y muere a su propia voluntad y no tiene explicación ni lógica, ni siquiera para sí mismo. Es un espejo reflejándose a sí mismo en la eternidad.

 

Los chelos rompen el silencio proclamando el cuarto y más sublime de los movimientos. Las notas chocan unas con otras y forman espirales que apuntan al Olimpo. Los mismos dioses callan y están atentos a lo que viene. La eternidad se empieza a construir. Poco a poco se junta la esencia de los tres movimientos anteriores junto con fragmentos de otras obras de Beethoven que proclaman la unidad. Es la lucha final, el hombre que se alza en busca de la divinidad.

 

Sorpresivamente se empieza a formar una melodía; primero silenciosa, grave, que poco a poco se va afinando, agudizando. Cada vez entran más instrumentos, nuevas tonalidades. Todos sabemos de que se trata pero callamos ante la estupefacción, el estallido es inminente: el himno a la alegría instrumental colapsa al auditorio, y a mí me arranca alguna que otra lágrima que surge desde lo más profundo de mi éxtasis.

 

Los cantos comienzan. Es la primera sinfonía coral jamás escrita. Las veces se elevan; primero el barítono, luego el tenor; entra la soprano creando una polifonía que asemeja al canto de los dioses. La orquesta se desgarra acompañándolos, el momento se acerca, todo se une, se ordena; el coro se prepara…

 

Un pequeño preludio que comienza con un oboe anuncia el Paraíso. Del éter surge un ángel que nos envuelve con su voz, nos prepara para la catarsis; presenta a los instrumentos que comienzan a tornarse agresivos, esplendorosos, altivos. La expectación llega al máximo; la orquesta se hace pedazos, el auditorio se aniquila: comienza la implosión… las cadenas empiezan a ceder… los espíritus se unifican agolpándose unos con otros, liberándose mutuamente y todo se colapsa en un gigantesco estallido que explota hacia el infinito: la gloria máxima, la unidad, la totalidad se han alcanzado: lo subjetivo y lo objetivo; la orquesta y el auditorio; todo es uno mientras los ángeles nos toman de la mano y nos llevan ante la presencia del ser supremo entonando a coro el himno a la alegría; la risa de Beethoven desde el Olimpo se escucha por todas partes… yo me desgarro y me fundo con ella ahogado en lágrimas que me son arrancadas involuntariamente: yo ya no soy yo; Fichte estaba mal, en este instante lo comprendo: no yo es igual a no yo, a algo más.

 

Ésta es la única pieza musical que ha logrado arrancarme lágrimas, que ha logrado enseñarme la eternidad, aunque sea tan breve como lo que dura el himno a la alegría coral. Ya no hay duda, Mozart es un mensajero de los dioses, pero Beethoven logró ser uno de ellos. Mozart fue sólo un instrumento, a él le dictaban su mensaje los dioses, pero cuando les dejó de ser útil lo aniquilaron en medio de un Réquiem, de su Réquiem.

 

Beethoven fue un mortal que les arrancó la voz a los dioses, que se elevó tan alto como ellos, retándolos, combatiéndolos hasta que se ganó un lugar entre ellos. Por eso quedó sordo, porque para elevarse hasta el Olimpo tuvo que sacrificar su oído para poder trascender lo mortal y escuchar su interior. Perdió el sonido para inventarlo; por eso su tragedia: sacrificó su mortalidad para ganarse la inmortalidad. Logró lo que ninguno: llegar a la eternidad dentro de lo finito; y la prueba de esto es su novena sinfonía.

 

Y así, poco a poco termina la que considero la obra maestra de la música de todos los tiempos y comprendo la necesidad de la tragedia y de la locura para perpetuar la belleza; la necesidad absoluta de la pasión y la cumbre de ella que es el romanticismo. Éste, para mí, llegó a ser la máxima expresión del arte y de la vida. Su recurso principal es la pasión, su esencia la belleza misma. No existe más sublimidad que el arte romántico y como líder el gran melancólico: el sordo de Bonn.

 

Mi interrogante, al salir del Palacio de Bellas Artes: ¿cómo es posible que un solo hombre haya logrado crear algo tan sublime, tan divino, tan perfecto?, ¿cómo es que una obra, una sola obra logre perpetuarse eternamente en los corazones de todos los hombres, y causar el mismo impacto en todas las épocas?, y la pregunta principal, que no he podido ni creo poder responder: ya que el arte es la expresión y fin último del hombre; ya que es lo único por lo que puede ascender a la inmortalidad, tomándolo en cuenta como mimesis ¿es el arte una copia de la vida o la vida es una copia del arte? Muchas veces, tal vez la mayoría, me inclino por la segunda.

Gazmogno