El show del tirano

Los grandes conocedores dicen que en Versalles Luis XIV acostumbraba usar zapatos de tacón. Y aunque ver a un hombre usando calzado tan incómodo, al mismo tiempo que pretendía conquistar al mundo, pudo resultar irrisorio en algún momento, por tratarse del rey la incomodidad se convirtió en símbolo de estatus.

El Rey Sol usaba calzado incómodo para que nadie lo opacara siendo más alto que él en la corte. El Rey Sol sacrificó la comodidad y el buen gusto con tal de ser él la estrella del Show que cada día se montaba en Versalles.

Y es que el Rey Sol era el protagonista del palacio, todos debían acudir a ver cómo es que despertaba y debían estar al tanto de lo que cenaba.

A veces pareciera que la moda impuesta por Luis XIV se limitó a las vestimentas, pero con el paso de los años y el advenimiento de nuevos tiranos, he notado que la disposición al ridículo con tal de ser la única estrella en el firmamento político se va acentuando.

Así pues no es de extrañar que después de lo acontecido en Versalles, los aspirantes a marcar la historia con su paso hagan lo que sea para ser únicos en el escenario.

Maigo

Eres lo que lees

Atrapado en una espera interminable, me dispuse a hojear unas revistas para fingir que no estaba aburrido. Las revistas resultan entretenidas porque hablan de muchos temas que interesan, pero no pasan de presentar imágenes de la vida. Especifico que se trata de las revistas más vendidas, aquellas que destacan las opiniones que reafirman las opiniones de la mayoría, las que son como las charlas con los mismos conflictos cuya solución es lo último que importa. Vender un estilo de vida que se quiere comprar pero no se sabe cuáles son los pasos para tenerlo. Quizá las revistas especializadas, como las literarias o las de ciencia, no estén en el mismo tenor. Aunque las revistas especializadas en temas elevados, así como las revistas que presentan los temas top, ¿pondrán en duda la afirmación “eres lo que comes?”

Somos lo que comemos. Sí, tienen razón. No podríamos vivir si no comiéramos y bebiéramos (supongo que ambas actividades están incluidas en la frase). Pero dado que sobre el ser se puede predicar de distintas maneras, como ya Platón nos conduce a ver, el sentido de la frase no apunta únicamente a esa obviedad. Apunta, más bien, a la obviedad de los idolatras del cuerpo, quienes aceptan que lo mejor que puede hacer una persona es tener un cuerpo saludable y atractivo. ¿Para qué? Para que pueda causar atracción, sentir placer y satisfacer ese placer. Además, sin un cuerpo sano no se pueden vivir muchos años. Si no se viven muchos años, no se pueden experimentar constantes placeres. Pero comer alimentos saludables no nos vuelve buenas personas. Los asesinos pueden ser vegetarianos y balanceados. ¿Comer fibra, fruta, jugo de naranja, legumbres, verdura y un poco de carne nos hará progresar moralmente como humanidad? Por el contrario, tomar la frase “eres lo que comes” como un mandato de probidad nos puede conducir a tomar una falsa postura de superioridad moral, a denostar a quienes comen grasas en exceso y eso se refleja en su apariencia. ¿Queremos actuar bien o simplemente vernos bien?

Frases como “eres lo que comes” nos son disparadas con frecuencia y, pese a que parezcan ciertas, son falsas. Al menos nos dan una apariencia de lo que somos. Por eso pueden pasar como verdaderas. Eso quiere decir que aceptarlas con toda su radicalidad nos vuelven aparentemente felices. Sería preferible afirmar “eres lo que lees”.

Yaddir

Cubrirse

Cubrirse

¿Será de verdad el pudor un modo correcto de conducirnos al desentrañar el pecado original? Las ventajas pedagógicas de ese método pueden ser en verdad útiles para los hombres modernos, que creen que el pudor se asocia inmediatamente con la vergüenza que cubre los genitales y los miembros casi enteros. La salida del paraíso puede ser así retraída a las versiones antropológicas de la historia humana (todas hijas del contrato y el Estado moderno) No obstante, hay una imposibilidad que, en dicha senda educativa, obstruye inevitablemente el paso firme. Tanto para el estado de naturaleza de los románticos como para los maquiavélicos realistas, el pudor es necesariamente convencional, porque es fruto psicológico de los choques entre las doctrinas morales; de ahí que Nietzsche pueda radicalizar esa visión con su idea del nihilismo y la voluntad de poder.

Para el hombre moderno no hay posibilidad del pecado original. Porque para saber gobernar como príncipes no necesito saber si la desobediencia a Dios o la seducción del pecado son en verdad males, sólo necesito saber aprovecharme de esa seducción. Acaso la importancia que la fuerza tiene para el pensamiento político moderno pueda asociarse muy bien con esa oscuridad en torno al pudor y al pecado original. Cuando la fuerza es la columna del pensamiento político, el pudor degenera hacia la administración publicitaria del líder. Ningún político moderno puede mostrarse vulnerable, pero sí inútil y funesto.

Los modernos no carecen de vergüenza. Ni siquiera los admiradores del deseo y el cuerpo. No distinguen bien el pudor. No carecen de vergüenza porque tienen un orgullo, por más ridículo que les parezca a los críticos posmodernos. Adán y Eva se taparon tras la caída, y así conocemos al hombre desde entonces. El vestido parece la marca que separa al paraíso del mundo lleno de trabajos, partos y sudores. ¿Qué pasa si esa deja de ser una versión sexual de la vergüenza? O, mejor dicho, si tomamos en justa medida la dimensión sexual de la revelación en torno a la caída.

Ha de ser así si no queremos hacer del deseo una cuestión trivialmente vergonzosa. Ha de serlo si el conocimiento moral es algo distinto a la naturalidad de la necesidad de cubrirse. Y es que el pudor, más que temor a la exposición, puede ser una manifestación de la corrección del deseo y el pensamiento. La moda sí puede ser convención, pero ella no existiría sin la educabilidad del deseo. La educabilidad no es la posibilidad de ser condicionados. El temor ante los gays sería rescate del pudor si aceptamos que el pudor repele la vulgaridad sexual. La virtud no se escandaliza ante el desnudo. Para las versiones modernas del pudor siempre existirá la tensión que los psicoanalistas ponen entre la sexualidad y la represión, en tanto expliquen el erotismo de manera trivialmente conservadora para el pudor. Es decir, en tanto apelen a la ética como esperanza técnica. Tanto el romanticismo como el realismo lo hacen.

Tacitus

 

Las estocadas de la moda

Decía Montaigne, y decía muy bien, que las costumbres humanas cambian incesantemente, a tal grado que algunas se repiten cuando no quedaba casi ningún rastro de ellas. Nuestra vestimenta actual es muy diferente a la de hace unos veinte años; difícilmente alguien se atreve a beber agua directamente del grifo. Aunque se sigue considerando elogioso socorrer a las damas y damiselas de los peligros en los cuales caen presa, como en los tiempos de la caballería andante. La necesidad de cambiar de moda aumenta con la amplia oferta, ofrecida a todo momento, en internet; las numerosas modas se propagan más rápido que la contaminación. He sido testigo de uno de esos cambios: la defensa a los animales. Hace ocho años, aproximadamente, la mitad de los adolescentes mostraban indiferencia ante el maltrato animal; actualmente casi no hay algún adolescente dispuesto a aprobar el sacrificio animal, quien lo hace es tildado de irracional, inculto y sacrificado con insultos más salvajes.

Hace dos días, en la llamada Monumental plaza de toros México (la cual celebraba ese día su aniversario número setenta), hubo una manifestación notable contra la tauromaquia. El enfrentamiento simbólico me deja con la duda de si la fiesta brava no es más que una mera moda entre muchas más o de si la moda es de quienes defienden a los animales. La duda me llevó a preguntarles a mis amigos taurinos cuál es el objetivo de matar a un toro ante un numeroso auditorio; así como a cuestionar a mis amigos defensores de los animales por qué defender a los toros o a cualquier otro animal. La mejor respuesta que obtuve de un aficionado a la tauromaquia fue la siguiente: “en una escena de la ópera Carmen de Georges Bizet, Escamillo compara a los toreros con los soldados; su comparación nos demuestra que el torero es un hombre valiente; los espectadores, obviamente, aplauden la valentía, quedando convencidos de su necesidad para la humanidad.” Por el contrario, el mejor argumento del otro bando fue el siguiente: “los animales tienen su hábitat, el cual debe ser respetado por los otros animales, los humanos, pues así se puede conservar un equilibrio natural; nuestra racionalidad nos obliga a ser responsables con la naturaleza.” Dejo al lector la decisión de darle la palma al taurino o al anti taurino, pues a mí me parece que ambas respuestas tienen sus debilidades, el mostrar en qué consisten quizá sea motivo de otro escrito. Aunque sí debo decir que muchos taurinos no ponderan el valor, sino sólo les gusta el espectáculo, así como hay activistas por mera moda, por un deseo de ser protagonistas del espectáculo.

El carácter pasajero de las modas las vuelve, aparentemente, inofensivas para la vida humana; no resulta peligroso el vestirse con ropas multicolores o simplemente de negro, ni el beber agua en botella o en copas de cristal. Empero, el peligro se encuentra, según entiendo a Montaigne, en que la moda alcance la dignidad de costumbre, arraigue en la vida humana y dicte lo permitido y lo prohibido. Para que la moda torne en costumbre hace falta que pueda influir en las acciones de los hombres; para que se vuelva peligrosa tal costumbre, sólo necesita carecer de bondad. Cuando se ama la moda, cuando se prefiere el constante cambio, se deja de preguntar en lo bueno y lo malo.

Yaddir

La Armadura de Plástico

Se adorna en la danza el paso,

hasta que fuere tan profuso el zapateo

que el caminar queda olvidado.

-Gutierre de Cetina

Por fin terminó de despedirse. Avanzada la noche, en medio del frío, la retahíla de buenos deseos se había hecho tan larga que amenazaba con atraer lo contrario de lo que deseaban. El tumulto de muchos se alejó por el pasillo, y una cómoda nostalgia se apoderó de ella que los escuchaba satisfecha, recordando entre suspiros quedos las risas forzadas y los comentarios de alto tono del resto de los invitados. Había sido una noche ejemplar llena de oportunidades para lucir bien –todas aprovechadas, hasta donde había podido percatarse.

Primero, se quitó los zapatos. Malditos tacones inhumanos, parecían instrumento de tortura antes que calzado. Ése fue el primer descanso. Sintiendo en sus plantas la alfombra fina caminó un poco por la habitación, pasando mentalmente revista a los invitados que recién había visto. ¿Quién había platicado con quién, quiénes se habían peleado, quiénes no fueron? Este minucioso registro de los eventos en busca de anomalías le llevó un buen rato, suficiente como para distraerse mientras realizaba la tarea de retirar las largas uñas que se había aplicado en el salón. En el baño se quitó las extensiones de cabello, que se le veían muy bien pero hacían insufrible el sueño por estorbosas, y puso en sus piernas y sus brazos la crema que todas las noches le aseguraba que las horas habrían pasado sin cobrar su cuota. El costoso vestido fue directo al gancho (nunca los tiraba al suelo como muchas irresponsables de sus amigas), las pestañas a su caja, los pupilentes al estuche y el relleno del sostén apartado de lo demás.

Mientras se desmaquillaba con la esponja veía su rostro en diferentes ángulos pensando cuál favorecía más a qué sonrisa suya, y qué tipo de muecas definitivamente debía de evitar si iba a estar en presencia de los reporteros o a la sospecha de los paparazzi. Sin embargo, mientras más pasaba la fibra suave por su piel, más se incrementaba una incómoda sensación de que algo estaba fuera de lugar. Una pregunta que le ocurrió como venida de fuera asentó su sensación: ¿a quién amaban los miles de personas que la amaban? Apenas terminó de formularla, dejó la esponja caer al suelo boquiabierta. Se daba cuenta por primera vez de que desde el fondo del espejo la miraba una mujer extraña.

[En defensa de los sonetos]

            Y bien, ¿para qué seguir leyendo y escribiendo sonetos? Sin ánimos de ofender… no son precisamente la forma poética más novedosa. ¡Andan ya por los cinco siglos de edad! Y es perfectamente comprensible esperar algo de anquilosamiento, de olor a viejo. Es comprensible esperar que ya después de tanto tiempo, no tengan mucho nuevo que decir. ¿Quién podría condenar ese recelo? Tal vez, lo más saludable sea desecharlos, como la ropa que ya no nos queda (o que todavía nos queda pero que ya pasó de moda), y seguir adelante, con los ojos siempre puestos en lo nuevo.

            Alto. No hay que precipitarse. Se merecen un juicio justo, así de leales nos han sido. Antes de preguntarnos si están vigentes o si por fin caducaron, hay que preguntarnos si su naturaleza es propensa de vigencia y de caducidad. Si aquella forma de ser de los hombres que en algún momento de la historia necesitó de la existencia de sonetos – y manifestó esa necesidad escribiéndolos – ya pasó, y hoy los hombres son algo distinto. Es decir: los sonetos no existen sin los hombres, y no pueden caducar al margen de ellos.

            A la usanza de Tomás de Aquino, voy a empezar exponiendo los que son o parecen ser los principales argumentos en contra de la vigencia de los sonetos. Y los conozco, lo confieso, porque ya he dudado yo mismo en este respecto, aunque no dude ya. Afortunadamente no es largo ni difícil: todos los argumentos que se pueden formular, giran en torno a dos nociones principales, que hay que tratar de esclarecer porque adoptan dimensiones distintas en el ámbito del arte. Son: la originalidad y la libertad. Es decir: el soneto no sirve porque no es original, y el soneto no sirve porque restringe la libertad del artista creador. Ambos argumentos parecen muy sensatos. En algún sentido, sólo el primer soneto fue original, y todos los demás fueron la copia de un sistema. Menos aún: copia de un molde. Y restringen la libertad, claro, cuando el poeta piensa que lo que siente, los endecasílabos del soneto son incapaces de decirlo. A cualquiera que haya guardado alguna cercanía con escritores jóvenes, le van a resultar familiares estos argumentos, junto con la actitud rebelde e irreverente de condenar todo lo que suene a tradición, todo lo que no sea pura novedad, pura invención, libre y sin compromiso. 
            Lo más valioso es preguntar. Preguntarse. ¿De dónde viene el prejuicio – porque es prejuicio en la mayoría de los casos – de que el arte es valioso por ser original, y de que la libertad absoluta es condición necesaria para su creación? Al tratar de ver nuestro reflejo en nuestras obras, ¿somos nosotros mismos mudables y perecederos?

            El conflicto oscila entre dos maneras de entender lo que las artes son y, por ende, entre dos maneras de entender lo que el hombre es. Una de estas maneras valora al arte como un movimiento constante e inacabable de invención. Construcción de imágenes que valen por el asombro momentáneo que provocan, y que pierden todos sus poderes después de habernos maravillado la primera vez. El genio artístico es, entonces, la capacidad de crear objetos bellos nunca vistos. Belleza es novedad, y el arte es infinito.

            La segunda manera valora al arte como el descubrimiento de la verdadera naturaleza de las cosas. Construcción de imágenes que valen por su verdad, por la fidelidad con la que representan la manera en que las cosas profundamente son. El genio artístico es, entonces, alguna intuición que le permite al artista descubrir los elementos esenciales del hombre y del mundo, y tener a la mano los mejores medios para representarlos. Belleza es verdad, y el arte es finito, como son finitos el hombre y el mundo. Vastos, vastísimos, pero finitos.

            Cada una de estas maneras de entender lo que son las artes conlleva, como dije antes, una manera de entender lo que son los hombres. En esto no voy a abundar, no puedo. Puedo, al menos, señalar que cada una se caracteriza por una especie distinta de movimiento, y que se excluyen mutuamente. La primera forma tiende a un movimiento incesante, que no reconoce altas y bajas, ni persigue fin alguno: su único fin es seguir moviéndose, sin retroceder ni detenerse. La segunda forma tiende al crecimiento, cree en la grandeza y la bajeza de los hombres. El buen arte vuelve mejores a nuestras almas, así como el mal arte las corrompe.

            Bien puede ser que la invención de los sonetos haya sido el descubrimiento inspirado de una consonancia profunda con la naturaleza de los hombres y del mundo. Son un momento afortunado de armonía, de proporción. En una palabra, de belleza. Y bien, se han mantenido intactos porque guardan en sus proporciones algún poder oculto, alguna correspondencia predestinada, capaz de abrir la puerta de los encantamientos.

            Pues bien, todas estas cosas pueden ser. Ahora, para no ser como el pastelero que nomás lleva diapositivas a la muestra gastronómica, les dejo cuatro bonitos sonetos de cuatro bonitos sonetistas, de dos bonitos idiomas y de dos bonitas épocas.

 

De William Shakespeare, cerca de 1597.
Soneto XXIV 

 

Mine eye hath played the painter and hath steeled

Thy beauty’s form in table of my heart;

My body is the frame wherein ‘tis held,

And perspective it is best painter’s art.

 

For through the painter must you see his skill

To where your true image pictured lies,

Which in my bosom’s shop is hanging still,

That hath his window glazed with thine eyes.

 

Now see what good turns eyes for eyes have done:

Mine eyes have drawn thy shape, and thine for me

Are windows to my breast, wherethrough the sun

Delights to peep, to gaze therein on thee.

 

            Yet eyes this cunning want to grace their art;

            They draw but what they see, know not the heart.

 


De T.S. Elliot, en 1909

On a portrait

 
Among a crowd of tenuous dreams, unknown

To us of restless brain and weary feet,

Forever hurrying, up and down the street,

She stands at evening in the room alone.

 
Not like a tranquil goddess carved of stone

But evanescent, as if one should meet

A pensive lamia in some wood-retreat,

An immaterial fancy of one’s own.

 
No mediations glad or ominous

Disturb her lips, or move the slender hands;

Her dark eyes keep their secrets hid from us,

Before the circle of our thoughts she stands.

 
The parrot on his bar, a silent spy,

Regards her with a patient curious eye.

 

De Francisco de Quevedo, cerca de 1620.
[Compara el discurso de su amor con el de un arroyo]

 
Torcido, desigual, blando y sonoro,

te resbalas secreto entre las flores,

hurtando la corriente a los calores,

cano en la espuma y rubio con el oro.

 
En cristales dispensas tu tesoro,

líquido plectro a rústicos amores;

y templando por cuerdas ruiseñores,

te ríes de crecer con lo que lloro.

 
De vidrio, en las lisonjas, divertido,

gozoso vas al monte; y, despeñado,

espumoso encaneces con gemido.

 
No de otro modo el corazón cuitado,

A la prisión, al llanto se ha venido

Alegre, inadvertido y confiado.

 


De Octavio Paz, en 1937.

[fragmento de Sonetos] tomado de Bajo tu clara sombra 
IV
 

Bajo del cielo fiel Junio corría

arrastrando en sus aguas dulces fechas,

ardientes horas en la luz deshechas,

frutos y labios que mi sed asía.
Sobre mi juventud Junio corría:

golpeaban mi ser sus aguas flechas,

despeñadas y obscuras en las brechas

que su avidez en ráfagas abría.

 
Ay, presuroso Junio nunca mío,

invisible entre puros resplandores,

mortales horas en terribles goces,

 
¡cómo alzabas mi ser, crecido río,

en júbilos sin voz, mudos clamores,

viva espada de luz entre dos voces!