Un sendero olvidado: retomando principios para la ciencia médica en el siglo XXI

Un sendero olvidado: retomando principios para la ciencia médica en el siglo XXI*

Queridos compañeros:

Hermanos galenos, amantes de su vocación, hoy nos congregamos celebrando nuestra profesión. Gracias a nuestro organizador tenemos la oportunidad para reunirnos y reconocer algunos logros conseguidos por nuestros colegas. Por eventos como el presente podemos sentirnos orgullosos por lo que realizamos, por cada día que dedicamos a nuestra noble labor. Finalmente cada premio entregado no sólo es recibido por las manos del médico correspondiente, sino por el mismo gremio que sabe que algo está haciendo bien. De ahí que todos participemos en el reconocimiento. En este motivo de celebración, ¿no sería lo mejor detenernos a reflexionar cómo hemos llegado aquí? ¿Somos realmente meritorios del premio?

Una primera respuesta puede ser una afirmación a la pregunta anterior. En el último siglo la medicina ha sido un triunfo de la humanidad, sus alcances han llegado a regiones insospechadas. Por ello no me refiero propiamente a la eugenesia o investigaciones en la ingeniería genética, no trato de decir que hemos sido capaces de cumplir los sueños de la ciencia ficción. En realidad quiero apuntar al hecho de que hemos librado airosamente las dificultades. El avance en la ciencia médica puede medirse en el sorteo exitoso de las enfermedades. Los trabajos de Fleming trajeron como fruto la penicilina y asestamos un golpe contra aquellas penurias que amenazaban mortalmente. Nuestro temor por la tuberculosis se aminoró con el desarrollo de su respectiva vacuna. Y, cuando creíamos al sarampión invencible, un trabajo multidisciplinario —en el cual contribuimos— pudo contenerlo. Vemos entonces que, arrecie en su furia o nos aceche con mirada furtiva, hemos sabido manejar al toro: cumplimos con mantenernos con vida.

A pesar de haber tenido esos logros, ellos nos han impedido ver otra cara de nuestra disciplina. Además de propiciar una vida más cómoda a los pacientes, no debemos olvidar que el trabajo por la salud no termina ahí. Por lo regular se piensa que la medicina se explica con sólo diagnosticar y recetar, como si nuestra relación con el paciente se agotara en brindarle el remedio adecuado. Y en eso, colegas, nos ganan por mucho el paracetamol, ketorolaco y naproxeno. Cuando yo estaba en la facultad un profesor repetidamente nos hacía hincapié en que la salud se preservaba, no se adquiría. Aunque fuese tardado, el cuidado de nuestro paciente era habitual, no se reducía a un par de citas. Por ello somos más que dispensadores o administradores de los farmacéuticos, nuestra ciencia no puede terminar con la remuneración económica. Estar frente a un paciente nos lo exige.

Todavía en un grado más contundente, recordemos que nuestra actividad no acaba rápidamente. La ciencia médica nos exhorta a que estemos en constante investigación. A pesar de que nuestros alimentos salgan del propio trabajo, nuestros diagnósticos, nuestro interés por la salud rebasa el oficio en el consultorio u hospital. No hay que olvidar la complejidad de cada padecimiento. Pese a que con los años se vayan descubriendo más, cada uno nos pide que lo examinemos hasta nuestro último suspiro. Seríamos pocos comprometidos si sólo evadimos a las bestias, es menester que las afrontemos. Desde el momento que ingresamos a la facultad de medicina, entramos en este sendero interminable. La investigación se asume como nuestra vocación.

Como ya mencioné, he querido decirles esto en el marco de esta celebración para loar nuestra ciencia. A pesar de que a veces nos veamos como mecánicos del cuerpo, no quitemos el dedo del renglón en que somos médicos. Cuando yo entré a la universidad mi madre me dijo que mi labor era bellísima porque estaría al cuidado de una de las grandes maravillas de la Creación. Por ser una maravilla, a veces escondida, nos resta cuidarla y desentrañar su perfección. Salud significa eso, no solamente andar reparando el cuerpo humano. Si no nos regocijamos siendo parte de esta maravilla, al menos tengamos la noble satisfacción de que esta perfección será llevada a cabo en el paciente. Centrémonos en eso y haremos honra a nuestra ciencia.

Gracias por su atención y a nuestro organizador, demos paso a este evento.

*Discurso inaugural leído por el Dr. Caín Espinas García en los Premios Salud 2015 de la Fundación Carlos Slim.

Bocadillo de la plaza pública. Nuestro festín electoral terminó y se respira un clima de frustración y decepción. Algunos asistentes fueron retirados a la fuerza, inconformes perdieron su registro. Otros más jovencitos sorpresivamente tomaron mayor posición en el panorama político. Varios ciudadanos continúan aún molestos por la insolencia del Partido Verde, parece inverosímil que hayan hecho caso omiso a todas las sanciones (¿de dónde sacarán todo el dinero para éstas?).  Todavía mayor cinismo con que varias estrellas hayan sido contratadas para proselitismo verde el mismo día de la elección. En algunos estados se acentúa aquel clima, por ejemplo, Colima donde los perdedores afirman que hubo irregularidades y se muestran no muy satisfechos con los resultados. De igual modo en algunas entidades más pequeñas donde se alega una posible imposición. Pareciendo brillar ante este escenario brumoso y oscuro, encontramos el triunfo de las candidaturas independientes.

Entre todos ellos —no hay que olvidar a personajes importantes como Manuel Clouthier, quizá el que tenga mayor atención mediática sea Jaime Rodríguez “El Bronco. En parte ello se debe a que en sus manos está uno de los estados más sobresalientes de la República, Nuevo León. Un amigo mío, bloguero con nombre exótico, me resaltó la procedencia del susodicho. Y es cierto, después de 33 años de haber pertenecido al monstruo de dos cabezas, a ocho meses de la elección firmó renuncia para su candidatura independiente. Cierto es que hay un trabajo de alcaldía previo, uno que lo mostró como uno de los hombres más valientes de la entidad. Pese a ello, debemos tener cuidado con nuestro entusiasmo por esta clase de candidaturas (como se ha visto en el estado mismo o medios nacionales de comunicación). Si afirmamos la independencia por no pertenecer a ningún partido predominante, de acuerdo a estos parámetros, AMLO también sería independiente. De hecho tendría mayor mérito porque pudo fundar su propio partido y por posicionarlo altamente en estas elecciones. Apuesto que aquellos entusiastas estarían en desacuerdo con esto último, bueno… algunos. Enhorabuena esperemos que el clima de decepción no se extienda otros años en Nuevo León.

Señor Carmesí

Bibliofagia

Fedón 98c

Para qué leemos se preguntan varios por ahí con cierto aire de erudición. Incluso hay aventureros que dedican gran parte de su tiempo tratando de explicar el gran misterio que encierran las letras. Otros, un tanto menos cuerdos, se avientan la tremenda puntada de escribir libros enteros, extensos tratados con rebuscadas analogías e imágenes danzantes y figuras de humo mal trazadas, pero bonitas, fingiendo que explican algo que ni siquiera pueden ilustrar. Del otro lado de la mesa, hay un montón de seres que leen como comen, que literalmente beben tinta y devoran ideas, adoptan por nombre propio y bandera cualquier palabreja que les venga a la mente y que suene sesuda. Es que hay que pecar de soberbia o de ceguera para creer que uno puede hablar sobre lo que es la finalidad de la lectura (o para creer que se puede aprender tal cosa). Para qué leer, es una pregunta eterna que muy pocas veces nos lleva a un puerto firme construido sobre tierra más amplia que un ligero islote flotante en medio de la nada. Algunos listillos se levantarán el cuello y dirán que tiene tanto sentido buscarle la causa final a la lectura como lo tiene buscársela a un perro. Y tal vez digan bien, tal vez no se le encuentre mayor provecho a una labor tan redundante y la respuesta a la pregunta sobre para qué leemos, no sea otra que “para leer”. A ésta se le puede unir encaje con finos hilos retóricos invisibles como los del traje nuevo del emperador, se les puede pegar con Resistol cinco mil una sonrisa irónica como la del gato de Cheshire y condimentar nuestros discursos profundos con un picante y sutil toque de pedofilia citando a Alicia en el País de las Maravillas (para aparentar harta erudición e ingenio). Vaya, siempre se le puede perfumar a las palabras, darles texturas e incluso hacerlas parecer como que dan un orden al caos, hacer creer al lector que por el hecho de leer, por la sencilla suerte de tener un código descifrable podemos encontrar el hilo de Ariadna con el que está tejido el Caos de la realidad. Sí, quien escribe sobre para qué leer dice un montón de cosas similares, lo vi en un tuit con fotografía, por lo tanto es verdad.

Yo no soy listillo ni quiero verme como tal, por eso los señalo a la distancia, desde la comodidad de mi silla reclinable de peluquería. No pretendo ser un ordenador del Caos, ni mucho menos creo poder hacerlo. Sin embargo, creo que el Cratilo no pasó en vano por mis ojitos que se han de comer los gusanos con su muda hambre natural, y aquél que me quiera apantallar diciéndome que un montón de locos voluntarios usan el lenguaje arbitrariamente, bueno, tendrá que hacer más que ponerle chispitas de color azul pastel a su texto, de eso ya estoy curado. Me preocupa más la causa de los lectores de dichos textos, es cierto que hay un montón de gente que le gusta leer sobre leer (así como hay gente que le gusta escribir sobre leer y titula sus textos con nombres que rebosan de ingenio como “Lecturas sobre la lectura”). Estos comensales de ideas siempre terminan contándonos lo maravilloso de la lectura con un intento vano de lograr los colores tan bonitos que el escritor que les vendió su libro alcanzó a iluminar. Tristemente, hablo por mi experiencia cotidiana, aclaro que no todos los lectores que conozco caen dentro de esta categoría; una gran parte de ellos cae en la más común y vulgar (desde mi punto de vista) admiración por lo escrito de “es que te hace sentir cosas” (hablando a grandes rasgos), estas cosas pueden ser tristeza, alegría, emoción, amor, excitación y un sinfín de emociones de esas que también te transmite el cine, el teatro, o la música, y de las cuales la gente se expresa por igual cuando habla sobre cualquiera de ellos. ¿Quién quiere leer sobre para qué leer? Mi pregunta está plagada de genuina duda, vaya, es como querer comer mientras comes, dormir mientras sueñas, o despertar en vigilia y creer que estás haciendo algo correcto porque le estás dando un uso a tu libro (o a tu comida, o a tu sopor, o a tu vida). Vaya, ¿por qué quisiera saber cualquiera para qué leer? Me resulta tan absurdo como decir que todos alcanzamos a ver el fin último de nuestras acciones todo el tiempo, y de no lograrlo, preferimos no actuar. Tal vez parezca interesante la pregunta de “¿para qué leer?”, tal vez haya un punto que en lo personal no alcance a ver; sin embargo, uno lee y ya, no hay más. Que si la escritura es un modo de comunicación, también son los gestos. Que si la escritura es la caja de pandora donde se guarda toda la información, tal vez lo sea, pero saberlo no nos sirve de nada, y no saberlo tampoco es causa de acción alguna, vaya, lo que quiero decir es que me parece que la pregunta es tan trascendental como el gruñido de un babuino.

Creo, en lo personal, que este tipo de textos son un vicio de nuestro tiempo, son el vómito consecuencia de nuestra terrible adicción a la educación y nuestra ciega fe en su poder salvador. (como diría por ahí Dante en su Convite) La educación es como un festín de algunos pocos convidados  — o eso quieren creer esos pocos —, uno come y come y come y solo Dios sabe con qué cosa provechosa se le queda en las tripas de la cabeza, y qué otra deja ir sin apego alguno. No me imagino a Avicena convenciéndose a sí mismo (mucho menos convencido por otro) de que hay un para qué ejercer la lectura, cuando lo pienso leyendo a Aristóteles, o a Borges leyendo a cualquiera, no creo ni por un momento que hayan necesitado una educación que sembrara la semilla motriz de tan noble tarea. O al revés, me cuesta mucho trabajo pensar que, cual Testigo de Geová o mormón en misión evangélica, un día pueda pararme fuera de una secundaria predicando a esos pequeños salvajes el para qué leer (consiguiendo el éxito en la misión). No imagino siquiera cómo venderles la finalidad de la acción, ¿les diría que serán más sabios, más fuertes, más listos, más astutos? ¿Qué no la vida se encarga ya de eso? Basta con tener experiencias como para adquirir sabiduría (no importa si mundana o refinada, eso es lo de menos). ¿Les diría que sabrán más? No sé, tal vez ellos tampoco, y por muchos libros que lean hay cosas que solo la experiencia se los dará. Nuevamente, no puedo imaginarme a Kant leyendo a Homero o la Biblia porque algún ilustrado y bien letrado caballero le pasó un panfleto con un razonamiento que explica para qué leer (o uno adornado con imágenes creativas y didácticas de Plaza Sésamo). Lo que quiero mostrar y tal vez no lo he logrado hasta ahora, es que aceptar que uno lee teniendo en mente un para qué, elimina en gran medida al amor por la lectura (si no es que lo suprime del todo). Ya, lo dije así, sin pelos en la lengua. Volviendo al ejemplo de Avicena, no lo imagino leyendo a Aristóteles por una razón que no sea la de amar leer a Aristóteles; así como no me imagino a Kant leyendo la Biblia sin querer hacerlo, sin sentir ese amor por la acción, más que un vulgar condicionamiento que busca un beneficio al final de la tarea; vaya, valga la analogía, no me imagino a Ovidio salivando como perro de Pavlov por leer a los trágicos y después de hacerlo quedarse quietecito, sin mayor trascendencia, bebiendo el vino agrio del exilio y esperando la visita de la Muerte. Querer educarnos en todo, es un error, un error que cometemos bien seguido, tal vez no sea nuestra culpa, y lo sea de Plaza Sésamo por hacer irresistiblemente divertido el aprender, eso o que toscamente logró mezclar el placer de la diversión en un licuado de enseñanzas. Tal vez sea nuestra necedad de darle uso a todo, las propagandas del Estado para que leamos son muy concretas, muy directas: Las cosas son para darles uso, ¿no? Los libros son para leerlos, uno tras otro y entre más, mejor: como la ropa de las plazas comerciales, como las palomitas de maíz en el cine, como las prostitutas de Puente de Alvarado. No sé, tal vez nunca lo sepa, me cuesta trabajo pensar que es posible escapar a los dogmas culturales que me tocaron vivir según mi época. Tal vez esté equivocado, tal vez la educación sea el camino que nos hará más humanos y reedificará la mancillada dignidad que poco a poco ha ido perdiendo su valioso significado (como dicen por ahí los pedagogos, que saben sobre la importancia de la necesidad a la hora de concluir premisas y elaborar correctos razonamientos sin ayuda de Abelardo y su verde plumaje); tal vez solo hace falta publicar un montón de tuits y entradas de Facebook, imprimir un montón de panfletos y llenar los espectaculares del periférico con la definición de la palabra Dignidad, poner a los niños de primaria a hacer mil planas de ella, (no importa si en escalerita o normal, lo que importa es que se lo aprendan); para que ésta sea parte de nuestro ser. Por lo mientras, vuelvo a recostarme sobre la costumbre del día a día; antes de volver a sumergirme en el interminable oleaje de información que intenta educarme cada vez con más fuerza y violencia, déjenme decirles que me ofende que haya textos de este tipo. Creer que hay un para qué en la acción de leer, me parece tan aberrante como pensar que basta con saber para qué se le paga a una prostituta como para poder someterla a nuestra voluntad. Dirán lo que quieran esos intelectuales que escriben sobre para qué leer, pero me niego a aceptar que basta con saber que el cuerpo humano está para alimentarse.

La amarga oportunidad

Hemos logrado asumir la inminencia a la muerte. En otras ocasiones siempre se volvía un hecho incómodo, uno que incluso hacía que cayera la sombra de solemnidad sobre la mesa. Ahora es distinto, no sólo ya no le guardamos ese respeto o temor, sino que incluso la abrazamos con resignación. Tal actitud la podemos ver en las habladurías donde nos vemos inmersos: al ritmo del éxtasis del beat celebramos que sólo se vive una vez (¡YOLO!) o también las pláticas motivacionales nos recetan que tenemos el tiempo contado con miras a la  felicidad. ¿Con ello será casualidad nuestra fascinación por los escenarios finales? ¿Nos daremos el lujo de cómo morir: por la rebelión zombie o por la inevitable Tercera Guerra Mundial?

Morimos y nadie lo puede negar. Pese a que la primera certeza tenida sea nuestra finitud, nuestro porvenir es la oportunidad única. De este modo aquello que vivimos está delimitado por nacimiento y muerte, por esta finitud comprendemos el sentido de la vida. Tenemos en nuestra consideración a los segundos que caen, a los minutos que acaban, a las horas que pasan y los días que se gastan (gracias a la ciencia moderna la cuenta puede seguir hasta los nanosegundos). Depende de nosotros si aprovechamos cada granito de arena ofrecido.

Ante fatal desenlace nos dicen sonriendo que no debe haber impedimento para que gocemos la vida. Justamente nuestro derecho prístino reside en este hecho fundamental. Ríe, llora, canta, sufre, enamórate, tropieza: el mundo ocurre hoy y nos fue dado para enfrentarlo (luego será demasiado tarde). Debido a lo anterior, todas las discusiones en torno a la moral se diluyen, pierden su sentido cuando se ha instaurado el mandamiento último de vivir. Toda pregunta por la restricción apunta a distraernos o limitarnos, es decir, ¿por qué tiene que haber pecado y vicio si la vida consiste precisamente en vivirla?

Así ponemos nuestra determinación por la propia vida. Dado que en algún momento se terminará, no podemos perder tiempo en otros asuntos. Lo importante resulta el encuentro consigo mismo y su respectiva realización. Mi felicidad sólo puedo hallarla en mi plenitud. En el caso de que no ocurra así, se destapa el fracaso existencial: la vida puede acabar sin que realmente la haya hecho mía ¡Sal a morir del mejor modo! Intenta saborear el trago amargo.

Bocadillo de la plaza pública. Además de ciertas grabaciones comprometedoras de un funcionario federal y unos mozuelos en un municipio, destacó la muerte de un niño a manos de otros no tan chiquillos. En efecto, el caso en Chihuahua estremeció por la crueldad ejercida por los menores de edad, al principio jugaban al secuestro para después terminar asesinando al infante a sangre fría —o helada. Lo interesante y preocupante se encuentra en todo lo que aconteció ante ello. Sumergida en el dolor la madre clamó por justicia y exigió que los involucrados quedaran refundidos en prisión. Cumpliendo su papel la salvadora señorita Laura ofreció a brindarle apoyo por medio de un abogado y una nada despreciable (¡ja!) cantidad de dinero, mismos que terminó por devolver la afligida. A pesar de lo anterior, la perseverante abogada (sí, Laura Bozzo presume sus estudios en Derecho) quiere promover una ley para que menores así puedan ser juzgados (sus palabras: Yo creo que un niño que tortura (…) no es un niño, es un ser humano con una enfermedad, es un sociópata). Mientras tanto otros quieren contribuir con marchas para concientizar lo desgarrado del tejido social y fortalecer la institución de la familia. Esta preocupación social se ve también reflejada en los medios electrónicos, en ellos encontramos muchos indignados que también exigen el encarcelamiento de aquellos jóvenes (algunos incluso piden su sangre). Todo esto pese a que el fiscal general de Chihuahua dijo que en el móvil no hay más de fondo que esto [el inocente juego] (…) en el tema estrictamente de la investigación, queda prácticamente agotado… El tuerto es rey en el país de los ciegos: Frente a la masacre de Columbine, al implicarlo como el responsable indirecto del crimen, algún director de un documental le preguntó a Marilyn Manson qué le diría a los generadores de la masacre. Él respondió lo siguiente (¡ay, nunca pensé que citaría a Marilyn Manson!): No les diría una sola palabra, yo escucharía lo que tendrían que decir, y eso fue lo que nadie hizo.

Señor Carmesí

Biología

Su corazón latía con fuerza. Se podría decir que sus órganos sensoriales se aferraban a lo que les rodeaba: nunca había visto tan brillantes los colores, su oído no había notado tal cantidad de sonidos, su olfato se saturaba con todos los olores que había en torno suyo, su boca se inundaba con un sabor nuevo e indescriptible; y su piel vibraba, con tal intensidad que cualquiera diría que estaba temblando…el flujo de sensaciones terminó pronto para él, pues la muerte se apoderaba de su ser,  y los niños en el laboratorio aprendieron en ese momento que la vida es algo que se puede quitar sin culpa y que quizá algún día se pueda otorgar de nuevo, siempre y cuando haya más seres dispuestos al sacrificio en aras de una técnica capaz de redimir al hombre.

Maigo

SIEMPRE ES LO MISMO

Siempre es lo mismo

Cada vez me voy convenciendo más de que la apatía es el problema central, actual, del alma humana. Apatía en el sentido más etimológico: no padecer nada, y si se le padece no preocuparse por ello. Rastrear esta enfermedad puede tener varios caminos, pero al menos comencemos por uno que parece el más próximo.

     Anteriormente los investigadores se apresuraban a leer o estudiar aquello que les interesaba tanto, ya fuera porque reconocían que la vida se les iba acabando y preocupados por saber algo antes del final, adelantaban todos los pasos que pudieran, o ya fuera porque temieran que aquello que estaban investigando, así como lo que posibilitaba su investigación eran inciertos, o mejor dicho, algo que pudiera esfumarse de un segundo para otro, hablo de que aquello podía derrumbarse, o morir o cambiar. Todavía peor, que tal si la razón, o su deseo se alteraban por alguna enfermedad grave, había que darse prisa, pero sin volverse loco. El deseo de saber y de llegar a ese saber estaba a flor de piel.

     Todo esto dejó de ser un problema cuando se dio fijeza a todas aquellas cosas perennes que habrían de ayudar a encontrar cualidades eternas, gracias a los avances tecnológicos que pueden ayudar a conservar más tiempo lo que se busca, el investigador moderno no tiene más que introducir en el rastreador electrónico lo que desea saber y ahí estará siempre a su disposición, no hay prisa en alcanzar algo que siempre estará ahí, puedo ocuparme de tantas cosas como quiera, pero mejor las dejo para más tarde, al fin y al cabo haciendo ejercicio y tomando lo que el doctor me receta podré vivir lo suficiente para saber todo lo que pueda. Y esto no sólo para el que desea saber, también para el que desea viajar, o poseer riquezas, la vida se ha extendido casi indefinidamente, que no hay de qué preocuparse. Algún día se hará todo eso. Se nos está olvidando que la mortalidad es parte constitutiva del hombre, gracias a que el conocimiento por el que lucharon algunos, hace unos cientos de años, nos permite dominar la naturaleza, al grado de acercarse tanto a los dioses que ya pronto nos burlaremos de ellos, aunque quizás lo dejemos para después, porque ahí van a estar siempre.

     La dominación por el saber ya ni siquiera es algo tan importante; presumir lo que se sabe ha dejado de ser señal de un claro intento de superioridad, pues cualquiera en cualquier momento podrá acceder a ese saber. Todo está a nuestra disposición, todo excepto el deseo. Todo está fijo, incluso los problemas, <<mañana le reclamo al agresor, ahí va a seguir mañana>>, piensa el hombre. Quizá un problema más serio sea que ya ni en lo fijo podemos ver alguna cualidad. Todo es igual.

Javel

Expulsión

Por ello lo echó del jardín del Edén, para que trabajara la tierra de donde había sido formado. Gén. 3:23.

Las versiones al respecto son tantas, que la verdad se va perdiendo entre las mismas. Algunos cuentan que lo expulsaron del templo, y hasta dan detalles del suceso, otros dicen que lo sacaron de ahí sin hacer tantos esfuerzos, porque la verdad ya quería cambiar su rutina.
El hecho es que ya no está en el templo y que ahora habita en otro lado, a veces porta una bata como investido con los ropajes de un ritual, a veces sólo está expuesto como conviene a quien ha cambiado el templo por la majestad de un laboratorio lleno de instrumentos.
Maigo.

La Guerra Mundial

«There is an understanding much rarer than one would expect, an understanding inspired by love; and love, though in a sense it may be admitted to be stronger than death, is by no means so universal and so sure. In fact, love is rare –the love of men, of things, of ideas, the love of perfected skill. For love is the enemy of haste; it takes count of passing days, of men who pass away, of a fine art matured slowly in the course of years and doomed in a short time to pass away too, and be no more. Love and regret go hand in hand in this world of changes swifter than the shifting of the clouds reflected in the mirror of the sea».

–Joseph Conrad

«In this solemn hour it is a consolation to recall and to dwell upon our repeated efforts for peace. All have been ill-starred, but all have been faithful and sincere».

–Winston Churchill

Hace cien años comenzó –si los comienzos de tales cosas pueden ser rastreados hasta fechas, antes que a acciones– la Primera Guerra Mundial. Diez años después murió Joseph Conrad, un hombre de profunda sensibilidad a quien tocó en suerte vivir el gran cambio que significó la modernidad para las armas de los hombres y sus modos de combatir. Él, marinero además de escritor, navegó aún en barcos de vela y se admiró del veloz sobrecogimiento que la armada inglesa sufrió por el furor que las ventajas de los barcos de vapor propiciaron, mientras describía con gravedad un mundo que cambiaba sin esperanza de volver atrás. Diez años antes de que el infame despliegue de crueldad se liberara, se cumplieron cien años de la Batalla de Trafalgar, la conclusión del más feroz combate que las fuerzas navales habían vivido hasta entonces y en la que el almirante Horatio Nelson murió entre estratagemas que le ganaron a Inglaterra la superioridad con la que impulsó la revolución industrial. Se celebraba, pues, su centenario luctuoso cuando Conrad escribió que toda nueva táctica que llevó al almirante a vencer a la alianza española y francesa nació de una combinación de magnífica buena suerte con desestimación de la importancia del viento. Nelson fue el primero, dice el escritor, en navegar aun con vela como si mandara en un barco de vapor. Quienes vivieron los desastres de las trincheras y el odio ciego de la Primera Guerra Mundial se enfrentaron con dolorosa sorpresa al significado de esa descripción.

El viento tiene mucho que decir. Puede segar planes con plena indiferencia al brío de las intenciones con que se fraguaron, o puede también preñarlos de éxito; puede susurrar los secretos de los tiempos a los muy atentos, o puede engañar a estos mismos llevándolos a su ruina. El carácter del viento es difícil de predecir, y lo ha sido desde siempre. Pronosticadores los ha habido muchísimos, con toda suerte de métodos; pero no ha nacido aún quien controle el tiempo. Cuando el general en Trafalgar venció a su enemigo mostrando que con el ímpetu de las nuevas tácticas se podía dejar de acatar al viento, se podía dejar de temerle, se podían olvidar sus advertencias, los navegantes se emocionaron por una conquista más profunda que la que celebraban sobre los otros marinos. Orondos por su gloria, habían desafiado a la naturaleza, y los temblorosos enemigos, respetando los signos del cielo, habían sucumbido ante ellos. Quien navega como mandando en un barco de vapor no necesita al viento. El mundo, que para los demás es obstáculo, para él no significa nada; no dice nada. El hecho de tener o no un barco de vapor es indistinto, la verdadera acción radica en la desatención, en el menosprecio. El hecho de tener una bayoneta, un tanque, una bomba atómica o un dron teledirigido no hace ninguna diferencia tampoco. El soldado que en sus manos tiene no sólo la conquista de las vidas de los demás, sino la soberbia de conquistar al mundo, vive igual con rifle que sin rifle. Su libertad es la pretensión de haber superado a la naturaleza y su imperio es la guerra constante con los otros hombres.

Entre todos estos, Joseph Conrad no quiso dejar de escuchar, y no concedió los laureles a los conquistadores temerarios de su época, ancestros cercanos de la nuestra. La causa es que en el fondo no hay tirano victorioso. Aunque la fiebre se diseminó tan velozmente que en una sola vida la maquinaria del progreso había hecho al mundo pensar que veía ya una nueva cara, que en doscientos años se había podido modificar por entero lo que por más de dos mil se pensó, Conrad tan sólo la miró como una celebración anticipada, un triunfo de la vanidad. Ni el viento ni el mar pueden ser imperio de nadie, y por eso escribe: «El mar es el rey al que los jefes vikingos inclinaron su cabeza, y a quien el moderno y palaciego barco de vapor desafía con impunidad siete veces por semana. Y aun así, éste es un desafío, pero no es victoria. El magnífico bárbaro se sienta entronado vestido de una capa de nubes delineadas de dorado, mirando desde lo alto a grandes buques deslizarse como juguetes mecánicos sobre el mar y a hombres que, armados con fuego y hierro, ya no necesitan cuidarse ansiosamente del más mínimo signo de su regio carácter. El tiempo mismo, que cimbra todos los tronos, está del lado de aquel rey. Él aún puede asegurarse de que las nuevas repúblicas y los viejos reinos, con el calor del fuego y la fuerza del hierro, con las innumerables generaciones de hombres audaces, se desbaraten hasta el polvo a los pies de su trono, y fallezcan, y sean olvidados antes de que su propio reinado llegue a su fin. Hay una variedad infinita de ventarrones en el mar, y exceptuando el peculiar, terrible y misterioso gemido que puede ser escuchado algunas veces pasando a través del rugido de un huracán –exceptuando ese sonido inolvidable, como si el alma del universo hubiera sido inyectada en un lamentable quejido– es la voz humana la que, después de todo, graba la marca de la consciencia humana en el carácter de un ventarrón».

En estos tiempos tan obscuros y tempestuosos, ¿qué podríamos escuchar si pusiéramos atención al viento? En cualquier caso, parece importante preguntar si detenerse a escuchar puede ser ventajoso para algo. ¿Cuál es el carácter humano que escucharíamos en él hoy, después de cien años de que se libró la guerra entre hombres que mandaron sobre los suyos como quien navega un barco de vapor?