Esperanza

Dedicado con mucho cariño a O. G. M

 

El monje, en completa y humillante soledad, exhaló su último aliento. Cuando encontraron su cuerpo no era más que despojos apenas reconocibles de lo que alguna vez fuera un ser espiritual. Ni un discípulo, ni un amigo estuvo a su lado en el último momento –ni siquiera cuando fue arrojado a la fosa común. Nadie le lloró.

 

Años después floreció un pequeño manzano justo en el lugar donde murió el monje. Reverdeció durante pocos años pues parecía no dar frutos ni dejar descendencia alguna a su alrededor. Cuando se marchitó lo cortaron de raíz y lo hicieron leña. Nadie supo nunca que lejos de ahí, en otra comarca relativamente lejana, habían ido a parar todas sus semillas, convirtiendo una agreste estepa en un hermoso bosquecillo.

 

Gazmogno

Harakiri

El monje se cruzó de piernas a mitad del templo, tomó una pequeña cuchilla que se encontraba frente a él y, en lugar de abrirse las entrañas como lo dicta la tradición del deshonor, se clavó la hoja en el pecho. «Se abrió un par de labios,» dijeron sus discípulos conmovidos, «para que pudiera hablar su corazón».

Gazmogno

El vacío

El monje extendió la mano para tocar el vacío. Su discípulo lo miró desconcertado y preguntó si lo que había tocado no era el tronco de un árbol. En ese momento una rama se quebró y cayó justo en la cabeza del discípulo. El maestro, riendo, respondió, “el árbol, en su infinita benevolencia, te acaba de abrir la cabeza para que puedas vaciarla”.

 

Gazmogno