Duda

Si un incendio se apaga con agua, ¿por qué ante el fuego de maldad que consume al mundo nos empeñamos en querer extinguirlo con las brasas quemantes del odio?

Gazmogno

Fábula sobre el amigo que se pierde

Tenían razón después de todo. El viejo lobo, el zorro, el de las mil poses, tenían razón con respecto al mundo. Había que tallarse una máscara a fin de cuentas. Había que aniquilar al otro con la ausencia de uno, forjarse un otro y malabarear el alma para no sucumbir. Había que tener una personalidad doble, triple, hacia afuera.

Y así lo hizo.

Lo que nunca le dijeron fue cómo no perderse en esa laberíntica y vacía otredad que terminaría siendo uno mismo.

Gazmogno

Perdidos.

Las estrellas pocas veces son visibles, a veces algo nos impide contemplarlas y entender que en el cielo se dibuja un maravilloso mapa de la creación. Quienes contemplaron en su momento a las estrellas estaban libres de perder el rumbo y si acaso lo perdían no tardaban en encontrar pronto el camino que los llevaría a donde necesitaban ir. Algunos viajeros se guiaban por las estrellas para regresar a casa, éstas siempre tuvieron la cualidad de ser eternas y de moverse de manera constante como para decir al navegante dónde se encontraba el hogar, sin importar si el tiempo fuera del mismo había sido de veinte días o de veinte años. Gracias a la vista de los astros era posible saber que el mundo seguía siendo el mismo, el hombre cambia con el tiempo, envejece y se acerca cada día más a la morada de los muertos, pero el cielo continúa y muestra su rostro siempre igual a los nuevos habitantes del mundo.

Sólo un cambio en las estrellas sería suficiente para entender un gran cambio en el mundo, y únicamente quien ve al mundo y viaja por el mismo se puede percatar de un cambio en el firmamento, no es posible quedarse inmóvil cuando se presenta tal modificación, y tampoco es posible regresar al hogar siguiendo el mismo camino de salida cuando todo ha cambiado ya.

Es una lástima que una nube de preocupaciones mezquinas nos impida ver a las estrellas, ya no podemos ir a casa, y menos podemos hablar de grandes cambios en un mundo que por falta completa de interés nos resulta desconocido.

Maigo.

Antídoto

No digo que esté enfermo de amor

porque decir que estoy enfermo de amor

sería decir que estoy enfermo de ti

y tú no eres una enfermedad:

eres el antídoto contra la oscuridad del mundo.

Gazmogno

Primogenitura

Una bendición no dice nada entre los ateos, el bendito o el maldito son lo mismo en un mundo iluminado por las lumbreras que trae consigo la igualdad, en especial cuando ésta no se limita al ámbito de lo formal, como ocurriría en el momento de presentarse ante una autoridad legal que sólo es autoridad por que se le da ese nombre.

Cuando la igualdad llega hasta el ámbito de lo cualitativo ya no debemos preocuparnos por distinguir al bueno del malo, pues estas categorías se vuelven vacías y carentes de sentido en un mundo sin diferencia. Sin diferencia, ser bendecido o maldecido es algo que se queda en el decir. Y pensar que la maldición o la bendición se quedan en el decir y, decirlo de esta manera supone que el decir ya no tiene importancia, que da lo mismo lo que salga de la boca del hablante, porque el hablante mismo carece de valor como para ser distinguido y escuchado.

En cambio que la bendición o maldición tengan algún peso o importancia, supone que lo que se dice importa, porque importa el hablante que lo dice, de modo que no cualquiera bendice o maldice y no todos son igualmente benditos o malditos.

Así pues reconocer la importancia del bendiciente o maldiciente y la diferencia que hay entre ser maldito o bendito por el primero, implica no sólo el reconocimiento de la diferencia que hay entre ser una cosa u otra, sino entre aquél que entrega la bendición o maldición y el que la recibe.

De modo que la diferencia entre uno y otro trae consigo la distinción de una clara jerarquía en el mundo, la cual no puede estar presente sin un orden que se aprecia en todo momento, en todo lugar y en toda acción realizada por el hombre, sin que esa acción se convierta en una ilusión capaz de comprometer a la libertad del mismo.

Este modo de mostrar el orden que tiene la bendición o maldición permite que haya cambios en lo establecido sin que se comprometa la estabilidad de lo mismo: de tal manera que se siga una bendición de primogénito a quien sin serlo ha comprado tal derecho con un plato de lentejas.

Maigo

Gazmoñerismo azul

Como un sabio que se retira a la montaña en busca de dios, así abandoné yo el mundo aquella noche entre tus pechos.

Gazmogno

Mala suerte

Edmundo siempre había tenido mala suerte, entre más deseaba algo era menos probable que ocurriera y, a la inversa, cuanto más despreciaba algo las probabilidades de que ello sucediera aumentaban. En ello Edmundo se percataba del odio que el mundo entero le profesaba, pero no por eso dejaba de amarlo, o al menos eso decía él, porque su amor era expresado mediante una interminable cadena de quejas que solía interrumpir de vez en cuando con un –pero a pesar de todo amo lo que tengo y lo que soy- .

Así es, Edmundo se quejaba de todo y de todos, se quejaba del Sol cuando hacía calor, pero también se quejaba de él cuando hacía frío o cuando el día estaba templado, pues el Sol no sabía satisfacer sus caprichos y necesidades, también se quejaba de la Luna, porque nunca aparecía llena cuando quería ver bien de noche o porque estaba demasiado brillante cuando quería pasar desapercibido.

Cuentan que alguna vez tuvo amigos, pero que decidió alejarse de ellos cuando vio que eran conformistas, es decir, cuando notó que nunca se quejaban de lo que en el mundo pasaba o hacían algo para aminorar su mala suerte. También cuentan que alguna vez tuvo novia, pero que se alejó de ella porque nunca hacía caso de sus buenos consejos. Él pretendía ayudarla a vivir de verdad, a progresar en la vida, pero ella nunca quiso ser ayudada, porque decía que se sentía feliz, sentimiento que Mundo, porque a veces así le decían, juzgó como debilidad de carácter y de juicio, defecto que nunca pudo perdonar a su bien amada.

Efectivamente Edmundo siempre se quejaba, porque consideraba que no quejarse era señal de debilidad o de estupidez, así que terminó sus días sin nunca lograr sentirse contento con algo, pues su mala suerte le impidió encontrarse con algo bueno, con algo que lo dejara satisfecho, pues cuanto más había tenido más había deseado y el mundo como buen rebelde nunca le daba lo que realmente quería en el momento en que debía.

Maigo