El soledoso arte de narrar

El soledoso arte de narrar

Algunos creen que el escritor imagina una trama completa y la distribuye habilidoso en frases. ¡Eureka, tenemos una novela! Otros más consideran que el escritor tiene una idea y va buscando modos de expresarla, tasando la gramática alquímicamente. No faltará quien piense que para narrar se requiere primero la privilegiada mirada que reconoce entre lo diario aquello que puede ser narrado. O bien, habrá quien crea que la obra literaria es producto de la planeación, el ejercicio y el profesionalismo. ¡Metodología de la obra maestra! Pues los lectores preguntamos con entusiasmo por la obra literaria, creyendo que el autor es la autoridad para respondernos todo sobre la obra. Creencia, por cierto, que encuentra su problematización más literaria en Versos de vida y muerte de Amos Oz.

La novela de Oz ofrece una apariencia inicial: se trata del discurso interno de un escritor que reflexiona sobre el arte narrativo a causa de un evento cultural en que será cuestionado sobre su obra literaria. Así, la novela nos va presentando el monólogo interior del autor (que permanece anónimo a lo largo de la obra, pero que es popular y famoso; contradicción, por cierto, con la que Oz nos permite ir más allá de la apariencia inicial. El autor se llama a sí mismo el autor en su discurso interno; nadie se nombra a sí mismo como el autor al interior de su alma. Oz es el autor de un autor que es autor de un autor), al tiempo que va desarrollando lo que parece ser la acción. La acción, empero, nunca se presenta directamente, sino por medio de lo que en la apariencia inicial es el discurso interno del escritor. ¿La acción se realiza por la narración del escritor o el escritor narra la acción realizada?

En cuanto nos percatamos que la acción de la obra siempre es incompleta, o potencial, también nos percatamos de la inexactitud de la apariencia inicial: el discurso interno del autor reúne indistintamente los pensamientos y las impresiones, las reflexiones y las imaginaciones, del personaje llamado el autor. Distinguir la indistinción es importante porque apunta al hecho literario. Cierto, el autor sentado en la mesa de un café imagina el pasado y el futuro de la mesera, la peripecia de quienes ocupan la mesa contigua, la tragedia del conocido común de los vecinos de mesa, la relación posible entre el conocido común y la mesera, o entre la exnovia imaginada del exnovio imaginado de la mesera apenas vista y el imaginado desconocido conocido común de los vecinos de mesa… El discurso interno del autor es imaginación de la experiencia cotidiana, al tiempo que narración, recreación de esa misma experiencia. ¿Las acciones ocurren realmente o es nuestro modo de reunir la experiencia lo que nos permite reconocer las acciones?

Si no hay acciones fuera del marco de un discurso, el origen del discurso es la fuente de nuestra vida diaria. Vivimos en tanto hablamos; los hablantes somos los creadores de lo que vivimos. Sin embargo, Oz no permite que lleguemos a esa conclusión tan sencillamente. El que en la apariencia inicial es el discurso interno del autor y que en una segunda mirada es la imaginación narrativa de un autor aparece pronto como el discurso interno del autor, de aquellos con los que se relaciona el autor y del punto de vista del espectador que es el lector (algo así como ese efecto único de Virginia Woolf al cambiar la fuente de la narración entre los personajes sin que ninguno agote la narración por sí misma). O bien aquello que nos narra nos hace narradores que crean el marco desde el que surgen las acciones, o bien el autor es narrador de las narraciones ajenas y la vida es la reconstrucción literaria del desconocimiento de los otros. ¿Qué es aquello que nos narra? ¿Qué autor puede ser tal que su narración reconstruya la vida de los otros?

No se trata en Versos de vida y muerte de crear con la palabra, aunque a varios lectores les podría ser fácil esa blasfemia. El título de la obra está tomado del título de una obra que forma parte del discurso interno de la obra misma. Versos de vida y muerte nos presenta en varias de sus páginas algunos fragmentos de los poemas de un personaje que intituló su poemario Versos de vida y muerte. La narración novelística crea la obra poética. El lugar de los poemas es el intrincado sitio desarrollado en la novela. En la ejecución de la obra poética encontraremos el lugar de la creación novelística.

Versos de vida y muerte (poemario) es una obra tradicional del sionismo que reivindica al Estado de Israel y a los valores del mismo Estado. Según nos enteramos por la novela, los poemas fueron muy populares en un momento anterior a aquel en que se desarrollan el discurso y la acción de la novela; ahora, no se sabe si el autor sigue vivo y sólo los mayores recuerdan los poemas. La popularidad se explica por la intención nacionalista de los versos. Los poemas arraigan entre la gente, se popularizan, se vuelven necesarios, cuando expresan las opiniones de su tiempo, cuando confirman las convicciones de sus coetáneos, cuando nos dan la razón. Versos de vida y muerte (poemario) es el opuesto a Versos de vida y muerte (novela), que ve con ironía el nacionalismo, que cuestiona las opiniones de su tiempo, que impide confirmar cualquier convicción de sus coetáneos. En tiempos en que los lectores opinan que el lenguaje es sólo un problema, Amos Oz nos hace preguntarnos sobre la distinción entre palabra e imaginación, difuminando dicha distinción. En tiempos en que algunos lectores tienen la convicción de que el lenguaje es yahvista, Amos Oz nos conduce a considerar que el lenguaje sólo es posible por la distancia que da la imaginación: los hombres no creamos con las palabras, sino que por ellas salen a la luz las creaciones. ¿Quién crea? Amos Oz crea un autor que crea un discurso que crea a un autor que crea un poemario que crea a un autor que crea un modo de vida. El autor concluye con toda autoridad: la vida es una alegría que acaba en llanto. ¿Entonces quién crea la alegría? ¿Acaso podremos evitar el llanto?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. Un accidente demasiado perfecto. Tras él, el presidente interpreta los hechos como un problema moral: que no lo acusen los neofascistas. El problema, empero, es legal. Ni el presidente por encima de la ley, ni la moral como excepción de lo legal. Fue un accidente demasiado perfecto.

Coletilla. La revista Letras Libres celebrará 20 años con su número de enero de 2019, un número imperdible, lector, que has de ir a comprar lo antes posible. ¿Por qué? Porque su portada será origen de una polémica importante; podríamos decir que la ilustración de portada llevaría por título “La Rapsodia Bohemia de López Obrador”. El artículo principal es de Enrique Krauze y está dedicado a una detallada revisión de los libros de historia que ha escrito el presidente López Obrador. El historiador muestra la distorsión ideológica de la historia que permea en las opiniones del político que se jacta de estar haciendo historia. Además, el número incluye una narración de Héctor Manjarrez (que este año publicó sus relatos reunidos en Historia), un ensayo de Ian Buruma sobre la libertad del arte y poemas de Hernán Bravo Varela. Además, se celebran cincuenta años de traducción poética de Gabriel Zaid, presentando versiones del sabio mexicano a poemas de: Voltaire, Po Chu Yi, Shakespeare, Geoffrey Hill, Paul Celan, Janos Pilinszky, Richard García, George Bataille, Jan Zych, Fouad El-Etr, Dorothy Parker, Nerval, Safo, Vidyápati y Pessoa. Imperdible, lector, Letras Libres de enero de 2019.

Breve ensayo anímico

Respira y deja entrar todo el humo en tus pulmones, cierra los ojos y disfruta ese momento de paz y después, sácalo lentamente dejando que se deslice por la comisura de tu boca, con estilo. Muy bien, eso es, ahora vuelve a fumar,pero en esta ocasión, fíjate cómo te ves si lo sacas de una bocanada, como si fuera lo más natural del mundo. Muy bien, tal vez así consigas tener más naturalidad a la hora de la fiesta. Sí, está decidido, te hace parecer de mayor edad. Muy bien, ahora ensayemos tu risa, queremos atrapar la atención de todas las nenas esta noche.

Con su cara a medio maquillar: la mitad de ella cobijada con una ligera capa de color blanco, además de un ojo coronado con ese macabro y emblemático símbolo que inmortalizó la prepotencia de Alex. Victor estaba listo para ser el alma de la fiesta. Llevaba al menos una hora mirándose frente al espejo del baño. Éste que descansaba sobre el lavabo y se recargaba contra la pared, era lo suficientemente grande como para reflejar al muchacho desde el ombligo hasta la cara, a pesar de ser solo una esquirla de lo que otrora fuese un lujoso espejo de la época de la revolución. Cuando estuvo completo, medía casi dos metros de alto, y uno de ancho. Lo conformaban un marco de hierro con motivos de Art Nouveau propios de la época, y pequeños grabados en la parte superior del cristal que daban una ligera remembranza al clásico ojo de Osiris que tanto gusta en nuestros tiempos. Sobre la pileta del lavamanos, hay un montón del manchas que el tiempo se ha encargado de tatuar con su tinta un tanto ocre, otro tanto cenicienta. Junto a las llaves se encuentran una tapa de mayonesa color rojo que hace la función de cenicero, un pequeño bote de maquillaje de payaso y un cubito de (hule espuma) engarzado a un alambre con el que Víctor acostumbra maquillarse. De no ser porque el aroma de los cigarrillos del muchacho es demasiado fuerte, el reducido espacio del cuarto de baño estaría inundado con ese asqueroso aroma dulzón del maquillaje que recuerda un poco a la manteca, y para estas alturas, ya sentiría la cabeza darle vueltas a causa de la poca ventilación. Víctor es delgado, más delgado que la mayoría de los chicos de su colegio, quienes vienen en dos presentaciones: o están muy gordos o tienen sus músculos bien definidos sin caer en lo grotesco. Es, además, demasiado alto para su edad, hay quien se burla de él por esta situación y lo llega a comparar con esos muñecos de hule que se yerguen afuera de las agencias de automóviles por el impulso de un ventilador. Su piel morena es cenicienta, seca y correosa, como si de caucho hubiera salido.

Quite lo valiente

El vecino de la casa de enfrente está medio loco. Llevo ya poco más de veinte años viviendo aquí, pero solo hasta hace poco comencé a prestarle atención (un tanto en contra de mi voluntad, debo admitir) cuando un buen día de buenas a primeras apareció una cortina color tabique sobre su ventana. Vamos, no es que yo sea un crítico experto en diseño de interiores o que el color no me parezca adecuado para una habitación; es solo que la antigua tela que estaba hecha en su mayoría de un bordado que simulaba ser de puro encaje blanco, no llamaba tanto la atención, (ni despertaba sospechas). Pero ahora que uno se asoma a la calle a través de su ventana desnuda (yo, a diferencia de mi vecino, no tengo nada que ocultar y por eso la ventana de mi habitación no viste nada) resalta un rojo férreo que lastima los ojos y hace pensar a uno en cosas que nunca deben abandonar su interior. No pretendo con este testimonio, convencerlos de mi posición con respecto a las cortinas rojas, de ser tal mi empresa, me ocuparía de dar un trabajo más elaborado donde describa con una mayor precisión el modo tan desagradable en que desentona una mancha roja sobre una fachada de azulejos blancos. Tampoco se me haría justo que piensen que mi vecino está medio loco solo porque si, ya que eso debe tener algún motivo y uno no se vuelve loco de la noche a la mañana y sin darse cuenta. Antes, unos cuantos años atrás vivía en esa casa un señor de edad avanzada que me trataba bien y me juzgaba con la mirada del modo en que todos los ancianos lo hacen con la juventud, con ese desdén que nace de la idea de que todo va para peor. Sin embargo, mientras el señor Alejo pudo hablar, nunca me faltó un buenos días o un buenas noches según fuera su apreciación del día. El buenas tardes casi no lo escuche por motivos laborales. Al señor Alejo lo encontró una de sus hijas tirado a la mitad del patio y con la cabeza abierta por el golpe unos cuantos días antes de que fuera a darle los buenos días todo el tiempo a Nuestro Señor. ¡Ay, papacito, te caíste! Exclamó en un grito que hizo estremecer a los que lo escucharon. Yo estaba ahí enfrente de la entrada de su casa fumándome un cigarro e imaginándome lo que sucedía detrás de la puerta cerrada. Cuando llegó la ambulancia a recoger el hilacho de carne en que se había convertido el señor Alejo, yo ya no estaba presente para que me dieran las buenas noches, ni él ni sus hijas. Seguramente no me las hubieran dado, había cosas más importantes que atender. Como sea, después del deceso no volví a tratar con la familia, que como bien auguraba el viejo, se corrompió de modo tal que perdieron la buena costumbre de regalar los buenos días. Las cortinas de encaje duraron mucho tiempo donde les conté, tantos fueron los días de su labor ahí que no me di cuenta en qué momento se convirtieron en una tela rojiza, bueno, me di cuenta una noche de insomnio, pero no estoy seguro si fue esa misma noche en la que se estrenaron. Desperté por ahí de la una de la mañana y no volví a dormir esa vez. Las causas de mi insomnio no tienen nada que ver con mis vecinos, ni con el foco desnudo que ilumina la noche de color rojo, como del tono que tiene una Cocacola cuando se mira a contra luz en un envase de vidrio. Yo de pequeño pensé que eso se debía porque eran ciertos los rumores de que los empleados de la refresquera perdían ora un dedo, ora un brazo, ora la nariz y así seguían llenando los envases familiares de partes humanas como si Cocacola estuviera hecha pensando en satisfacer las necesidades que todo hombre esconde en la parte más oscura de su alma. En fin, desde aquella noche, cuando tengo la mala suerte de despertar a deshoras, encuentro una luz roja que ilumina no solo la calle, sino también los celestes muros de mi habitación. No sé si las hijas del señor Alejo siguen viviendo ahí, y de hacerlo, no tengo idea de por qué cambiaron las cortinas de color, bueno, también de estilo, porque las que penden ahora de los alambres que hacen las veces de cortinero, ahora son lisas, como una sabana. Tal vez el señor Alejo se equivocaba un poco cuando me juzgaba con la mirada, porque si algo he de tener, eso es educación. Las buena costumbres me impiden ir a tocar la puerta y preguntar por qué tienen iluminada esa habitación toda la maldita noche cada una de las noches del año, de llegar a inquirir tanto, aprovecharía la oportunidad para preguntar también si no les preocupa llamar la atención de todo el vecindario. No es algo que a mí me gustaría, sí, todos los vecinos saben dónde vivo, pero entre más alejados de mis asuntos estén, mejor. A don Alejo que en paz descanse era el único al que saludaba y solo por cortesía. Sí, no es muy cortés andar entrometiéndose en los asuntos ajenos, mucho menos estar tocando la puerta de una casa en la que solo habitan mujeres (de seguir viviendo ahí las hijas del difunto). Ahora que si el inquilino es uno nuevo y por motivos laborales yo no me enteré de su llegada y quien vive ahí es un varón, el trato terminaría siendo aun menos cordial. Mejor es no preguntar. No vaya ser que con mi visita bajo el pretexto de una plática cotidiana, termine el nuevo inquilino corriendo la mala suerte que tiñó las cortinas de rojo aquél día en que le di por última vez los buenos días al señor Alejo.