Extravío

Y saliendo afuera lloró amargamente.

Mt 26,75

Caminó, y se dio cuenta de lo perdido que estaba una vez que volteó a ver el cielo y ya no encontró el reflejo de tu mirada.

 

Maigo

 

 

 

 

Pesar en el alma.

Sonriendo has dicho mi nombre.

La imagen de lo divino representada por el dolor de Jesús colgado del madero, no deja de ser sumamente  enigmática. Por un lado, es imagen de la máxima humillación y de la soledad que puede sufrir un hombre; pero también es la imagen de la gloria y grandeza de un dios que por amor a los hombres les entrega a su hijo único aún a sabiendas de que estos no sabrán qué hacer con él.

Junto a la dolorosa imagen del maestro crucificado, podemos encontrar otras tantas que nos pueden dar mucho qué pensar, podemos ver al discípulo amoroso abrazando a la madre doliente, a la mujer que cambió su modo de vida con tal de seguir el sendero de un amor que no había sentido sino hasta haber conocido al mismo Jesús, o bien podemos ver al pueblo enardecido y enojado porque la gloria recibida no fue tal como se la imaginó.

Estas imágenes, se presentan una y otra vez a nuestros ojos cuando posamos la mirada en el Gólgota, y son imágenes que se deben tener presentes para pensar en lo que ocurre en torno a los alrededores de ese monte que es al mismo tiempo maldito y sagrado.

Tomando distancia de las cruces levantadas en la cima del monte, de las palabras de los ladrones, uno sinvergüenza y el otro avergonzado, de las lágrimas de la madre, de la compañera y del amado discípulo, nos encontramos con tres discípulos de Jesús que no dejan de enseñarnos algo valioso sobre el sentido de la muerte de su maestro. Los tres están lejos del monte y del suplicio que vemos en el primer cuadro, pero no por ello están del todo lejos de lo que ocurre en ese monte. Los tres conocieron de manera diferente al hombre que muere en la cruz y los tres se arrepienten de manera diferente, por no acompañar a su maestro.

Tomando distancia respecto al Gólgota, vemos a lo que antes fuera un hombre. Ya no lo es porque ha quedado suspendido. En vida quizá fue el único que se ofreció a seguir al maestro, fue quien preguntó si podía y escuchó por toda respuesta un “sígueme”, su nombre es Judas Iscariote, nombre que ahora se da a todos los traidores, de él sabemos que se sentaba junto a Jesús en las cenas, que mojaba su pan en el mismo plato de aquél al que seguía y que en la noche de la última cena fue enviado a hacer lo que debía. Sabemos que distinguió con un beso al hijo del hombre y que recibió 30 monedas de plata por ello, según indicaba la ley, pero también sabemos que se arrepiente y que pretende regresar esas monedas a cambio de que liberen a quien entregó.

Si enigmático es Jesús, también lo son sus compañías, Judas colgado del árbol, puede ser pensado como un símbolo del pesar en el alma que suspende porque no se puede deshacer lo ya hecho, es símbolo de un arrepentimiento que no sirve porque inmoviliza eternamente y condena al arrepentido. Desde el momento en que éste se niega a recibir el perdón que corresponde a los que por ignorancia actúan, a los que hacen lo que deben sin saber lo que hacen, el arrepentimiento pasa de ser un acto bello para convertirse en una carga de la que parece sólo se libran los cínicos.

Por fortuna, no es el único arrepentimiento que nos queda cuando un pesar vergonzoso aquieta nuestra alma. Más allá de los despojos de un hombre colgado, es posible ver a un hombre lloroso, de éste sabemos también muy poco, se nos dice que era pescador, que dejó sus redes al escuchar su nombre mientras lo miraban a los ojos, que fue el primero en reconocer la divinidad de su maestro, que lo negó tres veces y que lloró amargamente por haberlo hecho. Sabemos que su arrepentimiento no lo condujo a la muerte, pero también sabemos que nunca se alivió completamente de ese pesar que traía en el alma, incluso se cuenta que después de muchos años de predicar la buena nueva escuchó su nombre y junto con una pregunta lapidaria: “¿Ahora también me vas a negar’”, pregunta que lo hizo volver sobre sus pasos y sentirse indigno de morir igual que aquél al que negó, por lo que pidió ser crucificado de cabeza.

El nombre de este hombre fue Simón Pedro, y de arrepentimiento podemos ver que surgen acciones, mismas que no terminan nunca de liberar al alma del pesar que siente, el perdón que recibe Pedro llega quizá hasta el final de su vida, que termina de cabeza, quizá como casi siempre había sido a causa del miedo que le impidió seguir en el Calvario a aquélla mirada que lo llamó desde un principio a sentir el amor más grande de todos, el amor de quien da la vida por sus amigos. El arrepentimiento de Pedro en bueno, porque no mata y tampoco admite cinismos porque no acepta que el alma se olvide de su pesar.

Más lejos, en tiempo y espacio de lo ocurrido en el Gólgota, vemos un hombre muy distinto de Judas y de Pedro, éste no convivió con Jesús al igual que los otros, lo que significa que no lo conoció de la misma manera, cuando lo llamó el Cristo, ya habían pasado más de tres días de su muerte, y no lo hizo con una dulce mirada, fue más bien con un estruendoso sonido que trasporto al nuevo discípulo hacia el tercer cielo. De este hombre sabemos que era un orgulloso seguidor de la ley de Moisés, que ayudó a sostener los mantos de aquellos que se dedicaron a martirizar al primer disidente que aceptaba el mandamiento del amor como mandato superior a la ley dada por el profeta. También sabemos que era un hombre cultivado, y que solía viajar mucho, escribía cartas y sabía cómo dirigirse a los distintos públicos a los que escribía.

El nombre de este hombre fue Pablo, y el pesar que sintió en el alma una vez que se percató de que el seguimiento a ultranza de una ley que se ha olvidado de lo bueno a cambio de conservar las formas, lo llevó a una conversión. La cual no sólo significó dejar de hacer una cosa por hacer otra más conveniente, pues esa es una conversión mal hecha en tanto que es acomodaticia. El arrepentimiento de Pablo significó el reconocimiento y la vergüenza que se tiene por haber hecho mal, y la liberación de ese peso en tanto que se deja de lado el orgullo y se toma el camino de la humildad que convierte al señor en siervo y que permite amar y perdonar a los demás.

Muchas imágenes se desprenden del madero en el que sufre el amigo abandonado, así como también se desprenden tres maneras de arrepentirse, maneras que si bien son diferentes dependen de que el alma no haya sido asfixiada por la sensación de que nada importa, de que nada es bueno o malo y que simplemente es.

Maigo.

Del amor negado

Del amor negado

tristis est anima mea usque ad mortem

Burlado, insultado, escupido y golpeado, Jesús asumió su miseria. Colgado en la cruz, abandonado por sus seguidores, abandonado por sus amigos, abandonado por el Padre, Jesús respiraba con pesar: en su boca se mezclaban acremente los sabores del miedo, el dolor, la sangre y el sudor. Sobre su rostro tembloroso las lágrimas se arrastraban por los ensangrentados surcos de sus mejillas, mientras se esforzaba por llevar su mirada perdida más allá de la borrosa soledad que se esbozaba frente a él. Mísero, adolorido, abandonado: soledad encarnada. Jesús sufriente colgado en la cruz asumió el más terrible de los males humanos: el amor negado.

         Judas es el gran negador del amor, nunca un traidor de Jesús. En la cena pascual, en ese digno lugar del encuentro de los amigos para participar del misterio de la vida, Judas es quien mete la mano al plato, quien se avoraza para consumir lo otro, quien se niega a compartir para no perder, quien no ve en el otro la señal del amor sino la de la usura y el abuso; Judas, el avorazado, es quien puede ponerle precio al otro. Judas sale a mitad de la noche con el bocado en la boca, porque para él todo es premura, competencia, afán de ganancia; Judas no puede comer con sus amigos como no puede digerir el amor: ante la entrega pura del amor en el cordero de Dios, Judas da un paso atrás y prefiere la indigestión en medio del silencio de la noche. Judas no digiere, traga; Judas no ama, exige ser amado; Judas no quiere ser uno con el otro, quiere “la gloria y el poder, el yo, el ego”. Judas, como muchos de nosotros, invierte y pervierte el sentido del amor: entrega con un beso. Judas no besa porque ama, sino que degrada al beso negando el amor. Judas desprecia al Jesús que lo recibe todavía llamándolo amigo y condensa en aquel trágico beso la mayor bajeza humana: la avaricia que carcome la caridad, la soberbia que golpea a la humildad, la lujuria de la ganancia que se avoraza sobre el amor. Judas no fue un traidor de Jesús, sino el gran negador del amor.

         Simón Pedro, el fiel, también negó el amor: lo negó tres veces y lloró amargamente. Judas nunca lloró. La imagen más clara de la diferencia entre ambos nació en el alma de Giuseppe Lanza del Vasto. Jesús acaba de ser condenado y tanto en Judas como en Pedro cunde la desesperación. Pedro le salta encima a Judas y lo aferra con las manos. “Judas cierra los ojos. Pedro lo besa. Judas abre los ojos aterrado. Pedro lo mira todavía con cólera y le dice: -Traidor. -Y lo besa de nuevo; le dice: -nada tenemos que reprocharnos tú y yo: tú y yo somos dignos de besarnos –lo besa por tercera vez. Explica: -Tres veces, allí, delante de la criada, yo, tres veces, por cobardía, renegué de él –se tapa los ojos con los puños y huye llorando”. Al negarlo, Pedro duda de sufrir por el Amado. Pedro niega el amor de Jesús, igual que Judas, pero se arrepiente, se sabe pecador y besa a Judas. Pedro niega el amor de Jesús, pero en el perdón se entrega al amor de Jesús. Pedro niega el amor de Jesús, pero llora amargamente para regresar al amor por el arrepentimiento y el perdón. Si Judas hubiera llorado…

         Mientras Jesús sufría en la cruz, mientras su sangre manchaba su cuerpo y lo tornaba pesado, pesadísimo, insoportable; mientras el abandono y la soledad lo hacían pequeño, mínimo, insignificante; mientras Jesús moría en la cruz, su mirada se encontró con los ojos del amigo, del más amado, de Juan. Judas no podía mirarlo a los ojos, pues negó el amor. Pedro se cubrió los ojos, pues negó el amor y se arrepintió. Juan, en cambio, miró a su amigo morir, lo consoló con la mirada, lo amó tan enteramente que su mirada pura, brillante de amor, le hizo encontrar el consuelo en el amor a los hombres. Jesús muriendo en la cruz, mísero, adolorido y abandonado, tuvo un amigo que lo amó absolutamente hasta el fin y en el amor lo salvó, se salvó y nos salvó. En tanto hombres, nosotros podemos ser Judas, Pedro o Juan; en tanto hombres nosotros podemos negar o entregarnos al amor; en tanto hombres, ¿todavía nos importa la salvación?

 

Námaste Heptákis

Parte de guerra 2012. 6502 ejecutados al 17 de agosto.

Voces de la caravana. “Aún no ha oscurecido, pero esta realidad anuncia que pronto caerá la noche, oscura, atroz y más profunda que las sombras que la anuncian. Pero aún no, no todavía, aún no, a pesar, como lo dijimos hace más de un año en el zócalo de la Ciudad de México, de la inconmensurable necesidad, a pesar de todos los sufrimientos, a pesar de este dolor sin nombre, a pesar de la ausencia de paz en creciente progreso, a pesar de la confusión que aumenta, aún no”. Javier Sicilia, 13 de agosto de 2012.

Coletilla. “En una época dominada por la celeridad o la parálisis, donde todo es instantáneo o se encuentra detenido, quienes caminan perciben el mundo de otro modo. Javier Sicilia es un analista político y un hombre de fe. Su caminata es una manifestación y una peregrinación. Pero sobre todo es una travesía por el mundo llano que se conoce a pie. Su gesto va más allá de las ideologías y las convicciones religiosas; es la forma más próxima y humilde de entrar en contacto con los desconocidos, de hablar con ellos y escucharlos: un pausado aprendizaje. Platón lo supo antes que nosotros: la caminata es una conversación en movimiento”. Juan Villoro, 17 de agosto de 2012.