Tiempo para algo

Casi nunca disponemos de tiempo. Vivimos a las carreras y pocas veces nos detenemos. Por desgracia cuando cesamos de movernos en medio del torbellino de cosas que siempre tenemos pendientes, la mayor parte de las veces, llegamos a la misma conclusión, no disponemos de tiempo, y lo mejor es seguir moviéndonos. Hacia dónde, y con qué propósito nos movemos, no lo tenemos muy claro, sabemos que vamos hacia adelante, siempre hacia adelante, qué es lo que hay allá, no importa, lo realmente importante es avanzar siempre, aunque en la avanzada se pierda el tiempo que podríamos malgastar en preguntar qué eso a lo que llamamos tiempo.

La pregunta es sumamente ociosa, hace falta tiempo para preguntar por lo que hacemos todos los días, también hace falta tiempo para intentar responder sin apelar a lo que dicen algunos eruditos, citando a los sabios. Pero, justo eso que falta es de lo que más carecemos, nos obligamos a movernos y a dejar rastro de que lo hemos hecho. Comprensible es esta obligación cuando vemos que la disposición para el ocio depende de que veamos en nosotros necesidades que no se limitan a la supervivencia, es decir, depende de que nos veamos como algo más que meros cuerpos, necesitados de más tiempo y ávidos de tener un confort que sólo se encuentra mediante la ceguera del progreso.

Todos los días nos falta tiempo, pero quizá esa falta no se deba a fallas administrativas, tal y como algunos lo señalan con frecuencia, me parece que es más acertado decir que nos falta tiempo, porque carecemos de un alma que dé cuenta del movimiento que improductivamente hacemos.

Maigo

Pérdida

En la vida hay muchas pérdidas, unas son insignificantes, otras son dolorosas, tanto que pueden cambiar el rumbo de la vida de quien ha perdido algo. Niobe llora amargamente la pérdida de sus hijos y su llanto la convierte en una fuente de la que mana agua constantemente, su dolor es mucho y cambia su sonrisa burlona en un amargo y copioso brotar de agua salada. Sin embargo, la pérdida de esta mujer, que bien puede considerarse como una de las mayores tragedias habidas, no es la peor de todas las pérdidas que puede padecer el hombre.

Sin minimizar el dolor y el sufrimiento de la angustiada madre que pierde al hijo, o del sufriente amante que se encuentra ante la mortaja de la amada, es menester reconocer que lo fuerte de las pérdidas no se contabiliza por el dolor sentido, pues ni el dolor ni las pérdidas son mesurables, y de pretender tal absurdo se deja de lado lo más importante en ellos, lo que nos dicen sobre lo que somos.

Con lo anterior podría pensarse que pretendo mostrar el lado optimista de las pérdidas, decir que no hay por qué llorar y que lo importante es ver lo que se puede aprender de ellas, nada más alejado de mis intensiones que eso. De hacer tal cosa, las pérdidas no serían tales, y no tendría sentido explorarlas, con negarlas y ver hacia otro lado sería más que suficiente, tal como parecen hacer ciertos grupos que procuran ante todo dejar de sufrir.

No, mi intensión no es hacer que las pérdidas dejen de ser tales, es más ni siquiera pretendo dar consuelo a quien siente que ha perdido algo mostrándole que hay cosas peores, además tal método de consuelo no sirve para nada. Lo que intento en esta ocasión es examinar cuál sería la peor de todas las pérdidas a las que puede enfrentarse el hombre.

Hacer una lista de distintas pérdidas y jerarquizarlas sería tanto como medirlas, y el sentimiento de haber perdido algo no es mesurable, sin embargo siempre es posible reconocer que cuando perdemos algo somos capaces de vernos perdiéndolo y aun más, somos conscientes de la pérdida y de lo que ésta significa, nos vemos como seres que pierden y vemos a lo extraviado como algo que ya nunca regresará a nosotros o bien que ha de ser encontrado.

Pero, qué pasa cuando perdemos algo muy importante y ni siquiera vemos que lo perdemos, la experiencia cotidiana nos muestra que eso que hemos extraviado no nos preocupa sino hasta que necesitamos de ello, y en ese momento comienzan nuestros dolores de cabeza y angustias, las cuales serán más o menos intensas dependiendo de aquello que perdamos.

¿Y si lo que perdemos es a nosotros mismos? Mientras estemos perdidos en el camino y no nos percatemos de ello seguramente la tranquilidad gobernará nuestras almas, pero en el momento en que nos damos cuenta del extravío y vemos que ni siquiera sabemos en dónde estamos parados las puertas del infierno se abren ante nuestros ojos pasmados y, con temblores constantes reconocemos que la única manera de encontrarnos nuevamente es adentrándonos en el sitio que si bien no es agradable, al menos ofrece una posibilidad.

Cuando lo que perdemos es otro, es decir, cuando lo extraviado nos es ajeno en un sentido, aún nos vemos y nos reconocemos como lo que somos, en ese instante somos seres sufrientes que han perdido algo importante; pero cuando nos perdemos a nosotros mismos no somos capaces de reconocernos ni como seres que buscan, ni como seres perdidos, de hecho no nos damos cuenta de que estamos perdidos sino hasta que somos incapaces de reconocernos y suplicantes llamamos a alguien para que venga en nuestro auxilio, Dante tuvo a Virgilio, la mujer a la que le expulsaron siete demonios tuvo a Jesús, pero nosotros hombres confiados en la bonanza, más que en la razón, el sentimiento o cualquier cosa no tangible sólo tenemos a quien nos dice que lo mejor es ver lo que se puede aprender de las pérdidas, para no volver a cometer los mismos errores; y que sin importar por qué senderos vayamos por la vida lo mejor es seguir moviéndose para olvidar lo más pronto posible un sentimiento de pérdida que nos conduce sólo a perder el tiempo, de modo que es mejor perderse a sí mismo que perder el tiempo encontrándose, lo que nos da cuenta de cuan extraviados estamos.

Maigo