Confesión

Si acaso lees esto y tu pecho se llena de nostalgia, sabe que guardo tu esperanza en un cofrecito pequeño que se llama corazón y se empeña tercamente en recordarte.

Gazmogno

No era ayer sino mañana…

Para P., alias “Tita”, a quien nunca se lo dije.

Y para A., alias “Pancracio”, a quien se le pasará algún día.

Hoy no quiero sentirte, no quiero pensarte, ni quiero soñarte.

Es tu nombre el abismo vacío en el que cae mi esperanza, en el que pierdo el camino.

Hoy no busco quererte, no busco tocarte, ni busco besarte.

Es tu roce el anhelado tormento, el resguardo caído, el castigo perfecto.

Hoy no espero tenerte, no espero mirarte, ni espero escucharte.

Son tus palabras las flechas clavadas, de veneno cubiertas, de dolor barnizadas.

Hoy no voy a insistirte, ni voy a adorarte, mas voy a dejarte.

Aunque sea tu cariño la razón por que vivo, el codiciado tesoro que hoy encuentro perdido.

Hiro postal

Nostalgia amarilla

“…hago lo que puedo para olvidarme,

mejor que se vaya borrando de nuevo hasta otro sueño”

J. C.

Aquellos fueron los días. Eran tiempos felices. Días que olían a jazmín y a vainilla. Días en que el pasado no pesaba y el futuro sonreía. Amarillos. Aquellos días no se le olvidaba saborear cada momento, eran días en que se tomaba su tiempo. Cuando la decisión no era un problema: sabía lo que quería, cómo y a dónde iba. Días buenos en que a él no le dolía la soledad ni la ignorancia. No faltaba ni sobraba tiempo; sin aburridas ni prisas. Días del perfecto justo medio, sin excesos ni defectos. Eran días de plantar árboles y cuidar los frutos y flores. Días que parecían inútiles pero se sentían riquísimos. Días en que el cielo era del azul extinto y las nubes querían historias contar. Días con noches estrelladas, noches calladas que dejaban que la música del universo se volviera a escuchar. Aquéllos eran días en que las noticias, el gobierno y las letras no cantaban sangre ni tristezas. Días en que su madre lo creía bueno. Días claros en que comprendía la justicia, era bueno en la música y también en geometría.  Días de leer la Biblia, cuando Dios le regalaba cada tarde una nueva interpretación sacada del fondo de su corazón. Días sin vacíos ni espantos peores. Días en que entendía y además lo entendían, pero el asombro seguía. Días no sólo de inteligencia, sino de sabiduría. Sabía siempre qué decir, pero más aún, se comprendía muy bien a sí.  Aquellos días fue el hombre que siempre quiso y que nunca había sabido ser. Pero llegó un día nuevo que ya no era como aquéllos, ese día despertó y supo que aquellos días fueron una noche y en un sueño.  Esa noche había soñado los colores, los olores, las palabras, las figuras, la virtud y las ideas.  Fue la noche que cruzó fronteras. Navegó todos los vientos y todas las olas. Esa noche, lo supo, fue la noche que soñó todas las cosas.  Este nuevo día despertó y otra vez se llamaba Pedro. Pero este día nuevo y más gris comprendió algo nuevo. Este día que ya no era como aquéllos; por vez primera, con una lágrima,  comprendió de qué se trataba eso que llamaban nostalgia.

PARA APUNTARLE BIEN:   Esto es de Juan Ramón Jiménez

¡QUÉ TRISTEZA DE OLOR A JAZMÍN!

¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano
torna a encender las calles y a oscurecer las casas,
y, en las noches, regueros descendidos de estrellas
pesan sobre los ojos cargados de nostalgia.

En los balcones, a las altas horas, siguen
blancas mujeres mudas, que parecen fantasmas;
el río manda, a veces, una cansada brisa,
el ocaso, una música imposible y romántica.

La penumbra reluce de suspiros; el mundo
se viene, en un olvido mágico, a flor de alma;
y se cogen libélulas con las manos caídas,
y, entre constelaciones, la alta luna se estanca.

¡Qué tristeza de olor de jazmín! Los pianos
están abiertos; hay en todas partes miradas
calientes… Por el fondo de cada sombra azul,
se esfuma una visión apasionada y lánguida.

 

MISERERES: El ataque a diplomáticos estadounidenses revela tratos “secretos” con Estados Unidos -dicen expertos. Sin embargo el incidente se sigue investigando –dicen las autoridades. “México, espiral de la barbarie” –así habla de nosotros el periódico Le monde. http://www.proceso.com.mx/?p=317830.  El pleito MVS-Gobierno sigue. Carmen Aristegui escribió el viernes sobre esto: http://www.mediatelecom.com.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=27937&catid=9&Itemid=35.  También sigue el problema del huevo mexicano, sigue hasta 45 pesos el kilo. Con él han subido todos los precios, de alimentos y gasolina, la inflación subió de 3.49% el año pasado a 4.45% este año.

Comercio de Sal

En sus periódicos viajes, Higarbo había recopilado poco a poco, en una colección preciosa al ojo personal y despreciable al ajeno, una cuantiosa multitud de objetos diminutos que azuzaban sus recuerdos. Cada piedra, anillo, colguije, o pieza de metal que guardaba era como un lazo anudado a la punta de algún instante perdido, y considerarlos aún en su minúscula presencia atraía de un jalón sensible, como el del pelo en el lomo de un gato, vivencias ausentes que resucitaban la fuerza de sus colores, la nitidez de sus olores, la claridad de sus voces, la seguridad de sus texturas, la profundidad de sus sabores. Para él cada bagatela era un catalejo con el lente externo inmerso en la añoranza. Y para recolectarlas no necesitaba ningún criterio demasiado rijoso: sólo esperaba algún placer que pudiera venirle del recuerdo, aún de las experiencias agrias y penosas. Tenía el gancho roto de la ballesta que reventó bajo los pies de sus aliados la noche en que arrasaron Catarema; tenía el arete que la bailarina del Pozo de Risas le había dado como prenda de su futuro encuentro secreto, que nunca sucedió; tenía también una uña vieja que perteneció a un difunto amigo, cuya mano lo salvó una vez de caer sin esperanza en un hondo cenote; y tenía decenas de otras raras baratijas, que siendo inútiles eran de todas formas carísimas. A todas partes las cargaba en su repleto cofrecillo tallado por los lados con dos sirenas, y así lo había estado haciendo por doce años.

La antigua Ciudad de Findesenda había esperado a los viajeros por varios meses con una ansiedad temblorosa. Necesitaban cada nuevo retorno porque respirando el humo del comercio la urbe se extasiaba y sus voces alteradas ofrecían y revendían en arrebatos momentáneos de un luminoso placer todo lo nuevo y exótico. El rumor se engrosaba: la ciudad se hacía rica y sus habitantes más renombrados; pero Higarbo no reconocía ya a sus vecinos porque su vida ahora dependía de viajar, de ir a la aventura que con cada vez más fuerza lo lanzaba lejos del ajetreo sedentario de sus conciudadanos. Los entendía menos, sabía menos de sus vidas, reconocía a pocos de sus niños. Hacía doce años cuando empezaba su carrera de comerciante, así como por las mañanas se conversa mientras una familia en concordia se prepara para la jornada, así podía platicar sonriente con cualquiera en el muelle y las calles. Pero poco a poco ese sentimiento de enajenación se había acrecentado hasta hacerse consciente. Alguna vez, ahora lo recordaba, Higarbo había podido acercarse a un anciano curioso a enseñarle algunos de los especímenes de la colección en su cofre, relatándole sobre el día del escape de las húmedas catacumbas de Gran Cañada; al final de la tarde un grupo familiar se había reunido en torno suyo a incrementar el cuento con grandes anécdotas y pronto la noche encontró a varias docenas de contentos escuchas y cuentacuentos, riendo, bebiendo y platicando en paz. Esa velada había sido tan agradable para Higarbo que ganó ella misma una posición en el cofre: el clavo de uno de los bancos que habían usado para posarse y que con maña suficiente pudo zafar.

Por un tiempo, Higarbo había pensado que su espíritu, apartado cada vez más de los suyos, se había secado. La idea lo entristecía. Pensó que las personas de Findesenda no lo reconocían ya, y que con el gradual endurecimiento que habían obrado las leguas sobre él, la ciudad ahora también lo trataba con frialdad e indiferencia. Llegó a pensar incluso que miraba cada vez menos sonrisas a su paso porque el pueblo estaba cobrándole su ausencia. Pero se equivocaba, la ciudad también estaba cambiando. Por fin, un día de Cielo verdoso Higarbo llegó de uno de sus más exitosos viajes, con la efervescente bienvenida de los murmullos indefinidos y el alarido indistinguible rodeándolo, y con su cofre asido por los lados con sus callosas manos. Pasó por entre la multitud, notando que ninguno de los gritos se dirigía específicamente a ninguno de los gritones. Vio a un hombre joven cuidándose de que nadie lo mirara con detenimiento, haciéndose pequeño, escondiendo las manos y bajando la mirada; y entonces comprendió su error. ¿Había corroído la sal los huesos de su pueblo? Abrió el cofre, un poco lejos del puerto, y tomó desde el fondo el clavo oxidado. Al mirarlo, sintió una pena insostenible que no quiso creer y se sentó en el suelo mojado. Hacia él se dirigía una señora de rostro ajado con una bolsa vacía. Cuando se levantó y sus miradas se cruzaron, sonriente y de voz sostenida Higarbo pronunció “buenas tardes”. La mujer se siguió de largo. Esa noche la negrura del mar devoró el cofre de las dos sirenas y sus corrientes sin tiempo escondieron para siempre todos sus tesoros.

Baños de sal

No hizo falta que tomara un baño al día siguiente, pues bastó con el que le habían procurado sus lágrimas la noche anterior…

Hiro postal

De nuevo Año Nuevo

La llegada del Año Nuevo está llena de sentimientos encontrados. Por un lado, sentimos nostalgia por lo que se está dejando atrás y, como “recordar es volver a vivir”, aprovechamos los últimos minutos del año que está por terminar para hacer un recuento de todo lo vivido en el transcurso del mismo: momentos llenos de singular alegría en los cuales compartimos nuestros triunfos y éxitos, o cualquier otro suceso importante en nuestra vida, con la gente que queremos; momentos que estuvieron empapados de tristeza en los que pudimos habernos sentido solos, pero que seguramente siempre hubo alguien que estuvo apoyándonos aun cuando no fuéramos conscientes de ello; momentos de incertidumbre, confusión y duda en los cuales sentimos que nuestra alma pendía de un hilo y estuvimos a punto de darnos por vencidos, o bien que pensamos que ya nada tenía solución; momentos que se grabaron a fuego en nuestra memoria, para bien o para mal; momentos que nos dejaron valiosas enseñanzas, momentos que ya no habrán de repetirse, momentos que quisiéramos tal vez olvidar, pero que no nos es posible. Asimismo, recordamos a las personas que nos acompañaron durante el año: a las que conocimos y se volvieron importantes, a las que ya conocíamos y dejaron de serlo; a las que, cual estrellas fugaces, sólo cruzaron por nuestro camino para continuar el suyo; a las que deseamos nunca haber conocido, o bien nunca haber olvidado; a las que se nos fueron dejando un enorme vacío en nuestro ser, a las que cambiarían nuestra vida por completo.

Por otro lado, también nos embarga un sentimiento de ilusión y alegría, pues esperamos que el año que comienza esté lleno de bendiciones para nosotros, así como para los que queremos, y se logren cumplir todos nuestros deseos. Además, lo vemos como una nueva oportunidad para hacer todas las cosas que no hicimos en éste que termina, o bien para enmendar aquello que hicimos mal, a sabiendas de que es bastante probable que no lo aprovechemos para ninguna de las dos cosas. Es decir, lo concebimos como un nuevo “chance” para cumplir –ahora sí– con los propósitos de Año Nuevo, los cuales van desde bajar de peso, comer mejor, esforzarse más en la escuela o el trabajo hasta conseguir pareja, saltar del bungee o irse de viaje. Lo curioso del asunto es que, generalmente, sucede lo siguiente: la singular alegría que nos embargaba al principio se irá diluyendo conforme transcurra el año y aunque hayamos jurado que este año sí cumplíamos con nuestros propósitos, terminaremos por no hacer nada… como siempre; o tal vez sólo sea que sin propósitos, el Año Nuevo sería cualquier otra cosa menos Año Nuevo. No obstante, puede ser que en éste demos la sorpresa (aunque lo dudo bastante) de cumplir con dichos propósitos, pues cabe señalar que el 2012 no es un año cualquiera, sino que es el año en el que, según dicen que señalaron los mayas, se ha vaticinado el fin del mundo y a lo mejor eso sea suficiente aliciente para cumplir aunque sea con un par de ellos.

Pero mientras son peras o son manzanas, ¡feliz Año Nuevo del fin del mundo tengan todos! Y como diría la Beba: “Si esto no se termina, pues la seguimos”.

Hiro postal

Mea culpa

Para A., quien esperaba que Rayuela marcara el comienzo de una gran amistad.

Más de una vez me ha tocado escuchar aquello de que “cada quien habla como le fue en la feria” y, si he de ser sincera, a últimas fechas en la feria llamada amistad no me ha ido tan bien que digamos. Mentiría si dijera que en la feria de este año esperaba ganar algo, pues me hubiera dado por satisfecha con seguir manteniendo lo que ya tenía, pero ciertamente no esperaba experimentar alguna pérdida, ya no decir tres.

La primera de mis amistades perdidas fue la de la Beba, joven y bella moza que tal vez de cuerpo creciera y fuera ya toda una mujer, pero en el fondo seguía teniendo el alma de una niña, conservando así su inocencia. Veinte años me parece que tenía cuando recién la conocí y aunque éramos bastante diferentes, ello no impidió que hiciéramos buenas migas. Lamentablemente, eso fue sólo al principio pues las diferencias harían sus estragos hasta mucho después, cuando me di cuenta que ella vivía para ser el alma de la fiesta y yo para hacer de la muñeca fea sentada en el rincón, a la que eso de las fiestas solamente se le antojaba muy de vez en vez. El alejamiento se dio paulatinamente y luego de un tiempo lo normal se volvió ya no hablarnos, aunque de hecho nos siguiéramos saludando. No obstante, lo admito: gran parte de esa pérdida fue mi culpa porque yo descuidé mucho su amistad, aun cuando ella todavía me procuraba, y cuando quise pedirle perdón decidí no hacerlo, pues como dice una canción: “¿Para qué si me va a perdonar porque ya no le importa?”. Y el resto ya fue historia…

La segunda de las amistades perdidas fue la de un muchacho que si bien era un año más grande que yo, al igual que la Beba, era solamente un niño. Eso sí, descuidado, brusco y renecio como él solo; un niño, pues, algo difícil de tratar, aunque con todo lo apreciaba bastante porque una vez que le hallabas el modo, se volvía sumamente dócil. Lo conocí recién que entré a la universidad, sin embargo comenzamos a tratarnos más como a los dos semestres de haber ingresado. Desafortunadamente, hace un par de meses en una noche en la que me contaba una más de las tragedias de su vida, tratando de ayudarle, se dio entre nosotros una confusión tan absurda que ni siquiera vale la pena contar, pero cuyas consecuencias darían pie a la pérdida de la amistad. Lo doloroso de todo no fue tanto la pérdida, pues para ese momento ya habría caído de mi gracia, sino la hosca y mezquina actitud que tomó conmigo inmediatamente después de que se diera la mentada confusión, hecho que terminó por dar al traste cualquier posibilidad de arreglo, por lo menos de mi parte. Y el resto ya fue historia…

La tercera de mis pérdidas fue, de entre todas, la que más me ha dolido por tratarse de alguien que yo imaginaba, creía y esperaba que me acompañara durante toda esa otra feria conocida como vida. El inicio de ella la marcó un libro con nombre de juego de cierto argentino apellidado Cortázar y, a partir de ahí, poco a poco comenzó a tomar forma hasta convertirse en un tesoro sumamente querido e invaluable. Pero una noche de abril, la imprudencia se hizo presente y bastó sólo un beso para decir adiós a esa bendita amistad que había surgido entre nosotros. La confusión reinó para ambos después de dicho suceso y si bien hubo varios intentos de seguir como si nada pasara, buscando salir de ese torbellino, cada quien procuró su espacio; fue así que una muralla comenzó a construirse entre los dos hasta el punto de que tanto silencio terminó desmoronando la bella flor que solía ser nuestra amistad. Y el resto ya fue historia… pero para él que tal vez ya haya dado todo por perdido e incluso no tenga ningún interés en recuperar lo que alguna vez nos unió. Como sea, yo todavía no pierdo la esperanza de que algún día las cosas vuelvan a ser como antes o al menos lo más parecidas a como eran en ese entonces.

Ciertamente no pretendo que ninguno de los aludidos lea esto, pero si aquel que más me ha dolido lo leyera, ojalá me lo haga saber. Lo que en realidad estoy buscando al escribir estas palabras es expiar mis culpas y encontrar el perdón, y más que de ellos, el mío propio por haber sido tan pusilánime y dejado que las situaciones fueran lo demasiado lejos como para llegar al punto del camino en el que parece no haber ya retorno.

Hiro postal