La técnica de los cristales

La técnica de los cristales

He usado anteojos desde hace tanto, y nunca me he preguntado en qué consiste el acto de ver. Claro que, dicho así, parece absurdo. Los anteojos no se hacen para ver mejor, sino para corregir el defecto que impide que veamos y distingamos el mundo de manera adecuada. Nadie puede ver, por ejemplo, una silla de mejor manera. Lo que importa es que distingamos la forma de la silla. La técnica del hombre que hizo mis anteojos no se logró a partir de que él pudiera distinguir las sillas como nadie lo hace. La técnica no reparó mis ojos, sólo les ayudó a evadir la nitidez que se les iba imponiendo como una falta a la normalidad de la visión sana.

Los anteojos son inservibles para los ciegos, como las sillas lo son a los perros. Claro que, con la silla, puedo cumplir muchos más propósitos relacionados con un perro, pero ninguno de ellos le serían realmente benéficos; puedo también usar mis anteojos para imitar a Groucho Marx, sin que ello cumpla el fin principal para el que fueron hechos en principio. Esa cuestión parece interesante. Un mal chiste posmoderno diría que, en el fondo, incluso la técnica es cuestión poética. Claro que es un mal chiste, porque los posmodernos no entienden de lo poético, por creer que todo tiene esa característica. La técnica es poética en el sentido de la producción. No puede haber producción en donde no hay razón. Si la ceguera paulatina, si la imposibilidad de que los objetos tengan una faz borrosa no existiera, mis anteojos no tendrían sentido. El hombre que notó que un par de cristales puede devolver nitidez al mundo sensible para los ojos tuvo el genio, mostrado en un acto tan obvio, de poner unir esos cristales a la órbita ocular, y se lo agradezco.

Pero, ¿qué le agradezco? Tal vez hizo que mi memoria, esa que permaneció antes de mi ceguera paulatina, fuera más perezosa. Quizás apreciaría más el rostro de mi madre si supiera que poco a poco iría desapareciendo de mi vista. Posiblemente sea un mal el leer sin tener que inclinarme a besar las páginas con el párpado para ello; tal vez, con la patencia de mi ceguera, leería vorazmente antes de que la vejez me alcanzase y dejase mis ojos como dejó los de Borges. En todo caso, aún me quedarían mis oídos y demás sentidos para lo que deseara hacer. Tal vez el don de la vista hizo de mí un ser fatuo. No; la fatuidad no es culpa de los sentidos.

Fatuo no es el mundo. De la vista siempre hacen una alegoría con la inteligencia. Prácticamente, hay una semejanza eterna que hay entre la sensación de la figura y la distinción de la forma. Mi inteligencia no sería obstaculizada por la ceguera. Pero tampoco mejoraría por verme ciego de pronto. Hay gente muy sana, que parece no comprender bien las cosas. Incluso yo he tenido que parpadear, con algo de vergüenza por sentirme como aquellos hombres de los que habla Nietzsche en su Zaratustra, al sentir que algo escapa a mi vista. De Dios se dice que, al ver sus creaciones, vio que eran buenas. Del hombre se dice que está hecho a imagen de Él.

En la visión hay algo que nos permite notar que los ojos son meros instrumentos, órganos. La imagen permanece. Además de la imagen, me he dado cuenta que los ojos no me dicen lo que las cosas son. El lenguaje puede hacerlo. Si son instrumentos, quiere decir que no son amos de su propia función. Sirven a algo. No podría distinguir a un perro de un gato si no tuvieran algo que los hace únicos y generales. Eso no me lo pueden decir mis ojos, a pesar del gran trabajo que hacen por mí. Hay algo que me diría, instantáneamente, que se me está engañando si me dicen un cuadrúpedo simpático con cola es lo mismo que un cuadrúpedo con un gigante cuerno en medio de su nariz. No es sólo la palabra; no es la mera imagen.

Claro que quien escribió el Génesis no pensaba que Dios tuviera ojos como los nuestros. Sin embargo, no puedo decir con facilidad si, por ser hechos a imagen de él, la visión sea algo que se nos dio en esa semejanza. Ni en mis sueños, que difícilmente recuerdo, y no por mi defecto de visión, he podido yo crear el mundo. El hombre de ojos malos necesita anteojos simplemente porque fue hecho para ver. Se le dieron instrumentos como muestra de su perfección, no de su imperfección. La técnica de mis anteojos no es necesariamente significado del progreso. Lo bueno de la visión estaba antes de que ellos fueran hechos.

Tacitus

El andador

Nunca me ha gustado caminar; sin embargo, no me quedó más remedio que hacerlo cuando vi que el dinero que traía se me había acabado. No quise pensar en el camino a recorrer que me quedaba por delante, por si mis pies consideraban que era mucho y decidían que mejor se quedaban quietos donde estaban ahora. Eché a andar con cautela, como siempre que hago cuando estoy en la calle, y todavía más porque me encontraba sola. Iba a paso veloz, procurando no hacer mucho ruido al caminar, para así poder detectar otras pisadas que no fueran las mías, mientras pensaba: «Por favor, que ya llegue a casa». Ya estaba oscureciendo; el cielo claro, pero gris, amenazaba con tornarse negro pronto y las primeras luces comenzaban a brillar, intentando hacerle frente a la inevitable oscuridad que se anunciaba, así que, por lo menos, no caminaba a ciegas. Eso me tranquilizó un poco y seguí caminando rápido, aunque con más calma. Al poco rato, se dibujó una sonrisa en mi rostro al sentir el frío acariciando mis mejillas, pues siempre lo he preferido más que al calor –en realidad, detesto el calor–. Sin embargo, conforme se acercaba la noche, el viento se hacía cada vez más y más helado y mi sonrisa se fue diluyendo hasta que mis labios apretados formaron sólo una línea tensa, con lo cual pretendía evitar que me castañearan los dientes. Por fortuna, antes de salir, mi madre me había obligado a cargar otro suéter, además del que traía puesto en ese momento. ¡Bendita ella!

Ya había oscurecido por completo cuando llegué al andador que funcionaba como atajo para llegar a mi casa. Como siempre, no había ninguna luz alumbrando el camino. Exhalé un suspiro y en cuanto me hube persignado, continúe andando. No había dado más que un par de pasos cuando escuché el crujido de unas hojas y enseguida volteé hacia el lugar de donde había provenido el ruido con el corazón latiéndome desbocado. Nada me hubiera preparado para lo que vi. A lo lejos, pero enfrente de mí, me regresaba la mirada un par de ojos blancos, tan fríos como el viento que me golpeaba la cara. Sentí el ramalazo de miedo recorrerme la espalda en cuestión de segundos; se me hundió el estómago y un vacío muy hondo ocupó su lugar; el corazón me latía desenfrenado y amenazaba con salírseme del pecho; mis piernas, más que de huesos, parecían estar formadas de goma; todo mi cuerpo estaba en estado de alerta ante semejante ¿peligro? ¡Ni siquiera sabía de quién o de qué se trataba! Lo único de lo que no tenía duda era de que esos ojos poseídos atravesaban mi ser cual filosas navajas y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo. Por un momento no hicimos nada, más que clavar nuestra mirada en los ojos del otro. Sólo había de dos: o se hartaba de mirarme y se daba la media vuelta o echaba a andar hacia mí y entonces sería yo la que pegara la carrera. En efecto, no se hartó de mirarme y pronto vi cómo esos ojos infernales se acercaban muy lentamente hacia mí. Quise correr, pero mis piernas no recibían la señal que mi cerebro les mandaba. Quise gritar, pero fue el silencio y no mi alarido lo que llenó el espacio entre aquellos ojos y yo. Más cerca, cada vez más cerca los sentía y ya no era el miedo, sino el pánico el que brotaba por las lágrimas que empañaban mis ojos. Sólo pude ver al dueño de esos ojos blancos y poseídos cuando estuvo a un par de metros de mí. Era alto, mucho más de lo que yo me había imaginado, y fuerte, o al menos eso dejaba denotar su musculatura.

Mi cuerpo había hecho caso omiso de la orden de huida, así que huir ya no era una alternativa viable para mí; pero ¿acaso podría hacerle frente…? ¡Por supuesto que no! Si a leguas se notaba que bastaría un brinco para que yo cayera acorralada en el piso. No hice más que enjugarme las lágrimas que me impedían ver mi fin y entonces esperé a que esos ojos poseídos, fríos como el viento otoñal, decidieran fulminarme. Sin embargo, eso nunca pasó. El perro, más alto de lo que había imaginado y tan fuerte como se veía, el mismo que era el dueño de esos ojos blancos, fríos e infernales, que miraban como poseídos, sólo atinó a olfatearme. Cuando tuvo suficiente, me miró por última vez y se fue por el camino que yo había andado con la cabeza gacha y la cola entre las patas. También así se fue septiembre y yo continúe andando…

Hiro postal