Santas Navidades

La santidad inicia en el corazón de quien reconoce el mal que en sí mismo habita, porque ese reconocimiento da lugar a arrepentirse y a cambiar el rumbo de una vida extraviada. El buen ladrón se salva porque se reconoce como pecador,  mientras que el mal ladrón se pierde al no sentirse necesitado del perdón de Dios y menos de pedir perdón al mundo. Pero santo también es quien vive sin mancha, cumpliendo en todo momento con su deber para con Dios antes que con los hombres, lo que exige recordar que su deber es amar y servir al hombre antes que a sí mismo y al prestigio que el mezquino pretende alcanzar mediante el reconocimiento público de todo lo que hace.

El pecador y el siervo siempre fiel a Dios pueden ser santos en tanto no olviden lo que son, y en tanto no dejen de ver en el otro a la imagen de quien siendo rey y creador del mundo se hizo hombre para nacer en una fría cueva y morir en el suplicio de una cruz.

Por desgracia para nosotros, el ruido de las campanas tañendo sobre las campanas nos lleva a olvidar que somos pecadores y nos conduce a pensar que somos merecedores de todos los bienes materiales del mundo, sin que se quede fuera el bien inmaterial que viene en el reconocimiento y la gloria de quien gusta sentirse bueno porque una sola vez al año se acuerda de quien materialmente tiene menos.

Reencuentro

Bajo las pesadas lozas, del rincón más oculto de una antigua celda, encontré, escrita, en un raído y destrozado papel, una carta, la cual estaba mojada por las lágrimas y manchada por los dedos de quien pareciera un asiduo lector.

En el papel se aprecia el constante y cada vez más débil rose de la piel de quien la guardara celosamente, y la tinta corrida muestra el paso veloz de los años y de los dolores de quien la leyera hasta el cansancio… Sobre el lector anterior sólo sé que murió pagando con su vida una condena injusta, y sobre el escritor no alcanzo a vislumbrar si es el mismo que preso se encontraba, o más bien se trata de algún otro que pretendiera mostrarle algo importante.

Por desgracia, muchas líneas se perdieron, unas escaparon montadas en las lágrimas del reo, otras se fueron cavando profundamente, y de seguro ya quedaron bajo tierra. Las restantes aún buscan su camino, y pretenden encontrarlo clavándose en mi cabeza, tan fijas han quedado ahí, que ya ni siquiera se encuentran sobre el papel.

Se esfumaron, y junto con ellas se fue mi tranquilidad, si es que alguna vez la tuve.

Entre más las recuerdo más me pierdo, o mejor dicho me doy cuenta de lo perdida que me encuentro.

Busco y no veo a quien pueda salir a encontrarme, y entre menos veo más me desespero. Busco y no encuentro, y al buscar espero ser encontrada. Hallada como aquel hombre que sentado bajo una higuera copiosamente lloraba.

Maigo.

Hablando del Olvido VI. Olvido e Indiferencia

Hay un aspecto del olvido que casi nadie quiere ver, pero que en muchas ocasiones se hace presente, a veces, las menos, con provecho y gusto, otras dolorosamente; sea como sea siempre estamos propensos a padecer el olvido, ya sea el propio o el ajeno. Cuando olvidamos nos pesa no recordar lo deseado, cuando somos olvidados, a veces, lo que nos pesa es el silencio en el que nos sumerge el otro, un silencio que aplasta y desgarra el alma, y que a pesar de su cualidad destructiva es incapaz de atraer una mirada que no sea la propia.

El olvidado se sabe tal, se siente tal y se duele o alegra por su situación, el que olvida no logra ver en el olvidado algún remanente de lo que con éste vivió, no siente alegría o tristeza por hechos y acciones pasados, quizá siente desconcierto ante la presencia del olvidado y en algunos casos es posible que sienta la angustia que acompaña al deseo de recordar y a la imposibilidad de hacerlo.

El olvido puede ir acompañado de algún sentimiento, que puede ir de angustia a alegría, dependiendo del caso, angustia cuando resulta pernicioso, ya sea olvidar o ser olvidados, alegría cuando del olvido se puede sacar algún bien. Esta perpetua compañía se ve constantemente nos alegramos o entristecemos al recordar, nos sentimos aguijoneados por algún sentimiento cuando notamos que algo hemos olvidado, o bien que nosotros mismos ya no estamos presentes en la memoria y en el corazón del otro.

Sin embargo, a pesar de la presencia de los sentimientos que acompañan a la conciencia de olvidar o de ser olvidados, muchas veces confundimos al olvido con la indiferencia, y esta confusión no es baladí, ambos implican de algún modo el silencio y ambos cargan consigo la ausencia.

Del olvido no nos percatamos sino hasta que algo se escapa de las sombras del mismo, es decir, cuando anuncia su existencia y nos mueve a buscar más o a tratar de hacernos más presentes en el corazón de aquellos que por alguna razón ya no nos tienen presentes en su memoria, pero que en algún momento nos tuvieron, así como en algún momento también tuvimos lo que hemos olvidado.

De la indiferencia en cambio, no nos percatamos sino hasta que alguien ajeno la señala, pues la ausencia de sentimiento respecto a lo que tenemos presente nos impide prestar la atención debida a lo que pretende hacerlo. De hecho la indiferencia no necesariamente exige la presencia del olvido, podemos tener frente a nosotros aquello a lo que debemos cierto cuidado y no por ello prestarlo, pues somos incapaces de reconocer esa necesidad.

La indiferencia no se retira cuando se presenta lo que nos pide atención, si en algún momento lo hace es cuando otro, algo ajeno a lo que lo que se presenta y trata de tener nuestra atención, nos mueve a ver en lo presentado la necesidad de nuestro cuidado, en cambio el olvido comienza a  retirarse en cuanto lo olvidado se asoma y aguijonea al alma para que ésta lo busque, o lo reciba, ya sea con dolor o con alegría.

Así pues, el olvido en el cual es sumergido el olvidado no es tan terrible como la indiferencia en la que es abandonado quien estando presente no es capaz de mover al otro en ningún sentido y que debido a su incapacidad está a merced de lo que mal pudiera ser tachado como el más cruel de los olvidos.

Maigo.

Perdón y Olvido

Perdonar no es olvidar, es confiar en el otro y en uno mismo, es creer que se puede tener memoria suficiente de las ofensas sufridas y cometidas sin sentir enojo, es buscar aprender del pasado para ya no actuar sin saber lo que se hace.

Maigo

Gazmoñerismo Olvidado

Empacaste tu sonrisa y te fugaste llevándote la poca luz que le quedaba a este lugar. Ahora tu risa acecha y yo, tuerto de tu sonrisa, camino a tientas en el laberinto de tus recuerdos, descubriendo que no fui más que un sueño que no quisiste soñar condenándolo al olvido.

Gazmogno

Hablando del Olvido V. Olvido Histórico

2 de octubre no se olvida

Hoy es el día del olvido, nos reunimos a olvidar y a reconstruir anécdotas que hace mucho dejaron de serlo, pues lo que fue anécdota, ahora forma parte del imaginario colectivo que sale a las calles gritando que el día de hoy no se olvida, y olvidando lo que se supone no se debe olvidar.

He de aclarar que no estoy negando hechos que desconozco, es imposible que niegue lo que no puedo demostrar que fue o no fue, pero sí estoy poniendo en duda que la mejor manera para recordar lo que se supone debemos recordar es la empleada por todos aquellos que salen a las plazas para hacer lo que no se hacía cuando ocurrió lo que se supone no se debe olvidar, o que por el contrario la mejor manera de recordar sea procurando reconstruir lo que se hacía cuando algo importante pasó.

Cuando se pretende rescatar del olvido algún suceso, éste es considerado en primera instancia como algo importante, pero negado por aquellos que se encuentran en el poder, o importante pero enterrado en las arenas del olvido gracias a las ventiscas de vida cotidiana que hacen que los días se sucedan uno a uno sin que estos efectivamente sean significativos para quien los vive.

Pretender sacar de las arenas del olvido aquello que éstas ya han devorado, exige tesón de quienes buscan iniciar tal empresa, pues un pequeño error en el intento por desenterrar el pasado puede traer consigo grandes errores en el momento de recordarlo, ya que se puede dejar de lado lo importante por lo fatuo.

Pero esto supone que hay algo importante que debe ser recordado, es decir, supone que el examen de la historia es algo que puede dotar de sentido la vida de quien la examina, y que ésta no sólo es un cúmulo de fechas inconexas que es mejor no aprender porque nada dicen a quien las memoriza. Este supuesto debe ser examinado, en especial cuando estamos tan cercanos a la idea de que la historia ya se ha terminado y que la mejor manera de progresar es permitiendo que el desierto del olvido crezca día a día.

Así pues, antes de decir que una fecha en específico no se olvida porque en ella ocurrió algo importante, es necesario ver por qué es importante el estudio de lo ocurrido en fechas anteriores a cuando los ojos del estudiante vieron la luz del sol por primera vez, es decir debemos examinar lo que se entiende por historia.

Hay muchas maneras de entender lo que es historia, y lo que une a esas diversas maneras son el pasado y la memoria del mismo, no importa si lo que se busca en esa memoria sea el orden que gobierna al mundo de los hombres, la posibilidad de la comprensión de la ley que trae consigo la salvación del alma, el carácter progresivo del ser humano como aquel ente que modifica más que ninguno su entorno o la posibilidad de aprender para no cometer errores que traen consigo los horrores más grandes que puede realizar el ser humano; sea cual sea el modo de pensar a la historia, ésta siempre se remonta a lo memorable y nos pone a la vista al hombre como ser memorioso.

Pero ese ser memorioso, rememora de distintas maneras, a veces con fiestas que le hacen olvidar todo y le permiten salir del orden que regularmente tiene establecido, mismas que desde el punto de vista de quien no se pierde en el olvido de sí que trae consigo la fiesta, sólo son vistas como desordenes que deben evitarse a toda costa, es decir, como actos de mal gusto; en otras ocasiones se rememora de maneras más solemnes, y más que un olvido se sí, lo que acontece con el ser que recuerda es que éste es capaz de ver el sitio que le corresponde en la vida, que bien puede ser un sitio por mucho inferior al que le corresponde ocupar a los dioses o a los héroes, pensados estos como aquellos seres que algo tienen de divino y que deben destacar entre los hombres debido a su naturaleza.

Quizá esta segunda manera de recordar sea la más apropiada para ver en el recuerdo histórico algo que dote de sentido a la vida de quien recuerda y no sólo la posibilidad de hacer lo que no se hace todos los días, como salir a las plazas públicas a gritar que el 2 de octubre no se olvida, o que México es una nación libre e independiente, o aprovechar que no hay que ir al trabajo cuando se supone que hay que acudir al templo. Pero esta manera de recordar nuevamente depende de cierta manera de pensar a la historia, en la cual el sentido progresivo de la misma no entra con facilidad, pues para el progreso no importa tanto de dónde viene el caminante, sino hacia dónde va.

Por lo pronto la única manera de pensar que la memoria histórica tiene algún sentido, es considerando que ésta es efectivamente importante, y que mediante ésta nos es posible ver algo que sobre el hombre no se aprecia en otras maneras de pensarlo. Aceptando esto la pregunta por la mejor manera en que se debe recordar algún suceso se mantiene latente, pues la fiesta desenfrenada trae con invitado al olvido y el orden ritual de otro tipo de festejo también oculta en su seno al olvido de lo que se pretende recordar. En la primera, el festejante deja todo de una manera descuidada, en la segunda el recordante puede verse ahogado por el peso del ritual, a tal grado que sí éste no se lleva a cabo de la manera correcta sea necesario empezarlo otra vez. El hecho es que en ambos casos el olvido se muestra y deja a quien festeja y recuerda a veces sonriente y a veces lloroso.

Maigo.

Braúl de los recuerdos

Y si me hundo en mi nostalgia, ¿quién habrá de sacarme ahora?

¿Y si me pierdo en el olvido, quién me hará recuperar el camino?

Porque dos mil cinco era el año y septiembre corría, un jueves llegaba y veintinueve era el día…

Hiro postal