Opiniones

Todos podemos opinar. No importa qué o sobre qué, sino parece que lo más importante es opinar, sentir que algo se dice, que se forma parte del debate público, que mi voz es escuchada. Las redes ayudan a propagar esa idea. Antes escuchábamos muchas opiniones que se propagaban a muchas casas; ahora podemos decirlas creyendo que llegarán a muchas personas. Tampoco importa que esas opiniones se deslaven con el transcurso del tiempo, que ya no sean importantes no digamos al día siguiente, sino en las horas siguientes. Todavía resulta muchísimo menos importante el que se opine sobre de qué color es una prenda, si algo o alguien está arriba o abajo, si hubo un golpe de estado o no lo hubo en Bolivia, en las redes se homogeneizan las voces del mismo modo que todos los temas son iguales. No hay criterios para delimitar quién dice qué. Todos podemos opinar.

¿Las opiniones revelarán algo de la personalidad de los opinadores?, ¿quienes dicen que los pobres son pobres porque no se esfuerzan lo suficiente serán quienes cada día están más cerca de convertirse en millonarios (y eventualmente se convertirán en billonarios) con su propio dinero y sin violar ninguna ley?, ¿nuestra manera de comprendernos en el mundo actual, el mismo modo en el que vivimos, cambiará debido a que podemos decir lo que sea y a que estamos sometidos a tantos decires? Cambia el modo en el que se opina, pero no las opiniones; poder opinar no es saber opinar. Por eso, cuando no se quiere poner a prueba una opinión se dice «pues cada quién». Pero el no poner a prueba una opinión nos impide entender aquello sobre lo que estamos opinando (no resulta extraño que se nos vuelva odioso aquel que defiende una opinión).El no poner a prueba una opinión, nos dificulta saber si lo que se dice es verdadero o falso. ¿En qué nos afecta el no saber opinar, el ni siquiera estar dispuestos a escuchar y reflexionar la opinión ajena? Nos afecta, como ya se insinúa en la pregunta, a que creemos que lo único importante es lo que dice yo. Aunque claro, esa es mi opinión.

Yaddir

Partidismos inamovibles

Se ha puesto de moda una película mexicana: Roma. Decir que se ha puesto de modo, en estos ruidosos tiempos, es lo mismo a decir que ha despertado simpatías y antipatías. Que está muy aburrida, que la fotografía es magnífica, que la historia reivindica las raíces mexicanas, que no las reivindica sino que romantiza la servidumbre. Los expertos tuiteros han hablado, y, como en casi todo tuit, sin dar ninguna razón. Los tuiteros, conocidos por tenerse ojeriza entre ellos, se han sumado a cada uno de los respectivos bandos; aquellos que no saben si la película les gusta o les disgusta, tienen dudas al respecto de la historia, no importan para la red social, pues no pueden generar tendencias. Los bandos, aunque nadie pueda creerlo, han existido desde que a Twitter y a cualquier red social se infiltró el fantasma del partidismo, esto fue aproximadamente desde que en ese lugar cibernético se empezó a sumar una masa considerable de usuarios; los partidismos han existido desde el principio de las organizaciones mismas. No importa si se discute de feminismo, machismo, aborto, derechos animales, tauromaquia, siempre se generan bandos con ideas más o menos establecidas e insultos programados. Algunos han querido sintetizar cualquier partidismo sobre cualquier tema con el eslogan: lo tuyo es malo y lo mío es bueno por eso tú estás mal y yo bien. La razón por la que no existen videojuegos de discusiones es porque eso ya se logra en la red. De cuando en cuando, las opiniones no se quedan en palabras binarias, sino asaltan a la realidad con la misma simpleza con la que fueron tecleadas. Hace poco se atacó a un magistrado mexicano con el pretexto de que su sueldo, como el de todos los magistrados, era más de tres veces superior al del presidente y en la Constitución estaba indicado que nadie podía ganar más que éste. Los descontentos no cesaron ahí, pues las protestas afuera de la Suprema Corte continúan pese a que los internautas ya se hayan entretenido con las opiniones y memes generados por una película. Quizá los magistrados pacten con el responsable de las protestas o apuesten a que otros eventos distraigan la atención de los ansiosos internautas; esperan que algún otro tema, como la molestia del recorte al presupuesto destinado a las principales universidades públicas, desvíe su atención y los haga protestar en otros lugares y en otras instituciones. Pues, quizá supongan, de todos los temas polémicos nunca se aprende nada: los animalistas seguirán protegiendo a los animales con el mismo ahínco con el que los espectadores de la fiesta grande disfrutarán de la temporada grande; se seguirán atacando entre las feministas más radicales y los machistas más agresivos; difícilmente alguien cambiará su posición respecto a la interrupción legal de la vida.

Yaddir

El coliseo de las opiniones

Encender la computadora y abrir el navegador web se hace para entretenerse, buscar información, generar contenidos, hacer negocios y mantenerse en contacto. Si el internauta busca información sobre algún suceso o tema de interés general, encontrará una pesada cantidad de opiniones, reflexiones e historias sobre el tema. El internauta se acoge a alguna versión de los hechos y toma una opinión; si algo se le ocurre, generará su propio contenido. El curioso de las redes sociales sentirá que algo ha aprendido, que en algo ha contribuido, que era su deber hacer aquello (no sabe exactamente qué hizo, vislumbra el cómo, y desconoce totalmente si lo que genera o repite tendrá consecuencias peligrosas). Mientras tanto alguien más añade datos al tema o teclea su opinión. Luego de un breve lapso de tiempo surge un nuevo tema o suceso y las opiniones cambian de rumbo. Todos dicen, pocos saben qué dicen, y aún menos saben la importancia o irrelevancia de lo que dijeron. La red es el laberinto donde fácilmente cae la opinión pública.

A las personas les gusta opinar, siempre lo han hecho, principalmente de asuntos controvertidos y escandalosos; quizá lo hagan por algún impulso natural a demostrar su sabiduría sobre el hombre y sus acciones; tal vez sólo quieran ayudar con su sapiencia; a lo mejor no tienen otra cosa que hacer y opinar les resulta uno de los entretenimientos más agradables que pueden alcanzar; inclusive pueden defender al involucrado o los involucrados en el asunto escandaloso (regularmente es uno para que sea más fácil defenderlo) porque en esa defensa el opinador se defiende. Cuando una mujer comete un acto escandaloso, tan escandaloso que termina en las tendencias, el asunto es reelaborado en forma de ácida broma, se tacha a la mujer de insensata o se le defiende aduciendo que ella es inalienablemente libre. Si la mujer actúa pronto, guiándose por alguna opinión proveniente de alguno de los dos grupos, contentará a un bando y el otro se sentirá derrotado. Pero ¿guiarse por las ocurrencias generales es lo mejor que puede hacer? Tal vez lo mejor sea no hacer pública su decisión, en caso de que sea posible.

En la arena, en el coliseo del internet, se puede encontrar a quien en las orillas del mismo, intente discutir los hechos auténticamente importantes para la vida pública de la comunidad. ¿Cómo encontrar esos hechos relevantes? Distinguiéndolos del entretenimiento. Lo que hace más difícil su distinción es que un hecho importante puede ser usado como mero entretenimiento. El ruido de la arena nos dificulta escuchar las reflexiones de los bordes del coliseo.

Yaddir