Impiedad disfrazada

La grandeza del creador se aprecia en cada una de sus criaturas, hasta la más pequeña responde a un orden específico, de ahí se agarran quienes quieren aparentar piedad y al mismo tiempo ateísmo.

El orden maravilla a quien pregunta por la causa del mismo, pero cuando ya no se pregunta por las causas, tampoco se abre la puerta a la capacidad para asombrarse y menos al deseo de agradecer.

 

Maigo.

Telarañas

A veces parece, y hasta lo creemos y afirmamos, vemos que hacen falta una tormenta seguida de un brillante rayo de sol para que nos demos cuenta de la telaraña en la que vivimos.

Pero sólo es apariencia, porque no es la tormenta, sino la luz, la que nos deja ver el orden de los hilos que nos parecen sumamente enredados.

Maigo.

Primogenitura

Una bendición no dice nada entre los ateos, el bendito o el maldito son lo mismo en un mundo iluminado por las lumbreras que trae consigo la igualdad, en especial cuando ésta no se limita al ámbito de lo formal, como ocurriría en el momento de presentarse ante una autoridad legal que sólo es autoridad por que se le da ese nombre.

Cuando la igualdad llega hasta el ámbito de lo cualitativo ya no debemos preocuparnos por distinguir al bueno del malo, pues estas categorías se vuelven vacías y carentes de sentido en un mundo sin diferencia. Sin diferencia, ser bendecido o maldecido es algo que se queda en el decir. Y pensar que la maldición o la bendición se quedan en el decir y, decirlo de esta manera supone que el decir ya no tiene importancia, que da lo mismo lo que salga de la boca del hablante, porque el hablante mismo carece de valor como para ser distinguido y escuchado.

En cambio que la bendición o maldición tengan algún peso o importancia, supone que lo que se dice importa, porque importa el hablante que lo dice, de modo que no cualquiera bendice o maldice y no todos son igualmente benditos o malditos.

Así pues reconocer la importancia del bendiciente o maldiciente y la diferencia que hay entre ser maldito o bendito por el primero, implica no sólo el reconocimiento de la diferencia que hay entre ser una cosa u otra, sino entre aquél que entrega la bendición o maldición y el que la recibe.

De modo que la diferencia entre uno y otro trae consigo la distinción de una clara jerarquía en el mundo, la cual no puede estar presente sin un orden que se aprecia en todo momento, en todo lugar y en toda acción realizada por el hombre, sin que esa acción se convierta en una ilusión capaz de comprometer a la libertad del mismo.

Este modo de mostrar el orden que tiene la bendición o maldición permite que haya cambios en lo establecido sin que se comprometa la estabilidad de lo mismo: de tal manera que se siga una bendición de primogénito a quien sin serlo ha comprado tal derecho con un plato de lentejas.

Maigo

Salsa de chocolate

No dices nada, niña.

Y la ola amarilla, 

la marea de sol, 

en su cresta nos alza,

en los cuatro horizontes nos dispersa 

y nos devuelve, intactos,

en el centro del día, a ser nosotros

O. P.

 

 Todo comienza desde la elección, el chocolate ha de ser de la más alta calidad, si no el resultado no será el mejor.  En una cacerola, colocar azúcar, agua y cardamomo. Realizar un almíbar. Picar el chocolate, y verter el almíbar sobre éste. Agregar aceite de girasol así como la pulpa, deliciosa y fuerte, de una vaina de vainilla mexicana. Servir sobre cualquier fruta, helado o profiterol. ¡Cuidado! –una advertencia- el chocolate siempre vuelve a su estado natural, así que debe hacerse todo rápido porque pronto se endurecerá… Había que ser preciso y veloz de lo contrario todo  saldría muy mal. Y así fue. Compré, derretí, vertí, olí, serví, y no. El necio chocolate nunca se dejó. Después de todo ganó, y se volvió casi como en un segundo, como se esfuma el humo,  a endurecer. Yo qué culpa –quise pensar para no sentirme tan mal-. ¿Cómo ganarle a algo tan fuerte como el “estado natural”? Eso ha de ser cosa imposible. Tal vez, por suerte o no tanta, contra eso de la naturaleza nada ni nadie ha de poder. Tal vez, como cantaba mi abuelita, aunque la mona se vista de seda… y zapatero a su zapato. Supongo ahora que algo tenía de razón, el chocolate no ha de ser (tan) especial y todo tiene su orden, fin, lugar y estado natural. Aunque se lo queramos quitar, pelea y lo busca, para quedarse y mantenerse siempre en él. El chocolate quiere seguir chocolate, así como el árbol ser árbol mas no ave ni flor. Y así todo, hasta nosotros, hemos de tener nuestro estado, orden y fin. Así como a mi cuarto, tal vez todo es cosa de ordenar y poner cada cosa en su lugar. O, más bien, de notar dónde y cuál es ese orden y ese lugar. Ha de ser cosa de aprender a mirar bien, de poner atención para descubrir cuál es. Descubrir lo que nos hace y mantiene hombres. Buscarlo y pelearlo como el chocolate que lo hace tan bien.

PARA APUNTARLE BIEN:Dichoso el hombre que medita la sabiduría. Más sublime, pues por él el hombre se asemeja a Dios, que todo lo hizo sabiemente y como la semejanza es causa de amor, el estudio de la sabiduría une especialmente a Dios por amistad, y así se dice de ella que es para los hombres tesoro inagotable, y los que de él se aprovechan, se hacen partícipes de la amistad divina…El deseo de la sabiduría conduce a reinar por siempre y más alegre pues no es amarga su conversión ni dolorosa su convivencia, sino alegría y gozo.” Santo Tomás.

MISERERES: Se inició la “Caravana por la paz” en Estados Unidos, el objetivo es hacer conciencia de la “equivocada política antidrogas”. En esta página se ve cómo han evolucionado las economías de distintos países desde el 2000: http://money.cnn.com/news/economy/world_economies_gdp/. Y, volviendo a la desconfianza democrática, acá está esto también: http://letraslibres.com/blogs/articulos-recientes/notarias-curriculares.

 

Confusión cotidiana.

Nuestra vida cotidiana depende de nuestra confianza, sabemos que día a día saldrá el Sol por el horizonte, y eso nos permite recostarnos sin la angustia de que tal vez ello no suceda porque a Helios se le ocurra de repente retirarse a descansar, de igual modo no dudamos de levantarnos de la cama afirmando que no tenemos la certeza suficiente de que el piso siga bajo la misma.

Así como nuestra cotidianidad se basa en la confianza que tenemos de que sucedan ciertas cosas o de que otras se mantengan siempre iguales, ésta última se funda en la necesidad, la cual supone un orden existente en el mundo. Sólo cuando hay orden podemos hablar de que algo no puede dejar de ser, y cuando algo no puede dejar de ser podemos confiar en su permanente presencia, lo que nos permite movernos sin tener que pensar cada uno de nuestros movimientos.

Pero, la relación entre necesidad, confianza y cotidianidad se torna obscura en tanto que parece que sólo podemos hablar de ella mediante argumentos circulares, porque un elemento de la triada presentada aquí nos lleva a los otros dos una vez que nos ponemos a reflexionar sobre éste. Sin embargo, si nos percatamos de que la circularidad de esta reflexión se centra en el hecho de que supone la existencia de un orden, quizá podamos hablar con suficiencia de tal relación viendo lo que ocurre al negar dicho orden. Veamos lo que sucede una vez que lo negamos.

La negación del orden puede hacerse en dos sentidos, podemos negarlo de manera absoluta afirmando que no hay tal; o bien podemos negarlo sólo parcialmente, afirmar que sí hay orden en el mundo, pero que no somos capaces de notarlo en realidad, lo que se aprecia mediante nuestra incapacidad para hablar sobre el mismo sin apelar constantemente a él o bien que el orden es inventado por nosotros mismos.

De la negación absoluta se sigue cualquier cosa, pues la ausencia total de orden nos deja sumergidos en el silencio y en la incapacidad para hablar en tanto que el discurso ha de ser ordenado para ser inteligible al tiempo que el mundo también ha de serlo si es que aspiramos a decir algo que no sean meros cuentos.

Así pues, si negamos de manera absoluta que hay un orden que rige y forma al mundo, negamos a los movimientos necesarios y junto con ello tiramos a la basura la posibilidad de tener algo confiable en que fundar nuestra cotidianidad, pues nada nos garantiza que ciertos movimientos ocurran siempre, tales como la salida del Sol. Se requiere ser muy necio para negar la existencia de movimientos ordenados, pues tal negación supone una vida llena de temores y desconfianzas y reducida a la inmovilidad en tanto que no es posible saber qué se sigue de determinados movimientos tales como el ponerse de pie.

Ahora que no siendo tan necios y negando la posibilidad de un orden sólo parcialmente nos encontramos con dos problemas diferentes, o bien el orden es inventado o bien no somos capaces de percatarnos del mismo sino hasta después de muy cansadas reflexiones.

Siguiendo la vía de la inventiva, surge inmediatamente la pregunta sobre el método que seguimos para crear tal orden, lo que torna mucho más difícil la comprensión sobre nuestra incapacidad para dar una razón clara sobre lo que es ese mismo orden y su relación con la necesidad, la confianza y la cotidianidad sin que caigamos en argumentos circulares. Sí no podemos decir cómo es que creamos el orden que se supone que inventamos para poder vivir, bien podemos poner en duda el hecho de que nosotros lo hiciéramos artificialmente.

Por otra parte, si consideramos al orden como algo de lo que difícilmente nos percatamos, entonces surge otro problema, porque si aquello que nos hace preguntar por el orden es la posibilidad de la cotidianidad, absurdo se torna que algo tan necesario para que nos mantengamos siendo sólo sea apreciable mediante largas y difíciles reflexiones, lo cual cancela a la confianza que  fundamenta a la cotidianidad.

Teniendo en cuenta que la negación del orden no nos ayuda para hablar sobre el mismo y menos sobre la relación entre necesidad, confianza y cotidianidad, y que al tratar de hablar sobre esta relación parece imposible salir de la circularidad que ésta tiene consigo, entonces sólo podemos reconocer que si nos percatamos de un orden no es mediante argumentos lógicos libres de la vida cotidiana.

Maigo.

 

 

Hojas y cotidianidad.

Año tras año vemos cómo caen las hojas secas de los árboles y, en lugar de angustiarnos al ver algo que nos recuerda lo breve que es la vida, disfrutamos del espectáculo confiados en que pasados el otoño y el invierno volveremos a contemplar las ramas -que ahora quedan despobladas- llenas de hojas nuevas y verdes, mismas que nos anuncian que la vida continúa y que en cierto modo se renueva.

Esta confianza tan caracteristica de quien ve en las hojas secas belleza y tranquilidad indica la seguridad que se tiene en la existencia de un orden natural, orden conforme al cual se va desarrollando la vida humana; de modo tal que el frío causante de la caída de las hojas en otoño nos lleva a modificar ligeramente algunos de nuestros hábitos.

Al darnos cuenta de la existencia de un orden, se va conformando la cotidianidad de la que depende el curso de nuestra vida, confiamos todo el tiempo, confiamos en que al cruzar la puerta de una habitación efectivamente saldremos de ésta, confiamos en que al soltar un objeto este caerá necesariamente, de modo que para vivir sin el terror que supone la falta de un orden necesitamos confiar en la necesidad que supone la existencia de un orden natural.

Sin embargo, nunca faltan aquellos hombres que parecen empeñarse en que aquello a lo que llamamos orden natural no existe, dicen que eso a lo que denominamos orden o ley natural es en verdad una ilusión que puede acabarse en cualquier momento, evidentemente tales hombres niegan la posibilidad de confiar en algo o en alguien, pues la confianza se fundamenta en la posibilidad de preveer que algo ocurrirá.

Si alguien negara la existencia de este orden, veríamos lo genuino de su negación en la falta de confianza con la que conduciría su vida, quien no cree que hay un orden conforme al cual ocurren los movimientos en la naturaleza carece de cotidianidad y por ende no se mueve con la misma confianza con la que camina quien sabe que el piso no se undirá en cuanto ponga los pies en él.

Así pues, si algo nos muestra la caída de las hojas secas en otoño, y más que ésta, la confianza que tenemos en que después de ésta sigue el surgimiento de nuevos brotes en las ramas que se quedan a ssoportar las ventiscas del invierno, es que por más que teóricamente nos empeñemos en negar la existencia de un orden, tal empeño sólo surge de un alma necia que no quiere reconocer que está sumergida en la cotidianidad.

 

Maigo.

¿Cómo Descabezar y Despiesar a un Texto en un Paso?

A. Cortés

A continuación expondré mi posición al respecto de las que llamo “introducciones académicas”, preludios a los textos escolares y semejantes, que predisponen al lector a las nociones y presupuestos que se hallarán discutidos más tarde en el escrito que introducen. Me mostraré en oposición a la idea de que sea conveniente para un escrito ser presentado así por tres razones principales: porque se promueve la falta de crítica, porque se niegan tanto la posibilidad como la importancia del orden orgánico de un texto y de la necesidad inherente a su temática, y, finalmente, porque se incurre en un inconveniente retórico. Lo haré desde el punto de vista del estudiante que es conminado a escribir para la escuela y que pretende hacer un trabajo suficientemente valioso como para que sea considerado también fuera de ésta y en tiempos posteriores al momento de su realización; todo ésto a bien de que quienes han escrito y escribirán introducciones académicas, se percaten de los supuestos que subyacen a esa acción y concuerden conmigo en que tales contradicen nuestra experiencia de la lectura, si se me permite el juicio en este caso, de la buena lectura. Asumiré, pues, que hay buenas y malas maneras de escribir y que hay buenas y malas condiciones para hacerlo. Así, pretenderé que se haga más amplia nuestra comprensión de la estructura de un texto en cuanto a su presentación se refiere y, si corremos con buena suerte, reflexionaremos acerca de modos para hacer que nuestras introducciones académicas no incurran en ninguno de los tres inconvenientes que mencionaré.

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Me hallé frente a la computadora, hace algunos días, fingiendo que escribía el principio de un trabajo escolar que, en realidad, ya había terminado días antes, con su principio, su final y todo lo que va en medio. Por más que me esforzaba por exponer lo que quería que se viera al primer momento de tomar mi escrito, me encontraba preguntándome y reteniéndome acerca de qué cosas sí y qué cosas no entraban en una “introducción” hecha y derecha; y lo frustrante fue que de todas las que quería decir, no sólo tuve que callar algunas, sino que más fueron las que tuve que decir sin quererlo. Por ejemplos[1], ¿para qué voy a considerar tal o cual libro de otro autor? o ¿desde qué perspectiva lo estudiaré? o más ¿qué cosa pretendo concluir tras mi examen? Imaginen que quiero que mi lector concluya lo mismo que yo justo cuando lo hago yo, al final de la reflexión, ¿cómo logro eso si lo predispongo a que lea mis resultados desde el principio? O si quisiera que el lector juzgara qué clase de perspectiva es la mía, y no que yo pasara juicio sobre mí mismo, ¿cómo lo haría si he de decir al principio mi posición? Y si no soy suficientemente claro de vista como para saber ver qué presupuestos tengo yo, ¿no sería estarle inventando al otro para que no vea desde ninguna otra perspectiva?

Encuentro de verdad muy molesto tener que escribir esta clase de introducciones académicas, y me parece que el principal problema es que toda la idea de hacerlas de ese modo, siempre respondiendo al ¿qué, por qué, para qué y cómo? está fincada en una comprensión particular de dichas preguntas que ya de entrada supone la posibilidad de responderlas aisladamente del resto del escrito, y en ese sentido depende de una noción muy pobre de su objetivo. Por lo menos, uno se pregunta: si ésto que leo al principio, lo entiendo, y ya me contestó el “qué, por qué, para qué y cómo”, ¿entonces qué sentido tiene leer lo demás?; y por otro lado, si resulta que necesito leer lo demás, ¿de qué me sirven esas preguntas allí, cuando no sé bien qué implican?

Nada de malo tiene darle al lector una oportunidad de entrar poco a poco al mismo problema que está considerando quien escribe, pero estas dos o tres cuartillas que son pedidas al inicio (en mi caso, por la escuela) suponen, para empezar, que la reflexión consecuente puede resumirse. Es un hecho que muchas de estas introducciones académicas son entendidas por los estudiantes como resúmenes. ¿Y cómo no van a serlo si se tiene por buen consejo que se escriba la introducción al final del trabajo? La idea que hay aquí es que, ya teniendo la visión entera de lo que se hizo, se puede decir mejor qué cosas son las más importantes que se abordaron y hasta dónde se llegó. Es decir, se puede resumir: “haré (hice) ésto y aquello, desde aquí y desde allá, y llegaré (llegué) a esto otro”. No quiero verme muy extremo, sí creo que es un buen consejo, pero solamente si la presentación de un texto está entendida en estos términos. Quizá en otros casos sea también una buena idea escribir el principio ya que se tiene escrito todo lo demás, pero será por otras razones; en este particular, el asunto es que la introducción tiene la función de darle al lector la oportunidad de enmarcar el problema con una visión radicalmente angosta del marco.

Voy a reiterar mi intención de no ser extremo en el problema. Ni andar por allí sin marco alguno es conveniente, porque no se hallan las fronteras de la discusión y se acaba divagando, ni tampoco suena muy prometedor que el texto se enmarque en marcos tan ceñidos que lo tengan a él por único en el mismo asunto. ¿De qué me sirve leer algo si no puedo yo mismo decir algo al respecto, aunque sea un “concuerdo”? En el peor de los casos, cuando un texto es estrangulado por sus propios límites, termina por ser una pieza autorreferente y sin cabida a la discusión posterior. Es una de las primeras consecuencias que encuentro inconvenientes de esta comprensión de la “introducción académica”: promueve la falta de crítica. Le cierra las puertas. Si yo introduzco un problema y lo acoto diciendo cómo lo estudiaré y a qué llegaré, nada me impide dar un paso más allá y decir que mis conclusiones dependen del modo presentado, y que éste es solamente concerniente a mi texto. Si alguien dijera después que mis conclusiones son pura tontería, ya de allí es fácil pensar: “bueno, eso dices porque no estás adoptando la misma perspectiva que yo; desde ese punto de vista, concuerdo contigo, pero desde el que yo anuncio al comienzo, tus reclamos no valen”. Ésta es una tendencia presente en la comprensión académica del escrito, en la que hay tantas bases para la discusión como hay discutidores.

Aparte de ésto, es evidente que una introducción académica pretende de antemano que es posible presentar al lector cualquier elemento del texto en cualquier orden que se quiera. Es lo mismo que decir que el escrito no tiene ni pies, ni cabeza. Así tal cual, nada con cabeza y con pies, con miembros y órganos, puede estar dispuesto de la manera que sea. Si no fuera ése el estado de las cosas, ¿para qué hablar de orden, qué querría decir ‘orden’? Decir una “disposición cualquiera” es lo mismo que decir “una mezcla innecesaria de partes” Entonces, ¿por qué supondríamos que un buen escrito no tiene ni pies ni cabeza? Solamente porque pensáramos que cada cosa que nos dice puede ser dicha en cualquier momento y con cualquier modo de aparición: o sea, que cada cosa dicha en el texto se aprende aislada. Es como decir que un buen libro es el que más datos tiene (más vale la sección de finanzas en el periódico que la Ilíada), y que un trabajo escolar decente presenta su buena dosis de información que dar al lector. “Usted verá tal y cual cosa cuando me lea, y todas éstas las tendrá para usted, una por una”. El problema termina por mostrársenos inmenso: ¿de qué manera recibimos lo que se nos da con las palabras? ¿Nos modifica en algo o se nos suma a lo que somos? Digo, estas respuestas no son sencillas y no se dicen en dos frases, pero por lo pronto lo que más se me hace evidente es que, en este último modo de entenderlo, uno se relaciona con la lectura como un muro con los ladrillos: más vienen a él y cada uno por su lado es lo mismo; en el primer caso, más bien la relación es como la del ser vivo con el alimento: aquéste se mezcla en parte con el que se nutre, y de alguna manera (que, dicho sea de paso, me parece bastante misteriosa), hace que sea distinto cada vez que se nutre, y aquello que necesita difiere según su propio orden (no comemos lo mismo que cuando éramos bebés). Éstas son sólo imágenes para ilustrarlo, el punto es que se note la diferencia. ¿Cuál se parece más a nuestra experiencia con la lectura? El segundo caso supone que la introducción académica es improcedente, porque no es posible mostrar los elementos del texto en cualquier orden sin mostrarlo como mutilado. El primero no sólo apoya las introducciones académicas, sino que sería razón suficiente para movernos a abolir la escritura de textos que no fueran otra cosa que recuentos de datos agrupados por un criterio convencional (como el orden alfabético).

Teniendo en frente el recuento de los hechos acaecidos en el escrito, agrupados para ocupar poco espacio y modelados para aparentar congruencia en su aislamiento, un lector tiene la sensación de que el camino que avanza la lectura que abordará no es sino un avance en plano, un ir del punto A al punto B de manera que pueden verse ambos puntos al mismo tiempo. Pero, ¿nunca se han propuesto platicarle algo a un amigo, habiendo pensado un buen rato en eso y sabiendo que él no lo ha hecho? Imaginando tal situación, ¿qué pasa si empezamos a contarle el final de nuestra reflexión antes que lo que nos llevó a ella? ¿Nos entiende igual? Es, a todas luces, un error retórico, si se le quiere ver así, o una mala decisión en el orden que, finalmente, no podemos evitar notar en la conversación. No se logra el objetivo deseado si éste es que el escucha experimente las implicaciones del trabajo reflexivo del autor. La misma forma de hablar, empezando y terminando, diciendo una palabra tras otra en el tiempo, tiene la forma en que nosotros notamos las cosas: con principio, medio y fin. Si la analogía de la reflexión fuera un camino, conozco pocos que sean planos como en el ejemplo de los puntos; más bien hablamos y vamos una por una sentando condiciones, evidenciando supuestos, abriendo paso a nuevas perspectivas, andando y desandando, regresando, recogiendo, uniendo y separando. Ordenando, vaya. Son muchos caminos, o uno intrincado y complejo. La introducción académica niega la relevancia de este orden y obliga al escritor a arruinarle a su lector la oportunidad de avanzar paso a paso como él lo hizo. No deja que la experiencia de la reflexión se preste a ser comunicada a través de la palabra; y si algo aprendemos en el trayecto y no sólo en los estadios finales, si en algo nos hacemos mejores o peores mientras pensamos, entonces el empobrecimiento del escrito con una introducción académica es profundo, inconveniente y repudiable.

No me gusta.


[1] No sé qué sea, pero algo tiene de desagradable hacer plural esta expresión. ¿Será la costumbre?