Negación

Vivimos negando a la naturaleza, los seres vivos nos enseñan que de lo semejante nace lo semejante, de modo que de una leona sólo podemos esperar que nazca algo similar. Pero nos empeñamos en negar que las leonas sean leonas, y pretendemos que éstas paran gatitos indefensos. Buscamos que la violencia traiga consigo la paz que necesita el mundo y pretendemos que la industria y el progreso nos den la cura para la enfermedad que han causado. Vivimos negando a la naturaleza, pero al mismo tiempo vivimos negando los milagros en espera de una salvación a la que de entrada cerramos la puerta.

 

 Maigo.

Paz y tranquilidad.

  En el discurso cotidiano solemos hablar de la paz y la tranquilidad como algo sumamente deseado y en cierto modo inalcanzable. Sólo unos cuantos parecen ser merecedores de tener paz y tranquilidad, y de entre esos merecedores pocos son los que logran conseguir el bien tan deseado sin morir en el intento  y descansar para siempre, o al menos eso es lo que cotidianamente se cree; también se piensa que muchos seres indignos son los que consiguen tener paz y vivir tranquilamente sólo porque la Fortuna les ha sonreído, y de ellos se espera que pronto pierdan eso que los demás no tenemos.

Se habla descuidadamente de la paz y la tranquilidad, estas palabras son tan comunes que ya no reparamos en ellas y en la manera como las entendemos, de modo que al pedir o rechazar las propuestas de quienes se dicen pacifistas ni siquiera nos fijamos en lo que ellos proponen ni en lo que nosotros queremos.

Por lo general, he escuchado que nos referimos a la paz y a la tranquilidad como si el destino de la humanidad fuera buscar constantemente algo que no alcanzará sino hasta que aprenda a dejar de buscar inútilmente, y se ocupe de lo que es verdaderamente importante, pero al preguntar por lo que es verdaderamente importante es muy sencillo toparse con un largo e incómodo silencio.

La idea de dejar lo fútil y ocuparse de lo que importa no suena tan mala para quienes gozan de aprovechar el tiempo y siempre hacer algo útil, y menos aún para aquellos que consideran que la paz y la tranquilidad es un estado al que se accede como premio después de haber trabajado y padecido lo suficiente.

Pero, si vemos con detenimiento la comprensión de paz y tranquilidad, que subyace en el habla cotidiana, veremos algo más que los problemas apenas señalados unas líneas antes, nos daremos cuenta de que esa obscura comprensión que se tiene respecto a la paz y tranquilidad está alejada de una idea de bien que vaya más allá de la ausencia de trabajo y ejercicio constante de lo que implica ser un animal que habla, y que por lo mismo es político. La paz y tranquilidad anhelada por quien se ocupa de lo útil, son la paz del inmóvil y la tranquilidad de quien ya no se preocupa ni por malentendidos, ni por los buenos o malos efectos de sus pasiones.

Así pues lo que se busca cuando no se piensa con cuidado en la paz y tanquilidad que tanto se piden,  es una paz sin bien, la cual no deja de ser una paz malentendida, pues requiere de la deshumanización del hombre que anhela la paz,  ya sea convirtiéndolo en un dios libre de pasiones, o bien animalizándolo al procurar anular lo más posible la polisemia de nuestro modo de comunicarnos.

Viendo este problema, quizá nos convenga pensar con cuidado en qué paz  piden los pacifistas, y en qué tranquilidad buscamos nosotros,  antes de apoyar o rechazar a quien venga trayendo la buena nueva de paz y tranquilidad para el hombre.

 

Maigo.

La amistad y la vida

Para G., que sufre…

 

Una mirada desdeñosa junto con una sonrisa irónica acompañan las sentencias despectivas de los realistas que aleccionan sobre la banalidad del pacifismo. Ante el complicado panorama de la violencia de nuestros días, las opciones esperanzadoras, aunque sean fugazmente esperanzadoras, son acechadas con sorna por los panegiristas del egoísmo: “estás fantaseando, pues la única opción es la praxis revolucionaria”, “trazar el camino de la paz con abrazos, poemas y rosarios es tan ridículo como rezar en medio de una balacera”, “si nada se puede hacer, es mejor ser realistas y no hacer nada”. Como si el pacifismo fuese objeto de desdén por su inefectividad. Sin embargo, la manera en que podría medirse la efectividad del pacifismo dista mucho de los criterios tradicionales en que suele considerarse a la efectividad en general. Lo dijo con claridad, el pasado jueves, Javier Sicilia: “hemos recorrido el país abrazándonos para romper la soledad y el dolor que los criminales y un Estado omiso, cooptado y corrupto nos han impuesto contra la verdad de nuestros corazones”. O en otras palabras, si acaso en algún momento llega a ser efectivo el pacifismo que se va formando en el país, será porque ese pacifismo nos permitiría el consuelo del dolor y la compañía amorosa; o en otros términos: nos permitirá reavivar el amor al prójimo. Siendo esa la propuesta del pacifismo que se va formando en el país, es indispensable reconocernos con las palabras que expresan los acechados por el inmenso dolor que la violencia está generando. Buena oportunidad de reconocimiento encontramos en las palabras que Gabriela Cadena, madre de uno de los jóvenes asesinados junto a Juan Francisco Sicilia, dirigió a los legisladores federales, y a través de los medios de comunicación dirigió también a la nación, en una jornada más por la paz con justicia y dignidad en el país, sus palabras fueron: “No hay un día en que no piense en el sufrimiento y el dolor de mi hijo y sus amigos, en sus últimos momentos, cuando conocieron una maldad que no habían imaginado, una maldad que no tiene nombre; cuando los iban matando uno por uno, a ellos, a quienes les sobraba la amistad y la vida. No hay extensión más grande que esta herida, no hay palabras para nombrar este dolor”. ¿En verdad hay alguien tan obtuso para no ver nada en esas palabras? ¿O acaso hay alguien tan cínico para reírse con sorna de la inocente madre que no sabe sobrellevar su daño colateral?

Nadie con un ápice de decencia puede evitar inquietarse ante las palabras citadas. A su manera, y no sólo dichas en su contexto, esas palabras son perfectas para acercarnos al ideal pacifista. Cualquiera que tenga un amigo, y entonces sea genuinamente humano, reconocerá en las palabras de la madre angustiada el pesado origen de su dolor: nada da tanto sentido a la vida como la amistad, nada arruina tanto una vida como ver al amigo sufriendo, ¿habrá peor manera de terminar la vida que contemplando el asesinato de un amigo?

De pronto, parece que esos siete amigos asesinados en Cuernavaca descubrieron la maldad en su expresión más cruel: la maldad que carcome las amistades. Esa maldad cruel que tortura al país es la que nos aleja del otro, la que nos decolora la vida, la que nos borra al prójimo y nos hace celebrar –ya sea con la confianza de la teoría política- que son muertes merecidas y necesarias o bien -con la seguridad del nihilista ahogado por el tufo de cantina- que son muertes tan vanas como todo lo demás, sólo que exageradas por los inocentes. Quien no vea ahí la urgente necesidad del amor al prójimo, del arrepentimiento y el perdón, quizá no pueda verlo nunca más; quizá nunca más pueda enfrentar el misterio del mal; quizá no tenga una vida digna de ser vivida.

 

Námaste Heptákis

 

Ejecutómetro 2011. 7677 ejecutados hasta el 29 de julio.

 

Sabiduría contemporánea. “No soy Dios, he cometido muchos errores”. Elba Esther Gordillo. Maestra de la Humanidad y líder sindical.

 

Ideas en vuelo. Versos de Alberto Blanco.

Gracias al corazón colmado de toda clase

de resentimientos porque a pesar de todo

sigue latiendo en la mitad de la noche

alentando nuestra absurda esperanza

de un nuevo y distinto amanecer!