Entre dimes de libertad y diretes de esclavitud

Decimos amar la libertad. Decimos que siempre elegimos y que debemos respetar ese derecho.

Decimos y decimos y nos llenamos la boca con décimos de pensamientos ajenos, que nos dicen que todo lo podemos: Nos decimos responsables de los cambios en el cielo; nos decimos libres para cambiar a nuestro mundo, nuestro entorno y hasta nuestros pensamientos.

Pero al mismo tiempo que decimos eso, hablamos de mentes manipuladas por los medios, de personas que son crédulas porque creen en lo que dicen los periódicos que relatan e interpretan lo visto, y lo dicho hasta en los silencios.

El aire se llena de discursos, muchos de ellos buscan ser el mismo a base de repeticiones. Cansadas y arduas repeticiones que sólo quitan el tiempo, pero suenan mucho y nada dicen, como cuando se hace mucho ruido para ocultar que hay pocas nueces.

Decimos que pensamos por nuestra cuenta, porque somos libres de pensar lo que queremos. Pero, al mismo tiempo vemos en el que piensa diferente a un ser que no es libre, que está manipulado y que no piensa.

Hablamos muchas veces, afirmando nuestra libertad y negando la libertad ajena. Pero, no escuchamos lo que los otros dicen cuando afirman su libertad y nos tachan por ser manipulados o crédulos en lo que vemos.

Nos pasamos la vida entre dimes y diretes, nos vendamos los ojos a punta de palabras, que ya nada dicen, porque encubren y callan.

Si tan sólo guardáramos silencio para escuchar lo que el otro señala, sería más fácil encontrar paz y ver los límites de nuestra tan cantada libertad, esa que replica por derecho sin ver que no tiene nada qué reprochar.

Hablamos, decimos y a veces hasta gritamos; sin ver que nadie nos oye, sin ver ni oír que ya nadie aplaude, parecemos oradores solitarios en la plazas y en los lugares que se han preparado para ser sitios de debate.

La vida, a veces se nos va, como la de ciertos tiranos: nosotros al igual que ellos la gastamos en ver lo que decimos y responder como sea y costa de lo que sea.

Nos quita el sueño lo que se nos dice que se dice de nosotros, sin escucharnos ni a nosotros mismos, para ver antes cómo saldríamos del juicio.

Hablamos de libertad al mismo tiempo que nos encarcelamos por las palabras, y en peroratas sin sentido se nos van la vida y las ganas de vivir.

Maigo.

Palabras políticas

En México, cuando de un suceso político sumamente visible se trata, podemos contemplar una amplia secuencia de versiones que afirman explicarlo, todas con el apellido Auténtica. Como suele pasar con los apellidos, a veces nos dicen más de los padres, incluso de los abuelos, que de los jóvenes portadores; las versiones se llegan a utilizar para beneficio paternal o de algún pariente lejano. Ejemplo de ello podemos encontrarlo en el caso de los cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa. Hay quienes dicen que los culpables son los políticos perredistas, otros culpan a los de la bancada priísta, algunos señalan al antiguo mandato panista y hasta se han acusado a los propios desaparecidos.
Ante tantas versiones, algunas bastante divulgadas, parece inútil intentar desenmarañarlas todas para descubrir la verdadera; para qué intentarlo si nunca podremos saber quiénes son los culpables (como siempre sucede en situaciones semejantes), mejor haríamos ocupando nuestro tiempo en asuntos más importantes. La confusión parece propia de los sucesos políticos escandalosos; no se trata sólo de una capucha tapando un rostro, sino de un laberinto en el que mientras más se busca la salida, más obstáculos se encuentran para hallarla.
No hay que dejar de considerar que algunas situaciones políticas parecen más escandalosas de lo que realmente son, mientras otras apenas si son conocidas. Esto no debería desanimarnos a intentar entender dichas situaciones, pues sería como si nos quedáramos quietos mientras nos caen bombas, como si dejáramos que imperase la confusión, a creer que poco podemos saber de nuestro entorno y en nada podemos influir. Siquiera hay que intentar saber en dónde vivimos para mantenernos a salvo. Pero la indagación de nuestra situación política de poco serviría si no vamos compartiendo, mediante la palabra, nuestros hallazgos, porque pensamos y vivimos relacionándonos con más personas, compartiendo un problemático país.
Si creemos que la palabra es un modo, quizá decir un medio sea más correcto, pretender vivir mejor, no podemos renunciar a entender y discutir lo que pasa en nuestro entorno. Fácil nos resulta decir que el laberinto no tiene salida mientras nos mantenemos tranquilamente quietos, un poco más complicado parece ayudarnos a buscarla y lo más difícil, me parece, es encontrarla.

 Yaddir