La trascendente banalidad

La trascendente banalidad

Por una tentación propia de su naturaleza, la democracia está asediada por la cercanía de la confusión. La experiencia política parece mostrar, más que nunca, una pluralidad en las formas de expresión y de vida cuyo origen remoto permanece desconocido. Se lo atribuimos al impacto que la individualización ha tenido en la percepción de nuestras relaciones, nuestras emociones y nuestra naturaleza en general. La parcialidad de una opinión aparece a veces como justificación del desorden; contradictoria, nuestra imaginación parece obviar la dificultad de armonizar profundamente la existencia de esa diversidad con el advenimiento de un futuro enmascarado de paz, vaticinado por el ultraje, la intolerancia y la polarización. Nadie es culpable de tener una fe, por lo que la esperanza no es en sí misma el cáncer de la experiencia política. Sin embargo, el pragmatismo político (que no es conocimiento práctico) produce falsas esperanzas: mientras el relativismo satisface nuestro egocentrismo, poco nos dice sobre la posibilidad latente de alternar en la verdad; la posibilidad de definir lo más conveniente y la actitud que las pasiones de la política despiertan en nosotros muestran el límite de ese relativismo, sin que por ello la verdad se aclare un poco. El régimen democrático no subiste sólo por la natural divergencia de opiniones, que la mayor parte de las veces ni siquiera es tan radical: no siempre tenemos ojos para lo extraordinario. No obstante, tampoco puede subsistir por el cándido empeño de remitir la justicia al carisma personal.

Esto no quiere decir que la democracia ha de aspirar siempre a codearse con el totalitarismo. Empobrece demasiado la visión de que la ordenación de opiniones ha de depender de la uniformidad que mana de la voluntad principal. No puede haber democracia fuerte cuyo vigor provenga de la fuerza personal. Tampoco podemos reducirla al funcionamiento del estado sin considerar las implicaciones que formar parte de él tiene para nuestra vida en común. La seguridad de un dogma no deja estar basada en una fe, que puede hacerse ciega o fantasmagórica. No hay que olvidar que la política, en tanto ámbito del hombre, requiere de acercamiento cuidadosos, que puedan observar lo conveniente tomando en cuenta la situación general del momento a través de una mirada a la naturaleza del hombre mismo. Dogmas como el del progreso, cuya influencia se extiende a varios aspectos de nuestra vida, pueden ser sometidos al examen de la inteligencia para hacerlos más fructíferos, más claros, a aislarlos de nuestra vanidad y la de otros. Probablemente, ideas tan complejas como la de la justicia, problema medular de la experiencia política que intenta ser examinada, no tendrían peso alguno sobre la reflexión si nuestra voluntad fuera totalmente ciega. Sin ese rango de aspiraciones, auxiliados por la conversación, el aspecto irracional de nuestra vida, presente también en la política, puede cegarnos con consecuencias desafortunadas para nuestros propósitos.

El espíritu democrático no deshace por sí mismo todos los dogmas, ni los ennoblece en cuanto los acepta. Si no queremos confundir las posibilidades de la democracia con las de la demagogia flagrante, quizá lo único que nos quede es mirar la manera en que la palabra pública no alcanza siquiera a desgastarse, porque sirve políticamente al fingimiento (gesticular), no levantando jamás el vuelo de ese propósito, y cómo nuestra propia vida se erosiona por las marejadas publicitarias en que se empantana el apetito por la noticia. Habiendo pasado la oportunidad de reconciliación, experimentados los efectos de la ignominia, acaso no sea lo mejor aceptar ciegamente la polarización (a la cual se ha contribuido desde varios lados, no sólo desde uno). Nuestra fugaz atención, presta tanto para incendiar el pulgar con la indignación como para vestir todo de solemnidad, no es el mejor recurso para notar que en la política la radicalidad trascendental es la más grande y frecuente ilusión. Quien en este espacio nos ha llamado la atención a la dictadura moral ha escogido muy bien sus palabras: el futuro no vaticina la imagen del terror totalitario, pero sí el olvido de lo importante en el grave fingimiento, en la suave impostura de una farsa, cuyo efecto resentiremos quizás en la decepción inevitable.

 

Tacitus

 

Cándidos y astutos

Cuando un ciudadano romano estaba en busca de un ministerio, vestía una toga de un color blanco brillante que se conseguía tratando la prenda con tiza. Toga candida la llamaban. Se decía que tal aspirante estaba «blanqueado», usando una palabra nacida del brillar intenso candere, como el de luz blanca, de modo que por candidarse ‒permítaseme el barbarismo‒ se clamaba que estaba candidatus; que era candidato. Es fácil adivinar la dirección de este símbolo: el que se ofrecía como buena elección para ejercer un cargo público evocaba la imagen del bienintencionado, el inocente, el cándido; o lo que es lo mismo visto al revés, se proclamaba incapaz de hacerle canalladas a quienes le confiaran la pretendida posición. En este ritual la única parte que hoy ya no se usa es la toga blanca.

El juego del blanqueo tiene sin embargo dos lados. Es inevitable que el «ingenuo y sin malicia» sea también alguien «simple y poco advertido»1. Esta ambigüedad no fue diseñada con la artería de ningún funcionario público, sino que es natural. Piénsese en la defensa que los más preocupados por los animales suelen hacer: imaginemos un perro que fue agredido por una persona y en respuesta la mata. Dirían entonces que la bestia es incapaz de hacer mal, no porque se niegue la realidad de la mordida en la yugular, sino porque se reconoce la imposibilidad del animal para elegir: no tiene uso de juicio, no actuó, sino que reaccionó del único modo que podía. Así tampoco tienen juicio los niños y de ellos se predica una «inocencia» semejante. La idea que cimienta esta clase de defensa es la misma blancura de la candidez. Una persona incapacitada para elegir un mal es cándida en ese sentido; pero la misma causa por la que sería incapaz de imaginar cómo abusar de los demás lo privaría también de imaginar cómo hacerles bien. No tiene la capacidad para concebir el engaño y después, elegir no engañar. El cándido carece de malicia, sí, pero carece también de prudencia. Un cándido prudente es una quimera. El candidato, con su espectáculo de blancura y pureza pretende encarnar esa quimera, modelando arteramente solamente uno de estos dos lados y confiando en que su brillantez nos ciegue al otro.

El juego se mantiene así porque es frecuente que quien más ha sido engañado por anteriores ministros del gobierno esté aún más dispuesto a apostar por la candidez del candidato que más brille de blanco. Supone que, cuando menos, sería mejor quien no sepa qué hacer que quien sepa muy bien cómo fregárselo. También él es imprudente. Los profesionales de la política saben por eso y sin indicios de duda, que no quieren a ningún candidato en realidad cándido sino a uno astuto que entienda la importancia de parecer inmaculado. La toga cándida es completo disfraz. Lo único brillante del candidato es su prenda y tiene que cubrirla por entero de tiza. La simulación deshonesta de prudencia se basa en la idea que complementa la ambigüedad del cándido: que tener la visión de los intereses de uno, de muchos o de todos se da viendo también la posibilidad de abandonar los intereses públicos a favor de los privados. La constancia del ritual asegura que tarde o temprano haya muchos que, sintiéndose entendidos, jueguen a saber lo mismo que sabe el profesional de la política. Éstos intentan asegurarse en secreto de estar en el círculo privado que corresponde a los intereses del candidato, para que ganen algo cuando éste «inevitablemente» se incline a ejercitar su astucia en nombre de la comunidad engañada. El engaño propaga la desilusión y siembra rencores, incrementando el anhelo de los «desentendidos» de encontrar a alguien cándido. A ese paso y conforme a la medida del hábito para la simulación, la astucia que presenta pantalla de inocencia comienza a ser admirada hasta que ésa es una de las cualidades que brillan para los electores «entendidos» del candidato. Su esplendor llega a ser el disimulo. Tal cinismo está enraizado en la sediciosa máxima que reza «quien tenga la posibilidad de actuar injustamente sin sufrir castigo, lo hará necesariamente».

Lo cierto es, sin embargo, que esta máxima no erige la política sino que al contrario, la destruye. Sin meternos en las razones por las que es simplemente falsa, la búsqueda comunitaria del mejor modo de vivir sólo tiene sentido si es posible consentir la existencia del otro. Si, al contrario, la disposición natural humana fuera a hacer la guerra contra todos (y por supuesto contra uno mismo), nada de nuestro precario estado sería problema: viviríamos plenamente satisfechos de lo mal que vivimos. Pero eso es un sinsentido. La glorificación perversa del disimulo naturalmente obra en detrimento del animal político, del ser que constantemente se comunica con voz y sentido. Esto nos permite exhibir la deshonestidad del candidato: tampoco la astucia es prudencia. El candidato quimera no es ni cándido ni prudente. Usando una de las imágenes recurrentes del Sócrates platónico, el más hábil envenenador es el médico; la práctica de la candidatura nos inclina a experimentar la elección de ministros así como si nuestra confianza en los médicos dependiera de cuál es menos capaz de hacernos daño, no de quién sabe curar. Mas nunca creemos que, como el médico conoce más modos de matarnos, nos querrá matar; creer que para un médico es una cuestión de estrategia utilitaria si envenena o cura es malentender por completo el arte de la medicina. Lo mismo ocurre al confundir la importancia política de la incapacidad para el mal (verdadera o aparente) con la capacidad de elegir el bien sobre el mal. Tanto al cándido sin juicio cuanto al astuto sin prudencia les falta lo necesario para gobernar en el mínimo de los sentidos. Esto es, el carácter para elegir el bien común.

Herederos de Roma, celebramos cíclicamente las procesiones de los candidatos que se pasean luciendo sus togas blancas. Entre sus campañas se espetan palabras descuidadas y voces sin sentido, se negocia con bienes ajenos y se ahonda la fractura de nuestros partidos. Y ahora además estamos por atestiguar el desfile grotesco de los candidatos independientes. Ellos responden en solitario con bandera de inocencia porque, afirman, se han purificado ya de la mácula de las sectas de siempre. No solamente estamos partidos, sino que ahora la discordia se ha agudizado con quienes se han partido de los partidos. Este movimiento sirve para blanquear la toga mejor y más escandalosamente que una cantera entera de tiza. Éstos claman la candidez de no tener nexo con nadie y al mismo tiempo presumen cínicamente su astucia a los que saldrían aventajados en caso de unirse a la campaña. Así delatan, con igual descaro que sus colegas, el interés en hacer de la vida pública un negocio privado. Habernos acostumbrado a pensar la política en términos de la competencia en que riñen quienes menos nos pueden hacer mal nos impide dialogar con razón, nos impide esforzarnos por elegir el bien común. Leo Strauss escribió una vez, discutiendo la ciencia política contemporánea, que ésta se erige de tal modo que no permite el escrutinio de los principios sobre los que lo hace y, sin darse cuenta, se convierte solita en lo que más detesta. Ni siquiera puede ser neroniana, dice, pues aunque toca un instrumento mientras arde Roma, no sabe que toca ni sabe que arde Roma. Nuestra vida pública no dista mucho de esto, pues apenas refulge el blanco de las togas nosotros entonamos las cantaletas bajo las sonadas y dispares pautas, comportándonos en todo al servicio del disimulo: como si no supiéramos ni lo uno ni lo otro, como si no hubiera nada más que cándidos y astutos, y en fin, como si nunca entre los hombres se hubiera dado la prudencia.


1 Esto se observa buscando «cándido» en el DRAE. Es notorio que además de estas dos definiciones se ofrece «cándido» como nombre poético del color blanco.

Secretos de Estado

Un secretario es originalmente un confidente, un oído discreto a quien hacemos depositario de algún secreto. Es el que guarda los secretos1. Originalmente; pero eso no quiere decir que verdaderamente, en especial porque no parece haber ya quien use así la palabra. Como rara vez pierden por completo su humor las palabras envejecidas y algo de lo que fueron cuando jóvenes se mantiene allí para quien quiera escuchar, de todos modos importa que alguna vez se le haya tomado así. Podemos notar que ahora ese nombre es exclusivamente una cuestión de administración, especialmente en cargos públicos. «Secretaria» mantiene su importancia a lo largo de muchas ramas y negocios, pero «secretario» y «secretaría» difícilmente ocurren en otro contexto que el del funcionario. Cosa curiosa, pues me parece que lo más notorio que comparten el viejo y actual uso es que el de secretario es un cargo2 que se ostenta. Es decir, es un nombre de honor. Pensemos en lo mucho que estimamos la confianza de las personas que más respetamos y encontraremos la clave de esta curiosidad. La confianza que merece el secretario en una posición pública difícilmente deja de ostentarse en público; a cualquiera le alegra que alguien de importancia lo juzgue digno de fiar. Así vemos que se «ostenta el cargo» en ambos sentidos: como que se le ejerce institucionalmente y como que se presume a voces en la plaza como insignia de excelencia.

Cuando la confianza se presume suele ser porque se le toma por recompensa. El amante de honores no tardará mucho en aparecer como confiable cuanto pueda, como sea que se le ocurra, para que su recompensa sea mayor y pueda lucirse más. Podemos ver lo que pasa después: rápido entran en conflicto la necesidad de guardar el secreto y el impulso de hacer sabido a todos los vientos que uno es su guarda. Y el problema empeora: qué tipo de persona es la que cuenta los secretos influye en la clase de información que se valora, se oculta y se maneja. Es de mucha importancia para el Estado cuáles son las cosas que conciernen a sus secretarías. Por supuesto, en una vena más cándida puede decirse que no hay de qué preocuparse porque el secretario de una sección del Estado sabe los secretos que conciernen a su área con todos los detalles, guarda toda la información pertinente, la conoce a fondo, etcétera; pero no parece ser tan sencillo. Si el que regala el secreto, es decir, quien confiere el cargo de honor, no tiene por valiosa la vida pública, sus secretos pueden serle de hecho contrarios. El secreto puede ser violento, cruel, inhumano. Puede estarse ocultando el manejo de las instituciones fundadas con bandera pública para intereses privados, o lo que es peor, para destruir la posibilidad de los intereses públicos. Si se me permite jugar más con la palabra, secreto viene del verbo latín secerno que quiere decir separar, poner aparte, dividir3 y de allí que venga a usarse como lo que se deja tan sólo para unos pocos; en términos políticos tiene implicaciones sumamente interesantes, usada para apartar y esconder de la vista, por ejemplo el tesoro de la ciudad4, o para referir a quien se lleva a otra parte para decirle algo en privado, para decir que unos son excepcionales y tratados aparte de los otros, o para hablar de algo muy lejano, retirado, apartado, y por extensión escondido, misterioso, guardado fuera de la vista5. De este verbo nos vienen también nuestras palabras secta, segregar, secretar, secante, todas ellas formas de separación. Cuando el interés en el bien común no es potestad del estadista, el secretario es un agente de la segregación, sembrador de facciones e incitador de la discordia.

Importaría especialmente pensar en esto si se viviera en una nación en la que los ministros (o más bien funcionarios) no fueran sino administradores de instituciones fundadas en el comercio del poder, pues ésta es la forma tiránica del descuido de lo común. En tal lugar, al nivel jerárquico más alto una secretaría sólo diferiría de otra por las ganancias que produce para «los interesados». No habría en realidad un jefe a cargo que conozca los secretos más profundos de las instancias en las que trabaja para los gobernados. Podríamos tener así ‒recordemos que esto es pura especulación‒, un secretario de comunicaciones y transportes que nomás puede supervisar la mitad (si somos generosos con nuestra credulidad) de los caminos construidos en el país; un secretario de relaciones exteriores que antes en su vida nunca había desempeñado un cargo diplomático; un secretario de defensa que hace discursos evidenciando su sabida dedicación a una función que no le corresponde; en fin, imaginemos incluso un secretario de educación que ni pronuncia bien el español ni ‒y esto sería significativamente peor‒ le importa hacerlo, uno que si llama «astróloga» a una astrónoma se corrige después no porque conceda una importancia fundamental a la distinción entre ciencia y superchería, sino porque prefiere amainar las críticas, y en pocas palabras, un secretario de educación descuidado, cínico, insensible y maleducado6. Si es posible que las secretarías se «desempeñen» de estos modos es porque no se guarda el interés público y los secretos que tienen secretarios así son perniciosos para la política.

Por eso tales secretarios parecen pura pantalla: administran la sección que les corresponde despreocupados de las peculiaridades de sus cargos como si no fuera indispensable conocer el fondo de lo que dominan. Y en ello parecen haberse alejado incluso del amor a los honores que pone en conflicto el ostensible cargo y su indispensable reserva: todos ellos coinciden en su función de manejar todo como un conjunto de recursos conmensurables, intercambiables e indistintos entre sí. Por supuesto que esto es una imagen clara del mercado; más prueba aún de que vivimos como si todo fuera comerciable. No es esto ya amor al honor, es más como una preferencia perezosa por el honor más rentable. Gloria barata. Lambisconería eficiente. No es de extrañar tampoco la clase de gente que son: si la única cosa que puede hacer que una vaca sea comparable a los zapatos ‒hechos con piel de sus congéneres menos afortunadas‒ es el dinero, es éste también el que tales secretarios usan de vara para medir sus responsabilidades. La nación como negocio es la cancelación de la vida pública a favor de los secretos privados. El simulacro de sapiencia es el interés en saciar un siempre creciente deseo personal. Así pues, no es necesaria ninguna maestría, ninguna especial excelencia en el conocimiento. El secretario no es ya quien guarde y conozca los secretos de su ministerio. Lo único que le queda del que se ostenta como digno, es la ostentación; y ésta, la más barata que se pueda.


1Véase cómo usa Cervantes la palabra en Don Quijote, Primera parte, Capítulo XXXIV, cuando Camila le habla a Lotario del inconveniente de que su dama de compañía conozca el secreto del adulterio entre ambos: «lo que me fatiga es que no la puedo castigar ni reñir, que el ser ella secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos».

2Dicho de paso, en la disciplina heráldica (que parece tener su propio dialecto del español), se dice que las imágenes representando una familia en el escudo de armas son «cargos» y de todas se piensa que dan honor. Un escudo se dice estar «cargado» de un sol o de una quimera, por ejemplo.

3Ovidio, Metamorfosis, libro 6, v. 55, usa secernit al hablar de la separación de las telas que se hace de la urdimbre con el telar. Es iluminadora la reflexión que se hace en la introducción al Político de Platón en la traducción de Eva Brann, Peter Kalkavage y Eric Salem: «el paradigma del tejido nos acerca al más impactante elemento del diálogo: la facción (en griego stasis). El verdadero estadista sabe cómo hacer Uno a partir de Muchos principalmente porque sabe cómo superar la facción, es decir, la oposición presente entre lados o partidos atrincherados y sin disposición de ceder».

4Así la usa Tito Livio, Historia de Roma, libro 7, 16, al decir que Marcio no separó nada de su botín para el tesoro sino que lo dejó a las manos de todos los que participaron en el saqueo de Priverno.

5Ovidio, Metamorfosis, libro 2, v. 556, hablando de un cofre cuyos secreta se desconocen y cuyo contenido está prohibido verse.

6Esta actitud hacia el error distingue a un buen educador de uno malo: si puede hacerse hábito de docilidad para el aprendizaje, el ejemplo de docilidad es indispensable en el maestro. Uno que no puede admitir con humildad una equivocación, o que no muestra interés por aprender, es un educador completamente inútil.